17 agosto 2015


FIESTAS DE SAN LORENZO

 Llevamos una  y semana de fiestas para honrar a nuestro Patrón San Lorenzo, y el ánimo no decae como se puede apreciar en esta celebración de las Madrinas el día 15 de agosto. Fue el colofón a las manifestaciones culturales llevadas a cabo por el nuevo gobierno municipal, los recién elegidos Alcalde y concejales, que no han cejado en su empeño a fin de que la cultura brille con luz propia, como se demostró en el acto musical celebrado en la iglesia abarrotada de público entusiasta aplaudiendo a los interpretes de diferentes instrumentos musicales (todos zarceños, y ahí radica el mérito), acto que culminó con gran éxito y  donde todos fuimos participes, lo que demuestra que al pueblo cuando se le ofrece cultura responde generosamente. Es la demostración de que vamos por buen camino, así que ya solo queda felicitar a los que han hecho posible este evento musical, es decir :a todo el pueblo y, pensar ya, en el futuro, para repetir y ampliar cuanto se pueda en el ámbito cultural que es, a la postre,  nuestra seña de identidad.

 
















 
 

06 agosto 2015


                          LAS FLORES DE DON CESAR.

Cuando digo don César, todos los zarceños sabemos que se trata de nuestro párroco que anduvo por el mundo, en Paraguay, que volvió cuando pudo a nuestro pueblo y, que ya no está entre nosotros, porque  hace pocas semanas  Dios quiso que estuviera a su lado definitivamente, aunque bien es cierto que siempre lo estuvo porque esa fue su vocación.
Hoy quiero rendirle homenaje recordando lo mucho que nos dejó en su blog: ”Estampas de mi pueblo”, en esta página, artículos llenos de vida, de colores, de aromas y de enseñanzas.
Así que rememorando su maravilloso relato con fecha de 4 de septiembre del año pasado, casi un año ya, he querido emular sus pasos y he recorrido el pueblo fotografiando las flores que, como hace un año, han vuelto, porque están ahí, en los mismos lugares, aunque creo, estoy convencido, que nunca se fueron. Estas flores que son sus flores, porque nos las mostró mejor que nadie, despertando el interés por si hubieran pasado desapercibidas para alguien, aunque no lo creo, son el enlace perfumado con  nuestro don César, son el recuerdo perenne de su amor también  por las plantas.  








De modo que estas flores suyas siguen perfumando la que fue su morada, y otras cercanas, junto con las adelfas del pilar, y las petunias, ¡ay! las petunias, sus petunias que nos mostró agarradas a las piedras en la base de los muros de las casillas y corrales, petunias zarceñas porque apenas necesitan agua sino un asidero pétreo, que en eso estamos bien servidos, porque en nuestro pueblo la piedra es reina, como sabemos. Y recordando todo esto no puedo por menos agradecerle de nuevo el salmo en latín, que me tradujo al español, de cuando éramos monaguillos y cantábamos aquellos responsorios en latín sin saber lo que decíamos  :”A memento mescamento servitore mean…”o algo así, ahora me rio de lo serios que nos poníamos recitando estas melopeas mientras las abuelas depositaban unas perritas por sus difuntos en la bandeja que don Leopoldo no perdía de vista.
Y recuerdo, porque escribiendo esto,  sentado en la terraza del huerto de mi casa, que antes fue de sus padres, y recuerdo, decía, verlo disfrutar con mis padres en este mismo lugar, sentados a la sombra, a su vuelta de Paraguay, charlando distendidamente, con afecto por ambas partes, porque mis padres lo apreciaban mucho, y así fueron desgranando recuerdos de un pasado lejano y, él, don César, hablando del Paraguay mientras mi padre que no perdía detalle escuchaba embelesado. Ya están reunidos en ese otro mundo que nos espera,  de modo que para ellos, estas flores con aroma zarceño porque como bien dijiste, César, en el relato aludido :”Todo nuestro pueblo es jardinero”.

 

28 julio 2015


                                           A FRANCISCO MOYA “EL CHUPALIGAS”

Nuestro amigo escritor, Salva Vicente Carretero, escribió en su blog “Mi rincón literario”, una entrañable historia sobre Francisco Moya “El Chupaligas”, que recomiendo leer. Tanto Salva como yo queríamos tener noticias de Francisco pero su teléfono no respondía, de modo que me acerqué a su pueblo, Cabeza del Caballo, a unos ocho kilómetros del mío por el camino vecinal, pero a unos veintidós por carretera. Nada más aparcar el coche sale un vecino:”¿Busca a Francisco?”.

    —Sí, señor.

    —Pues no está, se cayó de la moto, hace más de un mes, regresando del rio por el camino y se dañó una rodilla y el tobillo, le han escayolado y está con un hijo.

    —¡Vaya por Dios! ¿Y es grave?

    —No parece que lo sea, es cuestión de tiempo, en diez días le quitan la escayola —me tranquiliza—.De todos modos le doy su teléfono si quiere contactarlo.

    —Sí, por favor, me gustaría hablar con él. Muchas gracias —le digo al despedirnos.

   —Francisco Moya, de nombre artístico “El Chupaligas, es una persona íntegra, afable, no sabe lo que es el malhumor, entre otras cosas porque nació para hacer felices a los demás. Es un hombre elegante, de físico consistente, con un tórax amplio, diseñado para almacenar aire y llevar el sonido de la trompeta a sus límites .Adorna su rostro terso un bigote a lo  Django Reinhardt o  a lo Clark Gable, según se prefiera, en todo caso bigote impoluto de artista porque Francisco lo es por los cuatro costados. No le importa que lo llamen “Chupaligas”.”Desde los diez años me han llamado así cariñosamente y es lo mismo que si me dices Paco o Francisco”, me asegura. Yo prefiero llamarlo Francisco.

 La puta, con perdón, Guerra Civil, lo dejo huérfano ya que mientras sus padres alegraban a las gentes con su circo ambulante, una bomba  del bando franquista cayó en el circo matando a todos los artistas mientras ensayaban, sus padres entre ellos. De modo que a los diez años se hizo hombre para sobrevivir sin padres y enseguida comprendió que la trompeta que le habían regalado seria el instrumento imprescindible e inseparable para su supervivencia. Le arrancó los sonidos más conmovedores y en sesenta kilómetros a la redonda todos los pueblos bailaron, yo también, al son de la trompeta del “Chupaligas,” acompañado de su mujer al bombo o redoblante. Fueron un matrimonio inseparable, amantes de la música como nadie, que es lo mismo que decir amantes sin reservas del prójimo. Lo demostraron el día de su boda, en tiempos de posguerra, a finales de los cuarenta.

 Tras la ceremonia y posterior comida en familia, cogieron los bártulos; trompeta  redoblante y  bombo y emprendieron el camino para amenizar la fiesta en Saucelle, localidad distante de unos veinticinco kilómetros del suyo, andando llegaron para alegrar a aquella gente que los esperaba con los brazos abiertos. La boda no era motivo para privar a sus seguidores de los sonidos incomparables de sus pasodobles como el, “En er Mundo” en el que se regodeaba, apuntando al cielo con la trompeta, los mofletes hinchados, haciendo florituras con las primeras ocho notas y llenando de besos el aire que contagiaba a un público entusiasta. Después a   dormir donde podían, a menudo al cielo raso de agosto. Al día siguiente amenizar el pasacalles y por la tarde el baile y, al tercer día, regreso a casa, 25 kilómetros andando. Con lo ahorrado se compraron una bicicleta y con ella fue el matrimonio más feliz del mundo, años después una moto acortó las distancias, y así fueron pasando la vida, al compás de  ”Suspiros de España”, ”En er Mundo”, “ La Campanera…”y otras melodías que bailaron varias generaciones. De modo que Francisco “El Chupaligas” es en si el “Himno a la Alegria”. Su mujer dejó este mundo hace dos años, él sufrió lo suyo, pero se aferra a la vida con la magia de su trompeta y a sus ochenta y nueve años sigue haciéndonos felices con su “En er Mundo”o “La isla Canarias”, entre otros muchos. Grande donde los haya Francisco, amante de la música y de las flores (basta con ver la fachada de su casa), que es lo mismo que decir amante del mundo y de las personas de buena voluntad. Ánimo y pronta recuperación, Francisco; te queremos y te necesitamos, te esperamos para escuchar tu música, si no es este año, el próximo para celebrar los noventa. ¡Tú puedes, Francisco!





01 abril 2015

A MI PADRE QUE TANTO QUISE






                          
Empezaría diciendo en nombre de todos los hermanos: ”Padre nuestro que en el cielo estás”, pero yo sé que tú me dirías:” Venga, déjate de pamplinas y al grano”. Pues al grano, padre. La verdad es que me cuesta mucho tuteare porque eso no se hacía en nuestra infancia, era otra educación, pero, bueno… Lo que ahora recuerdo con toda nitidez, fue cuando me llevaste en la bici “Orbea”, verde pradera, qué guapa, ¿recuerdas?, al mercado de ganado el día de San Bartolo, en Aldeadávila, hace sesenta años, ¡cómo pasa el tiempo, rediez! Allí compramos una cerdita muy gruñona pero muy lista, eso decías tú, y que fue nuestro sueño y nuestro alimento más tarde. Recuerdo que  subías las cuestas de la carretera de cantos de cuarcita, conmigo atrás, sin levantarte del sillín, como el mismísimo Induráin; músculos de acero los tuyos, que mil veces te reproché, padre,  no haberlos heredado yo —no me digas que no—, aunque en otras cosas me parece  que salí ganando, sí, y no te rías , pero para músculos, como decía, los tuyos, porque yo nunca hubiera podido echarme a la espalda una saca de harina de cien kilos a los diecinueve años, como tú al descargar del camión con tu ayudante las treinta sacas, o sea que pasaron unos dos mil kilos por tus costillas en media hora, así como si nada, y por eso, tu patrón, don Higinio Severino,  te admiraba, y también porque hacías el mejor pan con abuelo Ángel, pan que se vendíais como rosquillas.
Cuantas veces te recuerdo diciéndome: “Hay que ser honrados por encima de todo, pobres somos, es verdad, pero honrados”, ese fue siempre tu lema, y tal como me lo enseñaste lo llevo por bandera. Ahora pienso que por eso tu patrón Higinio Severino, cuando salía de viaje te dejaba a ti la llave de la caja fuerte para pagar el camión de harina, o sea que confiaba más en ti que en su mujer e hijo, sí, admítelo padre, no seas tan modesto; esa forma de ser también a mí me ha permitido ir por el mundo con la cabeza bien alta, como tú decías.
Tiempo después en la mina de wolframio a cielo abierto en Barrueco, propiedad también de Higinio Severino, demostraste tu resistencia física, caminando de casa a la mina doce kilómetros y otros tantos de vuelta,  soportando ocho o diez horas de trabajo, tirando barrenos y picando, hasta que compraste la bicicleta, ¿Cómo? ¿Qué veinticuatros kilómetros diarios andando estaba chupado? No exageres padre, ¡vamos hombre! Pues menos mal que pudiste comprar la bici y pagarla a plazos en un año,  que si no… Y después de la mina recuerdo cuando comenzaste de barrenero en la carretera del Salto de Aldeadávila haciendo saltar las rocas, ¿no me dirás también que aquello no era duro?, porque eres capaz; recuerdo aquel camión destartalado cargando piedras y el resto con carros tirados por mulas, que mira por donde allí perdió la vida José “Canillas”, tu íntimo amigo, compañero de mili, al que tuviste que sacar debajo del carro cuando volcó. No sigo porque tendrías para escribir un libro con tus vivencias, ¿qué?, ¿dos libros  me dices?, pues pensándolo bien, yo apostaría que más de diez, porque noventa y tres años de vida plena, dan para mucho, padre, para trabajar  y  criar once hijos con el salario de  obrero, que mérito tiene, y después del curro , el ocio, como decías, pero antes el curro, como Dios manda, y anda que no viajaste después de jubilado con la “Asociación”, que si viajes a Portugal, a Cáceres, a Valladolid, Segovia, Madrid, ¡yo qué sé! ¡ah!,¿que no me olvide de Andorra, pues es verdad, con setenta y ochenta años te cogías el portante, tú solito y ¡hala! “me  voy a ver los hijos a Andorra y de paso me paro en Barcelona para ver a mi hermana Tere y los suyos”, y también cuando fuiste a Paris, es cierto, tres veces, ya se me olvidaba si no me lo dices.
Lo que sí puedo afirmar es que desde que te jubilaste has disfrutado como nadie cultivando el huerto junto a la casa. A mí lo que me encantaba, padre, era cuando a partir de mayo se llenaba de colores y asomaban por aquí y por allá tomates, berenjenas, pimientos, ajos, cebollas, lechugas, cerezas y ciruelas ¡yo que sé! Y recuerda que te decía: “Vende los frutos, padre, que sacas un dinerito”, y tú:” No, hombre, prefiero regalarlos, yo disfruto así, la gente es muy agradecida.”
Pero la vejez ,padre, no perdona y  el otro día, hace como un mes, ¿recuerdas? cuando estabas sentado en la silla de ruedas en el salón de la Residencia de Mayores de Masueco, me quedé… no me sale la palabra ahora, es igual, padre, el caso es que yo tenía una mano sobre la tuya y la otra debajo para calentártela porque la tenías algo fría ¿recuerdas?,¿ que no caes?, bueno, es igual, el asunto es que  de pronto despertaste de tu sopor y yo me quedé medio alelado, eso, eso, alelado, cuando me dijiste “:¡Qué corta es la vida. ”
Le estuve dando mil  vueltas toda la noche a la frasecita hasta que le encontré, eso creo, pero no estoy seguro, el significado más profundo.
 
Madre nos “dejó” por ahora hace dos años, cuando el campo se cubría de florecitas amarillas, y tú has ido a su encuentro cuando estas mismas florecillas han resucitado para vestir de nuevo el campo. Yo me pregunto si la vida no es precisamente eso: un eterno resucitar, y, mientras voy siguiendo tus pasos, que no creo que llegue tan lejos como tú, porque mi generación es de los  de yogures desnatados, y por eso somos más blandengues, no te rías, padre, que bien lo sabes que es así, recordaré entonces, al final del camino cuando vaya a vuestro encuentro, tu frase, y  sin dudarlo un momento estoy seguro que  te imitaré diciendo:
“¡Qué corta es la vida!”

 

 

 

                             

21 octubre 2013

La lluvia

La tan ansiada lluvia por fin llegó. El campo estaba seco y reseco, el ganado apuraba las últimas hierbas trillada de de puro seca. Tres meses largos sin caer una gota de agua es mucho para un campo como el nuestro  donde la humedad desaparece rápidamente con los calores. Acabó el verano y dio paso al otoño, y aunque el cielo comenzó a nublarse, no parecía que iba en serio, porque nos había engañado varias veces. Pero se levantó el aire de abajo (Suroeste) y, como sabemos los del lugar, con él casi nunca falla el agua. Así que después del viento que arreció  durante el día y se prolongó durante la noche, dio paso a la lluvia, y ahora si era de verdad. Más de lo que anunciaba el hombre o la mujer del tiempo, porque la borrasca se iba para volver sobre sus pasos y así llovió de lo lindo. La tierra absorbió toda la caída, era mucha la sed, se formaron algunos charcos en el cuenco de algún regato, pero cuando la abundante y generosa lluvia cesó después de varios días, el viento de arriba (Noreste) evaporó el sobrante, pero la tierra había administrado sabiamente tan valioso tesoro. Y para premiar la atención del cielo, la tierra lo agradeció con flores. Al verlas, dudé por un momento si era o no primavera, pero la hierba seca no engañaba: es el otoño. Y el campo comenzó a sustituir el ocre desteñido y roñoso por el verde refulgente de hierba otoñal que, junto con el maraojo, lo cubren ya todo. Félix