02 noviembre 2022

01 noviembre 2022

EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS

 

                    

 




El día de Todos los Santos es el día de todos, de todos los Germanes, de los Afrodisios, de las Isabeles, de las Raqueles, de los Josés y las Marías Josés, de las Nieves y Noelias y de todos los que deseamos un mundo en paz.

 Hoy es el día del santo que llevo dentro, es decir, de todos los que conocí y se fueron, los que pasaron por este mundo, dejaron su impronta y se marchitaron, en un visto y no visto, como la rosa del jardín, como el viento primaveral que entró por la ventana y perfumó las alcobas, como el humo de la chimenea que se elevó hasta perderse en el cielo, como la oración que en este día la abuela iba desgranando en las cuentas del rosario, en la cocina, al calor de la lumbre, con su semblante serio y tierno a la vez, con su dulce voz que sigo escuchando, “El pan nuestro de cada día dánosle hoy”, pasándose la mano por debajo del pañuelo negro sobre la cabeza en un gesto comedido, como acariciando las arrugas de su frente que este día eran arrugas que descansaban en paz, la mirada fijada en los leños que ardían cuyo semblante nos sumía en un  profundo estado de recogimiento expresado en nuestras manos entrelazadas y nuestras caras arreboladas, con el viento bramando en la boca de la chimenea, a veces unas gotas de lluvia hostigada que se hundían en el hollín grasiento y rugoso avivando su olor agrio, gotas que se deslizaban como lágrimas negras, como deseando  unirse a la oración, hasta que el calor de la lumbre las evaporaba y volvían al cielo abrazadas al humo, mientras  el gato ronroneaba como si entendiera que ese momento era de recogimiento y, entretanto, el silencio, el silencio espiritual que anidaba en el corazón de todos, cuatro hermanos sentados en el escabel, dos en sillas bajas de enea y abuela y madre en el centro, silencio al compás de las ráfagas del viento que también callaban en breves lapsos para no interferir en el cambio de oración, y todo fluía como dirigido por una mano invisible, quién sabe si el alma o el espíritu de los que se fueron, todos presentes en el recuerdo, todos unidos en torno a la abuela cuyo rostro cobraba el rosado o amarillo, o dorado o azulado de las llamas danzarinas que los leños regalaban en suave susurro al consumir su propia existencia, “Padre nuestro que estás en el cielo…”, la voz hilvanando ruegos, a veces callada, a veces sumisa, la voz tierna, la voz que era alimento de tantos años velando por los hijos, y por los nietos, para que no les faltara un trozo de pan, lavando los pañales de los primeros días de vida, la vida misma envuelta en pañales y entregada en lienzos, benditas abuelas, “Dios te salve María, llena eres de gracia…”, la gracia de seguir viviendo, de seguir con la plegaria, por los vivos y por los ausentes, que no muertos, la gracia de sentir el amor fraterno, la gracia de amar al prójimo como a uno mismo, la gracia de entender que estamos de paso sin apenas darnos cuenta, la gracia de amar a los que amaron, de abrazar a los que abrazaron, la gracia de no ser devorados por la envidia, por la soberbia, por el resentimiento, por la codicia, por, por … “Ruega por nosotros…”, y el viento parecía que iba amainando cuando el rosario que desgranaba la abuela llegaba a la última cuenta, palpando la bolita sin mirarla, para cerciorarse de que todo tiene su fin, de que todo tiene su premio en la vida a poco que hayas entendido que nada es eterno, y que lo material es perecedero, a veces insalubre, y hasta el gato estiraba su lomo como si también entendiera que llevaba mucho rato sin recibir una caricia, y que los leños se iban consumiendo y el calor no le llegaba igual, en la cocina lóbrega sin ventanas, donde todo estaba en su sitio, las llares, las trébedes, el fuelle a mano para seguir avivando la llama que languidecía, cocina de pobre, más iluminada que nunca ese día, más alegre que nunca en el silencio, más serena también, porque la abuela con su presencia imprimía ese halo misterioso que solo la vejez otorga, cocina austera, sin olor a embutidos en el techo ni queso, porque no había, solo algo de manteca de cerdo donde no llegaban los ratones, negro el frontispicio de la chimenea de hollín celestial de sofrito humilde, blanco inmaculado los tabiques de adobe encalados con cariño por madre cada verano, adobes fáciles de horadar por algún ratón atrevido, pero para eso estaba el gato, para zampárselo,  “sed humildes y no olvidéis nunca a los que os amaron. Que Dios nos proteja a todos, hijos…”. “Sí, abuela, así lo haremos”, y sus ojos se iluminaban al escuchar de nuestros labios la obediencia de niños educados en el respeto a los mayores y en el amor a los abuelos, y terminado el rosario, ella nos pasaba el crucifijo de éste para que lo besáramos, convencidos de que ese gesto nos libraría de muchos males, nos liberaría de muchos miedos, y así debió ser, porque aquí seguimos todos los hermanos; rosario balsámico que tenía el don de hacernos mirar hacia dentro que es donde está la esencia del ser humano. Ni padre ni abuelo participaban de esta reunión, abuela y madre rogaban por ellos ocupados en otros menesteres.

Abuela se levantó ante el quejido de la silla, poniendo la mano en el cuadril, “dichosa cadera, los años, hijos”; nos besó y, “no olvidéis, hijos, de rezar al acostaros”, y así lo hicimos.

 Salí con ella afuera, para acompañarla a su casa por el camino que bordeaba los alrededores, entre ráfagas gélidas que azotaban la cara.

La noche comenzaba a adueñarse de la aldea. A lo lejos vislumbré una luz borracha que flotaba como un fantasma y apreté la mano de la abuela, “no temas, hijo, Dios nos protege, es la luz del farol del tío Leandro que va al corral porque una oveja le ha parido dos corderos.

 Las campanas comenzaron a tocar su lastimero tin, tong, y ya no callarían en toda la noche. Adentro, en la iglesia, dos monaguillos sentados en un banco tiraban de la cuerda que llegaba hasta el campanario activando el badajo, y las campanas modorras seguían llamando a la oración, al recogimiento y al descanso, mientras los muchachos comían castañas, higos pasos y pan tostado, hasta que a media noche los relevaron cuatro mozos que se instalaron con una mesita donde colgaba la cuerda y activaban el sonido lúgubre, casi fantasmagórico en medio de la noche tenebrosa y gélida, tin, tong, tin, tong, sonido que ritmaba la partida de tute que celebraban mientras comían castañas y chorizo y bebían de la bota de vino“. ¡Benito, las cuarenta!”. “No joden, pero atormentan”. “No blasfemes, Benito, que estamos en la iglesia”. “No toques tres veces seguidas, Manolo, que son dos”. “No te preocupes, Benito, que el cura duerme a esta hora”. “Pero no la tía Filomena que es tan beata que pasa la noche en vela”. “Veinte en bastos, y atiende las campanas que te has olvidado dos toques”. “No importa, Manolo, el bueno de don Matías, el cura, me dio ya las cuatro pesetas para cada uno, aquí las tengo en el bolsillo”. “¿Habéis oído el gallo de la Piluca?”. “Sí, no tardará en amanecer, y nos estamos quedando sin vino”. “Manolo, que has dejado de tocar casi cinco minutos”. “¿Te extraña?, ha sido por estrujar la bota de vino”. “¿Has visto?, Paco, ya empieza a clarear, vámonos, muchachos, que me dijo don Matías que dejáramos de tocar al alba”.

Pero eso, amigos míos, fue hace muchísimo tiempo, y después, cuando yo peinaba canas marchitas, llegó Halloween, acaso para remediar algo, o para enmascararlo todo.

A cada generación, sus certezas y desengaños, sus alegrías y llantos…, y su toque de campanas, ya de vuelo alto cansado hacia el olvido.  

Que el universo que nos trae y nos lleva a su antojo, nos sirva un mundo (en este día de Todos, de Todos los Santos), pleno de armonía y paz.

Amén.

 

Félix Carreto.

La Zarza de Pumareda. 1 de noviembre de 2022

 

17 septiembre 2022

NATURALEZA MUERTA PERO VIVA

 


 

Hay veces que uno pasa al lado de una obra de arte, pequeña o grande, sin percatarse. Por eso, cuando salgo de paseo, en este caso a caminar por los caminos de mi pueblo, suelo abrir los ojos con afán de encontrar algo sustancioso para inmortalizarlo con mi cámara que siempre me acompaña colgada al cuello, como si fuera el brazo de la novia. Y es que hay amores secretos de los que uno nunca se separa.

Así que en las afueras, estaba mi amigo Casto, ya jubilado, que es un amante de la naturaleza, que restaura chozos de piedra, paredes de las fincas que se derrumban, etcétera. El portón de su almacén estaba entreabierto, creando los rayos del sol una zona iluminada y la consiguiente sombra. Me acerqué para saludarlo y vi en el suelo lo que muestra la foto. Inmediatamente me vino a la mente el título de la obra: “Naturaleza muerta pero viva”. O sea un bodegón a ras de tierra, un bodegón con sabor a sandía y melón, un bodegón con la hoz rústica, de fabricación artesanal, herramienta inseparable de todo amante de la naturaleza que cultiva los frutos y los protege de la maleza, para eso está la hoz, y la azada, o “zacho”, que decimos en mi pueblo.

Está claro que la obra de arte estaba ya creada cuando yo la vi, solo quedaba inmortalizarla. Fue como un regalo antes de emprender el paseo largo. No me cabe duda de que la felicidad está ahí, en esos momentos efímeros, en esas obras de arte que te esperan en cualquier lugar, basta con abrir los ojos. Un vientecillo del norte, suave me acompañó en mi caminata, feliz por haber descubierto esa estampa campestre que estaba aguardándome.

Cuantas veces pasamos al lado de alguien que te envía una mirada solicita sin conseguir captar el mensaje. Misterios de la condición humana. Y así caminamos por el mundo a la búsqueda de algo que nos satisfaga, que nos haga felices, así sea por un momento breve. Esta mañana yo me topé con esa felicidad que me atrapó al vuelo.

 Gracias, amigo Casto.

 

10 agosto 2022

¡LLUEVE EN LA ZARZA DE PUMAREDA!

 







Si anduviera entre nosotros la Tía Petra, la alguacila de mi infancia, es muy probable que alguien la hubiera animado para, cornetín en mano, anunciar por las calles la buena nueva ¡Alegría, zarceños, está lloviendo! Y su voz cálida hubiera volado de casa en casa, de  teso en teso, de huerto en huerto, de tomatera en tomatera. Y es que acaba siendo insoportable este calor asfixiante de todo el mes de julio y lo que llevamos de agosto, y lo que te rondaré morena. Las plantas sufren, como las personas, sus flores se achicharran con el sol del mediodía y caen desfallecidas sin lograr superar la siguiente fase para ofrecer su fruto “¡Llueve en La Zarza de Pumareda”. Y es que siempre se ha dicho que lo poco agrada, pero lo mucho cansa. Este calor tórrido afecta a todo ser viviente, ensañándose con los más débiles, como siempre.

Anoche creí que soñaba cuando a eso de las dos, más o menos, escuché, a través de la ventana abierta, como un ventarrón y, al poco, un par de truenos y acto seguido el tintineo de la lluvia. Agucé el oído para cerciorarme y, sí, no era un sueño, era un sueño real.

Desde el primer piso del Ayuntamiento, en la sala de la exposición fotográfica, a eso de las once de la mañana, observo con deleite después de mucho tiempo, cómo el agua golpea las tejas de un local bajo la ventana.  ¡Qué gusto!, qué sensación casi olvidada, ese repique del agua, esos espejos en el suelo. La carretera luce su azabache plateado. Hay un silencio dulce en la atmósfera. El agua corre mansamente sobre el cemento. Desde lo alto con una panorámica envidiable, observo dos personas en el quicio de la puerta contemplando la lluvia, otras personas miran a través de la ventana, todas las miradas están puestas en la calle, se ha apagado el fuego de la cocina donde chisporrotea la sartén pasa salir a ver llover. Nunca llueve a gusto de todos, es cierto, pero hoy es una excepción, hasta ahora, pues si persevera, alterará los programas festivos al aire libre. Aceptamos el canjeo; lluvia por acto lúdico. 

Escampa, salgo a la calle. Enfrente del Ayuntamiento, bajo un cobertizo y a modo de terraza, una niña rubita de apenas un año, sonríe  sobre el regazo de su tía, que es joven y podía ser su madre. Unas plantas en sus macetas han recibido el agua salpicada y sus hojas tienen el lustre de la felicidad. La niña sonríe cuando la solicitas. Ella no sabe que la lluvia es vida, que no hay vida sin agua. Ella vive el momento de felicidad, como los demás cuando fuimos niños en brazos firmes y seguros y cálidos. Ella es como la lluvia en esta mañana festiva de San Lorenzo, nuestro Patrón: un remanso de paz y de esperanza en este mundo tan revuelto y disparatado, pero también alegre cuando nos empeñamos.

Por un momento, la lluvia nos ha alegrado y la buena nueva nos trae la esperanza: resistir entre la mediocridad, entre el sofoco estival: La Tía Petra, nuestra alguacila seguiría soplando el cornetín para anunciarnos la buena nueva:  “¡LLueve en la Zarza de Pumareda!”  

 

24 julio 2022

“La Zarza de Pumareda en mi corazón”

 




Acaba de salir a la luz mi nuevo libro. Un libro de 204 páginas donde hago un recorrido por muestro pueblo de Zarza de Pumareda. Recorrido que abarca desde los años cincuenta y sesenta hasta nuestros días. Unas veces en forma de relatos (muchos acompañados de fotografías), narrados de diversas maneras; a menudo en primera persona, otras veces con monólogos, otras en forma de poemas. Todos los estilos caben para darle una diversidad narrativa que enganche desde la primera página hasta la última. La temática es simplemente universal, pues lo relatado va más allá de lo local al tratarse de evocar sentimientos y emociones que nos son comunes a todos los humanos.

Están presentes, sobre todo, las costumbres del mundo rural, las tradiciones, el duro trabajo del campo, pero también la celebración de numerosas fiestas, la belleza del entorno campestre con robles y escobas en abundancia, con sus chozos de piedra “cabañas”, como símbolo de un tiempo pasado y, en definitiva, se destaca la importancia de lo esencial: el fluir de los días al ritmo de la naturaleza.

Se resalta el poderoso vínculo afectivo que se crea con el lugar donde uno echó sus raíces, la impronta indeleble y el carácter que se va forjando a través de las calles donde jugó, con el campo que recorrió, con los animales domésticos que compartió días, con el sinfín de olores y aromas; los culinarios, los de los frondosos huertos  y el ancho campo, el inconfundible olor a tierra mojada que traían las tormentas del estío. Más que  el arranque de lo que uno sería más tarde, diría yo que es el destino el que se labró en esos primeros años de existencia, algo que uno va descubriendo en la edad madura. 

Disponible en Zarza de Pumareda.     Contacto Email:

felixcarreto@hotmail.com