02 julio 2017

El ocre de mi pueblo


Cuando llega el verano, y este año mucho antes debido al calor sofocante de primeros de junio, el campo de nuestro pueblo adopta el color ocre.
Solo escobas, robles y zarzales que son las plantas autóctonas por excelencia, motejan el campo con su verde inalterable: verde guardia civil, las escobas, el roble con el suyo propio salpicado del verde bellota y en la zarza asomando en ella el verde gris mora primeriza hasta negrear cuando madura.
Estos colores nos recuerdan el paso del tiempo. Nos recuerdan que se acerca San Lorenzo y con él los frutos maduros: la sandía  y el melón para refrescar, entre otros.
Asi es que el ocre del estío de mi pueblo es solo un paso necesario para recoger los frutos de verano y prepararse para sementera que apagará el ocre para tornarse verde maraojo.
De modo que entre el ocre del estío y el verde maraojo, vamos caminando.

 








15 junio 2017

Tierra y cielo zarceños


                                                    
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Pasan los días y uno espera siempre algo; algo nuevo, algo que refresque el ambiente, pero las hormigas hace más de un mes que anunciaron la sequía ,pues salieron de su guarida antes de tiempo, señal que sabían que no iba a llover y que era tiempo de recolectar.

A lo mejor las hormigas han previsto que es ahora el momento de llenar el granero porque habrá tormentas. Ya veremos si aciertan. Ojalá su salida temprana anunciara agua también temprana para septiembre. En todo caso el labrador de nuestro pueblo ha tomado nota y ya tiene las fincas aradas, listas para la sementera.
Mientras tanto, habrá que seguir soportando estos calores tempraneros. El pilar de los Navazos está lleno. El caño sigue vertiendo ese agua tan fresquita y tan rica. Que yo sepa ha aguantado estoicamente todas las sequias.
Siempre nos que darán los pilares de los Navazos como último recurso contra la sequía.
Las flores veraniegas, Gordilobos, amapolas, diente de león y otras compañeras del estío, apuran estos días para dejar sus semillas. 
Por otra parte, el cielo zarceño nos ha regalado estos días unas puestas de sol  que pa qué.
Yo me he quedado embobado mirando ese cielo único y sacando fotos para el recuerdo.

29 abril 2017

La primavera zarceña


 
Poco a poco ha llegado, sin agua, con sol y calor a ratos, lo que contrasta con el año pasado por estas fechas cuando la lluvia era la compañera casi diaria.
Mal asunto para el campo sediento. Las flores están ahí, pero no se gozan porque les falta la savia que abunda cuando la tierra está jarta de agua.
Esto pinta sequia para este año. Ojalá San Isidro lo remedie, pero va a tener que emplearse a fondo, ya que San Marcos no dijo ni mu, y se fue como vino: con sol y viento para remate.
Por otra parte el refranero nos recuerda que “cuando marzo mayea, mayo marcea”, y todo apunta por ahí visto el repunte del frio, con el aire de arriba que lo seca todo.
Habrá que seguir la evolución de los huertos que andan parcos y engarañaos con tanto frio; al menos, para consuelo, la muestra que lucen los árboles frutales parece decente. Comeremos cerezas, peras y manzanas, que no es poco. Está claro que nunca llueve a gusto de todos, pero es que no llueve a gusto de nadie, porque no llueve. Me cachis… qué primavera.

 











20 abril 2017

La cabaña de Melquiades



Saco a colación la “cabaña de Melquiades”, al hilo de esta “Segunda Feria de la Piedra”, celebrada en nuestra localidad el sábado 15 de abril, tan exitosa por las actividades, tanto culturales como  gastronómicas.
Todos sabemos quién es Melquiades: quinto mío y, a modo de presentación, diré que hicimos la mili juntos, en Salamanca, y no olvido aquel día cuando me incorporé al cuartel donde él estaba ya , pues ingresó un reemplazo o dos antes del mío y por lo tanto era ya un veterano:” un abuelo”, decíamos. Ese día era costumbre hacer novatadas y, como recién llegado con los de mi reemplazo, habíamos de sufrir dicha vejación que siempre detesté por anacrónica, y sobre todo por lo que conlleva de humillación. Las susodichas novatadas las hacían mientras dormíamos. Cuando nos levantamos al día siguiente, se armó un revuelo de  mil demonios: a uno le faltaba una bota, a otro los cordones, otro se reía de su compañero al verle la nariz tiznada…
Le dije a Melquiades: “¡Qué suerte he tenido, me he librado!”.  Melquiades sonrió: “Cuando llegamos a tu cama uno iba a tiznarte la cara y le dije: “A este, ni tocarle, que es de mi pueblo”. Gracias, Melquiades.
Y tras este preámbulo llego a su cabaña, situada en la vertiente del rio, nuestro rio; en el Picón del Águila. Melquiades que no era arquitecto, como nadie en el pueblo, ideó el lugar y en su mente elaboró el proyecto para construirla, lo mismo que habían hecho nuestros antepasados construyendo casas y corrales de piedra, sin ser arquitectos, y ahí siguen en pie, tan jóvenes, aguantando temporales y lo que se tercie.
En el Picón del Águila y el Picón del Corzo se reunían a diario con sus rebaños de ovejas, Melquiades, José de la Emilia, mi hermano Isidoro y, con las cabriada del pueblo, Alejandro, que en gloria esté porque falleció demasiado joven.
No había cabañas en el entorno y era preciso construir una para protegerse de la lluvia y el frio, de modo que Melquiades tomó la iniciativa de construir una. Aprovechó un promontorio rocoso en la parte alta de la ladera para levantarla sobre un firme sólido. Pedruscos enormes y una peña fueron la base, pero no había piedra pequeña a la vista para seguir con la obra.
Tenían unos quince años. Alejandro y Melquiades unos diecisiete. Buscaban piedras más pequeñas en los alrededores, a veces a trescientos o más metros de distancia del lugar de la obra. A Melquiades y Alejandro, le ayudaban Isidoro y José a echarse  a las espaldas las piedras planas de entre veinte y veinticinco kilos. Estoy seguro que Melquiades llevaba la más pesada. Después, como penitentes, dicho sea con cariño, recorrían entre peñas y matorral la larga distancia hasta llegar a pie de obra. Así, día tras día, hasta que la bóveda quedó magistralmente cerrada.
Ya podían refugiarse al tiempo que desde aquel lugar se divisaba ampliamente el horizonte hasta el lecho del rio y el ganado era observado sin problema en sus desplazamientos. Grabado en la piedra de la entrada, en un lateral, está el año de construcción. No lo recuerdo, seguro que Melquiades sí. En todo caso fue, que yo sepa, la última cabaña que se construyó, hace ya unos cincuenta y tantos años.
Vamos algo maduritos ya.

15 marzo 2017

Aromas de un tiempo lejano



Los años de posguerra tenían estas cosas: el racionamiento y después de él, la esperanza.
Yo iba a la escuela con la pizarra en la mano, procurando que el marco cuarteado no se descangallara, el pizarrín en el bolsillo, un cuaderno y un lápiz.
Después, mi madre me mandaba con el capacho a la tienda, “y dile que el kilo de garbanzos y el de azúcar lo apunte”, decía con tono recatado, “y no sueltes el billete de la mano, que en el bolsillo lo puedes extraviar…”, añadía siempre, pues una vez perdí uno que nadie dijo haber encontrado.

Era la tienda el mundo. Allí se concentraban todos las penas y las glorias, todos los sacrificios, todos los sudores, los desvelos, las noches al raso, los días lluviosos, de calor asfixiante o de frio, de escarcha, niebla o nube de pedrisco; la tienda era todo eso, incluso el mar bravío o sereno, porque bastaba con mirar o impregnarse de los aromas para ver que todo lo que consumíamos llevaba la esencia del sufrimiento, de la gloria y la esperanza, del sueño cumplido con el paso del tiempo.
Los aromas de toda España se concentraban allí, y mientras esperaba mi turno, divagaba, y repasaba las lecciones que habíamos dado, repasaba la geografía y veía al maestro, cuando nos decía unas veces sereno, otras amenazante con la regla en la mano: “Acordaos que todo lo que compráis en la tienda tiene una procedencia, y cada artículo que veáis, veis a la España que no se alcanza a ver de otra forma”.
Entonces olisqueaba las sardinas en la caja, frescas con ramitas verdes de mar que, según la que me atendía, venían de Santander y me imaginaba los pescadores faenando entre olas amenazantes, y respiraba el olor del mar que no había visto, lo mismo hacia con el bacalao, y cuando miraba el saco de arroz, me imaginaba los campesinos en la Albufera, “el aroma del arroz es pues el de la Albufera, el perfume valenciano con el de sus naranjas”, pensaba. Lo mismo me sugería el aceite de oliva que me servía a granel del bidón; aquel aceite era el perfume andaluz, sobre todo el de Jaén, y las telas y ropitas procedentes de Sabadell ,Tarrasa y Mataró,  era el aroma catalán que había viajado casi mil kilómetros para llegar La Zarza de Pumareda, mi pueblo, junto a la frontera portuguesa, y así uno tras otro, iba respirando profundamente los aromas: el de los terrones de azúcar, el de las sogas de esparto y de las alpargatas, de las galletas María, y del café de achicoria, y del melocotón en almíbar, y el escabeche en barril que abría el apetito, y del turrón por Navidad, y de los plátanos canarios colgados del techo apiñados en su tronco, y sobre todo me embriagaba la esencia de la colonia y brillantina servidas a granel que,  sigilosamente y por un momento, se enfoscaba en mi cabello, hasta que salía de la tienda y volvía al mundo, al mío, al de vivir de prestado y seguir soñando con todos aquellos mundos y aromas que dormían en la tienda. España era aquello, y  aquellas fragancias de España, siguen en mí viviendo.

La tienda cerró y las gentes de mi infancia, en su mayoría, pasaron a mejor vida: la de la paz, la del recuerdo. Grato el de ambos comercios y de las personas que me atendieron, siempre de buen humor.
Hoy miro con tristeza este nuevo tiempo de desgarros territoriales, todo el mundo, hasta cualquier abrazafarolas, quiere ser independiente sin reparar que la España que nos cobija, la hicieron todos españoles, de Norte a Sur, de Este a Oeste. Miro con tristeza el paisaje político y sueño con el día en que todos reconozcamos que juntos lo hicimos todo porque unos dependemos de otros, y que solo juntos volveremos a elaborar los artículos con el aroma impreso de su tierra, sahumerio añejo o nuevo, que llamará a cada puerta, que llegará a cada pueblo, como lo fue siempre desde el acuerdo.
Entretanto, sigo respirando las fragancias de aquel tiempo, los aromas de las tiendas de mi pueblo, esencias de las Españas que nadie me puede robar y que llevo dentro; a la sazón: mi sustento.