01 agosto 2011

Lo primero es la salud



Estoy viajando cómodamente en el tren. Se yuxtaponen imágenes de paisaje que alternan con otras imágenes raras que no consigo definir. Una pareja se baja del tren. Son los príncipes o lo que sean, de Gales o algo así, que hemos visto en la tele no hace mucho. No me dicen adiós ni nada, y yo tampoco; ¡que les den! Me doy media vuelta en la cama y me despierto porque llevo desde que me acosté sufriendo los efectos de un resfriado infernal. La nariz es una fuente, los ojos me lloran, toso sin cesar y al toser parece que va a reventar la parte izquierda del cráneo, así que tengo ya en la cabecera una toalla bien espurreada. No es un resfriado cualquiera, es uno de primera. Son las dos de la madrugada y pronto serán las tres. Llevo dos horas así, aunque la verdad sea dicha, no sufro demasiado porque estoy un poco zombi; deduzco que el cerebro ha puesto en marcha la fábrica de endorfinas para que la realidad sea más llevadera.

Me siento al borde de la cama y me digo que debería escribir los sueños tan fantásticos que me acompañan, que tienen su aquel. Pero no tengo ganas ni fuerza, así que me vuelvo a tumbar y a seguir aguantando esta tormenta, porque están a punto de ser las tres y es justo el momento álgido de la noche. Y a partir de las seis la cosa se suavizará algo. Lo sé por experiencia.
Las tres, hora en que el cuerpo flaquea.
Trabajé durante cinco años en un centro hospitalario en Paris, en servicio de noche. Doce horas de trabajo, aunque trabajo, decir trabajo, no era; más bien era vigilancia, pero la noche es muy dura aunque se pase sentado. Una tarde- noche de tantas llegaba a las ocho, la enfermera me pasaba el relevo y me advertía, en este caso, que monsieur Chevalier había aguantado sorprendentemente todo el día pero que de la noche no pasaba. En efecto, a eso de las tres, monsieur Chevalier se despedía de este mundo y dejaba la habitación libre para otro. Pude comprobar que la mayoría de los fallecimientos se producían en torno a las tres, y sobre todo entre las tres y las seis. El hecho de trabajar doce horas nos daba derecho, por ley o convenio, a descansar tres horas en una habitación con una o dos camas plegables .Normalmente trabajábamos tres personas por servicio. La hora de descanso la repartíamos en dos turnos: uno de doce a tres y el otro de tres a seis .El primer turno era el preferido de todos, porque cuando te levantabas a las tres, te lavabas y te desperezabas enseguida. Sin embargo, el de tres a seis, el sueño era mas profundo y el despertar más pesado, más lánguido y tardabas más en recuperar el tono. Estaba claro que los ciclos te inducían a un estado u otro en función de la hora y que el organismo está sometido a esas vibraciones cósmicas de la noche. A mí que me gusta hurgar en el porqué de las cosas me puse a elucubrar sobre este fenómeno. Pensé que esto se debía, llegada la noche, a cambios del campo electromagnético donde gravita la tierra y a un sinfín de fenómenos cósmicos que sin duda influyen en la regulación de los ciclos en el organismo. Puede parecer una teoría fantasiosa, y quizás lo sea, no sé, pero tengo claro que hay algo que desconocemos. De todos modos, a nadie le interesará estudiar estos fenómenos porque morir a la una, a las tres o a las seis, supongo que da igual.
Quizá lo que escribo no interese mucho, porque todo el mundo sabe lo que es un resfriado aunque sea uno tremebundo como el mío.
Pero yo sigo ahí peleándome con él y son ya las seis y a partir de ahora aflojará algo. Como tengo fiebre y aunque soy reacio a tomar medicamentos, no queda más remedio que tomar un Paracetamol. Leo el prospecto, aunque casi mejor es no leerlo porque meten miedo los efectos secundarios. Este puede afectarte al hígado y te puede provocar una hepatitis que te deja patitieso. Sé que el médico me mandará antibióticos porque me huele que esto va camino de una bronquitis aguda, y esos sí que son de cuidado. Te pueden provocar mareos, vómitos, problemas psiquiátricos, convulsiones, diarreas, infarto, y muchas más cosas y te puede dar un telele que te manda sin contemplaciones para el otro barrio. A pesar de que el antibiótico es como una bomba de relojería, me lo tomaré porque no hay más remedio. Lo que dice el prospecto es verdad, y los laboratorios se curan en salud, primero ellos, por si acaso, aunque no conozcamos a nadie que haya palmado debido a los medicamentos, pero haberlos hailos.
La culpa de que lo que estoy contando la tiene el aire acondicionado de los autobuses de línea Madrid -Salamanca, Salamanca - Vitigudino y viceversa.
Días atrás, un domingo de madrugada, a las ocho, salí de Madrid con destino Salamanca en un autobús de línea regular. Viajábamos cuatro gatos, menos de la mitad de las plazas. Pasando Ávila me dice mi hermano Jose: ¿no sientes frío?
Si, me estoy quedando engarañado, le dije, sin advertir que engarañado es una palabra local de la infancia que significa más o menos encogerse de frío; pues vestía pantalón corto y camisa y el aire acondicionado empezaba a enfriar demasiado.

Voy a decirle al chofer que no lo ponga tan frío, le dije.

Disculpe, señor, el aire acondicionado enfría demasiado. Tocó con la mano derecha unos botones sin decir nada. Regresé a mi asiento pensando que todo estaba solucionado. Parecía que se atenuaba el frío. Pero media hora después, de nuevo comenzó a enfriar demasiado. Voy a volver a decírselo.
No merece la pena, me dijo José, en menos de veinte minutos estamos en Salamanca. Es igual, José, no me da la gana soportar este descontrol del aire, ni veinte minutos ni tres, y me levanté para volver a recordárselo.
El aire es demasiado frío otra vez, señor.
Está a treinta y un grados, dijo.
¿Treinta y un grados de qué? eso es la temperatura exterior, le dije. Volvió a tocar unos botones mientras seguía a lo suyo como si estuviera tocado de un golpe de luna; ni me veía ni me escuchaba.
No quise discutir más por no distraerlo. Al regresar a mi asiento observé que buen número de pasajeros se cubría el cuerpo con una chaquetilla o lo que tenían a mano.
¡Comodones, que sois unos comodones, no levantáis el culo del asiento así os quedéis congelados, que protesten los demás, que todos nos beneficiaremos, comodones!
Al bajar en Salamanca le pedí el libro de reclamaciones. No lo tengo, me dijo, pídalo en la taquilla donde expenden los billetes. Así lo hice. Expuse lo sucedido y me quedé con el resguardo.
A los pocos días recibí una carta de la empresa:”Aunque no nos encontrábamos presentes al ser atendido por el conductor, le rogamos no obstante nos disculpe, y con los datos que nos facilita procedemos a pasarlo al responsable y a la Dirección de Recursos Humanos…
Agradecemos que nos haya puesto en conocimiento estos hechos afín de actuar como procede…Atentamente.”
¿Quién ha dicho que no sirve de nada protestar? ¡Comodones!

En el 93 trabajaba en Salamanca. Me disponía a viajar hasta Ponferrada en un autobús de línea regular y antes de subir se me ocurrió comprobar el estado de los neumáticos. No creo que fuera por curiosidad, pues recuerdo que por aquel entonces hubo varios accidentes de autobuses, siempre con viajeros del Imserso, en todo caso jubilados: uno porque reventó un neumático, otro porque volcó en una curva, y en ese plan. Una de dos: o le ponían autobuses changados o chóferes zumbados. El caso es que muchos pobres jubilados dejaron de cobrar la pensión para siempre .

En mi ronda particular descubrí un neumático liso, completamente gastado, y los muy pillos lo habían colocado en la parte trasera donde lleva un par de ruedas de cada lado, pero en la parte interior para que no se viera. Reconozco que subí al autobús no sin canguelo y rogando a San Cristóbal. Esto no puede quedar así, me dije. Lo puse en conocimiento de la policía en Salamanca. A los pocos días me contestaron que el asunto estaba ya en manos de la Conserjería de Transporte de Castilla y León .Como pasaba, por razones de trabajo, delante de la estación de autobuses, pude comprobar con cierta alegría, pues conocía el número de la matricula, que habían cambiado la rueda peligrosa.
¿Que no merece la pena protestar? Comodones, que sois unos comodones, que no levantáis el culo del asiento así os congeléis, que protesten los demás, es más cómodo. Así nos luce el pelo.

Me libré del resfriado en el viaje Madrid -Salamanca pero a la vuelta ya no me escapé. El autobús de Vitigudino a Salamnca, a las cuatro de la tarde, hacia gala de su potente aire acondicionado. No le di mucha importancia. Me confié demasiado. Una hora después, en Salamanca empalmé con el enlace de Madrid. También me confié, pues ahora había previsto una chaquetilla, por si acaso, y no creí necesario protegerme. Craso error, pues hubo un momento en que sentía frio y vi como una señora de unos sesenta y muchos años se dirigía al conductor para advertirle del frío. ¡Menos mal! , ya somos dos a protestar. ¡Comodones!
Veo que andan por ahí los del 15 M; ¡indignez-vous ¡ Siempre vamos a la zaga de los gabachos. Nada, unos románticos que volverán a su guarida cuando llegue el invierno con el frío. A estos los políticos los torean bien.
Yo, en cambio, estoy más que indignado por el mal uso del aire acondicionado que te puede llevar a pasarlas canutas, como ahora que son ya las diez de la mañana y me quedaran tres o cuatro días ,como mínimo, para recuperar.
A pesar de estos calores, en lo sucesivo viajaré con la chaquetilla bajo el brazo para protegerme del frío en los autobuses, porque está claro que, lo primero es la salud. Félix.



19 julio 2011

Tiempos de siega

Cada tarde cuando se acaba de poner el sol, me siento en el poyo de la puerta para ver pasar los segadores que regresan del campo. Trabajan de sol a sol y al rachisol como dice mi abuelo. Pasan con los sombreros y la hoz en la mano, envuelta en unas tiras de paño para no cortarse; con el botijo, la camisa remangada; uno lleva unos dedales de cuero rígido que se enfundan en los dedos para evitar cortarse con la hoz, y parece que vienen contentos porque no paran de charlar. El Arcadio que es vecino, saca la palangana a la calle. La llena de agua fresca. Se quita la camisa para lavarse. Se chapuza hasta la cabeza como los pájaros en las fuentes. Lo que más gracia me hace es que tiene los brazos hasta por encima del codo color café tostado y de ahí para arriba y hasta el cuello la piel es blanca como la cal. El cuello y la cara también están tostados pero de media frente para arriba, hasta donde le cubre el sombrero, la piel es lechosa. Pero yo sé que cuando pase el verano la piel se vuelve del mismo color. La siega es el trabajo más duro de todos los del campo; eso dice mi abuelo .Yo soy aun pequeño y ni siquiera mi abuelo me ha llamado para entresacar de la mies los largos tallos del centeno con el que forman el vencejo para atar los manojos en la siega, tarea que hacen algunas veces las mujeres. Un día que segaban cerca del pueblo, acompañé a mi abuelo, a mi tío Agapito, y a mi tío Indalecio. Mi abuelo que es muy precavido, lleva en una petaca unas bolitas que llamamos” pedo o peo de zorra”, que es una especie de bola blanca gruesa como una cereza que aparece en el campo como las setas en época húmeda. Yo cuando las veo entre la hierba las recojo y se las entrego a mi padre. Con el paso del tiempo la famosa bolita se vuelve color pardo, la piel se arruga y la carne de dentro se vuelve polvo pardusco, y es ese polvo con el que se curan los cortes. Mi padre cuando se corta al afeitarse se lo aplica y santo remedio. Un día el Inocencio, se metió un tajo en la pierna con la hoz. Le aplicaron el “peo de zorra”, le ataron un pañuelo y regresó a casa tan campante. El médico, que usa palabras raras, dice que ese polvo es hemostático y antiinfeccioso porque lleva antibiótico. Yo me digo que el labrador que lo descubrió era un genio y sin estudiar sabía más que el médico. Mi tarea es llevarles a mi abuelo y tíos el botijo de agua fresca que cojo en el pilar de Fuente Lejos, que es muy buen agua. Mi tío Indalecio no tiene dedales pero tiene una zoqueta que coloca en la mano izquierda para no cortarse con la hoz. Me dice que hay que dosificar el agua. Dice que dosificar es beber poquito a poco, sin abusar, porque con el calor cuanto más se bebe más sudas, y más agua te pide el cuerpo, y eso no es bueno, que por eso se comen embutidos y queso bastante salados, porque la sal retiene el agua en el cuerpo y así siempre hay una reserva, así que el ha dicho: cada cuatro surcos segados, un trago de agua, y yo estoy al tanto y le llevo el barril; él calcula todo muy bien. Yo admiro a mi tío Indalecio porque además de ser un pedazo de pan, como dice mi abuela, me parece que lo sabe todo y aprendo con él casi tanto como en la escuela. Sé que es un trabajo duro porque hay que estar con todo el espinazo doblado, mirando al suelo y respirando el calor que desprende la tierra. El Arcadio se queja que al final del día está baldado de los riñones de estar agachado. Él que es muy alto, dice que lo pasa peor que el Emilio que es muy bajito porque al doblar el espinazo si se es bajito se sufre menos. Entonces deduzco que todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes: para segar mejor es ser bajito. Quizás para apañar la fruta de los árboles sea mejor ser alto. Yo soy muy bajito, y mi abuelo, el alto, me ha dicho que estudie para no tener que segar, que la mejor empresa es el Estado, y que muchos se jubilan a los cincuenta años o poco más y me lo estoy pensando. Pero yo no daré la talla para ser ni policía ni guardia civil aunque ser eso no me gusta nada. Mi abuelo quiere que me quede en el ejército cuando vaya a la mili que allí no exigen ser alto. No había caído yo que para algunos trabajos es peor ser muy alto, lo contrario de lo que creía, además mi otro abuelo, que es muy bajito, me ha dicho que no me preocupe, que los hombres no se miden por la estatura sino por la frente. Pero yo veo que los altos presumen de ello como mi amigo Esteban, que estira el pescuezo como un gallo cuando está entre amigos. A mi me da igual no ser alto. Lo que si quisiera es ser fuerte, aunque sea bajito, como el Nicolás, que le ha zumbado más de una vez al Esteban por muy alto que sea. A mi me gustaría ser como él para darle un par de puñetazos al Mateo que cuando lanza la peonza y es la mía la que está en el suelo dice que a ver si me la puede desganchar y abrir en dos, el muy canalla. Un atardecer cuando salíamos de la iglesia en una novena, empezaron el y otros a buscar pelea: los del barrio de abajo que eran ellos contra nosotros, del barrio de arriba. Me persiguió hasta la tienda de la Eulalia, allí le planté cara porque estaba con mi hermano, más pequeño. Lo tenia casi en el suelo pero se enderezaba, entonces le dije a mi hermano ¡que estás mirando, échame una mano, hombre! Y entre los dos lo doblamos hasta el suelo. No volvió a fastidiarme. Por la mañana no veo a los segadores porque salen al romper el día. Algunos días pasa la Margarita que es casadera y está de rechupete, aunque Ventura, el hijo de Alonso el carnicero, me porfía que no es como yo la veo sino que está entrada en carnes, que de eso sabe más que yo, y le respondo que qué más quisiera él, que el único culo que ha palpado es el de las ovejas machorras que le venden a su padre, y se troncha de risa. Margarita siempre va sentada en la albarda a mujeriegas, con un paño sobre las rodillas porque dice que solo pensamos en mirar sus piernas cuando va en el burro. Lleva una cesta de mimbre con el cocido para los segadores de su padre que tiene muchas fincas. Después de comer, hacia las dos, se tumban entre los surcos a la sombra de un roble, que en mi pueblo hay muchos, y duermen la siesta hasta las cuatro de la tarde porque el calor es insoportable a esa hora y es la única forma de combatir la galbana. Las mujeres, cuando pueden, ayudan a juntar los manojos en hacinas. Todo el mundo se pone contento cuando ha terminado la siega, porque es muy duro. Mi abuela, como la demás gente, reserva los mejores quesos, chorizos, jamón y otros embutidos para la época de la recolección y dice que hay que alimentarse muy bien para aguantar. Yo siempre ando rondando su casa a la hora de la merienda porque sé que siempre cae algún trozo de jamón.
Ahora nos han dado vacaciones en la escuela y tengo todo el tiempo para jugar y andar buscando nidos hasta que empiece la trilla. Me voy a la charca de Vallito Redondo que está secándose y con mis amigos metemos la mano en el agua fangosa y sacamos renacuajos. Después cogemos barro y apostamos a ver quien hace mejor un nido de golondrina en la pared del prado junto a la charca. Como no dejamos secar lo suficiente el barro, al final se cae. Le he preguntado a mi abuela que cómo saben las golondrinas que el mejor barro para el nido es el de la charca. Me ha dicho que son aves sagradas y que nunca hay que perseguirlas y menos matarlas, que están bendecidas y guiadas por Dios porque le quitaron la corona de espinas a Jesús en la cruz. Mi abuela sabe mucho de eso porque siempre que puede está leyendo el misal y quiere que yo lo lea también para ser bueno y ganarme el cielo. Yo le digo que ya he sido monaguillo y me sé el Pater Nóster y otras letanías en latín, y que creo que ya me he ganado el cielo, y ella se pone muy contenta. Me da un trozo de jamón y después me largo a jugar con mis amigos hasta el oscurecer. Félix.

o
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03 julio 2011

Bodas de Platino


Hace unos días estuve charlando en el pueblo con nuestro ilustre y apreciado vecino don Cesar que, como es sabido, comparte patria con Paraguay, como otros zarceños que se aposentaron al otro lado del Atlántico. Recuerdo perfectamente el pregón de tus padres, me dijo. Como se sabe el pregón precede en unas semanas la celebración del matrimonio. Hago un ejercicio de imaginación para situarme en esa primavera de 1946, fecha de la boda de mis padres, por eso viene a cuento esta celebración de las Bodas de Platino. ¿Como se viviría el día a día en nuestro pueblo seis años después de terminada la terrible guerra civil que dejo como un erial este país? Difícil de imaginar, aunque para mi no tanto, porque tengo recuerdos de principios de los años cincuenta, de cuando el racionamiento, la miseria y el hambre para unos, y la poca jartura ,como se decia,para la mayoría. De cuando acudía a la tienda y tras meter en el capacho los garbanzos, el aceite y el resto de la compra le decía.”Que ha dicho mi madre que lo apunte en la libreta, que ya se lo pagará”.Y transcurrido un tiempo, la que me despachaba me decía:” Dile a tu madre que me vaya pagando algo que la libreta ya está más que llena”. Y esto se conjugaba con los recuerdos que tengo de ver gente alegre, con ilusión, gentes que se divertían, que cantaba ordenando la casa, arando en el campo, o lavando, gentes que cantaban y bailaban sin tregua durante las fiestas. Sesenta y cinco años han transcurrido y parece que han pasado varios siglos, pues la guerra relegó al campesino a realizar las labores como en siglos pasados, y sin embargo, han bastado sesenta y cinco años para que la tecnología haya transformado para mejor el mundo inmediato que nos rodea. Pero hay aspectos que increíblemente parecen anclados en los años cuarenta, como si el destino se empeñara en reavivar la parte más innoble y cruel del ser humano. Por aquel entonces; comedores populares para ayudar a quienes no podían satisfacer una de las primeras necesidades básicas y, ¿ahora? Lo mismo. Estas son algunas de las maldades que el ser humano consigue infligir a sus congéneres sesenta y cinco años después.

Pero hoy no se trata de abordar ese aspecto sino de algo que me llena de alegría y satisfacción como es la celebración, a nuestra manera, de las Bodas de Platino de mis padres.
Digo a nuestra manera, porque el lugar idóneo fue la terraza del huerto de mis padres. Ese trozo del supuesto Edén del que nos habla la Biblia .Así lo interpreto al menos yo. Ese huerto que mi padre lleva desde que se prejubiló, más de treinta años, cultivando y mimándolo cada primavera y después recogiendo los frutos hasta octubre. No se podrían entender los noventa años de mi padre sin el huerto .El huerto es él y, en parte nosotros, por eso el lugar para celebrarlo no podía ser otro que ese vergel que nos ha regalado el sabor, el color y el aroma de sus frutos, lo más granado que la tierra puede regalarnos, lo más sabroso de la vida. Entonces, acudí a la tienda y pedí una tarta, y no le dije que lo apuntara en la libreta, porque ya no era necesario, por eso es un motivo más para celebrarlo con la alegría correspondiente.


Y así lo celebramos los tres hermanos de los once (cinco varones y seis hembras) que nos encontrábamos en ese momento en casa. La tarde era muy calurosa, demasiado, pero poco a poco se formó una maraña de nubes qu se iban pegando al cielo como una densa polvareda gris ,dejando unos resquicios para que el sol de plomo dejara colar unos rayos por encima del Torreón, lo que confería un decorado de fondo similar a los que nos mostraban los libros en la escuela, del supuesto Paraíso Terrenal de Adán y Eva.
Así, de la forma más sencilla transcurrió la tarde para celebrar los sesenta y cinco años de matrimonio; noventa años, mi padre, ochenta y nueve, mi madre, con once hijos nacidos, criados y a los que la Providencia nos ha preservado con salud. Gracias por tanto a mis padres, y a la vida. Félix.
Relacionado: Bodas de Diamante

22 junio 2011

Recordando a mi primo Adolfo.



EN EL METRO HABIA UNA VIEJA

Manos de fotografía impar. Frente arrugada. Ojos metidos en sus órbitas vejas, profundas, analizando sin mirar la pantalla de la vida con el único interés de que no se escape.
La vida: una mesa con diez globos de colores, barras de regaliz, cajetillas de “celtas cortos” mal alienados, chicle para masticar angustias, malos pensamientos y esa rabia que se apodera de uno cuando no ha acudido la cita que esperabas.

-Aguarda. Tengo que comprar tabaco.
-¿A la vieja?
-A la vieja.
-Se nos escapa el Metro.
-Otro habrá.
Me gustaba el tabaco de la vieja. Me gustaba la mesa pobre y gastada, de tablas mal ajustadas, con aquella vida encima, con aquella ilusión que no era sino un seguir aguantando el aire, el frío, la nieve, el calor, el viento, los insultos y las personas que entraban en el Metro.
-Celtas, por favor.
-¿De estos?
-No, cortos.
Me gustaba la voz de la vieja: cansada, triste, insatisfecha. Me parecía que cada vez que hablaba se le iba parte de la vida.
Le ponía las cinco pesetas en la mano y me largaba. Nunca le dije nada. Solo: Celtas, por favor.
Yo deseaba ver el brillo que sin duda no era brillo de sus ojos. Quizá en su mirada pudiera descubrir algo de la vida. Jamás logré penetrar la mirada de la vieja. La escondía como un perro asustado, temerosa de que alguien pudiera descubrir algo en sus pupilas. Era solo ella: ella dentro de si y nadie más.

-¡Por qué compras tabaco a la vieja? está más caro.
-Por eso.
-Explícate.
Yo no quería explicar. ¿Para qué decir que era para darle cincuenta céntimos de ganancia? Ni yo mismo lo sabía. Me gustaba comprárselo a ella, eso era todo.
-Porque me gusta.
-Eso no es una explicación.
-Según como se mire.
Yo deseaba en el Metro ver más caras como aquella, otras arrugas, distintas manos alargadas y tiesas, ojos hundidos pero que pudieran mirarme. ¿Por qué lo deseaba? También lo ignoro. El Metro era cosa ajena: más color, más egoísmo y, sobre todo, más calor.

Entró una señora anciana, vieja también, con su cesta y sus cosas ocultas en la cesta, con su delantal de abuela y sus manos gastadas. Manos de sol y viento en otro tiempo: manos que han acariciado, han soñado y quizá han sido soñadas.
Manos que ahora son huesos tiesos con arrugas.
-Por fin- pensé.
Pero no. Me di cuenta que no cuando me levanté para que se sentara y dijo:
-Gracias, hijo.
No era su voz, las manos eran otras. Y hasta me miró. No percibí nada en aquella mirada, no era aquello que yo perseguía en los ojos de una vieja; no vi vida, ni cosa escondida alguna, ni rostro de intranquilidad. Aquella era una persona gastada, pero no una vieja consumida; y mi vieja de la entrada del Metro era consumida, extraña y sin luz en los ojos.
Deseé quitarle el asiento, me hubiera atrevido incluso a golpearla si la gente fuera neutra. Pero allí había ojos que podían acusarme de insultar a una vieja. Yo no quería que nadie robara la imagen de mi vieja en la entrada del Metro; no quería que me quitara su estampa muerta y el frío de su mano cuando se la tocaba al darle las cinco pesetas de los “celtas”.Yo no quería que nadie usara su disfraz .Porque yo estaba seguro que aquella mujer escondía dentro de su cesta diez globos de colores desinflados,
pastillas de chicle, cajetillas de tabaco y barras de regaliz. Y esto no lo podía consentir .incluso su vejez no era suya; la había robado también. Solo existe una máscara para cada persona y el robar una máscara es tanto como robar parte de la vida. Pensé si mi vieja no tenia la mirada limpia y la escondía porque otra mujer andaba por el Metro con su máscara a cuestas. Lo pensé. Si yo pudiera robarle la cesta, arrojarla a los raíles del Metro, gozarme con los globos destrozados, las barras de regaliz manchando los colores de los globos, los cigarrillos partidos como colillas sin estrenar, pisoteadas de antemano con las ruedas del tren…pisoteadas por el hierro…hierro sobre hierro…¡Si yo pudiera…!
Las miradas de las personas eran para mí un juicio que estaba dictaminando a mi pensamiento. Un juicio hipócrita y sin sentido, sin apoyarse en la verdadera esencia del hecho, tal y como las cosas eran. Un juicio que no fuera sentimentalismo .Un juicio. Por eso. Porque ellas no sabían que en la entrada del Metro yo conocía a una vieja a quien otra vieja le ha robado su máscara.
Se levantó. Me miró de nuevo. Me hirió su mirada. Y su mano sobre mi hombro, apoyándose. Y su voz.
-Gracias hijo.
¿Por qué? Yo no he hecho nada. Yo no he querido hacer lo que he hecho, que es igual que si no lo hubiera realizado. Yo no deseo contribuir a su hurto, a lucir su maldito disfraz robado, a ocultar lo que esconde en su cesta de mimbre. Yo no quiero. Yo no quiero que manche mi hombro con su mano arrugada que no es suya…
Se alejó. Suspiro hondo y vivo para mí. Aquello era mejor que salir del Metro, mejor que el despertar del sol en la tarde entoldada por nubes cenizas. Mucho mejor…
La muerte se alejaba y yo podía respirar. Quedé tranquilo. El asiento permaneció vacío. No me senté. La gente me miraba como si fuera un héroe, como si aquella mujer hubiera impuesto con toda su ceremonia macabra una medalla en mi solapa. Pero no me senté porque no quería mancharme con el hurto de aquella vieja mujer.
(Existen ladrones que la gente jamás pintará su cara.)Pero aquella vieja no se me olvidará. Sé que ella había robado algo que yo tenia por mío.

Seguí comprando “celtas” a la entrada del Metro; seguí tocando aquella mano alargada y tiesa, me gustaba ver sus globos, siempre diez. ¿No son globos para niños? ¿No hay nadie que piense que aquellos globos no son de adorno?
Un día la vieja no estaba. Pensé que alguien había terminado de robarle la mirada. Y de nuevo vino a mi mente la mujer que me dijo:”Gracias, hijo” en el Metro. Quise saber algo de los otros, pero no había otro: no había mesa raída, con tablas mal alineadas, manos frías, ojos hundidos, chicle,
globos ni regaliz. No había mi vieja.
Llegó de nuevo. Creí que yo renacía también. A la entrada, otra vez los diez globos de colores. Fui a comprar “celtas.”
-Celtas, por favor.
-¿De estos?-
-No, cortos.
Y me miró. Me dio asco que me mirara. En realidad yo temía la mirada de la vieja. Me miró…y vi que no era ella. Alguien había ocupado su puesto.
-¿Y la señora de antes?-le pregunté. ¿Ha muerto?
Me enfadó su mirada burlona, y su tono de voz y su envidia.
-¿Muerto? Le ha tocado la lotería.
No volví a comprar más “celtas” a la entrada del Metro.
(Adolfo Carreto.)





RECORDANDO A MI PRIMO ADOLFO

Quería estar contigo en esta cita, y la mejor manera es escucharte en este relato que escribiste hace más de cuarenta años, en lo más florido de tu juventud.
Tenia una cita contigo en este día, y la cita se ha cumplido porque este relato es tu voz, siempre viva, más viva que nunca incluso; porque este relato es de ayer, y de hoy y de mañana; este relato es eterno, como tu, que te has eternizado, (por emplear una palabra tuya), en quien te seguiremos queriendo.
Tenia esta cita contigo y no quería perdérmela porque he podido escucharte y comprobar que sigues siendo el mismo de hace cuarenta años, y cincuenta, y así lo seguirás siendo por la eternidad porque ese alma del relato es tu alma en su máximo esplendor, ese alma que es también el alma del abuelo Ángel que tanto querías, y la voz perenne de la familia.
Por eso he querido recordarte en este día veintidós de junio, que es ya verano, que deja atrás la primavera, nuestras primaveras, llenas de aventuras y de sueños, muchos cumplidos, otros no, y que siempre abría las puertas de las vacaciones que eran sinónimo de encuentro, de charlas, de felicidad en suma. Van pasando los años y seguiremos encontrándonos en ese camino que supiste trazar en tu recorrido y que no es otro que el camino del amor y de la paz en este mundo eternamente revuelto.
Yo sé que sigues velando por nosotros desde tu universo
donde solo habita la paz.
Por eso he querido recordarte,
Para seguir unidos un verano más.
Para escuchar contigo cada mañana la alondra cantar.
Para disfrutar contigo del vuelo de tu águila perdiguera,
Y recorrer los campos de Castilla,
Y mirar la Luna, tu Luna que dormida va,
En ese sueño eterno ya de felicidad.
Querido Adolfo del alma.
Pasarán los años y así siempre será.
Félix.




11 junio 2011

Buscando morada

Érase una pareja de cigüeñas que el año pasado se criaron en lo alto de la espadaña de la iglesia de la Zarza de Pumareda. Sus abuelos les contaron que hubo un tiempo atrás, aun cercano, bastante revuelto; que las quisieron echar de allí; que hubo partidarios también a favor de que se quedaran y que fue tal el revuelo que hasta la televisión se hizo eco y fueron protagonistas sin quererlo. Se empecinaron en preservar la morada a pesar de estar destruida cuando volvieron de sus largas vacaciones, y con el visto bueno de algunos vecinos ,poco a poco la reconstruyeron y son ya tres generaciones las que gozan de la cedula de nacimiento, y por tanto de vecindad en La Zarza. Tanto ha sido el cariño y el apego al lugar donde se criaron que, este año, quizás por la crisis que afecta a la vivienda, decidieron a toda costa quedarse en casa de los padres, pero estos les dijeron que no había espacio para dos familias. Así que decidieron inspeccionar otras atalayas para construir su morada.
Mira, el Torreón seria un lugar donde podríamos intentar aposentarnos, le sugirió la hembra a su pareja, mientras volaban bajo una nube negra que amenazaba chuzos o pedrisco. Ella se posó primero haciendo equilibrio en uno de los cuatro boliches puntiagudos para demostrar que era posible disfrutar de la panorámica que ofrecían las cuatro esquinas.

Pero él no lo veía tan claro. Sobrevoló varias veces el lugar sin mucho convencimiento.


Pero ella utilizó sus recursos de seductora con cantos y arrumacos para animarle a posarse hasta que por fin, él accedió sin mucha convicción. ¿Qué te parece?, preguntó ella. Hay mucho espacio, cuatro esquinas para airearse y desde aquí vemos la morada de nuestros padres.
No lo convenció. Este no es el lugar adecuado para construir la vivienda, dijo él .No se puede construir sobre un asiento plano porque cuando llueva el agua penetrará en la morada y la humedad será permanente.




Pondremos plásticos alrededor, que en los vertederos hay muchos, dijo ella con afán de convencerlo. No te empecines, dijo él, este no es el lugar adecuado; si no ¿por qué te crees que se construye en las esquinas de las torres y en los árboles? Precisamente para evitar la humedad de modo que cuando llueve el agua escurre y el viento orea todo en un pispás, argumentó él, persuadido de que sus argumentos convencerían a su pareja.


Pero ella no quería dejar el pueblo y se obstinaba en convencerlo a toda costa. Dónde vamos a encontrar mejores condiciones que aquí, replicó. Aquí tenemos mucho espacio, los hijos podrán pasearse y ensayar el vuelo libremente, sin peligro, además, tenemos el reloj para estar al tanto de la hora, tenemos wifi, y unas puestas del sol magníficas, ¿qué más quieres?
Todo eso es accesorio, lo fundamental son los cimientos y aquí no es el lugar apropiado, así que está todo decidido. Me marcho a buscar otro lugar mejor, dijo él.
Ya sé que a todos nos gusta quedarnos donde hemos nacido, pero eso no es posible, somos muchos y hay que buscarse la vida y la vivienda en otro lugar, y tendremos que emigrar, como lo han hecho otros antes de nosotros, añadió antes de emprender el vuelo.

Ella permaneció un instante en el mismo lugar para ver si se arrepentía pero él lo tenia claro, de modo que no tardó en alzar el vuelo para seguirlo. Cuando se alejaban, ella realizo varios giros, hacia atrás, arriba, abajo, y en el dibujo de su vuelo se podía leer:” ¡Adiós pueblo que me vio nacer, adiós!”, y se perdieron en el horizonte. Félix.