Un atardecer de julio cuando el crepúsculo avanzaba, decidí tomar el fresco en la terraza del huerto que está pegado a la casa de mis padres. La terraza se eleva casi dos metros sobre el nivel del suelo ofreciendo una excelente vista panorámica. De izquierda a derecha, entre las casas esparcidas y la terraza median unos prados que ofrecen su frescor y aroma. A mi izquierda un prado alberga un chopo solitario tan alto como la torre de la iglesia que se yergue ahora frondoso y recuperado tras sufrir el acoso de un rayo hace un tiempo. En el centro, nuestro huerto se prolonga hasta el prado contiguo. A mi derecha, en el huerto dejado de la mano de Dios por su dueño, crecen desordenadamente zarzales y todo tipo de maleza, dando cobijo a toda suerte de bichos. Un día entrada la noche, vi un erizo encaminarse hacia un matojo de lechugas. El año pasado, mientras mis padres descansaban en la terraza, los visitó una culebra bastarda que intentó huir por un agujero en la pared pero mi padre, a sus 88 años, antes de que se colara del todo, la enganchó por la cola y tirando con todas sus fuerzas se hizo con ella para darle su correctivo. Esta primavera otra culebra entró en la cocina sin ser invitada, así que mi padre cuando la vio, con la ayuda de mi hermano Chuchi, la despachó sin contemplaciones. Los japoneses la hubieran cocinado directamente.
Como se ve, esto si que es estar rodeado de la auténtica naturaleza.
Enfrente de mi, a unos cien metros, la silueta del torreón con su reloj se yergue majestuosa por encima de los tejados. La brisa agita las hojas del chopo que en su baile incesante reproducen un frufrú agradable y relajante en medio del silencio casi absoluto. La noche se ha adueñado del entorno. Las luces que enmarcan las ventanas parpadean de vez en cuando dejando adivinar el supuesto trasiego de la cocina al salón. La brisa es cada vez más fresca y en mis brazos aflora la carne de gallina. Los centenares de gorriones que se han refugiado en los zarzales del huerto abandonado han cesado su algarabía y duermen ya. El silencio va ganando terreno; solo me llega el eco lejano y entrecortado de unos chavales que juegan en el entorno del ayuntamiento. La brisa me trae bocanadas de fragancias refrescadas entre las parras y otros frutos del huerto. Una veintena de ovejas se han tumbado bajo el chopo, apretujadas, formando un circulo compacto para pasar la noche .Una tose de vez en cuando. Había olvidado ya que las ovejas también tosen. Después vuelve el silencio. Del laurel que tengo a diez pasos, dos ramas casi juntas despuntan en el centro por encima del resto ,cual dos brazos alzados con las manos abiertas que quisieran atrapar en su cuenco el lucero que brilla intensamente en el fondo. La luna que luce su escueto cuarto menguante se desliza lentamente hacia el horizonte entre el chopo y el laurel. Los chavales han callado. Contemplo por encima de mi cabeza la Osa Mayor, y más lejos la estrella Polar que cuando niño mi tío Indalecio me enseño a localizar. Las dos últimas ventanas que lucian se apagan .La gente duerme, los pardales también, y las ovejas, y la paloma que anida en el chopo; todo parece seguir el ritmo impuesto por la naturaleza como una sinfonía perfecta. La brisa no cede y solo el frufrú suave de las hojas acuna mi espíritu que sueña envuelto en la quietud de la noche. Hace media hora que el reloj dio las once; y dos que contemplo sentado en la terraza, mecido por la brisa y respirando las fragancias, la transición del crepúsculo a la noche cerrada, y creo que es hora de retirarme a mis aposentos como el resto. Pienso que si tuviera la cama al lado me dormiría al segundo. Recojo la silla y al mover una planta cercana me percato de que no todos los seres de mi entorno duermen, puesto que una luciérnaga ha encendido su lamparilla de noche de un blanco verdoso y parece feliz en su morada. La contemplo durante unos segundos para ver de donde saca esa luz tan intensa. Pero no descubro el misterio. Le deseo una feliz noche. Hincho los pulmones con el aroma fresco y me retiro para seguir el ritmo de la naturaleza y recordar por un instante que así lo hacían mis abuelos. Escucha la naturaleza, me decía mi abuelo, y es lo que he hecho durante estas dos horas en la terraza en esta noche fresca del mes de julio. La noche continúa cumpliendo con su función purificadora. Cuando despierte el alba todo será más puro y comenzará paulatinamente el trasiego de las gentes, el aire se contaminará de nuevo, pero siempre acudirá la noche con su tamiz purificador. Por eso siempre que puedo, en esta época veraniega, al caer la noche, procuro instalarme en la terraza para asistir a ese espectáculo lleno de penumbras, de aromas, de sonidos, y después de silencios cuando la noche lo ha cubierto todo con su manto y ya todo duerme en paz.
Camino de mi habitación canturreo mentalmente aquella melodía del incomparable Carlos Gardel:Silencio en la noche/ya todo está en calma/el músculo duerme /la pasión descansa. Descanse también en paz el gran Carlos.
Félix.
Como se ve, esto si que es estar rodeado de la auténtica naturaleza.
Enfrente de mi, a unos cien metros, la silueta del torreón con su reloj se yergue majestuosa por encima de los tejados. La brisa agita las hojas del chopo que en su baile incesante reproducen un frufrú agradable y relajante en medio del silencio casi absoluto. La noche se ha adueñado del entorno. Las luces que enmarcan las ventanas parpadean de vez en cuando dejando adivinar el supuesto trasiego de la cocina al salón. La brisa es cada vez más fresca y en mis brazos aflora la carne de gallina. Los centenares de gorriones que se han refugiado en los zarzales del huerto abandonado han cesado su algarabía y duermen ya. El silencio va ganando terreno; solo me llega el eco lejano y entrecortado de unos chavales que juegan en el entorno del ayuntamiento. La brisa me trae bocanadas de fragancias refrescadas entre las parras y otros frutos del huerto. Una veintena de ovejas se han tumbado bajo el chopo, apretujadas, formando un circulo compacto para pasar la noche .Una tose de vez en cuando. Había olvidado ya que las ovejas también tosen. Después vuelve el silencio. Del laurel que tengo a diez pasos, dos ramas casi juntas despuntan en el centro por encima del resto ,cual dos brazos alzados con las manos abiertas que quisieran atrapar en su cuenco el lucero que brilla intensamente en el fondo. La luna que luce su escueto cuarto menguante se desliza lentamente hacia el horizonte entre el chopo y el laurel. Los chavales han callado. Contemplo por encima de mi cabeza la Osa Mayor, y más lejos la estrella Polar que cuando niño mi tío Indalecio me enseño a localizar. Las dos últimas ventanas que lucian se apagan .La gente duerme, los pardales también, y las ovejas, y la paloma que anida en el chopo; todo parece seguir el ritmo impuesto por la naturaleza como una sinfonía perfecta. La brisa no cede y solo el frufrú suave de las hojas acuna mi espíritu que sueña envuelto en la quietud de la noche. Hace media hora que el reloj dio las once; y dos que contemplo sentado en la terraza, mecido por la brisa y respirando las fragancias, la transición del crepúsculo a la noche cerrada, y creo que es hora de retirarme a mis aposentos como el resto. Pienso que si tuviera la cama al lado me dormiría al segundo. Recojo la silla y al mover una planta cercana me percato de que no todos los seres de mi entorno duermen, puesto que una luciérnaga ha encendido su lamparilla de noche de un blanco verdoso y parece feliz en su morada. La contemplo durante unos segundos para ver de donde saca esa luz tan intensa. Pero no descubro el misterio. Le deseo una feliz noche. Hincho los pulmones con el aroma fresco y me retiro para seguir el ritmo de la naturaleza y recordar por un instante que así lo hacían mis abuelos. Escucha la naturaleza, me decía mi abuelo, y es lo que he hecho durante estas dos horas en la terraza en esta noche fresca del mes de julio. La noche continúa cumpliendo con su función purificadora. Cuando despierte el alba todo será más puro y comenzará paulatinamente el trasiego de las gentes, el aire se contaminará de nuevo, pero siempre acudirá la noche con su tamiz purificador. Por eso siempre que puedo, en esta época veraniega, al caer la noche, procuro instalarme en la terraza para asistir a ese espectáculo lleno de penumbras, de aromas, de sonidos, y después de silencios cuando la noche lo ha cubierto todo con su manto y ya todo duerme en paz.
Camino de mi habitación canturreo mentalmente aquella melodía del incomparable Carlos Gardel:Silencio en la noche/ya todo está en calma/el músculo duerme /la pasión descansa. Descanse también en paz el gran Carlos.
Félix.