10 julio 2026

TRILLANDO LA VIDA

                         TRILLANDO EL PAN

Los calores aprietan, las ganas de ver la cosecha a buen recaudo, también. Todo un año de sueños, sacrificios y esperanzas mirando al cielo e implorando su clemencia, para que una tormenta esporádica o una plaga cualquiera no mermen o aniquilen el esfuerzo del campesino de todo un año.

Soñar es algo intrínseco al ser humano, y soñando nos pasamos gran parte de nuestra vida: soñando con aprender cosas en la escuela, con ser adulto, con tener hijos y verse reflejado en ellos, soñar en las horas apacibles de la alcoba…sueños, sueños me llevan y me traen, sueños que no alcanzo a soñar, sueños en el palomar de mi alma.

Al contemplar esta foto de la trilla despertaron de nuevo los sueños de un tiempo suspendido en el tiempo, de un tiempo tan lejano que me parecía un sueño, pero entonces despertó mi olfato dormido de aquel tiempo y volvieron las emociones, los aromas, seguido de sonidos, y de caricias, y de risas, y de sudores combatidos con el agua fresca del botijo cuyo gorjeo fresco en la garganta abierta al fluido en cascada, saciaba mi sed de muchacho ávido y cantarín sentado en el trillo, solo o con el abuelo.

Dicen los que no lo vivieron que eran tiempos duros, y quizás no les falte razón, otros que sí lo vivieron replican que no lo eran tanto, porque también procuraba buena dosis de felicidad. Felicidad vista o sentida desde la lejanía del tiempo. Tiempos duros, sí, felicidad de muchachos inquietos y juguetones, también.

Tal vez la felicidad no sea lo que pensamos así, a bote pronto; ese reclamo maravilloso que nos ofrecen en miles de imágenes bucólicas los gurúes de la manipulación de los sentimientos a medida del consumidor, imágenes en lugares de ensueño que los vendedores de crecepelos cocinan para sacarnos los cuartos a cambio de una felicidad a medida hasta que, a menudo, caemos en la cuenta de que la felicidad soñada la teníamos a la vuelta de la esquina. Cada quien parece construirse un mundo y una felicidad a la imagen de sus sueños, o bien sigue persiguiendo esa felicidad a base de cheques al portador.

Así, como barquichuela en aguas mansas, me dejé llevar a ese remanso de felicidad encarnado, ahora, y tal vez entonces también, en esa imagen trillando que, más que una imagen, es el compendio de unas secuencias vividas que vuelven a revolotear en el palomar de mi alma:

Vuelve a mis oídos el crujir de las pajas al paso del trillo, triturándolas con las chinas de pedernal incrustadas bajo él, junto con dientes de sierra que iban desmenuzando la mies. Vuelven a mis oídos el hincar de las pezuñas entre las pajas de los burros, mulos o bueyes tirando del trillo.

Vuelve la voz del adulto que velaba por el buen desarrollo de la tarea: “¡Muchacho!, ojo al burro que levanta el rabo y cagajón al canto. Ponle el orinal que no caiga en la parva, que andas en las musarañas, ¡qué coño de rapaces…!” Y el vecino de la otra parva reía, y en ese juego de muchachos el calor parecía menos justiciero bajo el sombrero de paja.

Vuelve a mis oídos la voz del abuelo: “Detén el trillo y vente a merendar con nosotros a la sombra de la parva…” Y entonces todo el mundo se despojaba del sombrero, y aparecía en los viejos la calva lechosa, en contraste con las manos tostadas. Y la abuela: “Toma este trozo de jamón, verás qué rico, hijo”. Y vuelve a mi memoria olfativa el aroma del queso de oveja curado en la tinaja con aceite de oliva, y el olor del chorizo curado, y un trozo de ciego por aquí, y el pan casero que era una bendición, por allá, y el agua del botijo que era el manjar gratis de la fuente, y un eructo inoportuno pero bien recibido: “ buen provechito, hijo”, y el olor crepitante de la paja ardiente parecía reclamar su dosis de merienda, y vuelven a mis ojos los colores intensos y refulgentes de  las pajas, y de los pantalones negros de pana desteñida con remiendos a cuadros nuevos que más bien parecían el mapa de África. Y tras la merienda volvían las caras risueñas, relajadas, y luego: “ bueno, muchachos, volvamos a la faena…”, y uno volvía como purificado por ese momento fraterno y restaurador, y calábamos de nuevo el sombrero en la cabeza aireada y feliz, y así cada familia de los que trillábamos en la era seguíamos con el ritual hasta que, el sol apagándose en el horizonte, marcaba el final de un día caluroso, pero lleno de esperanza; esperanza de ver la paja en el pajar, el grano en la panera, cumplida la alegría de seguir viviendo al ritmo de la cosecha anual. El sol apagado, los aperos volvían a su aposento, los animales de faena saciaban su sed, rebuznaban o mugían como quien desea el fin de la tarea, comían su porción y pastaban en los prados mientras los muchachos, la camisa remangada y la cara tostada, gastábamos bromas y celebrábamos, a nuestra manera, el final de un día duro, pero feliz. Y ya, el regreso a casa para cenar unas patatas cocidas en el puchero de barro que sabían a gloria. Era entonces cuando se respiraba la fragancia refrescante que brotaba de los huertos de la Vega, o de los frescos prados de Vallito Redondo, y envueltos en ese aroma balsámico, dábamos por terminado un día más, que sería un día menos para terminar la recolección.

¿Había algo de espiritualidad en aquel laborar? Probablemente sí, cada cual la vivía en su fe interna, y eso ayudaba, sin duda, a superar una labor ardua y agotadora.

Esta imagen trillando ha vuelto a recordarme lo que fui, lo que fuimos, porque, en el fondo, somos el recuerdo que atesoramos en nuestra mente. Recuerdos que cada cual revestirá con el sentir de su alma.

Debo decir que también fueron menos placenteros cuando hube de servir a mi amo, como se decía, en otro lugar, en la misma tarea, como queda plasmado en mi novela” Lágrimas por Estrella”.

En fin, la vida es esa alternancia de momentos gratos y lo contrario.

Al calor de estas remembranzas, siguen revoloteando en mi alma los sonidos, aromas, imágenes, sabores y muestras de cariño de aquel tiempo de trilla y, sobre todo, sigo añorando aquellos manjares culinarios que nunca volvieron a ser lo que fueron y, por lo tanto, me siento afortunado…HUUMMMM

08 junio 2026

Francisco Moya "Chupaligas"

 

CENTENARIO DE UN TROMPETISTA GENIAL

 “Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor, y el que tenga estas tres cosas que le dé gracias a Dios”, dice la canción que tan magistralmente hacía sonar nuestro homenajeado.

Y si alguien puede dar gracias por haberlas tenido —y haberlas repartido— ese es Don Francisco Moya, nuestro querido “Chupaligas”, un hombre que no vino al mundo por casualidad, sino con una misión clara: llenarlo de música, de alegría y de vida.

 Naciste para tocar la trompeta como nadie.

Naciste para poner a bailar a los pueblos del oeste salmantino, en Las Arribes del Duero: desde Fermoselle a Saucelle, pasando por Aldeadávila y Mieza; y desde Hinojosa a San Felices de los Gallegos hasta el Villar de Peralonso, pasando por Vitigudino, sin olvidar tu querido pueblo Cabeza del Caballo, donde enamoraste la mujer de tu vida.   Naciste para que cada fiesta tuviera su chispa, su compás, su pasodoble. Porque no hay pueblo de nuestra comarca que no haya vibrado con tu trompeta.

No hay plaza que no haya sentido su música rebotar en las fachadas. No hay generación que no tenga una historia de amor, un baile, un recuerdo ligado a tus melodías. Y así, entre parejas que se enamoran, fiestas que brillan y calles que ríen, queda tu huella: profunda, alegre y eterna.

 “Salud dinero y amor”, reza la canción.

Salud… Claro que la tuviste. Y por eso, en este florido 24 de mayo de 2026, que parece hecho a tu medida, celebramos con orgullo y emoción tus cien años.

Dinero… El justo. El necesario para comprarte una trompeta, un redoblante y una bicicleta con la que recorrer pueblo a pueblo, siempre acompañado de tu esposa, llevando música donde hiciera falta. Y hasta Núremberg, en Alemania, llegó tu espíritu incansable, siguiendo los pasos de tantos españoles valientes de los años sesenta.

Amor… Ese lo has regalado a manos llenas. Porque tu vida —larga, plena, luminosa— no se entendería sin ese amor profundo que pusiste en cada nota, en cada gesto, en cada sonrisa. Amor por la música, por la gente, por la vida misma.

Pero cien años son muchos como para no haber pasado también por momentos amargos, trágicos y llenos de dolor.

Tragedia acaecida aquella mañana de domingo, 7 de febrero de 1937, en plena Guerra Civil, en Málaga, donde habíais llegado toda la familia con el circo ambulante para alegrar un poco la vida. Tú con apenas diez años. Aquella mañana, tu madre os dijo a los tres hermanos que fuerais a la playa a disfrutar mientras ellos ensayaban bajo la carpa del circo, y os dio un beso, el último.

Pero el silbido y la explosión de la bomba asesina os aterró antes de caer de lleno en la carpa. Corristeis hacia ella, y lo que hallasteis fue el horror más cruel y demoledor: enseres calcinados y aún humeantes entre cuerpos destrozados. Me estremezco al saber que te quemaste las manos de niño, arañando desesperadamente entre los amasijos, buscando ayuda y consuelo donde solo había muerte

El destello de la trompeta de tu padre, junto a su estuche, que se había librado milagrosamente de la quema, llamó tu atención. La contemplaste como si fuera el único hilo conductor de vida y de recuerdos. Abrazado a ella, y de la mano de tus hermanos, seguisteis un largo calvario hasta ser internados en un orfanato del Auxilio Social.

Por fortuna, en sus pesquisas, tu tío dio con vosotros y os liberó. Aprendiste a tocar la trompeta, tu compañera inseparable de vida. Superaste aquella tragedia con una entereza tan colosal como ejemplar. Perdiste lo más sagrado de la forma más cruel y brutal. Sin embargo, ya nada te iba a doblegar en tu misión de músico del pueblo y para el pueblo.

Primero a pie, por esos caminos de Dios, con tu esposa, el bombo a cuestas y la trompeta en la mano; luego en bicicleta, recorriendo todos los pueblos del oeste salmantino, pasos seguidos por tus hijos. Pero, como la envidia es el veneno de este país, fuiste denunciado por carecer del permiso preceptivo como músico. Aunque tú no hacías sino llevar alegría a los pueblos. Por eso salieron en tu defensa los mozos del Villar de Peralonso en el día de su fiesta cuando la Guardia Civil irrumpió en el salón para impedirte seguir con el baile.

Tampoco esas afrentas te iban a acobardar, y decidiste presentarte al examen en Salamanca para obtener el permiso correspondiente. No sabías solfeo, pero tu música era única, bella. Los componentes del tribunal te dijeron que no podías tocar bien sin conocer el solfeo. Tú lo negaste y pediste una oportunidad. Se miraron dubitativos, casi compasivos, y te preguntaron qué deseabas tocar. “El pasodoble “En er Mundo”, dijiste con firmeza. El Presidente te dijo adelante con la mano. No salieron de su asombro cuando soplaste con tanta fuerza y belleza que el sonido de tu trompeta los cautivó irremisiblemente. Sonrieron y te felicitaron, otorgándote la licencia tan deseada. Una nueva etapa se abría, siempre con la trompeta y la música por montera.

Hoy, al recordar tu inmensa trayectoria, no solo celebramos, todos los que te queremos, un siglo de existencia.

Celebramos un siglo de alegría compartida, de música que unió corazones, de vidas que hiciste más felices y un poco mejores.

Gracias, querido Francisco, entrañable “Chupaligas”.

Nombre artístico que es sinónimo de alegría, de buen cantar y bailar, de buen comer y beber, de reír, de contar historias y de soñar.

Mi enhorabuena, de alguien que nunca olvida los momentos musicales y las charlas maravillosas que compartimos entre risas y una copa de vino.

Feliz cumpleaños, y gracias por todo y por tanto, siempre.

Félix Carreto Martín


















🎺 Poema a Don Francisco Moya, “Chupaligas🎺

 

En las Arribes del Duero,

Donde el viento huele a fiesta,

Sonó un día una trompeta

Que despertó de la siesta.

 

Era Francisco Moya,

Hombre bueno, alma sincera,

Que soplaba luz y vida

Por cada nota que diera.

 

Con una bici, una trompeta

Y su esposa tan amada

Recorrió caminos largos

Y plazas abarrotadas

Donde el pueblo aguardaba ansioso

Pasodobles que encendían.

 

Cuántos bailes, cuántas risas,

Cuántos amores nacieron

Mientras su trompeta al aire

Contaba lo que él tenía:

Música, amor y alegría.

 

Sus hijos siguieron sus pasos

La música, su compañera

La “orquesta Moya” llenó

De confetis las verbenas.

 

Y hasta en tierras alemanas

Su sonido fue bandera

De un pueblo que no se olvida

De quien tanto amó a su tierra.

 

Hoy celebramos su vida

Su centenario florido

Su afán por llenar de fiesta

Los corazones sombríos.

 

Porque hay quien vive un instante

Y hay quien vive para siempre:

Chupaligas  es de los que siguen

Abrazando eternamente

 

Gracias, maestro del aire,

Por tu risa y tu compás.

Tu trompeta sigue viva:

Su eco perdurará.

        Félix Carreto 

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SAN LORENZO  2013

MAS INFO:  ARRIBES AL DÍA 



08 noviembre 2025

LA ZARZA DE PUMAREDA EN MI CORAZÓN

A veces me pregunto cómo pasó el tiempo, ese tiempo que se escurre entre los dedos de la mano, ese tiempo que tiñó de blanco el pelo que fue negro, o castaño; mi pelo, tu pelo, el de todos que por este pueblo querido pasamos.

Cada amanecer era una nueva esperanza. Cuando el sol asomaba por el Cotorro, uno comenzaba a tejer el quehacer cotidiano, los sueños que irían conformando nuestro transitar por las calles terrosas, por las tierras abiertas donde allá por julio, perseguíamos a los perdigones en el rastrojo, y a los “santigallos” (saltamontes) que disfrutaban con cabriolas espectaculares de este campo en barbecho generoso y ceniciento, “santigallos” cazados con la mano y guardados en el fardel para alimentar la perdiz enjaulada, tan bonita ella, con su corbata adornando su pescuezo, y con su canto lleno de luz y del aire fresco donde se crio.




















Luego, el sol se acostaba por los Navazos, camino de Portugal, en crepúsculos rosados las más de las veces, al tiempo que las campanas tocaban a oración y las señoras se santiguaban en la calle al oírlas, como un agradecer a la vida el mismo hecho de seguir viviendo, con humildad y devoción, tenazmente, abrazando a los suyos, compartiendo pan y vino, chorizo y jamón, risas y llantos. 

Uno iba creciendo sin darse cuenta que el paso del tiempo era el escultor que iría conformando nuestra personalidad, nuestras ilusiones y nuestros miedos, nuestros anhelos y nuestras frustraciones, porque esa era la manera de ir aprendiendo a transitar por los caminos pedregosos, o arenosos o embarrados, o floridos de escobas rubias, según fuera invierno, primavera o verano.















Todo parecía estar diseñado por el Creador para que nuestro pueblo, nuestro campo, nuestras nubes y nuestros cielos azules, conformaran las secuencias más sublimes de la película de nuestra vida para, en su momento, darle a la moviola y revivir aquello que uno amó y  que se esfumó entre los dedos como el grano limpio trillado en la era.

Por todas partes que anduve, por todas las ciudades que transité, vi en el cielo las nubes de mi pueblo, los cielos azules, las nubes de pedrisco, la nieve que caía mansamente del cielo cuando de muchachos abríamos la boca para sentir los copos y su caricia en la lengua. Por todos lugares honré la acogida cálida con que recibíamos a un familiar o un foráneo el día de la fiesta del patrón, San Lorenzo, o el día de las Madrinas, y en todas partes hallé la respuesta cálida al devolverme la misma acogida, porque cuando uno ha hecho de la amistad una forma sana y generosa de convivencia, la respuesta suele ser el pago con la misma moneda, o sea el saludo cariñoso, la sonrisa y el abrazo.

Todo ha ido marchitándose entre primaveras frondosas de amapolas mecidas por la brisa en los trigales, el canto del cuco por abril, el crotorar de las cigüeñas en el campanario por San Blas, el siseo de las golondrinas por mayo, como el canto del ruiseñor que nos alegraba el paseo por los caminos, y hasta en el silencio de la media noche mientras la hembra incubaba, al tiempo que el canto monocorde del búho autillo en el chopo de enfrente de casa, velaba nuestro sueño. Aves diurnas para alegrarnos con su vistoso plumaje; aves nocturnas para acunar el silencio de la noche. La naturaleza había desplegado una sinfonía para deleite de los cinco sentidos.

Todo se fue yendo, pero todo volvía para recordar nuestra infancia en nuestro pueblo; para recordar a los que se fueron para nunca volver, a los que dejaron su impronta en las paredes de piedra tosca y eterna , a los que nos enseñaron a leer y escribir y a calcular lo que es calculable, y a los que nos enseñaron las oraciones para hallar un sueño feliz, o simplemente una forma serena de vivir hasta llegar a la última estación del camino,  cuando ya todo se haya esfumado y escurrido entre los dedos como trigo limpio trillado en la era.

Así llevo conmigo todas las sensaciones de mi pueblo, todas las canciones que volaron, todos los bailes acompasados a la música de acordeón y trompeta, todos los sonidos de cencerros y esquilas del ganado que regresaba al pueblo con el crepúsculo, al toque de las oraciones; las cabras con las generosas ubres llenas de leche de nuestro campo, las ovejas con el cordero recental que representaba la esperanza de conseguir unos cuartos y también un sabroso manjar por la Navidad, y así fue definitivamente escurriéndose el tiempo entre las manos, como trigo limpio trillado en la era de mis sueños.  

                                                                                                                      Félix Carreto

La Zarza de Pumareda

Noviembre de 2025

19 agosto 2025

TRAS LOS PASOS DE SAN LORENZO

A todos los vecinos de La Zarza de Pumareda, presentes y ausentes, que han llevado en andas a San Lorenzo con fe, alegría y esperanza. A los que se fueron, a los que volvieron, y a los que aún sueñan con regresar. Este relato es para vosotros, porque en cada paso de la procesión, en cada aroma de la fiesta, en cada sonrisa compartida, vive nuestra historia.















San Lorenzo no es solo el Patrón de nuestro pueblo. Es el hilo invisible que une generaciones, el guía espiritual que nos acompaña desde tiempos inmemoriales, el símbolo de la amistad, la esperanza y la memoria compartida. Miro atrás y me pregunto cuántos lustros, cuántos siglos lleva animándonos cada 10 de agosto.

En este primer cuarto del siglo XXI, me he dejado llevar de su mano para desandar el camino de mi infancia, cuando era monaguillo de don Leopoldo y todo tenía el aroma de la ilusión, el de labrarse un futuro mejor a base de sacrificios,

Él podría contarnos miles de anécdotas, pero para qué, si lo que importa es seguir los pasos de los que lo llevaron en andas desde un tiempo remoto. Ahora nos toca a nosotros, mañana otras generaciones tomarán el relevo y siempre, San Lorenzo, nos llevará por la senda adecuada.

Las cosas han cambiado mucho, obviamente, desde los años cincuenta y sesenta del siglo pasado y, a pesar de todo, siempre hay algo inmutable: la amistad, esa que se refuerza durante la procesión por las calles mil veces transitadas, con olor a incienso, todos a paso lento detrás del Santo Patrón.      

.Las calles eran de tierra también hollada por el ganado, pero el día de la procesión cada vecino había barrido y regado en torno a su puerta y todo tenía la fragancia de lo fresco sublimemente terrenal.

Era el día en que uno estrenaba su ropita: una camisa, un pantalón corto, unas playeras. Se salía a la calle con el orgullo de mostrar tales prendas —impregnadas aún del olor de la tienda—, prendas que eran el esfuerzo y el sudor de padre dinamitando peñascos en la construcción de la carretera del Salto de Aldeadávila. Salario que nunca llegaba a fin de mes, o cuando se pagaba a la quincena. Pero al menos había unos ingresos que eran magistralmente administrados.

Recuerdo la mañana en que emprendí el camino que me llevaba a casa de mi abuela Pepa, para mostrarle mi camisa nueva de manga corta y con bolsillo. En dicho camino me crucé con la tía Ramona, que era viuda, entrada en años y relativamente pudiente. “¡Qué guapo vas!”, me dijo. Luego me preguntó si sabía cómo se llamaba. “Señora Ramona”, le dije.  “Y tú ¿cómo te llamas?”, me preguntó, aunque lo sabía, pero ella quería escuchar de mi boca una frase. Tras darle mi nombre y apellidos, añadí: “para servir a Dios y a usted”. Eso era lo que quería escuchar para completar ella misma la frase con una rima”: “Y si tiene una perrita gorda, que me la dé”. Metía la mano en la faltriquera y me daba la “perra gorda”, o sea, moneda de 10 céntimos, que yo guardaba como un tesoro para comprar almendras garrapiñadas o turrón el día de San Lorenzo.

Me dio mucha pena cuando murió, acaso también porque era muy generosa y siempre, en nuestros encuentros, con la sonrisa en los labios, repetía por mí: “y si tiene una perrita gorda, que me la dé”. Esa era mi fortuna, y se lo dije a abuela. “La pobre, ya emprendió el camino del cielo, hijo”. Permanecí dubitativo. Luego, con la inocencia de mis ocho años, le pregunté que dónde empezaba el camino del cielo, “porque yo no lo he visto, abuela”. Sonrió. “Empieza cuando se nace, hijo”. Pero mi curiosidad no acababa ahí. “¿Y todos emprendemos ese camino?” “No todos”, dijo con semblante apenado para añadir: “Ese camino del cielo lo llevamos aquí”, concluyó señalando, con el dedo en su pecho, el corazón. No lo comprendí del todo. Hoy ya lo sé. Gracias, tía Ramona.

Era el día en que se hacía un gran esfuerzo por cocinar los mejores platos, aunque el resto del año escaseara la comida selecta en tiempos de posguerra.

Padre, además de trabajar duro, criaba conejos y palomas. Yo acudía al campo, tras salir de la escuela, y regresaba con el saco lleno de yerbajos que sabía les gustaban. Las palomas comían casi siempre en el campo. Así que padre mató tres conejos, tres palomas y cuatro pichones. Además, madre había comprado chuletas de ternera morucha, que ese día mataba el carnicero; el resto del año, solo despachaba carne de oveja o cordero. Aún perviven en mi memoria olfativa y gustativa aquellos manjares, que eran nuestra fortuna por un par de días, tras acudir a la misa y procesión.

Después, hacia la una, comenzaba la primera sesión de baile. Luego el banquete, la siesta para los adultos, para concluir con las otras dos sesiones de baile hasta altas horas de la noche.

Hubo un año que se disputó un partido de fútbol entre los mozos del pueblo y algún foráneo invitado a la fiesta. Se celebró en la era, precisamente, de la tía Ramona, en el Camino Milano. La paja y el grano ya estaban a buen recaudo en sus dependencias. Me sorprendió ver a mozos de unos veinte años jugar en pantalón corto (era casi una osadía, por lo del puritanismo religioso), sus piernas blanquitas y sus brazos tostados, como la cara. Jugaba mi tío Vicente, César de Aquilino y sus quintos, además del médico, que era un entendido y fanático del fútbol. Algunos chavales apostados en una peña, tras los dos palos de la portería improvisada, lanzábamos cohetes para niños, casi inofensivos. Fue un gran espectáculo y un gran día.

En los tenderetes, la tía Juana, de la Alberca, y sus dos hijas gemelas y hermosas, vendían turrón de almendra, donde la miel rezumaba con el calor. Ella siempre sonriente, ataviada con la vestimenta tradicional de la serranía de la Peña de Francia, de sus orejas pendían zarcillos de oro, como los de mi abuela Rosario. Había caramelos en forma de cayado con los colores del arcoíris, y a fuerza de chupar y manipularlos, las manos se volvían pringosas, con el riesgo de manchar mi camisa nueva. Comprábamos mixtos, que eran pequeños explosivos de papel que se encendían al frotarlos o al lanzarlos contra el suelo, carentes de todo peligro; nuestro divertimento favorito.

A la sesión nocturna de baile, ya fuera en el salón de Aquilino, o en el de Luciano, las mujeres, amas de casa en general, con hijas e hijos casaderos, se apostaban a las ventanas para observar como bailaban unos y otras, sus sonrisas, imaginando las conversaciones —pues ellas ya habían pasado por ahí—, celebrando que su retoño cortejara una moza guapa. Otras estaban más pendientes de la distancia que guardaban sus hijas con el cuerpo de su pareja, ¡ojo!, no fuera a ser que el diablo… ya se sabe, anduviera suelto y podía provocar un pecado que había de confesar si quería ganarse el cielo, como la tía Ramona.

Era el día en que todo olía agradablemente, en la procesión, en la calle, en el salón de baile; las ropas estrenadas aún con el aroma de la tienda, la cabellera destilando la colonia a granel que vendían en el comercio de la tía Pepa, o Avelina; el cuero de los zapatos que llevaban el sello aromático a pez y betún de Antonio, el zapatero. Por las puertas y ventanas de los bares, que entonces, con la construcción del Salto de Aldeadávila, había al menos seis: el de la Luzdivina, el de Luciano o Esperanza, el de la Salvadora o Aquilino, el de Olivera, el del Chaquetones, el de mi tío Andrés, “Calzaparda” que en gloria esté, de todos trascendía el olor denso a humo de puros y cigarrillos, a colonias variopintas, al vaho de vino y coñac, anís o cerveza,  a mejillones y berberechos, a aceitunas aromatizadas con tomillo. Todo aquel universo encantador, envuelto en sonrisas y canciones junto a la barra de la cantina, cuyo mostrador limpiaba sin cesar con la bayeta la camarera con la melena suelta y la sonrisa carmesí, toda aquella alegría el día de San Lorenzo, se fue volatilizando con la emigración a las ciudades y al extranjero en los años sesenta.

Yo fui uno de ellos. Y Cuando regresé de París, donde trabajaba a mis veinte años, intentamos revivir aquella alegría de nuestra infancia, pero ahora bailando el twist y los bailes modernos de los Beatles, con mis amigos, entre ellos Abelardo, que era el mejor bailador de twist, realmente infatigable.

El dinamismo volvió de la mano de don Miguel, el nuevo sacerdote, moderno, que había trocado la sotana por el alzacuello. Y los mozos celebraron carreras ciclistas, con Abelardo, Juan José, Casimiro, Santiago y muchos más. Ahora nos tocaba a nosotros tomar el relevo, también para llevar en andas a San Lorenzo. Y todo volvió a florecer con la música del grupo “Los Vanadiors”, y celebrando concurso de disfraces, nada de disfraces comprados, sino elaborados o amañados: aquí vestida de enfermera y él con bata blanca de médico; allá con la sotana del antiguo sacerdote y un crucifijo colgando del cuello, ella de Virgen; otra pareja vestida de hippies, otra de viejos del lugar con boina y cayada, etc. La imaginación brillaba en las noches cálidas de Perseidas o “lágrimas de San Lorenzo”. Habíamos entrado de lleno en lo que se llamó la modernidad.

 Así que pensándolo bien, uno comprende a los españoles que desde la llegada de Colón a América, poblaron el continente de San Lorenzos, ciudades y lugares de culto, desde la Patagonia hasta California. Por algo ese fervor con el que comulgamos toda la Hispanidad. Por algo este 10 de agosto es una fecha sellada a perpetuidad.  San Lorenzo es el camino andado desde un tiempo remoto por las personas de buena voluntad.











Tras lo narrado alguien se puede preguntar si todo era de color de rosa, si no había malos momentos, personas malvadas. Pues sí, las había, y las seguirá habiendo como en toda época y lugar, pero las de buen corazón eclipsaban a las mentes retorcidas, de modo que uno se sentía querido y apreciado por la mayoría. Era nuestra forma más universal de comulgar.

Esa esa es tal vez la misión y enseñanza de San Lorenzo mártir.

Yo sigo viajando con él; con la bondad de la tía Ramona; con el exquisito turrón de la tía Juana; con los caramelos cayada de colores; con la exquisitez del buen guiso de conejo y pichones de paloma; con la algarabía que provocaban las campanas al anochecer la víspera de San Lorenzo, y los cohetes; con el sonido del acordeón, saxofón, trompeta, batería y redoblante marcando un pasodoble y, ¡cómo no!, con una mirada pícara de muchacho adolescente hacia las mozas que ponían su mano en el pecho de su pareja para que no la achuchara, porque había ojos censores por todas partes.

Todo esto se fue, pero permanece tan vívido como si hubiera sucedido ayer.

Este ha sido mi homenaje al Patrón San Lorenzo, con el que terminaré mis días, porque es el artífice de mi trayectoria vital, y porque así está escrito.  

 Félix Carreto

 La Zarza de Pumareda, 10 agosto de 2025 

24 junio 2025

El día de San Juan

Aún recuerdo, como si fuera ayer, aquella mañana de mi infancia cuando mi abuela Pepa me llevó de la mano a ver bailar el sol. Hay escenas que misteriosamente perduran en la memoria hasta el final de los tiempos.





















Era el día de San Juan. Mi abuela era muy piadosa y celebraba ese santoral a su manera, pues era devota de San Juan Bautista y San Juan Evangelista, a partes iguales. Ella me explicaba la diferencia entre ambos y yo, acurrucado en su regazo, la escuchaba embelesado porque su voz tenía una suavidad y dulzura tal, que tenía el poder de despertar en mi imaginación escenas idílicas de un tiempo lejano.

Levantarse para ver salir el sol era casi un suplicio para mí, pues había que madrugar mucho. Mi padre se levantaba temprano para acudir al tajo en la construcción de una carretera que llevaría a un pantano. No le hacía falta despertador, pues siempre se acostaba a las diez y a las seis a estaba “arriba”, como le gustaba decir, de manera automática. No obstante, madre puso el despertador a las seis y media, para estar listo en torno a las siete para disfrutar del gran espectáculo. Mi abuela me había hablado de todos los rituales que comenzaban ese día con el sol danzando, para empezar, y las campanas sonando en el fondo del lago de Sanabria, seguido de las hogueras que celebrábamos la noche de ese día y no la víspera. Así que a mí todo aquello me parecía un regalo divino, y como tal lo vivía, ya que acababa de tomar la primera comunión y además era monaguillo, de modo que todo lo que tuviera el aroma de lo celestial me hechizaba.

Madre me llamó dos o tres veces. Yo me daba media vuelta y… a dormir. Al final se enfadó: “¡¿Quieres o no ver bailar el sol?!, retumbó su voz en la alcoba donde, ahora sí, reinaba una temperatura idónea para dormir a pierna suelta, por contraste con los días gélidos de invierno.

Me levanté rezongando. Casi titubeando llegué hasta la palangana. Me refresqué la cara y comencé a disfrutar de lo que era la frescura del nuevo día. Por el ventanuco se colaba una luz casi azulada y limpia, por donde penetraban, además, los aromas frescos de una primavera que nos decía adiós.

Salí a la calle terrosa con el pantalón corto y en camisa y peinado con un tupé que despejaba mi frente y del que estaba orgulloso. Me dirigí a casa de abuela que vivía en las afueras, como nosotros, pero ella mirando al naciente. Me topé con un pastor que llevaba colgado el zurrón y la cayada en la mano y me preguntó que adónde iba tan temprano.: “A ver bailar el sol “, le dije en tono eufórico como quien va a una corrida de toros. “ Pues yo lo veo bailar todos los días, y no te creas que me hace mucha gracia…”, dijo esbozando una sonrisa.

Se respiraba el frescor de la hierba y de las tomateras en los huertos. Algunos rosales desprendía una fuerte fragancia y eso me despertó del todo.

Seguí bordeando las afueras por el camino donde había una charca que se helaba en invierno, y alguna rana me saludó: “Croa, croa, croa”. Era la primera vez que disfrutaba de la belleza matinal, de un aroma tan puro y fresco que tuve la sensación de que mi pueblo era otro.

Mi abuela me dio un beso al verme tan bien arreglado y pasó la mano mojada de colonia por mi pelo. Era como si fuera la unción sacramental del obligado ritual en la mañana de San Juan.

     —Tu abuelo y tíos han marchado a segar la mies —dijo mientras recogía los platos donde habían comido huevos fritos, chorizo, pan que abuela hacía en su horno  de barro , comprado a un comerciante de Pereruela ( Zamora) que vendía también botijos y cántaros. Me imaginaba a mi abuelo, a su hermano Agapito, a mis tíos Indalecio y Pepe, salir de casa calados con el sombrero de paja, la hoz en la mano, las dedaleras de cuero para no cortarse los dedos y el botijo con agua fresca. Había que sudar mucho para recoger lo que sería el pan de todo el año.

En el cielo aparecieron encendidos los arreboles dispersos de un rojo que parecía el carbón de la fragua cuando soplaba con el fuelle el herrero.

     —Hay que darse prisa para no perdernos la salida, que el sol no va a tardar —dijo mi abuela, toda vestida de negro, pasando una mano por la frente para ajustarse el pañuelo negro también. Contemplaba fascinado su moño canoso con alguna brizan negra, fruto perenne de su marchita juventud. Moño tan bien enrollado, sujeto con un rascamoño de hueso, heredado de una hermana que emigró a la Argentina.  Enfrente de su casa había una loma” El Cotorro”, de unos cien metros y desde allí se divisaba el horizonte tanto hacia el Este como al Oeste.

Me tomó la mano, aquella mano cálida, generosa y suave de abuela protectora, y comenzamos a subir la suave ladera. Sentamos en una peña que se elevaba de un metro al borde del camino. Enfrente, el horizonte moteado de robles frondosos y parcelas con sus cercas de piedra. Abuela sacó del bolsillo del delantal un rosario y comenzó a rezar unas alabanzas al Señor por habernos regalado un día más en paz y armonía. Rezamos tres avemarías y comenzamos a esperar la llegada del tan anisado astro.

     —¿Es verdad que baila, abuela?

 —Pues claro, hijo. Es un homenaje a San Juan, un regalo divino para que no perdamos la fe en los apóstoles y practiquemos el Evangelio —respondió dándome un palmadita en el dorso de mi mano.

     —Atento, que ya va a salir. Esto solo dura unos segundos. Todo pasa muy rápido, como la vida misma. Hay que mirar fijamente y, cuando haya salido por completo, verás que esa oblea roja inmensa se tornará cada vez más clara y luminosa. Entonces hay que dejar de mirar, porque si no te quedas ciego.

Lo de “ciego” me asustó, y prometí cumplir al pie de la letra sus consejos.

   —Ahora —dijo tomando la mano cuando asomó la cresta roja como yema de huevo — míralo sin pestañear, verás que maravilla.

Todo mi cuerpo vibraba de emoción cuando observé el tembleque del sol. Tal vez por eso lo veía danzar aun con más brío. Mi respiración parecía haberseme apagado. Fueron unos segundos realmente mágicos. Abuela me estampó un beso en la frente y me dijo:

     —Nunca hay que perder la fe, en ella está nuestra razón de vivir.

     Solo hoy comprendo la profundidad de las palabras de mi abuela Pepa, que en gloria esté. Luego celebraríamos, llegada la noche, las hogueras y los rituales que la acompañaban, donde el humo que desprendían los tomillos bendecidos el día del Corpus Cristi, tenían el poder sanador.

La lección es que la fe, como dijo mi abuela Pepa, tiene un poder ilimitado.

 Luego, a las nueve, acudí a la iglesia como purificado para servir al párroco en la misa donde tocaba la campanilla y le vertía en el cáliz, agua y vino, más vino que agua. Al tomar la sagrada hostia, tuve la impresión de haber hallado una paz indescriptible, como nunca lo sentí.

     En mi alma llevo el aroma y la luz de aquella mañana única; el sol danzarín y la fe de mi abuela que me acompañará hasta el final de los tiempos.