08 junio 2026

Francisco Moya "Chupaligas"

 

CENTENARIO DE UN TROMPETISTA GENIAL

 “Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor, y el que tenga estas tres cosas que le dé gracias a Dios”, dice la canción que tan magistralmente hacía sonar nuestro homenajeado.

Y si alguien puede dar gracias por haberlas tenido —y haberlas repartido— ese es Don Francisco Moya, nuestro querido “Chupaligas”, un hombre que no vino al mundo por casualidad, sino con una misión clara: llenarlo de música, de alegría y de vida.

 Naciste para tocar la trompeta como nadie.

Naciste para poner a bailar a los pueblos del oeste salmantino, en Las Arribes del Duero: desde Fermoselle a Saucelle, pasando por Aldeadávila y Mieza; y desde Hinojosa a San Felices de los Gallegos hasta el Villar de Peralonso, pasando por Vitigudino, sin olvidar tu querido pueblo Cabeza del Caballo, donde enamoraste la mujer de tu vida.   Naciste para que cada fiesta tuviera su chispa, su compás, su pasodoble. Porque no hay pueblo de nuestra comarca que no haya vibrado con tu trompeta.

No hay plaza que no haya sentido su música rebotar en las fachadas. No hay generación que no tenga una historia de amor, un baile, un recuerdo ligado a tus melodías. Y así, entre parejas que se enamoran, fiestas que brillan y calles que ríen, queda tu huella: profunda, alegre y eterna.

 “Salud dinero y amor”, reza la canción.

Salud… Claro que la tuviste. Y por eso, en este florido 24 de mayo de 2026, que parece hecho a tu medida, celebramos con orgullo y emoción tus cien años.

Dinero… El justo. El necesario para comprarte una trompeta, un redoblante y una bicicleta con la que recorrer pueblo a pueblo, siempre acompañado de tu esposa, llevando música donde hiciera falta. Y hasta Núremberg, en Alemania, llegó tu espíritu incansable, siguiendo los pasos de tantos españoles valientes de los años sesenta.

Amor… Ese lo has regalado a manos llenas. Porque tu vida —larga, plena, luminosa— no se entendería sin ese amor profundo que pusiste en cada nota, en cada gesto, en cada sonrisa. Amor por la música, por la gente, por la vida misma.

Pero cien años son muchos como para no haber pasado también por momentos amargos, trágicos y llenos de dolor.

Tragedia acaecida aquella mañana de domingo, 7 de febrero de 1937, en plena Guerra Civil, en Málaga, donde habíais llegado toda la familia con el circo ambulante para alegrar un poco la vida. Tú con apenas diez años. Aquella mañana, tu madre os dijo a los tres hermanos que fuerais a la playa a disfrutar mientras ellos ensayaban bajo la carpa del circo, y os dio un beso, el último.

Pero el silbido y la explosión de la bomba asesina os aterró antes de caer de lleno en la carpa. Corristeis hacia ella, y lo que hallasteis fue el horror más cruel y demoledor: enseres calcinados y aún humeantes entre cuerpos destrozados. Me estremezco al saber que te quemaste las manos de niño, arañando desesperadamente entre los amasijos, buscando ayuda y consuelo donde solo había muerte

El destello de la trompeta de tu padre, junto a su estuche, que se había librado milagrosamente de la quema, llamó tu atención. La contemplaste como si fuera el único hilo conductor de vida y de recuerdos. Abrazado a ella, y de la mano de tus hermanos, seguisteis un largo calvario hasta ser internados en un orfanato del Auxilio Social.

Por fortuna, en sus pesquisas, tu tío dio con vosotros y os liberó. Aprendiste a tocar la trompeta, tu compañera inseparable de vida. Superaste aquella tragedia con una entereza tan colosal como ejemplar. Perdiste lo más sagrado de la forma más cruel y brutal. Sin embargo, ya nada te iba a doblegar en tu misión de músico del pueblo y para el pueblo.

Primero a pie, por esos caminos de Dios, con tu esposa, el bombo a cuestas y la trompeta en la mano; luego en bicicleta, recorriendo todos los pueblos del oeste salmantino, pasos seguidos por tus hijos. Pero, como la envidia es el veneno de este país, fuiste denunciado por carecer del permiso preceptivo como músico. Aunque tú no hacías sino llevar alegría a los pueblos. Por eso salieron en tu defensa los mozos del Villar de Peralonso en el día de su fiesta cuando la Guardia Civil irrumpió en el salón para impedirte seguir con el baile.

Tampoco esas afrentas te iban a acobardar, y decidiste presentarte al examen en Salamanca para obtener el permiso correspondiente. No sabías solfeo, pero tu música era única, bella. Los componentes del tribunal te dijeron que no podías tocar bien sin conocer el solfeo. Tú lo negaste y pediste una oportunidad. Se miraron dubitativos, casi compasivos, y te preguntaron qué deseabas tocar. “El pasodoble “En er Mundo”, dijiste con firmeza. El Presidente te dijo adelante con la mano. No salieron de su asombro cuando soplaste con tanta fuerza y belleza que el sonido de tu trompeta los cautivó irremisiblemente. Sonrieron y te felicitaron, otorgándote la licencia tan deseada. Una nueva etapa se abría, siempre con la trompeta y la música por montera.

Hoy, al recordar tu inmensa trayectoria, no solo celebramos, todos los que te queremos, un siglo de existencia.

Celebramos un siglo de alegría compartida, de música que unió corazones, de vidas que hiciste más felices y un poco mejores.

Gracias, querido Francisco, entrañable “Chupaligas”.

Nombre artístico que es sinónimo de alegría, de buen cantar y bailar, de buen comer y beber, de reír, de contar historias y de soñar.

Mi enhorabuena, de alguien que nunca olvida los momentos musicales y las charlas maravillosas que compartimos entre risas y una copa de vino.

Feliz cumpleaños, y gracias por todo y por tanto, siempre.

Félix Carreto Martín


















🎺 Poema a Don Francisco Moya, “Chupaligas🎺

 

En las Arribes del Duero,

Donde el viento huele a fiesta,

Sonó un día una trompeta

Que despertó de la siesta.

 

Era Francisco Moya,

Hombre bueno, alma sincera,

Que soplaba luz y vida

Por cada nota que diera.

 

Con una bici, una trompeta

Y su esposa tan amada

Recorrió caminos largos

Y plazas abarrotadas

Donde el pueblo aguardaba ansioso

Pasodobles que encendían.

 

Cuántos bailes, cuántas risas,

Cuántos amores nacieron

Mientras su trompeta al aire

Contaba lo que él tenía:

Música, amor y alegría.

 

Sus hijos siguieron sus pasos

La música, su compañera

La “orquesta Moya” llenó

De confetis las verbenas.

 

Y hasta en tierras alemanas

Su sonido fue bandera

De un pueblo que no se olvida

De quien tanto amó a su tierra.

 

Hoy celebramos su vida

Su centenario florido

Su afán por llenar de fiesta

Los corazones sombríos.

 

Porque hay quien vive un instante

Y hay quien vive para siempre:

Chupaligas  es de los que siguen

Abrazando eternamente

 

Gracias, maestro del aire,

Por tu risa y tu compás.

Tu trompeta sigue viva:

Su eco perdurará.

        Félix Carreto 

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SAN LORENZO  2013

MAS INFO:  ARRIBES AL DÍA 



08 noviembre 2025

LA ZARZA DE PUMAREDA EN MI CORAZÓN

A veces me pregunto cómo pasó el tiempo, ese tiempo que se escurre entre los dedos de la mano, ese tiempo que tiñó de blanco el pelo que fue negro, o castaño; mi pelo, tu pelo, el de todos que por este pueblo querido pasamos.

Cada amanecer era una nueva esperanza. Cuando el sol asomaba por el Cotorro, uno comenzaba a tejer el quehacer cotidiano, los sueños que irían conformando nuestro transitar por las calles terrosas, por las tierras abiertas donde allá por julio, perseguíamos a los perdigones en el rastrojo, y a los “santigallos” (saltamontes) que disfrutaban con cabriolas espectaculares de este campo en barbecho generoso y ceniciento, “santigallos” cazados con la mano y guardados en el fardel para alimentar la perdiz enjaulada, tan bonita ella, con su corbata adornando su pescuezo, y con su canto lleno de luz y del aire fresco donde se crio.




















Luego, el sol se acostaba por los Navazos, camino de Portugal, en crepúsculos rosados las más de las veces, al tiempo que las campanas tocaban a oración y las señoras se santiguaban en la calle al oírlas, como un agradecer a la vida el mismo hecho de seguir viviendo, con humildad y devoción, tenazmente, abrazando a los suyos, compartiendo pan y vino, chorizo y jamón, risas y llantos. 

Uno iba creciendo sin darse cuenta que el paso del tiempo era el escultor que iría conformando nuestra personalidad, nuestras ilusiones y nuestros miedos, nuestros anhelos y nuestras frustraciones, porque esa era la manera de ir aprendiendo a transitar por los caminos pedregosos, o arenosos o embarrados, o floridos de escobas rubias, según fuera invierno, primavera o verano.















Todo parecía estar diseñado por el Creador para que nuestro pueblo, nuestro campo, nuestras nubes y nuestros cielos azules, conformaran las secuencias más sublimes de la película de nuestra vida para, en su momento, darle a la moviola y revivir aquello que uno amó y  que se esfumó entre los dedos como el grano limpio trillado en la era.

Por todas partes que anduve, por todas las ciudades que transité, vi en el cielo las nubes de mi pueblo, los cielos azules, las nubes de pedrisco, la nieve que caía mansamente del cielo cuando de muchachos abríamos la boca para sentir los copos y su caricia en la lengua. Por todos lugares honré la acogida cálida con que recibíamos a un familiar o un foráneo el día de la fiesta del patrón, San Lorenzo, o el día de las Madrinas, y en todas partes hallé la respuesta cálida al devolverme la misma acogida, porque cuando uno ha hecho de la amistad una forma sana y generosa de convivencia, la respuesta suele ser el pago con la misma moneda, o sea el saludo cariñoso, la sonrisa y el abrazo.

Todo ha ido marchitándose entre primaveras frondosas de amapolas mecidas por la brisa en los trigales, el canto del cuco por abril, el crotorar de las cigüeñas en el campanario por San Blas, el siseo de las golondrinas por mayo, como el canto del ruiseñor que nos alegraba el paseo por los caminos, y hasta en el silencio de la media noche mientras la hembra incubaba, al tiempo que el canto monocorde del búho autillo en el chopo de enfrente de casa, velaba nuestro sueño. Aves diurnas para alegrarnos con su vistoso plumaje; aves nocturnas para acunar el silencio de la noche. La naturaleza había desplegado una sinfonía para deleite de los cinco sentidos.

Todo se fue yendo, pero todo volvía para recordar nuestra infancia en nuestro pueblo; para recordar a los que se fueron para nunca volver, a los que dejaron su impronta en las paredes de piedra tosca y eterna , a los que nos enseñaron a leer y escribir y a calcular lo que es calculable, y a los que nos enseñaron las oraciones para hallar un sueño feliz, o simplemente una forma serena de vivir hasta llegar a la última estación del camino,  cuando ya todo se haya esfumado y escurrido entre los dedos como trigo limpio trillado en la era.

Así llevo conmigo todas las sensaciones de mi pueblo, todas las canciones que volaron, todos los bailes acompasados a la música de acordeón y trompeta, todos los sonidos de cencerros y esquilas del ganado que regresaba al pueblo con el crepúsculo, al toque de las oraciones; las cabras con las generosas ubres llenas de leche de nuestro campo, las ovejas con el cordero recental que representaba la esperanza de conseguir unos cuartos y también un sabroso manjar por la Navidad, y así fue definitivamente escurriéndose el tiempo entre las manos, como trigo limpio trillado en la era de mis sueños.  

                                                                                                                      Félix Carreto

La Zarza de Pumareda

Noviembre de 2025

19 agosto 2025

TRAS LOS PASOS DE SAN LORENZO

A todos los vecinos de La Zarza de Pumareda, presentes y ausentes, que han llevado en andas a San Lorenzo con fe, alegría y esperanza. A los que se fueron, a los que volvieron, y a los que aún sueñan con regresar. Este relato es para vosotros, porque en cada paso de la procesión, en cada aroma de la fiesta, en cada sonrisa compartida, vive nuestra historia.















San Lorenzo no es solo el Patrón de nuestro pueblo. Es el hilo invisible que une generaciones, el guía espiritual que nos acompaña desde tiempos inmemoriales, el símbolo de la amistad, la esperanza y la memoria compartida. Miro atrás y me pregunto cuántos lustros, cuántos siglos lleva animándonos cada 10 de agosto.

En este primer cuarto del siglo XXI, me he dejado llevar de su mano para desandar el camino de mi infancia, cuando era monaguillo de don Leopoldo y todo tenía el aroma de la ilusión, el de labrarse un futuro mejor a base de sacrificios,

Él podría contarnos miles de anécdotas, pero para qué, si lo que importa es seguir los pasos de los que lo llevaron en andas desde un tiempo remoto. Ahora nos toca a nosotros, mañana otras generaciones tomarán el relevo y siempre, San Lorenzo, nos llevará por la senda adecuada.

Las cosas han cambiado mucho, obviamente, desde los años cincuenta y sesenta del siglo pasado y, a pesar de todo, siempre hay algo inmutable: la amistad, esa que se refuerza durante la procesión por las calles mil veces transitadas, con olor a incienso, todos a paso lento detrás del Santo Patrón.      

.Las calles eran de tierra también hollada por el ganado, pero el día de la procesión cada vecino había barrido y regado en torno a su puerta y todo tenía la fragancia de lo fresco sublimemente terrenal.

Era el día en que uno estrenaba su ropita: una camisa, un pantalón corto, unas playeras. Se salía a la calle con el orgullo de mostrar tales prendas —impregnadas aún del olor de la tienda—, prendas que eran el esfuerzo y el sudor de padre dinamitando peñascos en la construcción de la carretera del Salto de Aldeadávila. Salario que nunca llegaba a fin de mes, o cuando se pagaba a la quincena. Pero al menos había unos ingresos que eran magistralmente administrados.

Recuerdo la mañana en que emprendí el camino que me llevaba a casa de mi abuela Pepa, para mostrarle mi camisa nueva de manga corta y con bolsillo. En dicho camino me crucé con la tía Ramona, que era viuda, entrada en años y relativamente pudiente. “¡Qué guapo vas!”, me dijo. Luego me preguntó si sabía cómo se llamaba. “Señora Ramona”, le dije.  “Y tú ¿cómo te llamas?”, me preguntó, aunque lo sabía, pero ella quería escuchar de mi boca una frase. Tras darle mi nombre y apellidos, añadí: “para servir a Dios y a usted”. Eso era lo que quería escuchar para completar ella misma la frase con una rima”: “Y si tiene una perrita gorda, que me la dé”. Metía la mano en la faltriquera y me daba la “perra gorda”, o sea, moneda de 10 céntimos, que yo guardaba como un tesoro para comprar almendras garrapiñadas o turrón el día de San Lorenzo.

Me dio mucha pena cuando murió, acaso también porque era muy generosa y siempre, en nuestros encuentros, con la sonrisa en los labios, repetía por mí: “y si tiene una perrita gorda, que me la dé”. Esa era mi fortuna, y se lo dije a abuela. “La pobre, ya emprendió el camino del cielo, hijo”. Permanecí dubitativo. Luego, con la inocencia de mis ocho años, le pregunté que dónde empezaba el camino del cielo, “porque yo no lo he visto, abuela”. Sonrió. “Empieza cuando se nace, hijo”. Pero mi curiosidad no acababa ahí. “¿Y todos emprendemos ese camino?” “No todos”, dijo con semblante apenado para añadir: “Ese camino del cielo lo llevamos aquí”, concluyó señalando, con el dedo en su pecho, el corazón. No lo comprendí del todo. Hoy ya lo sé. Gracias, tía Ramona.

Era el día en que se hacía un gran esfuerzo por cocinar los mejores platos, aunque el resto del año escaseara la comida selecta en tiempos de posguerra.

Padre, además de trabajar duro, criaba conejos y palomas. Yo acudía al campo, tras salir de la escuela, y regresaba con el saco lleno de yerbajos que sabía les gustaban. Las palomas comían casi siempre en el campo. Así que padre mató tres conejos, tres palomas y cuatro pichones. Además, madre había comprado chuletas de ternera morucha, que ese día mataba el carnicero; el resto del año, solo despachaba carne de oveja o cordero. Aún perviven en mi memoria olfativa y gustativa aquellos manjares, que eran nuestra fortuna por un par de días, tras acudir a la misa y procesión.

Después, hacia la una, comenzaba la primera sesión de baile. Luego el banquete, la siesta para los adultos, para concluir con las otras dos sesiones de baile hasta altas horas de la noche.

Hubo un año que se disputó un partido de fútbol entre los mozos del pueblo y algún foráneo invitado a la fiesta. Se celebró en la era, precisamente, de la tía Ramona, en el Camino Milano. La paja y el grano ya estaban a buen recaudo en sus dependencias. Me sorprendió ver a mozos de unos veinte años jugar en pantalón corto (era casi una osadía, por lo del puritanismo religioso), sus piernas blanquitas y sus brazos tostados, como la cara. Jugaba mi tío Vicente, César de Aquilino y sus quintos, además del médico, que era un entendido y fanático del fútbol. Algunos chavales apostados en una peña, tras los dos palos de la portería improvisada, lanzábamos cohetes para niños, casi inofensivos. Fue un gran espectáculo y un gran día.

En los tenderetes, la tía Juana, de la Alberca, y sus dos hijas gemelas y hermosas, vendían turrón de almendra, donde la miel rezumaba con el calor. Ella siempre sonriente, ataviada con la vestimenta tradicional de la serranía de la Peña de Francia, de sus orejas pendían zarcillos de oro, como los de mi abuela Rosario. Había caramelos en forma de cayado con los colores del arcoíris, y a fuerza de chupar y manipularlos, las manos se volvían pringosas, con el riesgo de manchar mi camisa nueva. Comprábamos mixtos, que eran pequeños explosivos de papel que se encendían al frotarlos o al lanzarlos contra el suelo, carentes de todo peligro; nuestro divertimento favorito.

A la sesión nocturna de baile, ya fuera en el salón de Aquilino, o en el de Luciano, las mujeres, amas de casa en general, con hijas e hijos casaderos, se apostaban a las ventanas para observar como bailaban unos y otras, sus sonrisas, imaginando las conversaciones —pues ellas ya habían pasado por ahí—, celebrando que su retoño cortejara una moza guapa. Otras estaban más pendientes de la distancia que guardaban sus hijas con el cuerpo de su pareja, ¡ojo!, no fuera a ser que el diablo… ya se sabe, anduviera suelto y podía provocar un pecado que había de confesar si quería ganarse el cielo, como la tía Ramona.

Era el día en que todo olía agradablemente, en la procesión, en la calle, en el salón de baile; las ropas estrenadas aún con el aroma de la tienda, la cabellera destilando la colonia a granel que vendían en el comercio de la tía Pepa, o Avelina; el cuero de los zapatos que llevaban el sello aromático a pez y betún de Antonio, el zapatero. Por las puertas y ventanas de los bares, que entonces, con la construcción del Salto de Aldeadávila, había al menos seis: el de la Luzdivina, el de Luciano o Esperanza, el de la Salvadora o Aquilino, el de Olivera, el del Chaquetones, el de mi tío Andrés, “Calzaparda” que en gloria esté, de todos trascendía el olor denso a humo de puros y cigarrillos, a colonias variopintas, al vaho de vino y coñac, anís o cerveza,  a mejillones y berberechos, a aceitunas aromatizadas con tomillo. Todo aquel universo encantador, envuelto en sonrisas y canciones junto a la barra de la cantina, cuyo mostrador limpiaba sin cesar con la bayeta la camarera con la melena suelta y la sonrisa carmesí, toda aquella alegría el día de San Lorenzo, se fue volatilizando con la emigración a las ciudades y al extranjero en los años sesenta.

Yo fui uno de ellos. Y Cuando regresé de París, donde trabajaba a mis veinte años, intentamos revivir aquella alegría de nuestra infancia, pero ahora bailando el twist y los bailes modernos de los Beatles, con mis amigos, entre ellos Abelardo, que era el mejor bailador de twist, realmente infatigable.

El dinamismo volvió de la mano de don Miguel, el nuevo sacerdote, moderno, que había trocado la sotana por el alzacuello. Y los mozos celebraron carreras ciclistas, con Abelardo, Juan José, Casimiro, Santiago y muchos más. Ahora nos tocaba a nosotros tomar el relevo, también para llevar en andas a San Lorenzo. Y todo volvió a florecer con la música del grupo “Los Vanadiors”, y celebrando concurso de disfraces, nada de disfraces comprados, sino elaborados o amañados: aquí vestida de enfermera y él con bata blanca de médico; allá con la sotana del antiguo sacerdote y un crucifijo colgando del cuello, ella de Virgen; otra pareja vestida de hippies, otra de viejos del lugar con boina y cayada, etc. La imaginación brillaba en las noches cálidas de Perseidas o “lágrimas de San Lorenzo”. Habíamos entrado de lleno en lo que se llamó la modernidad.

 Así que pensándolo bien, uno comprende a los españoles que desde la llegada de Colón a América, poblaron el continente de San Lorenzos, ciudades y lugares de culto, desde la Patagonia hasta California. Por algo ese fervor con el que comulgamos toda la Hispanidad. Por algo este 10 de agosto es una fecha sellada a perpetuidad.  San Lorenzo es el camino andado desde un tiempo remoto por las personas de buena voluntad.











Tras lo narrado alguien se puede preguntar si todo era de color de rosa, si no había malos momentos, personas malvadas. Pues sí, las había, y las seguirá habiendo como en toda época y lugar, pero las de buen corazón eclipsaban a las mentes retorcidas, de modo que uno se sentía querido y apreciado por la mayoría. Era nuestra forma más universal de comulgar.

Esa esa es tal vez la misión y enseñanza de San Lorenzo mártir.

Yo sigo viajando con él; con la bondad de la tía Ramona; con el exquisito turrón de la tía Juana; con los caramelos cayada de colores; con la exquisitez del buen guiso de conejo y pichones de paloma; con la algarabía que provocaban las campanas al anochecer la víspera de San Lorenzo, y los cohetes; con el sonido del acordeón, saxofón, trompeta, batería y redoblante marcando un pasodoble y, ¡cómo no!, con una mirada pícara de muchacho adolescente hacia las mozas que ponían su mano en el pecho de su pareja para que no la achuchara, porque había ojos censores por todas partes.

Todo esto se fue, pero permanece tan vívido como si hubiera sucedido ayer.

Este ha sido mi homenaje al Patrón San Lorenzo, con el que terminaré mis días, porque es el artífice de mi trayectoria vital, y porque así está escrito.  

 Félix Carreto

 La Zarza de Pumareda, 10 agosto de 2025 

24 junio 2025

El día de San Juan

Aún recuerdo, como si fuera ayer, aquella mañana de mi infancia cuando mi abuela Pepa me llevó de la mano a ver bailar el sol. Hay escenas que misteriosamente perduran en la memoria hasta el final de los tiempos.





















Era el día de San Juan. Mi abuela era muy piadosa y celebraba ese santoral a su manera, pues era devota de San Juan Bautista y San Juan Evangelista, a partes iguales. Ella me explicaba la diferencia entre ambos y yo, acurrucado en su regazo, la escuchaba embelesado porque su voz tenía una suavidad y dulzura tal, que tenía el poder de despertar en mi imaginación escenas idílicas de un tiempo lejano.

Levantarse para ver salir el sol era casi un suplicio para mí, pues había que madrugar mucho. Mi padre se levantaba temprano para acudir al tajo en la construcción de una carretera que llevaría a un pantano. No le hacía falta despertador, pues siempre se acostaba a las diez y a las seis a estaba “arriba”, como le gustaba decir, de manera automática. No obstante, madre puso el despertador a las seis y media, para estar listo en torno a las siete para disfrutar del gran espectáculo. Mi abuela me había hablado de todos los rituales que comenzaban ese día con el sol danzando, para empezar, y las campanas sonando en el fondo del lago de Sanabria, seguido de las hogueras que celebrábamos la noche de ese día y no la víspera. Así que a mí todo aquello me parecía un regalo divino, y como tal lo vivía, ya que acababa de tomar la primera comunión y además era monaguillo, de modo que todo lo que tuviera el aroma de lo celestial me hechizaba.

Madre me llamó dos o tres veces. Yo me daba media vuelta y… a dormir. Al final se enfadó: “¡¿Quieres o no ver bailar el sol?!, retumbó su voz en la alcoba donde, ahora sí, reinaba una temperatura idónea para dormir a pierna suelta, por contraste con los días gélidos de invierno.

Me levanté rezongando. Casi titubeando llegué hasta la palangana. Me refresqué la cara y comencé a disfrutar de lo que era la frescura del nuevo día. Por el ventanuco se colaba una luz casi azulada y limpia, por donde penetraban, además, los aromas frescos de una primavera que nos decía adiós.

Salí a la calle terrosa con el pantalón corto y en camisa y peinado con un tupé que despejaba mi frente y del que estaba orgulloso. Me dirigí a casa de abuela que vivía en las afueras, como nosotros, pero ella mirando al naciente. Me topé con un pastor que llevaba colgado el zurrón y la cayada en la mano y me preguntó que adónde iba tan temprano.: “A ver bailar el sol “, le dije en tono eufórico como quien va a una corrida de toros. “ Pues yo lo veo bailar todos los días, y no te creas que me hace mucha gracia…”, dijo esbozando una sonrisa.

Se respiraba el frescor de la hierba y de las tomateras en los huertos. Algunos rosales desprendía una fuerte fragancia y eso me despertó del todo.

Seguí bordeando las afueras por el camino donde había una charca que se helaba en invierno, y alguna rana me saludó: “Croa, croa, croa”. Era la primera vez que disfrutaba de la belleza matinal, de un aroma tan puro y fresco que tuve la sensación de que mi pueblo era otro.

Mi abuela me dio un beso al verme tan bien arreglado y pasó la mano mojada de colonia por mi pelo. Era como si fuera la unción sacramental del obligado ritual en la mañana de San Juan.

     —Tu abuelo y tíos han marchado a segar la mies —dijo mientras recogía los platos donde habían comido huevos fritos, chorizo, pan que abuela hacía en su horno  de barro , comprado a un comerciante de Pereruela ( Zamora) que vendía también botijos y cántaros. Me imaginaba a mi abuelo, a su hermano Agapito, a mis tíos Indalecio y Pepe, salir de casa calados con el sombrero de paja, la hoz en la mano, las dedaleras de cuero para no cortarse los dedos y el botijo con agua fresca. Había que sudar mucho para recoger lo que sería el pan de todo el año.

En el cielo aparecieron encendidos los arreboles dispersos de un rojo que parecía el carbón de la fragua cuando soplaba con el fuelle el herrero.

     —Hay que darse prisa para no perdernos la salida, que el sol no va a tardar —dijo mi abuela, toda vestida de negro, pasando una mano por la frente para ajustarse el pañuelo negro también. Contemplaba fascinado su moño canoso con alguna brizan negra, fruto perenne de su marchita juventud. Moño tan bien enrollado, sujeto con un rascamoño de hueso, heredado de una hermana que emigró a la Argentina.  Enfrente de su casa había una loma” El Cotorro”, de unos cien metros y desde allí se divisaba el horizonte tanto hacia el Este como al Oeste.

Me tomó la mano, aquella mano cálida, generosa y suave de abuela protectora, y comenzamos a subir la suave ladera. Sentamos en una peña que se elevaba de un metro al borde del camino. Enfrente, el horizonte moteado de robles frondosos y parcelas con sus cercas de piedra. Abuela sacó del bolsillo del delantal un rosario y comenzó a rezar unas alabanzas al Señor por habernos regalado un día más en paz y armonía. Rezamos tres avemarías y comenzamos a esperar la llegada del tan anisado astro.

     —¿Es verdad que baila, abuela?

 —Pues claro, hijo. Es un homenaje a San Juan, un regalo divino para que no perdamos la fe en los apóstoles y practiquemos el Evangelio —respondió dándome un palmadita en el dorso de mi mano.

     —Atento, que ya va a salir. Esto solo dura unos segundos. Todo pasa muy rápido, como la vida misma. Hay que mirar fijamente y, cuando haya salido por completo, verás que esa oblea roja inmensa se tornará cada vez más clara y luminosa. Entonces hay que dejar de mirar, porque si no te quedas ciego.

Lo de “ciego” me asustó, y prometí cumplir al pie de la letra sus consejos.

   —Ahora —dijo tomando la mano cuando asomó la cresta roja como yema de huevo — míralo sin pestañear, verás que maravilla.

Todo mi cuerpo vibraba de emoción cuando observé el tembleque del sol. Tal vez por eso lo veía danzar aun con más brío. Mi respiración parecía haberseme apagado. Fueron unos segundos realmente mágicos. Abuela me estampó un beso en la frente y me dijo:

     —Nunca hay que perder la fe, en ella está nuestra razón de vivir.

     Solo hoy comprendo la profundidad de las palabras de mi abuela Pepa, que en gloria esté. Luego celebraríamos, llegada la noche, las hogueras y los rituales que la acompañaban, donde el humo que desprendían los tomillos bendecidos el día del Corpus Cristi, tenían el poder sanador.

La lección es que la fe, como dijo mi abuela Pepa, tiene un poder ilimitado.

 Luego, a las nueve, acudí a la iglesia como purificado para servir al párroco en la misa donde tocaba la campanilla y le vertía en el cáliz, agua y vino, más vino que agua. Al tomar la sagrada hostia, tuve la impresión de haber hallado una paz indescriptible, como nunca lo sentí.

     En mi alma llevo el aroma y la luz de aquella mañana única; el sol danzarín y la fe de mi abuela que me acompañará hasta el final de los tiempos.

 

 

23 agosto 2024

COMO “LÁGRIMÁS DE SAN LORENZO”

Hay noches oscuras y hay noches iluminadas por la magia de la poesía.

El día 13 de agosto fue una de esas noches para guardar en el recuerdo; la poesía llenó de luz, en mi pueblo de Zarza de Pumareda, los rincones otrora llenos de vida, de esperanza y de sueños; unas veces al calor del hogar, y otras tomando el fresco en las noches de verano. 

Festejamos el 10 de agosto la fiesta del Patrón, San Lorenzo. Numerosas actividades lúdicas llenaban el programa de fiestas, una de ellas la “Ronda poética”, a partir de las once de la noche. El calor asfixiante de días anteriores cesó por arte de magia, y esa noche había que tirar, incluso, de rebeca o jersey. Así que el recorrido se hizo ameno, con la mente despejada por la suave brisa; las “lágrimas de San Lorenzo”, esperando su turno para iluminar ciertos recovecos menos alumbrados.















El inicio del recorrido comenzó en un rinconcito de las afueras del pueblo, un apéndice de la que fuera mi calle de infancia. Tal vez por eso me eligió Angelita —la organizadora de la velada—, para que iniciara con el poema que le había dedicado a tan entrañable lugar. Unos sesenta y cinco años habían transcurrido desde que los muchachos y chicas del barrio subíamos a una peña, en medio de la plaza, y bajo una tímida bombilla que alargaba nuestras siluetas, en las noches de verano, dábamos rienda suelta a la imaginación realizando nuestro teatro: ademanes y pantomimas que imitaban una actividad (cogiendo peras de un árbol, simulé yo) que había que descubrir para dar paso al siguiente actor o actriz.

El lugar no había cambiado mucho: una angosta entrada, casi intacta, de unos diez metros de larga, por donde pasaba el carro de bueyes del tío Castilla, que era, con su mujer e hijos, el único morador, junto a Cesáreo  —el cabrero que pastoreaba las cabras de todos los vecinos—, con su mujer e hijos también. La casa de piedra del tío Castilla permanecía intacta, con el único ventanuco por donde entraba el sol al levantarse y un rato más, para que la esposa, Cándida, observara de nuevo la foto de su boda colgada en la pared encalada, y el cuadro de la Santa Cena que presidía Jesús de Nazaret, mientras barría y hacía las camas, y más cosas durante jornadas interminables, pero con la satisfacción de acostarse con la conciencia tranquila por el deber cumplido, en paz con su alma, sin necesidad de somníferos, aunque no los había ni falta que hacían.

Vivienda ahora huérfana, triste, con las telarañas correspondientes, con los recuerdos allí encerrados, con los llantos de los niños en la cuna, con la alegría desbordante durante los bautizos, y las primeras comuniones, y la algarabía posterior durante las bodas de Rafael y Teresa. Todo tan lejano y presente a la vez. Entonces había una tenada donde el tío Castilla metía su carro y las escobas y leña para la lumbre, donde jugábamos al escondite entre las escobas, en invierno cuando llovía, y en verano durante las vacaciones escolares, donde mi hermana Inda, Adela y Maruja, jugaban en verano al parchís, sentadas en la caja del carro, riendo y disputándose las fichas como locas, felices, tal vez sin saberlo, cuando no había televisión ni falta que hacía, porque los actores de verdad éramos los adolescentes que crecíamos con el amor paterno a raudales.

Aquella tenada desapareció y una modesta vivienda de los descendientes del tío Castilla ocupa dicho lugar. Frente a la casa del tío Castilla había un estercolero al aire libre, junto a la cerca de un huerto vecino, estercolero sepultado ahora bajo el cemento de la modernidad que cubría el rincón circular que seguía llenándose de gente. Recuerdo el día en que unos mozos metieron la piel de un perro para curtirla con el calor del estiércol, rociada de sal y vinagre, recubierta luego con dicho estiércol. Piel que serviría para forrar las pelotas usadas para jugar en el frontón. Esta noche, por contraste, olía a perfume estelar y terrenal de los allí congregados.

Me viene a la mente un matrimonio de mendigos que llamábamos “Los chililes”, con sus dos  o tres hijos, que visitaban dicho lugar, donde el tío Castilla les daba cobijo en la tenada, donde cocinaban las patatas y el tocino de la mendicidad.  A él lo llamaban “El Catracas”; un tipo feo y mal encarado, de unos treinta o cuarenta años, aunque aparentaba un viejo, encorvado, con una boina sobada, unas botas raídas, de cuero, un cinto retorcido ciñendo su pantalón ajado, de pana, cinto que blandía con sus torcidos y gruesos dedos, de uñas negras, para darle unos correazos a su hijo de unos siete años, para que saliera por las calles, “ vete a pedir, lagumán”, le gritaba; el niño engarañado, con sus mocos colgando y las manos ateridas en aquellos inviernos sin piedad. A la esposa la llamaban “La tía Chilila”. Era una mujer flaca, menudita, con una mirada entre resignada y resuelta, orgullosa de mendigar con su niño a la espalda, sujeto con un lienzo, cual bolsa de canguro.

Mientras caminaba con la mano tendida, ella le daba de mamar. Era nuestra atracción, porque nunca habíamos visto una teta tan larga y flexible, tan esmirriada. El niño pedía mamar y su madre sacaba la teta que se estiraba como un chicle, y el retoño enganchaba el pezón por encima del hombro y estrujaba cuanto podía.

Me inspiró un relato que incluí en mi libro: “Poesía, cuentos y relatos cálidos”, y que termina así:

“Llovía, nevaba, y el niño,

de la teta chupaba.

Llovía, nevaba, y al niño,

la teta entregaba.

De negro su ropa,

dorada su alma,

eran lágrimas de leche,

que su madre le daba”.

Todo aquel universo volaba esta noche bajo las jugosas “Lágrimas de San Lorenzo”, que comenzaban a chispear.

Bajo la farola que iluminaba aquel recoveco, proseguí ensimismado con las imágenes de un tiempo lejano. La gente seguía afluyendo al encuentro más fraterno, si cabe, que nunca. Los diferentes perfumes de ropas festivas de modelos variopintos y caras alegres, planeaban en el ambiente. Se fue formando un círculo que iba estrechando el espacio como si fuéramos a jugar al corro, y no sería por falta de ganas, pues el extraordinario ambiente casi familiar lo sugería.

Antes de comenzar a recitar mi poema, recorrí con la vista la parroquia allí congregada.

El pueblo entero había acudido, salvo los mayores que andarían camino del dormitorio, si es que no dormía ya. Me sorprendió ver a tantos jóvenes de entre 15 y 25 años, aproximadamente (hijos y nietos de los que un día emigraron a la ciudad). “¿Y yo que creía que solo les atraía el móvil y las redes sociales?” Craso error de mi parte, porque esta generación son los que tomarán el relevo de la cultura, que es lo que de verdad identifica a un pueblo y por eso estaban allí.

Comencé bajo la farola, cuya luz insuficiente para la letra pequeña me hizo descarrilar en dos o tres renglones, pero hubo comprensión, aunque perdió ritmo lo que sigue:

“Era mi calle terrosa en la Zarza, el escenario oloroso de días que se iban gastando con la brisa, la deliciosa brisa que acariciaba los sayales de las abuelas y la cabellera de los muchachos alegres rodando el aro y sorteando obstáculos; los obstáculos de la propia vida. ..”.

Después tomó el relevo Anselmo, un excelente poeta del Milano, pueblo limítrofe, que se unió al evento. Siguieron otros actores. Luego cambiamos de escenario.

Al salir de aquel “Rincón de la Alondra”, como figura en la placa del callejero, acaricié el ventanuco de madera pintada de verde pradera de la casa de Cesáreo (nuestro cabrero) y su familia. Vivienda vacía que encierra a cal y canto los recuerdos que viajan conmigo. Recordé a Alejandro, quinto mío, poeta innato, excepcional, haciendo pantomimas en las representaciones improvisadas de teatro encima de la peña de la plazoleta a esta hora veraniega. Y lo recordé con las cabras en la ladera abrupta de nuestro río Uces, donde nos bañábamos desnudos en la balsa del molino, en Singuilina. Allí hacíamos dos haces de bayón y cual indios en el Amazonas, navegábamos por las orilla, bajo el canto chillón de los abejarucos sobre nuestras cabezas. Después, de regreso a casa, cazamos dos lagartos que desollamos y freímos; carne blanca y sabrosa como de conejo. Era el aprendizaje de la vida en nuestra adolescencia. No teníamos ni bicicletas ni falta que hacía, teníamos piernas incansables para recorrer los cuatro kilómetros que separaban el pueblo del río. Alejandro, mi amigo del alma, lo transformaba todo en poesía, por eso esta noche sentí que era un homenaje callado a su memoria, pues falleció demasiado joven y, a buen seguro, ahora estaría celebrándolo con nosotros desde el más allá con su sonrisa perenne.

Dejamos atrás el “Rincón de la Alondra” y mi calle de infancia, para dirigirnos, calle abajo, al “Rincón del Ruiseñor”. El murmullo de la comitiva contrastaba con el silencio de la noche. Procesión laica, con la brisa acariciando nuestros pasos, y nuestras palabras  liberadas de las cadenas de lo políticamente correcto, pues lo correcto era manifestarse libremente, como los versos recitados, salidos del corazón del poeta para cautivar otros corazones. Y en eso estábamos bajo la chispeante cúpula celeste hasta llegar al “Rincón del Ruiseñor”. De nuevo se formó el círculo humano, sereno, cada cual flanqueado por otra alma afín, de forma natural, sin pretenderlo, simplemente llevados por esa energía sutil que nos conecta unos a otros como criaturas del universo que nos guía. Y se hizo el silencio, la respiración sosegada, las miradas puestas en los nuevos actores, hombres y mujeres, con sus poemas en una mano y el micrófono en la otra, y los versos volaban como copos de nieve cálidos, como mariposas azules, como el canto del ruiseñor. Los versos fluyen, los aplausos agradecidos crepitan, las sonrisas de satisfacción afloran para dar paso a la siguiente parada: en el “Torreón”. Pero antes de emprender la marcha me vino a la mente, que en dicho rincón del “Ruiseñor”, con sus dos viviendas humildes, el piso de la plazoleta de cemento impoluto, unas macetas con flores al fondo del recoveco, contrastaban poderosamente con el alma de dicho lugar de hace 65 años, donde había una higuera (desaparecida hoy) donde Aureliano, a sus 18 años, tras su ardua jornada laboral, le gustaba merendar a la sombra de la higuera, hasta que un día aciago le sorprendió la muerte en la construcción de la carretera que llevaría al embalse de la presa de Aldeadávila, y  este rincón se vistió de luto, y la noche se hizo más larga  y oscura que nunca y lloró lágrimas negras; y el velatorio respiró, entre la tristeza y el dolor, el aroma del café más negro y cálido que el padre servía con una entereza sobrenatural. Recordé toda la tragedia, sus pletóricos 18 años, y pensé que estos versos le llegarían al cielo, porque no podía ser de otra forma, porque la poesía es vida y amor, y por tanto, el ramillete de flores que allí nació, volaría a su encuentro como un cálido beso.

Más adelante, en la parada frente al Torreón, donde en lo alto se yergue la campana que dio las horas y medias horas de todos los años que nos vieron pasar, salió al balcón Anselmo, y después otro actor, y otra bella intérprete. Como cuentas del rosario fueron desgranándose a través de la artística forja del balcón, versos de Unamuno, de Gustavo Adolfo Bécquer, y la noche fue llenándose de pétalos de rosa sembrados a cada paso, y de repente una estrella fugaz rasgó el firmamento, y todos, como bendecidos por la esencia de la poesía, caminamos hacia la última estación, no del viacrucis, sino de la ronda poética más gozosa hasta llegar al “Corral Largo”, al extremo opuesto del comienzo.


En el amplio recoveco, donde hay un cobertizo que cobijaba a la abuela de la lluvia o el sol veraniego mientras hilaba en tiempos de posguerra, se leyeron los últimos poemas. La media noche entregaba el relevo más peculiar, más apacible y armonioso, al nuevo día. Nadie quería marcharse. La poesía había funcionado como catarsis. Todo eran caras risueñas. Los comentarios de gratitud a los promotores de esta velada se sucedían: “Gracias, Angelita. Gracias, Manolo. Gracias, Anselmo, por venir de tu pueblo…” y así unos y otros nos congratulábamos por el éxito obtenido.  No cabe más alegría cuando el pueblo es el protagonista de su fiesta, aunque el grupo de músicos veraniegos vengan a amenizar el baile con su orquesta.

De entre la muchedumbre, salió Nicolás con su cayada para ponerle el colofón a la inolvidable “Ronda”. Nicolás que es vecino de Masueco, pueblo limítrofe, no quiso perderse esta velada. Él se siente también zarceño, pues a sus 16 o 18 años, prestó su servicio a un labrador que tenía vacas lecheras. Se plantó ante el micrófono. Yo pensé que iba a contar un chiste, como buen animador que es. Pero se arrancó con un poema larguísimo de la época del Siglo de Oro. Dijo que lo había aprendido en la escuela a los siete años, y me asombró que a sus 76 lo recitara imprimiendo el tono, el énfasis, las pausas, el ritmo perfecto. Lo que demuestra que eso que aún se dice de que “la letra con sangre entra”, en alusión a la brutalidad de los maestros en tiempos de dictadura, casa poco con la realidad, aunque hubiera algún desalmado, que los había, pero Nicolás es un ejemplo de todo lo contrario.  Se llevó una ovación atronadora.

Y nadie quería abandonar el lugar, y poco a poco fuimos caminando con pasitos cortos y paradas intermitentes, para comentar lo extraordinario del momento vivido, irrepetible, fantástico, y en corrillos avanzábamos hacia la plaza del Ayuntamiento para celebrarlo con una copa en la terraza del bar, como si la noche no tuviera fin.

Era la una cuando regresé a casa, con el espíritu en paz, satisfecho, porque la poesía fue el eslabón que nos unió como nunca. Miré la cúpula celeste y una estrella fugaz, una “lágrima de San Lorenzo”, corrió y fue un visto y no visto. Como si quisiera recordarnos lo fugaz de nuestra existencia. Fugaz, efímera, sí, pero también maravillosa cuando la poesía consigue desvelar y proclamar lo mejor de cada cual, eso que atesoramos sin percatarnos, a menudo, de que la esencia de la vida está en compartir, en dar y recibir sin esperar nada a cambio.

                                                                     Félix Carreto

                                                           La Zarza de Pumareda,

                                                                 Agosto de 2024