06 enero 2012

La armónica de contrabando.

El día de los Reyes Magos era para nuestra infancia, allá por los años cincuenta, un día realmente mágico. Soñar era quizás una necesidad vital para paliar la escasez, la penuria y a veces la miseria que nos rodeaba en aquellos años en las postrimerías del pétreo y gigantesco cañón del Duero que nos separaba de Portugal, refugio y protección de contrabandistas y de sueños tejidos en la mera supervivencia.
Y cada año el día de Reyes atizaba la ilusión y la esperanza para crecer soñando porque eso es lo propio de la infancia.
Mi abuela Pepa, como tantas abuelas, poseía ese don para encandilar con historias de las andanzas de los Reyes Magos, y yo la escuchaba sin pestañear y me deleitaba con sus argumentos convencido de que sus propósitos se cumplirían.
“Tú pon el primero los zapatos en el ventanuco, anda, que aunque este año los reyes son pobres algo te dejarán”, me decía entusiasmada.
Me has quitado el sitio, me decía un hermano. Y ¿donde los pongo yo? , protestaba el segundo. ¡Qué listos!, y yo que me quede sin Reyes, ¿verdad? insistía el tercero.

Aquel ventanuco no daba asiento para tantos zapatos, de modo que mi abuela para evitar discordias el siguiente año, me sugirió que los colocara en el canto de la lumbre donde se apoya la leña en la chimenea, “pero a la chita callando”, me susurró al oído, y una vez más, aquella complicidad me colmaba de felicidad.
-Pero abuela, aquí no podrán dejarme regalo alguno.
Sí, entrarán por la chimenea.
-Pero el camello no cabe por la chimenea.
-No, el camello lo arriman a la pared y como es muy alto se suben al tejado y con una cuerda bajan por la chimenea.
“Tiene razón abuela, porque la chimenea es muy ancha, abajo casi tanto como la barriga de un camello”, me dije convencido.
-Y si pongo las botas de goma que son más grandes, ¿me dejarán más regalos, abuela?
-No, te dejarán los mismos.
-Bueno, pues yo dejo de todos modos las botas por si acaso.
Llegada la noche, esperé que el rescoldo se consumiera para colocar los zapatos sobre la piedra sin que mis cuatro hermanos pequeños se percataran y me acosté.
Al despertarme corrí hacia la chimenea y había una naranja en una bota. Las puse bocabajo pero dentro no había nada más.
-Abuela, solo me han dejado una naranja.
-¿Sabes lo que ha ocurrido, hijo?
¿Qué?
-Que al camello del rey Baltasar que traía los juguetes se le rompió una pata en la Fuente de la Arena, antes de entrar al pueblo por el Cotorro, y no pudo dejarte nada, pero no te preocupes que el año próximo ya me encargaré yo que esta vez te traigan algo que te va a sorprender.
Ningún año me habían dejado juguetes, solo caramelos, un mazapán peladillas y este, una naranja que me dejó algo desconsolado. Así que salí a la calle donde los amigos del barrio estaban reunidos y con gran jolgorio mostraban ufanos sus regalos. José me dejaba tocar su moto de latón, Alejandro acariciaba su pelota de goma para jugar en el frontón. Le pedí a Juan que me dejara soplar en su armónica y me dijo que solo un minuto. Aquella melodía mágica que sonaba solo con soplar representó el minuto más feliz de mi infancia. Las chicas hacían grupo aparte con sus muñecas de cartón, o su cuerda de jugar a la comba, o su juego de cocina en miniatura. Poco importaba que lloviera, nevara o que el hielo endureciera la tierra de las calles; nada podía con el fuego de la ilusión.
Así año tras año, en el día de Reyes se reproducían las mismas secuencias de alegría y profunda felicidad, y así crecíamos alternando sueños y desilusiones.

Rondaba los diez años cuando ya convencido que los Reyes eran nuestros padres, mi abuela insistió para que colocara los zapatos en la chimenea.
-Verás como este año te premiarán por ser tan aplicado con el catecismo, dijo con afán de levantarme el ánimo.
-Ya no creo en los Reyes, abuela, son los padres los Reyes, pero colocaré los zapatos del día de mi Primera Comunión que tanto le gustan para que no se enfade.
Se despidió con un beso. Aquella noche de Reyes me acosté sin la ilusión de antaño porque sabia que los regalos al representar un esfuerzo económico (una naranja o el mazapán lo eran) serian para los hermanos más pequeños.
Amanecía cuando desperté. Animado por no sé que ilusión me dirigí hacia la chimenea. Ya habían cortado la luz, pues solo funcionaba durante la noche, pero la luminosidad que se colaba por la chimenea hacia resaltar el pañuelo blanco, como si fuera una lámpara, dentro de un zapato. “Han venido los Reyes” me dije. Escéptico me acerqué al zapato y me percaté que el pañuelo envolvía algo. Lo tomé cautelosamente entre mis manos y desenvolví el contenido. Apareció reluciente como un lucero la armónica de mis sueños. “Si, los Reyes existen” me dije conteniendo la emoción.
En aquella cocina lóbrega, porque la luz solo se colaba por la boca de la chimenea, proporcionaba sin embargo la atmosfera ideal para disfrutar del fulgor de las tapas cromadas de la armónica adornada con la palabra Hohner. Respirando el olor a hollín y a costilla de cerdo adobada que pendía sobre mi cabeza, soplé en la armónica suavemente y una melodía celestial se expandió hasta el vasar del fondo. Salí a la calle donde ya todos los pequeños del barrio mostraban sus regalos, pero esta vez sin esconder mi orgullo. Era el mejor regalo de todo el barrio.
-Déjame ver tu armónica, me pidió José. Se la entregué.
¡Jobar! ¡si es una alemana, la mejor que hay! dijo tan ilusionado como yo.
-¿Me la dejas probar?
-Solo un minuto, le dije, como si por instinto supiera que todo en la vida tenía un precio, y la felicidad a veces también.
Pero lo que más me interesaba era saber como había llegado hasta allí aquella maravillosa armónica.
Corría el año 58 cuando en aquel indómito cañón del Duero se levantaba la presa que trasformaría el cauce del río y por ende culminaría con la central hidroeléctrica más importante de Europa. Cientos de obreros de los pueblos limítrofes buscaban allí un salario que, aunque insuficiente, permitía al menos aliviar las deudas y mejorar la calidad de vida. Del otro lado del río, los portugueses más pobres aún que nosotros, sobrevivían desde siempre gracias al “contrabando”, (palabra que aquí perdía su sentido ilícito porque nada había más lícito que luchar contra la miseria y el hambre) vendiendo o trocando por otros artículos café, bacalao, y más cosas, aunque ahora debían hacerlo con más discreción por la mayor vigilancia. Fue con uno de ellos que mi padre regateó el precio de la armónica, imposible de pagar en el mercado español.
Y así, con ella entre mis manos, día tras día, conseguí entonar la canción de moda:”Doce cascabeles lleva mi caballo/por la carretera…”.
Y así, por las calles de mi pueblo, y por el campo, en el aire se expandían aquellas notas y melodías de contrabando, y aquella felicidad de contrabando duró hasta que la harmónica se hizo también vieja, en aquel tiempo de contrabando.
Y los Reyes Magos siguieron regalándome muchas cosas a lo largo de la vida.
Por eso, aunque parezca ingenuo reconocerlo, yo quiero seguir creyendo en ellos. Félix


08 diciembre 2011

La hoguera de la matanza




En mi calle a pesar de las pocas casas que hay, (podemos juntarnos para jugar seis chavales, y si participan las chicas, cuatro o cinco más), el espectáculo siempre esta asegurado. Uno de los momentos que más disfruto es cuando mi amigo Alejandro hace la hoguera el día de la matanza.
Esta mañana han matado el cebón. Es un chancho de los de toda la vida; de piel color barro de charca, chaparro, y parecía una bola de lo gordo que estaba. Tenía los ojos hundidos, apenas visibles en unos mofletes hinchados. Lo trajeron desde el corral, cien metros andando y de puro gordo apenas podía caminar porque lo único que hacia era comer y dormir.
Había que verlo dejarse guiar; dócil, sin resoplido alguno, sin rebelarse aunque barruntase el tajo del sacrificio. Me hacia gracia sus andares cuando avanzaba cansino, cuarteando sus cuadriles, parecido al bamboleo del Perico cuando lleva unas copas de más, o el meneo de Alejandro que tanto nos hace reír cuando imita exagerando los andares culibajos de la Ramona.
Lo izaron con unas cinchas para pesarlo en una romana para animales y pesó catorce arrobas. Catorce arrobas de chicha para todo el año. Fueron necesarios seis hombres para subirlo al tajo y murió casi sin gruñir. Me dio pena verlo morir porque tenía aspecto bonachón.
Hay un grupo de personas, sobre todo mujeres, atareadas en el mondongo y todo eso; unas en la calle con las artesas limpiando y escogiendo las tripas para los embutidos, otras en casa con los barreños preparando los adobos, y el ama en la cocina esperando la asadura con la sartén a punto, cuyo olor a sofrito se esfuma hacia la calle y te abre el apetito. No se si es por la cantidad de chicha que pasa de brazo en brazo, o por la copita de aguardiente que han tomado antes de empezar para matar el frío, el caso es que todo el mundo bromea y hay mucha alegría, sobre todo cuando al Rogelio, el matachín, que es un fumador empedernido y que habla por cuatro, se le cae la ceniza del cigarro en la asadura que tiene entre las manos y le dice a la Remedios:”échale mano, anda ,jaquetona, que ya va adobada”, y se ríen todos. Lo de jaquetona lo dice porque tiene una jaca entre rubia y canosa, muy mimada y cuando le retira la albarda siempre le seca el sudor, le pasa un paño para alisarle el pelo, le da unas palmadas en las ancas y le dice:”ya estás bien guapa, mi jaquetona”. Por eso sé que es una palabra cariñosa. Antes nos hizo reír a los chavales cuando entresacó con un poco de tocino, lo que es la verga del cerdo y le dijo a uno :”Toma, es un regalo para que tu abuelo le saque brillo al cuero de las botas dentro de unos meses”.A mi me dijo cuando lo tumbaron en el tajo:”anda, échale mano al rabo del garrapo y tira de él, así te calientas, que estás engarañao , y de verdad me calenté las manos. En esto llega el tío David con la boina de lado, el grueso cigarro en la boca y acariciando la vara de roble que siempre le acompaña.
-¡Echa un trago de aguardiente!, David, le dice el Rogelio. El tío David toma una copa y hace unos mohines y aspavientos cerrando los ojos al tragarla. Cuando respira sale una bocanada de vapor como si tuviera un horno dentro. Después toma una perrunilla de una bandeja y se pone a mirar como desuellan al bicho. La helada que ha caído es de órdago y aunque el sol se ha levantado ya, aún permanecen blancos los muladares y los tejados. Pero los que desuellan al marrano no pasan frío porque además del aguardiente las chichas están calentitas aún.
-Vaya industria que habéis montado, dice el tío David, apuntando al suelo con la vara a los restos de paja de chamuscar, salpicada de sangre. Lo de industria lo dice a menudo y ya sé lo que significa porque se lo pregunté un día a mi tío Indalecio que sabe mucho y además ha estudiado en una academia. Me dijo que industria en la matanza es cuando están removiendo la sangre del gorrino para que no se cuaje y añadirla al barreño ya listo con pan para hacer la morcilla; cuando van colgando la chicha en un varal en el sobrado o en un cuarto; cuando salan los jamones, los colocan sobre unas mesas o tajos y le ponen peso encima para que se aplasten un poco; cuando adoban las carnes y las mujeres seleccionan las tripas después de lavarlas y muchas más cosas, todo eso es la industria, me dijo. Le pregunté si la cena de la matanza donde los chavales nos apipamos de chicha, castañas, higos pasos y cantamos y decimos acertijos, es también industria, y me dijo riendo que también. Entonces deduzco que los tres días que dura el mondongo es una verdadera industria. Aunque nosotros, los chavales, solo pensamos en la hoguera cuando se haga de noche. Alejandro, lleva varios meses arrastrando desde el campo zarzales secos y ya tiene enfrente de su casa un montón, dos o tres veces mi altura .Otro vecino también ha matado su cebón, y más gente en el centro, pero nosotros no nos movemos de nuestro barrio hoy porque tenemos donde disfrutar. Por fin cuando oscurece, todos los chavales nos ponemos manos a la obra: arrastramos los zarzales hasta el centro de la calle que es muy ancha, hasta formar una torre impresionante. Hay cuatro chavales, que se puede decir que son ya mozos, para participar y controlar para que no haya ninguna desgracia cuando se prenda la hoguera. Alejandro tiene dos hermanos mayores que él y se encargan de prender los zarzales. Comienzan a arder y la fogarada se empina un poco más arriba del poste de la luz. Cuando empieza a arder, las llamas crujen furiosas y se estiran con tanta fuerza que parece que toda la hoguera va a alzar el vuelo. El resplandor es tan grande que es como si hubiera cien bombillas o más encendidas como la del poste.
Todos estamos bastante alejados porque desprende un calor impresionante. –Mira, mira como restrallan las llamas, y como saltan las potricas, dice José, apuntando arriba a las llamas que se estiran haciendo culebrinas.
–No son potricas, son chispas, le replica Ventura.
-Ni potricas, ni chispas, son las hojas secas de las zarzas que salen volando, terció Alejandro, algunas ardiendo antes de caer hechas ceniza en un tejado o en el la cabeza de alguno, como en la tuya ahora.
Cuando la torre de zarzales se va hundiendo y queda como un metro de alta, empiezan entonces a saltar la hoguera los más grandes. Son muy atrevidos porque si se caen en medio de las llamas, no sé que podría pasarles. Se ponen cinco en fila india y a la carrera salta uno detrás del otro. Cuando están volando por encima de las llamas su cara se vuelve roja pero pasan tan rápido que ni se chamuscan el pelo. El hermano de Alejandro fue el primero en saltar cuando el montón era casi tan alto como el y parecía que las llamas lo tragaban. Está acostumbrado, porque cuando guarda las cabras en el campo salta las paredes de más de un metro, y sin tocarlas, es un autentico galgo .Todos lo admiramos porque es difícil y muy arriesgado. Cuando ya ha ardido casi todo y queda un montón de brasas con pequeñas llamas, saltamos los más pequeños. A mi amigo Paco se le ha prendido el talón de la zapatilla a fuerza de caer sobre las ascuas cuando sale del salto. Cuando todo se ha transformado en un montón de brasas, cogemos una piedra cada uno para sentarnos entorno a la lumbre como los indios en las películas, y con el resplandor nuestras caras se vuelven rojas. Hay tres chavalas también y cada cual hemos previsto algo para comer. Yo pincho en un palo una patata gorda y la meto entre las brasas. Casi todos asamos patatas, pero algunos han traído castañas.
-¿Quién ha metido una castaña entera en la lumbre?, le voy a pegar una leche, dice Juanito un poco enfadado. ¿Y si le salta alguna brasa o ceniza al ojo? , ¿ qué?, añadió amenazante.
Se hizo un silencio y todos acatamos la reprimenda. Ya nadie mete castañas sin morderle un trozo.
Llega Marcelo con una lata de castañas y dos membrillos.
-Aquí tenéis castañas; las reparte y mete los membrillos en la lumbre.
-Qué generoso te has vuelto, le dice Juanito.
-Es que hoy es 28 de noviembre, y es mi cumpleaños.
Rápido se armó un guirigay porque nos levantamos todos para tirarle de las orejas.
-¡Ya vale, ya vale!, se quejaba tapándoselas, y nosotros dale que te pego. Y es que en mi pueblo cuando alguien cumple años, sobre todo a los chavales, se le tira cariñosamente de las orejas, pero siempre hay alguno que se pasa de tirón. A mi el membrillo asado es como más me gusta. Marcelo saca la navaja del bolsillo, limpia el membrillo asado con un trapo, corta unos trozos y lo reparte. El cielo está estrellado, no hay luna y la helada comienza a hacerse sentir en nuestra espalda, entonces lo que hacemos de vez en cuando es darnos la vuelta hasta que se caliente y así estamos calientes por delante y por detrás.
-Vete a llamar a la hija de la maestra y a Rosa, que así hay más chicas y nos lo pasamos mejor, me dice Juanito.
-No voy porque no querrán venir- le digo, yo sé que a la maestra no le gusta que su hija ande con nosotros porque dice que algunos tienen muy malos modales.
Juanito comienza entonces a contar chistes verdes, muchos de Jaimito y las chicas dicen que es un sinvergüenza, pero no se van porque les gusta descubrir cosas de las parejas cuando se enamoran, y lo que hacen cuando pasan por callejuelas sin luz. Y cuando está contando uno de Jaimito que termina diciendo:”ni son naranjas, ni son limones que son los…” se levanta de repente María Jesús y le dice:” cállate, que ya sé lo que vas a decir”.
Se aleja un momento tapándose los oídos con las manos hasta que termine. Alejandro que está en todo, se echa hacia mí y me cuchichea al oído que no me crea que no está oyendo, porque la muy tuna tiene las manos ahuecadas. Cuando regresa para sentarse, el pillo le espeta el final del chiste y todos nos echamos a reír.
-Ya basta de chistes verdes, ¡ya está bien! parece que solo sabéis hablar de eso, dice la hermana de Alejandro .Así que acaba la chocarrería y vuelve la calma. Andrés se levanta y dice que le va a tirar la teja al vecino que ha matado también su cerdo. Le dicen que a un vecino no se le tira la teja contra la puerta, que nos está bien, aunque sea una tradición el día de la matanza. Él insiste prometiendo que cogerá un trozo pequeñito de teja solo por cumplir con la tradición, y lo hace tan suave que no se oye el golpe. Alejandro se levanta y dice que el también quiere mantener la tradición y que va a tirar la teja suave contra su propia puerta. Pero cuando no es un vecino le lanzamos un trozo grande de teja sobre la puerta y ante el estruendo sale el dueño cabreado y… patitas para que te quiero. Un día enganchó a un amigo en la carrera y le pegó unos buenos pescozones.
El borrajo se va consumiendo y ya ni te calienta la espalda así que como son las diez nos vamos levantando y llevamos las piedras junto a la pared del huerto del Tomás, y vamos desfilando cada cual a su casita donde nos espera un ladrillo o teja bien calentito a los pies de la cama. .La hoguera de la matanza de Alejandro es la mejor de todo el pueblo y es una noche que nunca olvidamos. Todos los años entre mediados de noviembre y diciembre, nos lo pasamos a lo grande con la matanza y sus hogueras. Pronto nevará y tendremos los juegos de la nieve, pero como la hoguera de la matanza no hay nada. Félix

02 diciembre 2011

Colores de Salamanca









El Tormes nos regala en su recorrido los coloridos propios del otoño, y de forma muy especial a su paso por Salamanca donde el agua parece sestear frente a la catedral, y del lado opuesto la iglesia que luce el ocre eterno de Salamanca. Félix.

12 noviembre 2011

Y España se constipó.


Conocido es que España está malita, muy malita, y ahora buscan el mejor doctor para curarla, o por lo menos para que no se agrave más su estado. Pero los doctores que tratan este mal no nos dicen toda la verdad ¡Tiene narices!, somos nosotros los que pagamos las medicinas y ellos hacen y deshacen sin darnos cuentas del resultado. Lo único que sabemos es que está muy malita. Y claro su estado repercute a la vez en los más débiles, los que de verdad la sostienen y amparan, los otros son mercaderes que andan de un lado para otro, atentos a la que se cae.
Por fin, los que mandan en ella se han puesto de acuerdo para que decidamos los que no mandamos, cual de los dos doctores que nos proponen (Rubalcaba o Rajoy) debe aplicar el tratamiento.
Ocurre que ya conocemos las mañas de los dos, por consiguiente nada nuevo, pero hay que elegir. ¿Y si no se elige, qué pasaría? Simple quimera. Así que siguiendo el reparto, como aquel con el que tanto gozábamos de chavales en el pueblo al repartir las peras del árbol que habíamos asaltado:”esta pa ti, esta pa mi, esta pa ti,” y así. Pues en la política es lo mismo: ahora te toca a ti y después me tocará a mí, y después a ti, y a eso llaman democracia. Treinta años llevamos con esta cantinela, unos se lo llevan crudo y los de abajo a comer crudo. Ajo y agua dicen los más resignados.
Pero ahora hay que tratar a España urgentemente, porque está muy malita y el día 20- N se sabrá, (aunque dicen que ya se sabe) quien será el doctor o más bien cirujano porque ya se oye que si hay que meter la tijera, que si más bien el bisturí…
Parece ser que le tocará a Rajoy ser el cirujano, pues mirándolo bien lo de rajar no se le dará mal. Pero mucho ojo con el pulso, que es fundamental.
Así que ya veo a Rajoy en el quirófano, manos a la obra, sin perder tiempo, decidido y con el pulso templado.
-“Pásame la caja del instrumental, ese juego donde había algún instrumento de plata y alguno bañado en oro, ¿te acuerdas? ¡Sí hombre! , aquella con la que tan buenos resultados obtuvimos la última vez que operamos.”
-Si, lo recuerdo perfectamente. Pero por más vueltas que doy no la encuentro. No está. Solo hay material ordinario, se la habrán llevado, o vendido los anteriores gestores, ¡vete a saber!, seguro que para pagar deudas, dijo su ayudante.
-¡Joder qué tropa! , soltó el cirujano, y todos se echaron a reír.
-Mas vale tomarlo con humor dijo el anestesista, que preguntó si la operación iba a durar mucho.
-Más de lo que yo pensaba porque la cosa está jodida, peor de lo que me habían dicho los doctores salientes.
-El banco de sangre está bajo mínimos para mayor inri, añadió el anestesista.
- Bueno, pues hay que tomar medidas drásticas, avisar a la población para que se ofrezca a donar sangre, porque tengo que seguir operando.
-Ya han donado mucho, dijo el asistente.
-Ya lo sé, pero no hay otro remedio, hay que decir la verdad.
Nadie pudo aclarar cuanto tiempo iba a durar la operación, pero el cirujano dijo: “Con lo que tengo que extirpar quedará bastante disminuida, pero podrá llevar una vida normal, aunque no nos engañemos, nunca volverá a ser la de años atrás, hay tejidos muy dañados y otros simplemente irrecuperables.”
Los que gobernaban mientras se puso malita, todos ellos con buena salud, sin embargo, la miraban con tristeza y pasaban ahora su tiempo, alguno tumbado en una hamaca viendo pasar las nubes; los más debatiendo la forma de volver a gobernar pronto la que fue la dama cubierta de joyas y perlas preciosas que, a fuerza de despojarla, quedó casi desnuda, y claro, se constipó, y empeoró, y desde entonces la pobre no ha levantado cabeza. Así que volverán cuando les toque el turno, a ser posible cuando vaya mejor, porque cuando se le ha cogido el gusto a la mamandurria y al reparto, ya se sabe…”esta pa ti, esta pa mi, esta pa ti, ¡qué ricas que están esta peras!”
Félix.

01 noviembre 2011

Recordando a mi primo Adolfo



El tiempo pasa, querido primo, un año, y otro, y otro y así vamos haciendo camino. Ese camino que desde que nos dejaste sigo recorriéndolo contigo, siempre unidos por la esencia y el espíritu que indefectiblemente nos une; por tu presencia perenne en el pensamiento que día tras día reavivo al desandar el camino de un tiempo pasado que, sin embargo, sigue siendo presente.
Este día de Todos los Santos, es un día para recordar (como bien dejaste escrito) la vida, no la muerte. Y así lo contemplo yo también. Porque la vida es también una tarde de verano; aquella que disfrutábamos mientras te acompañaba en el coche de Villarino a La Zarza y me dijiste: ¡mira la espadaña de la iglesia de Pereña! cuyo campanario parecía colgado del cielo, y cuya perspectiva a contraluz, y con el horizonte bajo, le confería un tono entre nácar y pastel, casi irreal, mientras el sol, ya débil, rayaba la línea del horizonte. Ya la miro de reojo, es una maravilla, te dije, mientras conducía. Momentos fugaces y sin embargo eternos. Y poco después cuando llegamos al puente Robledino de nuestro pueblo, ese puente al que le diste vida con tu magistral pluma. El agua corría escasa y mansa por el estío de julio, con el rumor dormido, deslizándose hendida entre piedras milenarias, pulidas, que tantos años acariciaste, y que fue lo que volviste a hacer tras una pausa y un silencio casi de devoción. Y te ofrecí la mano para prevenir una caída al saltar, y nuestras manos se unieron una vez más y asi quedaron para siempre. Por eso y por tantas cosas, claro que hoy es el día de la vida, querido Adolfo.
Por aquí abajo, Adolfo, por este mundo que bien conoces, todo sigue más o menos igual que hace cincuenta años, cuando tú denunciabas la indiferencia y el olvido hacia los más débiles. Aquella miseria moral conserva todo su vigor, aunque la otra tampoco se esconde. Guardo como un tesoro aquel mensaje tuyo que nos dejaste en tu despedida:” Sed y pensad por vosotros mismos”.Personalmente, intento humildemente seguir tu lección.
Y como lección tuya, una de tantas, voy a transcribir uno de aquellos relatos que publicabas en los años sesenta, cuando compartías patria con tu querida Venezuela.:

¿Es solamente problema de niños?

Fredy un día será grande, si llega a sobrevivir. Andará solo por las calles. Asaltará a un banco. Le meterán en la cárcel. Se escapará de nuevo. Saldrá con más rabia. Con más ganas de matar. Fredy, ya de mayor, no sabe que es respetar la vida, porque nunca se la respetaron a él. No ha aprendido a trabajar, ni a vivir. Nadie le ha enseñado que la vida vale más que un disparo. Andará suelto. Y no sabrá distinguir entre inocentes y culpables. Para él todos son culpables: todos somos culpables. Para él existe una gran división en el mundo: él y los demás. Y los demás están en contra de él. Y tendrá que defenderse. Y para defenderse matará; para amar violará; para alimentarse robará.
Además, Fredy tendrá razones casi legales para hacerlo. ¿No aparece todos los días en esos periódicos que él vende, en esos programas de televisión que él escucha, que las grandes personalidades de la nación sobornan, sobornan, sobornan y nunca se aclara quien es el culpable? Fredy no puede sobornar, porque no tiene qué ni con quién, porque no es persona importante, pero sí puede robar; en menor cantidad, es cierto; con menor legalidad, es cierto; con menos picardía, es cierto. Y con más posibilidades de que le metan de nuevo en la cárcel. Porque Fredy pertenece al mundo de los otros.
-¿Y que es eso de corrupción administrativa, doctor?
-Eso es robar legalmente, Fredy.
-¿Cómo se puede robar legalmente, doctor?
-teniendo un cargo importante, Fredy.
-¿Yo podré tener un cargo importante, doctor?
-no podrás, Fredy.
-¿Entonces no podré corromperme?
-No podrás, Fredy, gracias a Dios.
-Corromperse es malo.
-Muy malo, Fredy.
Pero cuando Fredy mate, viole estafe…la ley caerá sobre él. Aparecerá su fotografía en las páginas últimas de los periódicos, una fotografía con cara de malo, despeinado, mirando de frente, con la mirada llena de odio.
-Qué cara de criminal tiene.
-Que cara de criminal le hemos pintado, amigo.

(Adolfo Carreto)