09 agosto 2020

Asunto: novela de Félix Carreto.

 


 

Hola, zarceños y visitantes. Bienvenidos/as a San Lorenzo.

Puesto que no se ha podido hacer la presentación de mi novela como previsto en estas fechas, por los motivos que sabemos, os informo que “Lágrimas por Estrella”, está disponible en nuestro pueblo, la Zarza. La entregaré a domicilio a quienes estéis interesados/ as por ella.

Muchas gracias.

07 agosto 2020

VIAJE ESTELAR

 

                                                   





Anoche di una vuelta por el mundo. Fue bastante divertido porque era festivo pero el lugar de encuentro era un laberinto de salas pequeñas, forradas de terciopelo granate, a algunas se accedía por unas escaleras, luego bajabas a otras, unas con las puertas cerradas que costaba abrir, a otras se pasaba directamente, dos las abrían porteros elegantes, bien vestidos. Todo el mundo estaba endomingado, el ambiente se prestaba a pasar de una sala a otra. Muchas caras conocidas, amistades antiguas de trabajo, y en ese ambiente fue transcurriendo el tiempo nocturno.

Había un negro congolés, o del Zaire, no muy negro, joven, se llamaba Choa, afable y educado, compañero de pupitre en la escuela parisina de enfermería, nos sorprendimos al vernos de nuevo, él no había cambiado, yo tampoco, estaba con dos amigas, negras claras también, vestidas de gala, se besaban y cuanto más las miraba yo más se besaban, también en la boca, y me aparté de ellas porque no llevaban mascarilla. Miré detrás y en una pequeña grada para unas diez personas, estaba mi padre, le dije que acababa de ver a los ingenieros del Salto de Aldeadávila, don Diego y don Emilio. Sí, me dijo mi padre, tuve mucha amistad con ellos, recuerdo cuando la riada allá por enero del 61 ( aclaro que esto ocurrió de verdad), cuando el agua subió por encima de la presa en construcción, y la riada se llevó por delante los ocupantes de una balsa rudimentaria que volteó la corriente ahogándose tres o cuatro de los obreros y se salvaron dos o tres que no sabían nadar, y luego se presentó un señor, alto, elegante con un bigotín a lo Clark Gable, preguntando a la guardia civil que qué había pasado con los ahogados, y parece ser que dijeron que nada, son gajes del oficio, siempre hay gente que muere en estas obras, pero hay que buscarlos por encima de todo, y encontrarlos, dijo el señor, no creo que lo hagan, dijo el guardia, entonces el señor de unos cincuenta años, sacó del bolsillo  interior de la americana una cartera y les mostró su documentación: Almirante de marina, leyeron los guardias, entonces se cuadraron, pidieron perdón y llamaron a los ingenieros jefes que se presentaron volando, pidieron disculpas, uno de los ahogados es mi hijo, dijo el señor, y hay que encontrarlo, y los otros también, y fue entonces cuando todo se revolucionó, y vinieron buzos de lejos, y tras arduas tareas de rastreo los hallaron aguas abajo atrapados entre arbustos, y gracias al señor las víctimas mortales hallaron sepultura digna y sus familiares la indemnización correspondiente, así es la vida, me dijo mi padre.

 

Luego no sé cómo, me colé en una sala donde había un matrimonio japonés vestidos con atuendos festivos color crema y me dijeron que cómo estaba allí, que ellos querían tranquilidad para jugar al billar, y me fui, subí unas escalera y en otra sala me topé con una enfermera que escribía novelas y reconocí su cara, y otro chico que también escribía y me dijo, tú también escribes, te he visto en Facebook y en más sitios, sí, le dije, “ Lágrimas por Estrella” es mi novela, y desaparecieron. En una sala había un gel, me eché en las manos, pero la izquierda se quedó muy pastosa y cuanto más agua pasaba más se inflaba el gel y me costó deshacerme de esa porquería, y ya eran las cuatro de la madrugada y quería marcharme, pero el ambiente era muy bueno y luego llegó una pareja de amigos de Madrid, ¿estarán tristes?, me pregunté al saludarlos, porque hacía poco más de un año que se le murió una hija de veinte años, pero me sonrieron, y querían darme la mano y abrazarme,  le dije que no, que anda por ahí el virus, pero a la gente le daba igual, se besaban se achuchaban, yo que sé, eso no me gustó, pero estos amigos tomaban una copa y se divertían ,porque la vida, a pesar de las tragedias hay que seguirla viviendo con el ritmo natural de la vida: comer y beber, cantar y bailar, reír, así debe ser aunque en algunos casos la sonrisa se marchitara para siempre tras una pérdida dolorosa, es comprensible y humano.

Son las cuatro y tienes que dormir, me dije, así que me preparé para salir, y me pareció que para andar más de cinco kilómetros hasta llegar a casa en dicha ciudad mejor llevar calzado apropiado  (porque no había taxis), y no los zapatos habituales, así que en un rincón de una sala hallé una caja con calzado variopinto, usado, todo me quedaba grande, pero había unas deportivas en buen estado, parecían botas de futbolista, a lo mejor las de Ronaldo, porque tiene el pie más grande que Messi, pensé,  color crema, las probé y me quedaban algo grandes, pero de ancho me iban bien, así que me puse un calcetín verde, espeso, y en el otro pie los dos negros de hilo que llevaba con los zapatos y estos los metí en una caja. Salí a la calle, eché mano a la cartera y creí que me habían robado, pero no, encontré los billetes bien doblados en la otra parte de la cartera y me alegré.

 

 Cuando me levante, no me voy a acordar de esta fiesta tan extraña, me dije medio despierto, así que escribí estas notas a las tres de la mañana, con un ojo cerrado y con letra somnolienta, embarullada, pero lo suficiente como para poder plasmar parte de ese viaje por el mundo. Qué cosas ocurren. ¿somos realmente lo que vemos con nuestros ojos y hacemos con nuestras manos, o somos sobre todo lo que soñamos? Ahí lo dejo.

03 agosto 2020

BIENVENIDA NUESTRA SANDÍA

                                

 

Hoy es el día internacional de la sandía. Lo celebro. Los agricultores básicamente de Málaga y extremeños se quejan de que ha bajado la demanda.

Yo creo que hay que apoyar a los agricultores que son los que, en definitiva, sacan a este país adelante, y comer sandía. Creo que les pagan 6 u 8 céntimos el kilo, he oído en la radio, pero después sale al paso el intermediario, que es el que se lucra sin dar palo al agua y el precio sube, y después está el IVA, que es la otra mamandurria del gobierno, para sacarnos la pasta para sus viajes en Falcón, su ropero que no cabe en un campo de fútbol, sus asesores por miles, sus tarjetas de crédito, su coches oficiales,  secretarias, sus ordenadores y aidphone última generación y un largo etcétera. Luego quieren quitar al rey porque dicen que gasta mucho y nos sale muy caro; o sea que los que viven a cuerpo de rey (véase Pablo Iglesias, marqués del chupinazo, o del braguetazo, uno ya no sabe, o Sánchez, el rey del engaño a mayor gloria del rebaño), Estos son los patrocinadores de dicho desalojo. Sánchez quiere ser el rey de la III República. ¿Lo logrará? Visto lo visto y cómo anda el rebaño, todo es posible en este país de charanga y pandereta.

Si todos los diputados y senadores (que hay el doble que en Alemania, pero la mitad de jueces por habitante, lo que es una vergüenza), además de una sarta de políticos adscritos a la sopa boba, les diera por comer sandía, harían un gran servicio al pueblo llano.


Pero sé que mis súplicas caerán en saco roto.

Esto del día de la sandía me parece estupendo y abogo por el voto en blanco, mientras los políticos no demuestren en el Congreso, el Senado, en el Consejo de ministro y en los mítines, que son consumidores acérrimos de la sandía. Menos wiski en la bodeguilla de la Moncloa y más sandía en el Consejo de ministros para aclarar las ideas. Pensad un poco en la gente del campo, por mucho que ustedes anden confusos a fuerza de meternos gato por liebre y sigan empeñados en vendernos la burra ciega. Menos mal que en el fragor de la pandemia nos salvaron los sanitarios y los agricultores. Esto nunca lo entenderán los que viven de la mamandurria.

Yo digo ¡Viva la sandía!, roja o amarilla, me da igual; ambas quitan la sed, porque ambas son el fruto del campo y el sudor del labrador.

20 junio 2020

Lo que quedó atrás


Estas son algunas estampas que nos dejó la primavera en nuestro pueblo en tiempos de confinamiento y de silencio.



































12 junio 2020

LA MÚSICA O LA MELODÍA DEL ALMA












Todo estaba en silencio, en mi cuarto, con un rayo de sol que se colaba a media altura y alumbraba casualmente tu retrato en la pared. Te hablo de “tú “porque si empleo el “usted”, muchos jóvenes creerían que no es con mi madre con quien hablo.
Siempre te hablé de usted, hasta el último día de tus noventa y un años. No me salía el “tú”, porque en los años cincuenta y sesenta de mi infancia era así. “Hay que respetar a los mayores por edad, dignidad y gobierno” no enseñaba el maestro escuela. Todo ha cambiado, madre, se ha perdido parte de ese respeto: ahora muchos les “exigen” a los padres: es el mundo al revés.

Pero yo quería hablarte de algo que me acaba de suceder. Sé que me escuchas allí donde estés, por eso comparto esta revelación que te alegrará; lo sé bien.
Estaba tumbado en el sofá, contemplando tu retrato que alumbraba el sol y creí escuchar tu voz, la voz de tu canto melódico, de terciopelo, voz cristalina a veces, porque cantaste hasta los noventa años, y esas melodías perduran hasta el final de los tiempos.
Entonces me vino a la mente aquella canción que cantabas cuando, en el pilón del huerto, lavabas los pañales, creo que entonces éramos seis hermanos. Recordarás que a partir del octavo y hasta el undécimo, la lavadora que compraste a doce plazos —uno por mes— tomó el relevo.
No sé por qué le tenías tanto cariño a esta canción:
“El día que nací yo, que planeta reinaría/ por donde quiera que voy/ qué mala estrella me guía./ Estrella de plata la qué más reluce/ ¿por qué me llevas por este calvario, llenito de cruces?….”. Yo te escuchaba embelesado y tú me reías complacida, mientras tendías los pañales en la hierba. Pero me daba que pensar eso de “…por este calvario llenito de cruces”, y yo me imaginaba la Semana Santa, y toda aquella tristeza de las cruces del calvario y los santos del altar escondidos detrás de aquella enorme sábana morada que los cubría.

También recuerdo cuando cantabas “La vida en Rosa”, ahora sé que es de Édith Piaf. Me quedé con esta estrofa que sigue intacta en mi mente después de más de sesenta años:” “Desde el día en que nací/La vida para mí / fue de color de rosa/ Y me siento tan feliz/ que cualquier día gris/ es de color de rosa…”. Esta es la letra oficial, pero en mi mente, la que cantabas con tus amigas, camino del juego de pelota, la plaza donde bailabais el día de la fiesta de “Las Madrinas”—tendría yo no más de cinco años—la letra era algo distinta porque así me quedó grabada y debió hacerme mucha ilusión porque aquí, dentro en mi cabeza, sigue de esta manera: “Ay, el día en que nací, fue todo para mí /color de rosa…” Tú me dirás si estoy en lo cierto. Tan de rosa debió parecerme veros cantar a las jóvenes que erais entonces, que me quedó grabada a fuego. Y me sigo preguntando por qué cantabas tanto a pesar de atender la casa; ir a por leña al campo, espigar, remendar, hacer la comida, lavar, y no sigo, para qué, si lo sabes mejor que yo. ¡Ah!, se me olvidaba que también pasabas la noche amamantando al hermanito de turno. O sea que apenas tenías descanso en las veinte cuatro horas. No es por nada, pero no está mal recordarlo.

Todas estas canciones, algunas tristes, al menos por la letra, y otras menos tristes, las cantabas siempre con el mismo semblante de alegría. Yo debí heredar ese rasgo cantarín, lo cual te agradezco, porque no he hecho otra cosa en mi vida. Pero volviendo al motivo de esas canciones, ahora, o mejor dicho, hace bastantes años, me he dado cuenta de que las canciones aunque sean tristes, en el fondo de uno, son alegres, avivan sentimientos maravillosos en el alma; por eso se canta. Y a veces ese canto son lágrimas que salen del fondo del alma; ahí está el misterio.

Te voy a contar algo que no sabes. En mi época de emigrante, en París, frecuentaba un centro de cultura. Actué algunas veces tocando la guitarra y cantando. Tocaba algunas canciones de estilo flamenco que a mi me parecían alegres, pero no era así: eran tristes. Me lo hizo descubrir una señora que tocaba el piano. Y algo de música sabía. Yo tocaba “No siento los dineros, que me robaron/ sino mi perro Lucero que me mataron…” de Rafael Farina. Yo discutía con la señora asegurando que era una canción alegre, porque yo la sentía así, me llegaba al fondo del alma y por eso creía que era alegre. Pero la señora me dijo: “La está tocando en “la menor” y eso es un tono triste, al contrario de cuando se toca en “La Mayor”, por ejemplo”. Pero yo, terco de mí, apostaba lo contrario. Después supe que ella tenía razón.
Vengo a decirte esto porque en el fondo hay melodías tristes, incluso melancólicas, en las que uno siente el regocijo del alma; la vida es un verdadero misterio.
Me alegra que mi mente, madre, te haya recordado por las canciones; alegres, aunque en realidad fueran tristes, pero tú las vivías con la alegría, las entonabas con la alegría de tu alma, y esa es la clave, madre: las canciones que tú cantabas siempre me alegraban porque, aunque fueran melodías tristes, como digo, en tu voz, iba impresa la melodía del amor, no me cabe la menor duda: por eso eran siempre alegres.

Y mira por donde, tumbado en el sofá, me ha venido ese recuerdo y, es que, madre, hay momentos y sonidos, y aromas también, de los que uno jamás se desprende en la vida; sobre todo, cuando te das cuenta de que la separación física es solo un mero trámite: Lo que perdura es la ilusión de haber vivido esos momentos, de ahí la vigencia de los recuerdos: el lazo que nos une para siempre jamás.