07 octubre 2011

De la era al pajar

CAMPANA DEL RELOJ VIAJANDO CON LA LUNA ZARCEÑA

La parvas van desapareciendo en la era transformadas en paja y grano. Algunos rezagados trillan las últimas parvas mientras otros recogen el grano en la panera y la paja va llenando poco a poco el pajar para tener cama para el ganado en invierno, y alimento para las vacas y caballerías, cuando mezclada con el grano se le sirve en el pesebre, labrado a menudo en troncos de árboles, y algunas veces en piedra de granito.
Mi tío Agapito lanza la paja con la brienda por encima de los tableros del carro provisto de redes el la parte delantera y trasera para almacenar lo máximo posible de paja. Yo me cubro la espalda y la cabeza con un saco para evitar la paja que a menudo cae sobre mí. Cuando ya hay una buena cantidad dentro del carro, comienzo a encalcarla. Las personas con mucho peso la apretujan en un santiamén, pero los chavales estamos más ligeros y como monos en jaula saltamos sin parar hasta que las redes van hinchando su panza. Es una tarea muy desagradable porque debido al calor el polvo se pega en la cara sudorosa, y en los labios, y la nariz no puede filtrar todo y se traga bastante polvo, por eso se suele comenzar muy temprano, con la fresca y, antes de que el sol caliente como un condenado, ya hemos hecho media jera. Peor lo pasan los que están en el pajar donde no corre nada el aire y con el trasiego de la paja el polvo se pega hasta en las pestañas y cuando sales a respirar fuera pareces un deshollinador con una máscara ceniza. La tarea en el pajar siempre la realizan los adultos. Como mi abuelo tiene poca mies, en tres días hemos acabado la faena de la paja. En esta época del año; finales de julio y primeros de agosto, las lluvias son inexistentes, o casi. Rara vez llueve algo de tormenta, pero como es pasajero se extiende la paja y con el calor seca enseguida.
Cuando toda la paja está ya bajo techo en la pajera, me voy a dormir a la era con mi amigo Paco porque aun le queda una pequeña parva por trillar y tienen unos muelos de grano en la era de modo que tenemos previsto una cayada cada uno para ahuyentar a las caballerías que pudieran entrar durante la noche. Es la primera vez que voy a dormir al raso y por eso he aceptado la invitación de mi amigo porque además hace buena temperatura y tengo ganas de que llegue la noche. Después de cenar con la cayada en la mano nos dirigimos a la era. Tenemos que pasar delante del cementerio y eso siempre me da algo de repelús sobre todo esta noche que aún no ha salido luna. Al llegar a la altura del cementerio veo una cosa blanca en la puerta. A medida que avanzamos se aprecia mejor. Paco también la ha visto y me dice al oído: ¿Has visto eso?, es un fantasma. Yo aprieto fuerte la curva de la cayada por si acaso hay que defenderse. Paco tampoco deja de vista esa cosa blanca que está en medio de la puerta y no se mueve. Todo está en silencio. Nuestros pasos retumban. Mi corazón parece que se va a salir del pecho. No perdemos de vista lo que parece un fantasma que ahora se mueve y la cosa blanca parece que se quiere echar a volar y avanza hacia nosotros. Paco se para y me dice. Tranquilo, que como se acerque le pego un palo que lo meto otra vez en el cementerio. A mi me tiemblan las piernas y he levantado la cayada para defenderme. Avanza despacio hacia nosotros y como parece decidido a envolvernos en su manto, Paco levanta la cayada y suelta un vozarrón: Ven, fantasma, que te voy a partir la cabeza, y da unos pasos hacia él. En ese momento se descompone la sábana y se oye una voz que dice. ¡Quietos con los palos, coño, que soy Alejandro! y arrancamos a reír, soltando algún taco. Sabia que veníais a dormir a la era y quise meteros un susto, dijo Alejandro. Pues casi te llevas un palo en la cabeza dijo Paco. Anda, vente con nosotros a la era a dormir que ya tienes sábana, le dije yo. No puedo, me esperan en casa y como se entere mi hermana que he cogido una sábana del arca, me echará la bronca. Bueno, hasta mañana, que durmáis bien.
Adiós fantasma.
En la era desatamos varios manojos y preparamos un mullido como un colchón. Como hace algo de viento y aunque ahora no es frío, hacia la madrugada con el relente se notará el frescor y colocamos unos manojos como un muro para protegernos. Le digo a Paco que por qué no hacemos un túnel con los manojos, como una madriguera, y dice que es mejor ver las estrellas. A mi me gusta dormir recogido, como los reyes en su cama con techo y con cortinas, pero lo que más me gustaría es una cama dentro de un huevo a la medida ,cubierto de estrellas por dentro, como si estuviera viajando en el firmamento. De pronto veo a lo lejos junto a la cerca de piedra algo que se mueve como si fueran dos brazos que se balancean como cuando se despide a alguien. Me acerco a Paco y le digo al oído: ves aquello que se mueve, que parece que son dos brazos que nos dicen ¡hola muchachos! Si lo veo, pero como no hay luna es difícil saber qué es. Siguen los movimientos como dos brazos en alto que fingen dar una palmada, se separan vuelven a dar otra palmada, se separan y así. Estamos rodeados de fantasmas, dice Paco. ¿No será Alejandro que ha vuelto con otra de las suyas? le digo. No, puede que sea otro gracioso, o vete a saber qué es, pero no te preocupes, vamos a saberlo enseguida. Coge en una mano una piedra que llamamos rollo, que es muy dura y el maestro dice que es cuarcita, y en la otra la cayada. Yo cojo la mía .Le lanza el rollo que se estrella contra la pared haciendo saltar chispas. Salimos corriendo a la vez con las cayadas en alto hacia el fantasma y de repente se oye un rebuzno y un traqueteo raro. Cuando llegamos a la pared vemos que es el burro del Anastasio que siempre anda suelto de noche. Había olfateado el muelo de cebada y con sus grandes orejas daba palmas como diciendo ¡qué rica tiene que estar! Y volvimos riéndonos a nuestro refugio de paja.
Extendemos la manta sobre la paja y nos acostamos. Se respira un aire puro con olor a paja. Me gusta el olor a paja que es más denso por la mañana con la humedad de los huertos y se entremezcla con los aromas de las plantas que crecen junto al pilar que está cerca, y en el silencio se escucha el débil chorro del caño. Pasamos casi una hora charlando de nuestras cosas. Las estrellas relucen en el firmamento y de vez en cuando una estrella fugaz deja su llameante rastro en la oscuridad del cielo donde se aprecia con gran nitidez la Vía Láctea que mi abuela llama también el Camino de Santiago, porque se orienta hacia el oeste, y dice que ese rastro más luminoso es porque una cabra andando el camino iba derramando su leche. De pequeño yo me lo creía y me hacia soñar en un universo maravilloso pero ahora sé que es la Vía Láctea. Miro la Osa Mayor que llamamos el carro grande, porque hay otro pequeño y se desplaza según avanza la noche. El reloj da las doce, y vuelve el silencio.
De vez en cuando se oye el canto de la lechuza, que parece un grito de dolor y podría dar miedo en la oscuridad de la noche si no estuviéramos acostumbrados. Por la mañana, al despertar el sol, se oyen algunas esquilas y cencerros del ganado que se levanta como nosotros. He pasado una noche respirando el aire puro con olor a paja y volveré cuando pueda porque me ha gustado dormirme mirando las estrellas.
Al día siguiente le comento la experiencia nocturna a Pablito que es el hijo del médico y es de mi edad. En su mirada veo que le da envidia y me dice que qué suerte tenemos los pobres de poder dormir bajo las estrellas. Lo de pobres lo sabe porque un día le dije: que suerte tenéis los ricos que coméis a menudo perdices, no como nosotros los pobres, que tenemos que contentarnos con tocino y algunas veces sardinas contadas. Pero es un buen amigo, aunque su padre no lo deja jugar con nosotros más lejos del entorno de su casa porque dice que somos muy brutos y decimos palabrotas.
La recolección está a punto de terminar y volveré el año que viene a dormir en la era porque es como tener una cama en pleno campo, con el cielo por techo. Félix

09 septiembre 2011

La trilla

Durante las vacaciones escolares, uno de los lugares que más me gusta es la era porque disfruto mucho subiéndome al trillo. Primero deshacen los manojos de la parva y los desparraman creando un círculo donde las yuntas de bueyes y caballos tiran del trillo girando continuamente como en una noria. Las gavillas desparramadas forman un espesor por encima de mi rodilla con altibajos como olas y por eso las primeras vueltas con los trillos las hacen los mayores porque es peligroso y pueden volcar. Después cuando ya está bien aplanado y no hay peligro, subimos los chavales que queremos trillar. En la era hay muchas parvas de distintos dueños y somos muchos los trilliques que nos apuntamos a viajar en el trillo. El trillo tiene debajo incrustadas unas sierras y unas chinas cortantes que van triturando la paja y cuanto más calor hace mejor la cortan. La gente mayor pone una tajuela o una silla para sentarse en el trillo pero los chavales nos sentamos en el suelo y nos agarramos en la barra de hierro clavada en el centro donde atamos las riendas. En la parte delantera hay un orinal descalabrado y una lata grande de sardinas, sin sardinas, claro, para recoger las boñigas y cagajones. Hay que estar muy atento porque cuando la vaca o el caballo levanta el rabo ya sabes que la boñiga o el cagajón viene detrás. Algunas veces, como suele haber dos trillos o más girando en sentido contrario, los chavales al cruzarnos nos hacemos bromas y alguna vez un trillo se roza con el otro o salta por encima de una esquina y nos echan la bronca y nos amenazan con no dejarnos trillar. Mi abuelo dice que no pensamos más que jugar. Como andamos más pendientes del juego algunas veces cuando quiero poner el orinal ya es tarde y las boñigas han caído en la paja. Si no se han percatado de mi despiste no pasa nada porque la paja lo tapa todo en dos vueltas. Peor es cuando tienen diarrea y sale un chorro como el agua del caño, eso si que es difícil de controlar y te perdonan si no has conseguido que caiga en el orinal .De todos modos, con las boñigas hay que tener cuidado y cuando caen en la parva uno está pillado, porque cuando recogen la parva una vez trillada, en un montón estrecho y alargado para aventar, es cuando aparecen con el grano los restos de boñiga. Un día apareció un trozo de tocino y cortezas de pan que mi primo echó a la parva y no lo volvieron a dejar trillar. Como hace mucho calor nos obligan a llevar el sombrero de paja porque a un chaval le dio una insolación y casi se muere. A mí me gusta cambiar de trillo: unas veces con las vacas y otras con el caballo plateado de mi abuelo. Es distinto; las vacas van mas lentas, aunque el caballo como es viejo también es lento y tengo que darle con la vara para que se espabile. Se ve que no le gusta recibir palos porque me suelta una pedorrera de las de verdad, parece una zambomba; cada sesión dura lo de una canción; lo sé porque empezamos juntos, él con lo suyo y yo cantando “la Tarara” y acabamos a la par. Lo oye hasta el Andrés que es de otra parva vecina y se echa a reír y dice:” ya está tirando petardos el abuelo.” Después le dice a mi tío que eso es porque mi abuelo le echa demasiada cebada y me dice que por eso cuando mea huele a cerveza. Ahora ya sé por qué un burro que tiene mi abuelo, el de la tahona, le pasa lo mismo y cuando mea huele igual que la cerveza, es también dorada y en el suelo se levanta un espumarajo; como la cerveza.
Cuando a una vaca le pica la mosca, aunque mi abuelo dice que es un tábano, hay que saltar enseguida del trillo y alejarse porque se vuelven locas. Un día vi cuando le picó a una y la pareja de vacas al estar uncidas con el yugo, una tiraba de la otra como si estuvieran locas y salieron corriendo de la parva por toda la era. El Andrés salió corriendo detrás con la aguijada, se lanzo al trillo que iba dando botes y lo arrastraron. En esto salió mi tío Agapito voceando: ¡pararlas, pararlas! Y salía gente de entre las parvas corriendo con los brazos en alto con horcones, briendas y tornaderas para detenerlas. Salió también la tía Facunda, que es bastante mayor y viste toda de negro con el pañuelo en la cabeza, también negro. Iba decidida con un escobajo de piorno en alto y al verla no pude menos de echarme a reír porque me recordaba las brujas en un libro de la escuela. En esto se levanta su marido y le grita: ¡and´ irá esta mujer, échate pa´quiii´! Al final consiguieron detenerlas cuando llegaron al portillo para salir a la carretera. El Andrés furioso, le dio unos pinchazos de castigo en la nalga y le hablaba como a una persona .Primero le dijo unas palabrotas gordas, tan gordas que no me atrevo a decir, y después añadía: “Me caso con Dios, cabronas, la madre que os abataneó, os vais a enterar ahora. De mi no os reis más porque os voy a tener trillando hasta que os caguéis las patas abajo, a ver si se os quitan las ganas de respingar”. Mi primo y yo y otros chavales que nos quedamos mirando nos torcíamos de risa. El marido de la tía Facunda le echó la regañina y le decía: ¿Adonde ibas con el escobajo, a espantar pájaros, o hacer el payaso? Pues anda que tú, le respondía ella, como haya un incendio y estén esperando por ti, apañaos van. Y siguieron refunfuñando. Después todo volvió a la calma. El mejor momento es cuando mi abuela llega con la merienda hacia las seis de la tarde. Entonces paramos y nos sentamos a la sombra de una parva. Extiende un costal en el suelo y nos sentamos todos. Saca del capacho la cazuela con tocino, queso que ha estado curándose durante meses en aceite, en una tinaja de barro, y lo que más me gusta: el jamón, pero también el ciego que es un embutido grueso, como una bola, muy rico, y el tocino del jamón también. Solo el olor que desprende el capacho te dan ganas de comerlo. Nos quitamos los sombreros y mi tío Agapito cuenta algún chiste que son anécdotas que han pasado otros años en la trilla y nos reímos mucho con él. Mi abuelo y él beben vino del porrón y le dicen a los que están cerca: ¿gustáis?- ¡Que aproveche!, le responden. Nosotros solo bebemos agua del botijo. Mi abuela corta el pan que hace ella en su horno donde solo caben cuatro hogazas y está casi más rico que el que hace mi otro abuelo en su tahona. Después con el estómago alegre subimos al trillo hasta que desenganchan las vacas y el caballo para darle de comer y beber y llevarlos al prado hasta el día siguiente. Me gusta el ambiente de la era porque parecemos una gran familia y la gente se ayuda, y canta trillando, y parece una fiesta. Las mujeres, casi todas visten de negro. Los hombres calzan algunos albarcas y la mayoría alpargatas, nosotros sandalias o playeras un poco maltratadas,como las mías, con un agujero en el dedo gordo, así se ventila mejor el pie. Todos llevan pantalones de pana negra aunque no sea ya negra porque ha perdido el color y algunos tienen remiendos de pana nueva, sobre todo en el culo y las rodillas y contrasta con el resto viejo. No hay que reírse por eso como lo hizo un día el Atilano, que es un chaval al que llamamos el “Patoso”, cuando le dijo al Ruperto que llevaba más remiendos nuevos que pana vieja, que si habían llegado los carnavales. Y el Ruperto le dijo apuntándole con el dedo: “no te doy un soplamocos porque eres tonto de nacimiento, y en tu casa no lo saben”. Todos visten una camisa tirando a blanca con unas rayas negras verticales, finas como un hilo, porque solo venden ese modelo en la tienda. Siempre hay algún gracioso que nos hace reír como el Arcadio, que le dice a su prima que va sentada en el trillo en una silla bajita con el asiento de paja: “Bájate mi machorra, que te sustituya, y ándate a la sombra”. El Arcadio llama a todas las solteronas mi machorra, y nadie se enfada porque es algo ignorante. Volveré mañana porque me lo paso muy bien y ya soy un experto en conducir las vacas de mi tío y el caballo de mi abuelo. Casi prefiero el caballo porque le puedes arrear para que corra, aunque suelte pedorreras, y parece que vas en un coche girando en una curva. En tres o cuatro días habremos acabado de trillar y después a esperar que haya viento para la limpia, aunque en la limpia solo la realizan los mayores. Al final de la tarde la era se va quedando sola, cada cual arrima los bártulos a su parva y el silencio se adueña poco a poco de este lugar hasta mañana que volverá el trasiego y el bullicio y disfrutaremos de nuevo como en una feria. Yo soy de los últimos en salir y voy subido en el caballo plateado de mi abuelo que como es viejo y está cansado no hay peligro de que salga corriendo y me tire al suelo. Después de darle agua en el pilar de Fuentelejos, lo encierro en el prado, tapo el portillo y a la vuelta, paso por el huerto de mi tío Agapito, cercano a la era. Está regando los tomates, los pimientos y las cebollas con el agua que saca del pozo con la zanga que en otros lugares, no sé por qué, llaman cigoñal. Él sabe que me gusta el agua de su pozo y me saca una caldereta para que beba. Me arrodillo, meto la cara en el agua como si fuera a bucear y bebo un trago detrás de otro. Esto solo puedo hacerlo con mi tío, porque un día mientras estaba agachado bebiendo se acercó el atontado del Primitivo y me empujó la cabeza hasta el fondo, pero me levanté rápido y le tiré con el agua del cubo. Me levanto y me restriego el morro con la manga de la camisa. Que agua más rica y fresquita, le digo. Él me dice que en verano es oro, que ya lo entenderé cuando sea más grande. El sol se ha puesto y las campanas tocan el Ángelus y me santiguo porque mi abuela me ha dicho que así Dios nos protege y lo hago siempre. De regreso a casa, paso delante de la era que parece dormir y que, sin gente y ganado ahora, ya no siento los olores a sudor que el calor impone durante el día. Me apoyo con los brazos cruzados sobre la cerca de piedra para respirar, por extraño que parezca, el olor puro de la era que es el intenso olor a paja y boñigas, a los que se añaden, cada vez con más intensidad , los aromas de los huertos recién regados y los yerbajos frescos del regato de al lado. Cuando acabemos de trillar volveré a la era para encalcar la paja en el carro. No es muy divertido porque se traga mucho polvo y se te pega en los labios y en la cara sudorosa, pero merece la pena porque se come buen chorizo, buen queso y buen jamón.
Félix
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01 septiembre 2011

Cosas del cielo









La Zarza de Pumareda, 30 de agosto de 2011. A las ocho y media de la tarde, la temperatura es agradable, en torno a los veintidós grados. El cielo está cubierto de nubes con claros, y corre una brisa suave, lo que resulta muy estimulante para seguir el recorrido que estoy haciendo acompañado de mi perrita Mona, que es aún adolescente y juguetona como le pide su cuerpo. Como salí tarde de casa, he acortado el recorrido porque el crepúsculo se me hecha encima. En el tramo desde el Jurrero hasta la Fuente el Hoyo, que es mi recorrido, me cruzo con dos grupos de vecinos, felizmente jubilados, que viven el resto del año en la ciudad y que aprovechan la quietud que ofrece nuestro entorno para disfrutar y llevarse una buena dosis de salud a la ciudad cuando los días se acorten y aparezca el frío. De regreso, ya en las afueras del pueblo, a mi espalda, el sol en tierras portuguesas, se despide ofreciendo su último fulgor entre nubes adornadas ahora en sus resquicios y crestas con coloridos que van del fuego incandescente de la fragua, pasando por el rosa, el malva y los distintos tonos del gris. Hago una foto para inmortalizar el momento sin imaginar que enfrente de mí, avistando ya los tejados y el campanario, el cielo me iba a ofrecer una de los crepúsculos más hermosos que recuerdo. Quieta aquí, amiga, que no me quiero perder esto, le dije a Mona que seguía retozando y olfateando el suelo. Fue entonces cuando el cielo comenzó cubrirse, como premio a los que estábamos en el lugar justo, a la hora justa, de los rosas, azules, grises, rojo anaranjado o fuego, pasando por la suavidad del paso de un tono a otro que confería aquella metamorfosis. Con la cámara compacta, casi de juguete por lo pequeñita que es, y que siempre va conmigo por lo cómodo de su volumen, comencé a sacar una larga secuencia, de las cuales, algunas presento aquí. Félix



10 agosto 2011

Verano feliz



Yo voy rodando el aro por las calles de tierra de mi pueblo. Es verano.
A veces espanto las gallinas que escarban en el muladar donde el gallo que vela por ellas y protege su territorio alza un qui-qui –ri -quiiiii triunfal para advertir que es el dueño del lugar. Más lejos le responden otros gallos con idéntico mensaje: qui-qui-ri-quiiii, mientras yo sigo rodando el aro, subiendo y bajando la leve pendiente de mi calle y dando la vuelta a una peña que se alza como un escenario donde la calle se agranda formando una plazoleta. El sol calienta todo, los metales queman, y los campesinos protegen sus cabezas con sombreros de paja. Yo no tengo sombreo, pues mi tupido pelo me protege porque soy un chaval con mucho pelo, como todos mis amigos, y cuando corro veloz con mi aro el aire ventila mi cabellera. No necesito sombrero de paja, pero sé que un día lo necesitaré cuando aparezca la calva como la de los mayores porque me lo ha dicho mi abuelo, entonces compraré un sombrero en la tienda de la Eulalia, cuando ya no pueda rodar el aro porque tendré que trabajar con el sol del verano, como mi padre, como mi abuelo.
Subo al carro de mi padrino Leandro que lleva los estarujos clavados en los tableros laterales y un tirabuzón de sogas colgando de ellos para sujetar la montaña de manojos de trigo que acarrearán hasta la era. Leandro pincha con la aguijada para avivar el paso, el lomo de las vacas moruchas que tienen unos cuernos más grandes que mis brazos, y tiran del carro algo perezosas, quizás porque hace mucho calor y el sol le tuesta la cabeza sin sombrero. Algunos campesinos se han dado cuenta que ellas también sufren con el calor y le han colocado un trozo de saco en el testuz. Ya he recorrido un largo tramo subido en el carro que es mi taxi y me bajo a la salida del pueblo. A la sombra de la casa de mi amigo Paco jugamos al castro que es un cuadro que trazamos en el suelo con un palo, con cuatro líneas rectas en el interior, que van de vértice a vértice en diagonal y de centro a centro. Luego Paco coge tres chinos como si fueran fichas y yo pongo otros tres de teja y comenzamos a jugar a ver quien es el más astuto de los dos. Pasan más carros chirriando con sus ejes porque es tiempo de acarrear los manojos a la era y Andrés que guía su yunta nos dice que por qué no estamos durmiendo la siesta con el calor que hace, que ya nos daremos cuenta cuando no podamos hacerla y tengamos que trabajar pero nosotros solo pensamos en jugar. Nos cansamos de jugar al castro y llega Maruja con las tabas, ponemos un saco estirado en el suelo y comenzamos a jugar. Solo pensamos en el juego durante las vacaciones escolares porque después hay que hacer los deberes y vendrá el invierno y no disfrutaremos tanto porque las calles se ponen blandas y muchas con barro y no podré rodar el aro porque además se quedan las manos tiesas del frío. Cuando me canso de jugar me voy a las eras para ver como levantan las parvas pero antes me detengo en la fragua para mirar como aguzan una reja. El herrero tira de una cadena que pende sobre su cabeza para activar el fuelle gigante que sopla para poner al rojo el carbón. Después saca la reja del fuego, añade a su punta un trozo de hierro al rojo vivo y lo pega dándole martillazos en el yunque hasta que se enfría y vuelve a calentarla en el fuego y poco a poco consigue sacarle una punta afilada. Me gusta ver como el herrero tuerce el hierro y hace lo que quiere de él cuando está al rojo. Paso por delante de la casa de la tía Paca y le pregunto si tiene sellos de la Argentina para el Domund y me dice que no, pero que estará a llegar alguna carta, pues son muchos los que emigraron de mi pueblo a la Argentina, como un hermano de mi abuelo. Estos sellos los recoge el cura para los negritos del África. Yo le he preguntado que qué hacen con esos sellos y me ha dicho que para que coman los negritos. Yo le dije que los sellos no se comen. Se echó a reír y yo también al verlo reír, pero me contuve enseguida porque no está bien reírse de los brinquitos de su barriga que además se infla cuando se ríe fuerte y parece que va a saltarle algún botón de la sotana. Me dijo que son los misioneros quienes sacan dinero con ellos y luego compran comida y más cosas para los necesitados. Eso si lo comprendo y seguiré pidiendo sellos por cada casa sobre todo de la Argentina, Venezuela y Cuba porque los de Franco apenas le interesan ya que hay muchos y no valen nada. Me gustan sobre todo los de Argentina que son muy variados y puedes ver al general San Martín, el Libertador, con un traje que nunca había visto, y las torretas de los pozos de petróleo,
y la Casa Rosada, y también los hay con el retrato de Eva Perón con el pelo recogido hacia atrás y es tan guapa como la Virgen Inmaculada que nos mira siempre desde su aposento en el centro del retablo de la iglesia.
Un día me dijo el maestro que cómo sabia lo del General San Martín y lo de los pozos de petróleo y todo eso si no lo dábamos en clase. Yo le dije que lo sabía a través de los sellos; arrugó una ceja y me miró con un aire raro.
Llego a la era donde está mi amigo Alejandro esperando que descarguen los manojos del carro. Ahora ya sé como hacen una parva. En el suelo van colocando los manojos en una hilera redonda hasta cerrar el círculo con las espigas mirando al centro. Dentro de esa hilera hacen otra, y otra, cada vez más pequeña y así hasta tupir el centro. Desde el carro, con un horcon, le van tirando los manojos hasta vaciarlo. Y así va creciendo la parva hasta tres veces o cuatro veces mi estatura. Después, arriba, la cierran formando una especie de cucurucho. Los manojos ahora los colocan inclinados con las espigas hacia fuera y queda inclinada como un tejado, pero de paja, así cuando llueva de tormenta el agua resbala y las espigas se secan enseguida cuando sale el sol y la parva nunca se moja por dentro. Las parvas que hace el Andrés son las mejor hechas porque le gusta mucho la albañilería y desde lejos se notan las suyas entre las demás de la era. Mi abuelo como no es rico solo tiene tres parvas: una muy pequeñita que parece de juguete porque puedo subir en ella y es de cebada, otra de centeno y la de trigo es algo más grande.
Cosecha lo justo para alimentar el caballo, las gallinas y un cerdo. El grano lo sube al sobrado, separado en tres montones, y en el de trigo mete las mejores manzanas del huerto porque dice que así no le entran gusanos y duran hasta el invierno, y es verdad. Yo he metido la mano para sacar alguna en invierno y dentro esta calentito y se conservan bien.
El reloj da las nueve y el sol acaba de ponerse. Me voy a casa a cenar y a preparar la merienda para mañana porque voy con mi amigo Alejandro al río donde guardan el rebaño de cabras sus hermanos. Allí en la balsa de Singuilina, junto al molino, nos subimos en unos haces de bayón y jugamos en la orilla, y atrapamos cangrejos, aunque a mi me da miedo desde el día en que uno me pescó un dedo con su pinza y las pasé canutas, pero nos lo pasamos muy bien. Pronto empezarán a trillar en la era y me lo pasaré aun mejor subido en el trillo. Estoy deseándolo.
Félix

01 agosto 2011

Lo primero es la salud



Estoy viajando cómodamente en el tren. Se yuxtaponen imágenes de paisaje que alternan con otras imágenes raras que no consigo definir. Una pareja se baja del tren. Son los príncipes o lo que sean, de Gales o algo así, que hemos visto en la tele no hace mucho. No me dicen adiós ni nada, y yo tampoco; ¡que les den! Me doy media vuelta en la cama y me despierto porque llevo desde que me acosté sufriendo los efectos de un resfriado infernal. La nariz es una fuente, los ojos me lloran, toso sin cesar y al toser parece que va a reventar la parte izquierda del cráneo, así que tengo ya en la cabecera una toalla bien espurreada. No es un resfriado cualquiera, es uno de primera. Son las dos de la madrugada y pronto serán las tres. Llevo dos horas así, aunque la verdad sea dicha, no sufro demasiado porque estoy un poco zombi; deduzco que el cerebro ha puesto en marcha la fábrica de endorfinas para que la realidad sea más llevadera.

Me siento al borde de la cama y me digo que debería escribir los sueños tan fantásticos que me acompañan, que tienen su aquel. Pero no tengo ganas ni fuerza, así que me vuelvo a tumbar y a seguir aguantando esta tormenta, porque están a punto de ser las tres y es justo el momento álgido de la noche. Y a partir de las seis la cosa se suavizará algo. Lo sé por experiencia.
Las tres, hora en que el cuerpo flaquea.
Trabajé durante cinco años en un centro hospitalario en Paris, en servicio de noche. Doce horas de trabajo, aunque trabajo, decir trabajo, no era; más bien era vigilancia, pero la noche es muy dura aunque se pase sentado. Una tarde- noche de tantas llegaba a las ocho, la enfermera me pasaba el relevo y me advertía, en este caso, que monsieur Chevalier había aguantado sorprendentemente todo el día pero que de la noche no pasaba. En efecto, a eso de las tres, monsieur Chevalier se despedía de este mundo y dejaba la habitación libre para otro. Pude comprobar que la mayoría de los fallecimientos se producían en torno a las tres, y sobre todo entre las tres y las seis. El hecho de trabajar doce horas nos daba derecho, por ley o convenio, a descansar tres horas en una habitación con una o dos camas plegables .Normalmente trabajábamos tres personas por servicio. La hora de descanso la repartíamos en dos turnos: uno de doce a tres y el otro de tres a seis .El primer turno era el preferido de todos, porque cuando te levantabas a las tres, te lavabas y te desperezabas enseguida. Sin embargo, el de tres a seis, el sueño era mas profundo y el despertar más pesado, más lánguido y tardabas más en recuperar el tono. Estaba claro que los ciclos te inducían a un estado u otro en función de la hora y que el organismo está sometido a esas vibraciones cósmicas de la noche. A mí que me gusta hurgar en el porqué de las cosas me puse a elucubrar sobre este fenómeno. Pensé que esto se debía, llegada la noche, a cambios del campo electromagnético donde gravita la tierra y a un sinfín de fenómenos cósmicos que sin duda influyen en la regulación de los ciclos en el organismo. Puede parecer una teoría fantasiosa, y quizás lo sea, no sé, pero tengo claro que hay algo que desconocemos. De todos modos, a nadie le interesará estudiar estos fenómenos porque morir a la una, a las tres o a las seis, supongo que da igual.
Quizá lo que escribo no interese mucho, porque todo el mundo sabe lo que es un resfriado aunque sea uno tremebundo como el mío.
Pero yo sigo ahí peleándome con él y son ya las seis y a partir de ahora aflojará algo. Como tengo fiebre y aunque soy reacio a tomar medicamentos, no queda más remedio que tomar un Paracetamol. Leo el prospecto, aunque casi mejor es no leerlo porque meten miedo los efectos secundarios. Este puede afectarte al hígado y te puede provocar una hepatitis que te deja patitieso. Sé que el médico me mandará antibióticos porque me huele que esto va camino de una bronquitis aguda, y esos sí que son de cuidado. Te pueden provocar mareos, vómitos, problemas psiquiátricos, convulsiones, diarreas, infarto, y muchas más cosas y te puede dar un telele que te manda sin contemplaciones para el otro barrio. A pesar de que el antibiótico es como una bomba de relojería, me lo tomaré porque no hay más remedio. Lo que dice el prospecto es verdad, y los laboratorios se curan en salud, primero ellos, por si acaso, aunque no conozcamos a nadie que haya palmado debido a los medicamentos, pero haberlos hailos.
La culpa de que lo que estoy contando la tiene el aire acondicionado de los autobuses de línea Madrid -Salamanca, Salamanca - Vitigudino y viceversa.
Días atrás, un domingo de madrugada, a las ocho, salí de Madrid con destino Salamanca en un autobús de línea regular. Viajábamos cuatro gatos, menos de la mitad de las plazas. Pasando Ávila me dice mi hermano Jose: ¿no sientes frío?
Si, me estoy quedando engarañado, le dije, sin advertir que engarañado es una palabra local de la infancia que significa más o menos encogerse de frío; pues vestía pantalón corto y camisa y el aire acondicionado empezaba a enfriar demasiado.

Voy a decirle al chofer que no lo ponga tan frío, le dije.

Disculpe, señor, el aire acondicionado enfría demasiado. Tocó con la mano derecha unos botones sin decir nada. Regresé a mi asiento pensando que todo estaba solucionado. Parecía que se atenuaba el frío. Pero media hora después, de nuevo comenzó a enfriar demasiado. Voy a volver a decírselo.
No merece la pena, me dijo José, en menos de veinte minutos estamos en Salamanca. Es igual, José, no me da la gana soportar este descontrol del aire, ni veinte minutos ni tres, y me levanté para volver a recordárselo.
El aire es demasiado frío otra vez, señor.
Está a treinta y un grados, dijo.
¿Treinta y un grados de qué? eso es la temperatura exterior, le dije. Volvió a tocar unos botones mientras seguía a lo suyo como si estuviera tocado de un golpe de luna; ni me veía ni me escuchaba.
No quise discutir más por no distraerlo. Al regresar a mi asiento observé que buen número de pasajeros se cubría el cuerpo con una chaquetilla o lo que tenían a mano.
¡Comodones, que sois unos comodones, no levantáis el culo del asiento así os quedéis congelados, que protesten los demás, que todos nos beneficiaremos, comodones!
Al bajar en Salamanca le pedí el libro de reclamaciones. No lo tengo, me dijo, pídalo en la taquilla donde expenden los billetes. Así lo hice. Expuse lo sucedido y me quedé con el resguardo.
A los pocos días recibí una carta de la empresa:”Aunque no nos encontrábamos presentes al ser atendido por el conductor, le rogamos no obstante nos disculpe, y con los datos que nos facilita procedemos a pasarlo al responsable y a la Dirección de Recursos Humanos…
Agradecemos que nos haya puesto en conocimiento estos hechos afín de actuar como procede…Atentamente.”
¿Quién ha dicho que no sirve de nada protestar? ¡Comodones!

En el 93 trabajaba en Salamanca. Me disponía a viajar hasta Ponferrada en un autobús de línea regular y antes de subir se me ocurrió comprobar el estado de los neumáticos. No creo que fuera por curiosidad, pues recuerdo que por aquel entonces hubo varios accidentes de autobuses, siempre con viajeros del Imserso, en todo caso jubilados: uno porque reventó un neumático, otro porque volcó en una curva, y en ese plan. Una de dos: o le ponían autobuses changados o chóferes zumbados. El caso es que muchos pobres jubilados dejaron de cobrar la pensión para siempre .

En mi ronda particular descubrí un neumático liso, completamente gastado, y los muy pillos lo habían colocado en la parte trasera donde lleva un par de ruedas de cada lado, pero en la parte interior para que no se viera. Reconozco que subí al autobús no sin canguelo y rogando a San Cristóbal. Esto no puede quedar así, me dije. Lo puse en conocimiento de la policía en Salamanca. A los pocos días me contestaron que el asunto estaba ya en manos de la Conserjería de Transporte de Castilla y León .Como pasaba, por razones de trabajo, delante de la estación de autobuses, pude comprobar con cierta alegría, pues conocía el número de la matricula, que habían cambiado la rueda peligrosa.
¿Que no merece la pena protestar? Comodones, que sois unos comodones, que no levantáis el culo del asiento así os congeléis, que protesten los demás, es más cómodo. Así nos luce el pelo.

Me libré del resfriado en el viaje Madrid -Salamanca pero a la vuelta ya no me escapé. El autobús de Vitigudino a Salamnca, a las cuatro de la tarde, hacia gala de su potente aire acondicionado. No le di mucha importancia. Me confié demasiado. Una hora después, en Salamanca empalmé con el enlace de Madrid. También me confié, pues ahora había previsto una chaquetilla, por si acaso, y no creí necesario protegerme. Craso error, pues hubo un momento en que sentía frio y vi como una señora de unos sesenta y muchos años se dirigía al conductor para advertirle del frío. ¡Menos mal! , ya somos dos a protestar. ¡Comodones!
Veo que andan por ahí los del 15 M; ¡indignez-vous ¡ Siempre vamos a la zaga de los gabachos. Nada, unos románticos que volverán a su guarida cuando llegue el invierno con el frío. A estos los políticos los torean bien.
Yo, en cambio, estoy más que indignado por el mal uso del aire acondicionado que te puede llevar a pasarlas canutas, como ahora que son ya las diez de la mañana y me quedaran tres o cuatro días ,como mínimo, para recuperar.
A pesar de estos calores, en lo sucesivo viajaré con la chaquetilla bajo el brazo para protegerme del frío en los autobuses, porque está claro que, lo primero es la salud. Félix.