18 febrero 2010

Viajes de un emigrante (segunda parte)


Poco tiempo llevaba en Suiza con mi patrón recién entrenado, cuando decidí poner fin a mi contrato, ya que el trabajo que realizaba, además de no interesarme nada, requería un gran esfuerzo físico y mi cuerpo con mis escasos sesenta kilos, no podía soportar tamaño sacrificio. Ya había trabajado en España de mecánico, de ebanista, incluso amasando el pan y arrancando escobas con mi abuelo y sabia lo que era sudar la gota gorda, pero esto era muy distinto. Esperaba ansioso el momento propicio para fugarme. Un buen día, mi patrón me entregó diez francos para acudir a Berna para regularizar mi situación respecto a la asistencia sanitaria y darme de alta en el Consulado de España. Fue entonces cuando cogi el maletón y aprovechando su ausencia momentánea, anduve raudo los doscientos metros que conducían a la estación.
Subí al tren mirando para todos lados asegurándome que mi jefe no trajinaba por los alrededores. Comenzaba en aquel instante una auténtica fuga pues a partir de ese momento me encontraba en situación irregular y la policía podía dar conmigo en cualquier momento con las consiguientes consecuencias (retención, expulsión, obligarme a reembolsar todos los gastos del viaje desde España…) El tren avanzaba hacia Berna y atrás iba quedando el sueño suizo donde otros triunfarian pero no yo.Por mi mente desfilaba la película de aquellos dias: los madrugones a las cinco y media, la ardua tarea, las comidas con su sabor ligeramente dulzón que nunca había degustado, acompañadas de jarras con leche, chocolate, te, rara vez agua y nunca vino. Me resultaba curioso las cinco o seis comidas:vaso de leche o chocolate a las seis ,desayuno a las nueve, colación a las once, comida a las doce y media, merienda a las tres y cena a las seis y media. Puedo decir que hambre no pasé.

Llegué a Berna hacia las dos de la tarde. No tenia muy claro hacia donde dirigirme. Volver a casa seria un fracaso. En Suiza, por el desconocimiento de las lenguas y mi situación irregular estaba descartado, entonces pensé que mi hermana, un año mayor que yo, que trabajaba desde hacia tres años en Paris, podría ayudarme. Me acerqué a la ventanilla para sacar el billete pero no había forma de hacerme entender.
Bajé a una especie de recinto como una mini plaza que comunicaba con todos los andenes, por donde circulaban los pasajeros. Habia un trasiego donde se escuchaban multitud de lenguas, también español. De repente vi a una señora con un brazalete con la bandera española. Me presenté y le pregunté si me podía ayudar. Sí, para eso estamos, dijo. ¿Dónde trabaja? En la construcción, dije. Era mentira, pero me salió tan natural que se lo creyó. Me sorprendí a mi mismo, pues no solía mentir y menos a una persona adulta. Digo esto porque es cierto, pues desde pequeño, como un cristiano de los de verdad, que son los menos, aplicaba a rajatabla las amonestaciones del cura cuando recordaba machaconamente que para no ir al infierno había que ser bueno, no decir palabrotas, ni robar, ni mentir a los mayores y mas cosas, si no, te esperaba el infierno, y nadie mejor que yo conocía el infierno que veía casi todos los días.
Si, el infierno era el horno de mi abuelo donde cabían setenta hogazas, y cuando lo calentaba permanecía absorto viendo a través de la puerta arder las escobas y los troncos cubriendo de llamas que flotaban como un mar de olas bravas en el interior. Me imaginaba soportando aquel horrible suplicio, a prostitutas y gentes de mal vivir que decían eran las que llenaban el infierno. Estaba seguro que nadie en mi pueblo era tan buen cristiano como yo, ni siquiera el cura. He intentado deshacerme de esto pero aun hoy me cuesta mentir, y se me nota cuando lo hago por necesidad. He incidido en esto porque lo creo importante aunque no lo parezca.
Así que la señora en cuestión, de unos treinta años, era simpática y agradable a la vista.Nos acercamos a la ventanilla par sacar el billete.
Para Paris, le dije.
Tras intercambiar unas palabras con la expendedora se volvió hacia mi para decirme que no tenia suficiente dinero. Me quedé casi sin respiración.
El cielo se me había caído encima. No sabia como reaccionar.Estuve a punto de echarme a llorar. Desconcertado y tras un largo silencio, me preguntó por dos veces. ¿Qué hacemos?
Pregúntele si hay algún tren más barato, de segunda o tercera, aunque no sea directo, no me importa lo que haya que esperar, que sea más barato y que me alcance el dinero. Le había entregado todo el dinero que tenia, y de nuevo empezó a hablar con la vendedora. La charla duró un rato.
Al final, con una sonrisa y una expresión feliz me dijo: he conseguido un billete y le sobra esto. Por momentos pensé que pudo añadir de su bolsillo lo que faltaba para el billete.Se veía que era una persona buena.
Feliz como si me hubiera tocado el gordo de la lotería, con mi billete en mano, compré una botella de agua una bolsa de patatas fritas y me dirigí hacia el anden acompañado de la amable señora. En nuestra conversación yo no le daba ninguna pista que pudiera delatar mi fuga,o sea, que mentía continuamente, cosa que odio.
No sé como pude salir de aquel atolladero. Nos despedimos, le agradecí su amabilidad y ella me deseó suerte. Subi al tren. Al rato me asomé por la ventanilla y la vi a lo lejos que regresaba mirando hacia los compartimentos.
No hay duda, es ella con el brazalete, me dije. ¿Me buscaba? Al final subió al tren. Pensé que quería localizarme, pero ignoraba si seria para bien o no. En la conversación podía haberme delatado en algún momento y acudiría a pedirme explicaciones sobre mi fuga, me dije. Ante las dudas, no quería enfrentarme a más dificultades,habia salvado con suerte no pocos obstáculos y ahora que tenia el billete y en el tren no había margen para el error, así que decidí encerrarme en el servicio, que por cierto estaba perfumado con ambientadores, corrí el pestillo, y sentado en la taza del váter esperé hasta que partió el tren. Me quedó sin embargo, la curiosidad de saber qué buscaba en realidad.

Ya seguro y liberado, en parte, de la angustia que me asediaba, pasé un rato recreándome del maravilloso paisaje todo verde, poblado de lomas con pinos, de hermosos pueblos y caseríos dispersos entre valles y riachuelos.
Volvi a recordar al grandullón de mi patrón el fin de semana colocando los esquíes en la baca del Opel rojo cuando partía a esquiar. Y mientras él disfrutaba de la montaña yo soñaba mirando los hermosos zapatos en los escaparates, y los relojes, y pensaba que en unos años podía tener coche y aprender a esquiar. Pero todo iba quedando atrás como los perfumes embriagadores de las bellas rubias que se esfumaban en la atmósfera.
De repente, entre dos claros, apareció la majestuosa cresta nevada del Mont-Blanc reluciente como un espejo colgado del cielo azul. Me despedí definitivamente de él y de todo lo que representó de forma efímera el sueño suizo mientras el tren llegaba a Lausana. Bordeamos el maravilloso “Lac Leman “que ya había visto a mi llegada, con las montañas nevadas al fondo, hasta que llegamos a la frontera francesa.
Subió la policía al tren, me pidió el pasaporte, le abrí la maleta y se fue conforme.
Atravesamos un paisaje de media montaña cubierto completamente de pinos, abetos y hayas. Ya de noche, llegamos a Dijon, ciudad francesa de fama mundial por su mostaza esencialmente. Comenzaron a desenganchar vagones y enganchar otros. No podía equivocarme de rumbo pues no me quedaba ni dinero ni alimentos así que pregunté a un empleado con mostacho cuales eran los vagones con destino Paris. Le decía; Paris, París , y me respondía apuntando a los vagones. Al poco rato le pregunté a otro con igual mostacho, todos tenían mostacho. Me indicó lo mismo. Entonces me dije que no había equivocación.Cuando el tren se disponía a arrancar le pregunté a un tercero: Paris, Paris; me di cuenta que era el mismo y me respondió cabreado:ouiiiiiiiiii! Tras aquel bufido me quedé tranquilo sabiendo que el citado vagón me llevaría sin duda hasta Paris.
En el compartimento, enfrente de mi, había dos chicos de unos escasos veinticinco años. Me presenté pero no entedian muy bien, sin embargo uno de ellos me habló en italiano, y pudimos intercambiar algunas palabras.Era suizo de la zona de habla italiana .Abrí la ultima lata de sardinas, ya no me quedaba mas alimento, y les dije si gustaban . Me respondió:”molte gracie”o algo asi. Eso si lo entendi. No sé por qué me llamaron la atención sus zapatos. Eran de un marrón Burdeos, sin cordones, especie de mocasines de cuero grueso, con unos adornos en el empeine. Nunca había visto nada parecido. Pensé que seria el calzado de moda de los jóvenes. Ya seguro y completamente relajado, eché una buena cabezada y cuando me desperté estábamos entrando en Paris. Llegué a la estación del Este hacia las diez de la noche.
Los viajeros abandonaban la estación mientras yo me quedaba rezagado intentando encontrar la salida hacia los taxis. Le pregunté a un empleado joven que empujaba unos carros, taxi, taxi. Me miró y con una media sonrisa preguntó: ¿eres español? ¿Cómo lo sabes?, le dije. Hombre, se ve. ¿De dónde eres? De la provincia de Salamanca. ¿y tú? Yo soy de León. ¿Vienes a trabajar? Si. ¿Hablas fracés? No. Pues ya te puedes aplicar, macho, porque lo tienes crudo, hay miles de españoles buscando empleo. Le agradecí su sinceridad y me dirigí hacia la salida que me indicó.
Justo al lado de la puerta, había una pareja de enamorados, supuse, abrazados y besándose en la boca delante de todo el mundo. Reconozco que me ruboricé ante tamaña osadía, pero sabia que Paris era la ciudad de la libertad. Nadie los miraba, solo yo. Fui el último en salir.
Ya en la calle, un señor me hizo una señal con el brazo. Me sorprendió porque nadie debía esperarme y nadie me conocía. Se acercó a mi. ¿Taxi?, preguntó. Si, dije. Cogió el maletón y lo seguí hasta el taxi.
Subí y le mostré las señas escritas en la libreta. Empredió el recorrido sorteando calles y rotondas mientras yo me decía: esta si que es gente amable y buena, vienen a recogerte a la salida de la estación sin conocerte y nada. No se veía gente por las calles. La ciudad dormía ya. Llegamos a la plaza de Trocadero, junto a la Torre Eiffel, dio varias vueltas a la plaza pero no encontraba la calle. Me dije: este tipo está dando vueltas para cobrarme más. Eso si lo sabia porque en España era igual. Al final dio con la calle. Al pagar no nos entendíamos. El chapurreaba italiano para que lo entendiera.
Yo solo entendía ocho o algo así. Ocho no, decía él. ¿Dieciocho?, le dije.
No, no, dijo ¿Veintiocho entonces? Si, si veintiocho, dijo. Saqué las últimas pesetas que me quedaban, pero él dijo que pesetas no porque no las quería nadie, francos o dólares, añadió. Yo sabia que el franco francés se cambiaba a doce pesetas. Hice el cálculo y le dije: Son 336 pesetas. Me quedaban cuatrocientas y estaba dispuesto a darle propina por su amabilidad. No quiso pesetas y me retuvo el equipaje. Como no nos entendíamos lo di por perdido y entré en el edificio, pero antes apunté en la libreta la matriculación del coche. Pregunté al conserje, un negro africano, muy mayor, medio calvo, que dormitaba sentado ante el televisor, dónde vivía mi hermana. Me indicó el piso pero no la habitación. Subí los siete pisos por la escalera de servicio, empinada en caracol y llamé a una puerta al azar. Despues de presentarme a distancia abrió la puerta una chica rubia en camisón, gordita y amable como todas las gorditas, y con acento valenciano. Le expliqué lo sucedido y me prestó treinta francos para pagar. El taxista cobró los veintiocho y me entregó el equipaje.
Estaba de vuelta llegando al séptimo piso cuando oigo alguien que subía corriendo. Era el taxista jadeando que tuvo que parar un rato delante de mí para tomar aire. Estaba rojo, casi congestionado. Espera, espera, decia con la mano. Cuando recuperó me pidió la hoja donde había anotado el numero de la matricula. El muy canalla no tenia la conciencia tranquila y yo no tenia ganas de más líos así que se lo entregué. Luego supe que me había estafado. Eran ocho francos y no veintiocho. Tras el encuentro con mi hermana que no me esperaba, no recuerdo haber dormido en mi vida, una noche tan agusto y tan profundamente. Por fin estaba en Paris donde comenzaba otra aventura, ésta vez larga, fantástica por momentos, otros no tanto, como la vida misma. Paris seria mi nueva casa y el punto de partida para un sinfín de viajes de ida y vuelta para seguir disfrutando de mi querida tierra. Félix.

26 enero 2010

Recordando a mi primo Adolfo.


























Durante unas vacaciones, en las que disfruté con la presencia de Adolfo le mostré unas fotos que quería presentar en el “Certamen sobre Cultura Popular”. Le pedí un texto para dichas fotografías. Me lo envió con el titulo: ”el camino de la cruz”. El texto me pareció sublime, pero las fotos no estaban a la altura del texto y no fueron elegidas. Al año siguiente realicé otra serie de cruces con otro enfoque y lo titulé “el símbolo de la cruz”, siendo esta vez seleccionadas; tema ya expuesto en este blog.
Las cruces que alude en el texto están ubicadas en el pueblo de Cardeñosa (Ávila) cruces que conforman para mí el calvario más bonito de España.
Él conocía bien este pueblo. Varios compañeros de estudios eran de Cardeñosa, con los que compartió los últimos años de formación académica.
Quiero recordarle una vez más con estas fotos en distintos momentos y épocas del año, añadiendo el texto que escribió y que es sin duda parte de su alma; ese alma que como nadie plasmó en su ”Castilla en el alma”. Félix.

EL CAMINO DE LA CRUZ

El camino de la cruz no es el camino de la muerte, es el camino que recorren todas las primaveras, todos los veranos, otoños e inviernos los pasos nunca cansados de las almas y los cuerpos de Cardeñosa, en Ávila, geografía de piedras y de cruces, pero también de lluvias y carámbanos, también de mies y amapolas, también de chopos verdeantes por el arroyo, también de vientos amansando el camino, de nieves regando las piedras, de nubes espantando los fantasmas, de flores silvestres tan peregrinas como los pasos de caminantes sin reposo que siempre avanzan hacia el infinito de las tres cruces encaramadas en el teso pedroso.
Este calvario de Cardeñosa que van caminando todas las cruces marcando el sendero de la Cruz no cansa pero tampoco es liviano. Los recodos que tiene son otros tantos caminos para otros tantos cuerpos y almas que van en procura del milagro de la resurrección. Una primavera de tantas, las cruces, ayudadas por los pasos, alzan vuelo, florecen a la intemperie, se estremecen con el trueno, refulgen con la luz, y otra primavera de tantas vuelven a descender, se aposentan sembradas en su propio camino, porque su sino es la perennidad seriamente castellana para continuar viviendo.
Yo he recorrido este camino y el camino me sigue recorriendo. Yo he muerto y resucitado en este camino de la mano de mi amigo, ya muerto, siempre vivo. Yo veo a todos los cuerpos, a todas las almas de las edades de Cardeñosa labradas en este camino de cruces, de Cruz. Yo me he agostado en este camino y he vuelto a verdecer, porque hasta en este camino de cruces hubo recovecos para el amor.
Cada cruz de este camino de cruces es un misterio enterrado en cada alma. Cada musgo sembrado en la piedra es la semilla de lo eterno. Cada pájaro que ha tenido a bien crucificarse en cada cruz ha vuelto a aletear hasta donde el cielo se esconde. Cada estación de este camino son todas las estaciones juntas, todas las primaveras, veranos, otoños e inviernos abrazados entre tierra y cielo, entre suelo y vuelo.
Este camino del calvario castellano de Cardeñosa de Ávila no es un camino cualquiera: es mi camino, nuestro camino, el de todos y para todos. En él hay vida y muerte, más vida que muerte porque la muerte, aunque parezca, no es eterna. Este camino material, terroso y pedregoso, es inmaterial, y anda por la vida de cada cual cuando cada cual se estremece en la vida. Cuando uno transita este camino queda transitado y ya no puede desprenderse de él. Aunque sea de piedra, no pesa. ¿No ven cómo las cruces se alzan sobre sí mismas porque su destino es estar siempre alzadas?. ¿No ven cómo no es muerte sino florecimiento de lo eterno? ¿No ven cómo es austeridad viva castellana, y sin copla, aunque Machado se la hubiese inventado y nosotros, paso a paso, cada primavera, la hubiésemos entonado?
Este es el camino de cruces castellanas sembradas en el suelo desde el cielo.

Adolfo Carreto, Caracas, 2004

17 enero 2010

Sonidos

Sonidos suaves, ritmados en el atardecer. Sonidos.
Estoy en mi habitación, es el mes de enero.
Sonidos; la tarde cae lentamente. A través de mi ventana veo cruzar palomas que están buscando aposento para pasar la noche.
Sonidos. Oigo el zumbido de las palomas, el macho hincha el papo y hace sonar cada vez más fuerte su gruuuurruu, grurruuuu… demostrando así que él es el jefe.
Sonidos incesantes de palomas que se cruzan. Sonidos suaves que cortan el viento con sus aleteo.
Estoy abrazado a mi guitarra .Pulso una cuerda grave. Por la habitación se expanden sonidos graves sin dejar espacio para otros sonidos. Continuo pulsando las cuerdas y en el aire va irrumpiendo la melodia suave porque así es la música de ”Bésame mucho”; suave, romántica, profunda, eterna, porque esa melodia me traslada a otros lugares, a otros recuerdos lejanos que renacen con el aroma primaveral de la juventud. La última nota se desvanece dejando lugar a un corto silencio; silencio sideral.
Pero el sonido vuelve con el zureo de las palomas. Silencio dentro; frío y zureo afuera. La tarde se desvanece y el crepúsculo deja caer su velo que va cubriendo de penumbra mi habitación.
Sonidos afuera, tambien dentro, porque el frigorífico arranca con un breve y suave murmullo, cansino, y se vuelve a dormir en silencio.
Sonidos: el tic-tac del reloj prosigue su andar sin descanso y me sacude la pereza que por momentos se adueña de mí, porque él marca el ritmo de las cosas que hago, que veo, que oigo.
Un sonido lejano, casi desvanecido del claxon de un coche me recuerda que estoy en Madrid, pero yo estoy alejado del bullicio de la ciudad, aunque esté en su corazón.
Sonidos. Una voz femenina invade el espacio que quedó en silencio, porque las palomas van a iniciar su descanso en el hueco de las ventanas de un piso deshabitado. La voz femenina prosigue con su timbre metálico reprendiendo a un niño que protesta, lloriquea y después calla para dar paso al silencio.
Sonidos: zureos, palomas, guitarra, frigorifico,… voces fugaces y lejanas son mis aliados en esta tarde. El crepúsculo avanza sin prisa pero ya se adueña del entorno.
Las palomas han callado y están cada una en el lugar que le corresponde como jerárquicamente han decidido para vivir en paz.
Sonidos. La noche se adueña de la ciudad y lentamente va anestesiando a sus habitantes. Una paloma despistada llega tarde y aun busca su morada mientras su aleteo azarado palmotea y silba en el silencio porque es rechazada, quizás como castigo a su despiste y tarda en encontrar aposento hasta que otra compasiva le cede un espacio y ya todo duerme definitivamente en paz y en silencio.
Sonidos son los que alimentan mi mente en esta tarde que ya es noche y que pone fin a un día de descanso, porque hoy es domingo, mientras el reloj sigue impasible con su tic-tac, tic-tac, marcando el ritmo del tiempo.
Sonidos.

Félix.

09 enero 2010

Conversaciones con la señora María.

Acudí a casa de la señora María para desearle un feliz año, lo que hago extensivo a los visitantes de esta página.La señora María es una vecina, en Madrid, cercana a los setenta años, viuda y sin hijos, con la que simpatizo, y muy a menudo charlamos sobre los avatares cotidianos.Es un persona sencilla, afable, con un ligero acento andaluz y viste de negro como antaño en los pueblos las personas mayores.No pudo instruirse de pequeña y a duras penas consigue leer y escribir.Le gusta interrogarme sobre temas que escucha en la televisión y que dice no entender bien, sobre todo a los políticos.
Señor Félix, pregunta :(he desistido de rogarle que no me llame señor, porque no lo consigo) ¿qué le parece a usted esto de la crisis? porque hablan de “brotes verdes, de deflación, de que hemos tocado fondo”y cuantas más cosas oigo menos claro lo tengo.
Pues señora María, yo también me hago muchas preguntas al respecto.
Cuando escuché decir a la ministra de Economía, que ella veía ya brotes verdes, yo me pregunté dónde los había visto. Pensé que mentía, pero tras darle muchas vueltas a la cabeza, al final di con el enigma.Y me explico. Esto que anunció la ministra la primavera pasada era cierto, porque en el huerto de mi padre había brotes verdes:los ajos, las cebollas, las lechugas, tomateras etc. ,adornaban el huerto;y el peral, el ciruelo y el cerezo mostraban en efecto los brotes verdes.Pero¿cómo los había visto la ministra? si no sale de su ministerio,y cuando sale lo hace en coche con lunas tintadas hasta el aeropuerto o adonde vaya.Pero mira por donde se me encendió la luz.Recuerdo que el amigo Agustín en su blog en marzo nos informó de los medios (Sig-pac,IDECyL,Google Hearth) a través de los cuales se pueden ver perfectamente los brotes verdes del huerto de mi padre y del resto de España, sin moverse del despacho del Ministerio.Se lo explico a mi manera a la señora Maria.Pues así cualquiera puede ser ahora ministro, dijo riéndose.Pero ,señora María, aquellos brotes verdes crecieron y dieron fruto y ahora ,en enero, toda Castilla es gris,o casi ,y no hay brotes verdes, pero ya se lo anticipo yo antes que la ministra; en primavera volverán; ella dirá que a finales del primer trimestre, pero es lo mismo, eso es idea de sus asesores.¡Ah!.Hablando de asesores. ¿Sabe que el Presidente del Gobierno, según he escuchado en la radio, tiene unos seiscientos asesores? ,y a mi me parecen muchos, pero si contamos las secretarias que también asesoran, los jardineros, los cocineros, los chóferes y otros asesosores de los asesores,me salen las cuentas.Ellos se encargan de buscar palabras adecuadas ,frases hechas, bonitas, ideas sutiles para utilizarlas para que todos lo entendamos mejor, pero aun así me parecen muchos asesores, porque en mi pueblo, señora María, no llegamos a quinientos habitantes en su mejor época,y mira que se producía lana, cereales ,legumbres, carne, leche y, además de trabajar de solo a sol, los agricultores también ideaban frases y palabras,y refranes y canciones; inventaba trucos y artilugios para aliviar el trabajo, y sabían si haría bueno o malo al día siguiente,y no había tele ni el “hombre del tiempo”.O sea. Esto de la crisis es un negocio para muchos, señora María.Ve usted en la tele tertulias y en la radio, con supuestos expertos debatiendo sobre la crisis, y dicen cosas que ya sabemos, y los periodistas preguntando al Presidente, a los ministros o quienes tengan a mano, sobre cuando y cómo vamos a salir de la crisis, y a crear empleo, y raca-raca un día y otro. Comprende usted, sin crisis tendrian que buscarse la vida pero con esto tienen para siete años largos.
¿Dice usted, señor Félix, siete años?
Sí, y no soy adivino.
Pues como tenga que esperar siete años, a mí que me gusta tanto el aceite virgen de oliva, y por la puñetera crisis compro ahora la de girasol, no me da usted ninguna alegría, señor Félix
Si esto le consuela, yo también he dejado de comprar el periódico, y de restaurantes nada, y cine casi nada, y más cosas que prefiero no mentar, señora María.Lo que encuentro ridículo es que los periodistas pregunten a quienes no vieron llegar la crisis, cuándo vamos a salir, que es más difícil pronosticar.Porque si los gobernantes lo hubieran detectado nos hubieran dicho un año o dos antes: ¡ojo! No se embarquen ustedes en hipotecas y créditos al consumo, no hagan bobadas que vienen tiempos malos.Es de cajón.Luego ellos no sabían nada.
¿Y como sabe usted que esto durará siete años?
Muy fácil, señora María.Yo soy de pueblo como usted, y en la escuela
teníamos un solo libro para estudiar; la enciclopedia Álvarez, y no ocho o diez libros como últimamente los de la LOGSE, que no por eso saben más que nosotros; que muchos ignoran donde nacen los ríos y más cosas.Y con aquellas lecciones bien aprendidas podías correr España con una cultura más que aceptable, y encontrar un buen puesto de trabajo.
Pues en aquella enciclopedia, señora María, estaba explicado todo.En las lecciones de religión aprendías, según el Antiguo Testamento, que hubo siete años de vacas gordas, que simbolizan la abundancia, seguidos de siete de vacas flacas, que es la crisis.Pues es calcado a lo que ha ocurrido aquí.De modo que si los primeros síntomas de la crisis aparecen en el transcurso de 2007, esto nos lleva a 2014 para encontrar un ritmo de crecimiento regularito. Y hasta entonces, señora María, oiremos decir a los gobernantes que ya hemos tocado fondo, que ya no decrecemos, que empezamos a salir un poquito, que esto se reactiva,que ya se consume más electricidad, que el año próximo iremos mejor,y al siguiente que estamos mejor que el anterior y raca-raca .Y en el fondo, los periodistas deberían preguntarnos a nosotros,y no a los políticos, cuándo vamos a salir de la crisis, porque solo nosotros sabemos cómo se va saliendo.Porque el día que usted pueda volver a consumir aceite de oliva virgen y yo compre el periódico y haga la vida de antes, es que habremos salido de ella .Así de simple.Ya verá ,señora Maria.Ayer acudí a un domicilio, en un barrio obrero, que frecuento muy a menudo por razones de trabajo.Viven el matrimonio de unos sesenta años con dos hijas solteras, una de diecisiete y la otra de veintitantos. La mayor de vez en cuando hace alguna tarea de poca monta, y me dice que no encuentra trabajo; su madre sufre una larga enfermedad y su padre cobra una mísera pensión por accidente laboral.De modo que le llega justito para comer y no precisamente jamón serrano. Asistí a una escena llena de ternura, de humor y de tristeza a la vez.La chica mayor abrazaba a un perrito blanco lanudo, de pie frente a un calendario. ¡Ay que perrito más inteligente tengo! Se exclamaba achuchándolo .¡Ay que perrito mas listo! Repetía en voz alta,y vuelta a besarlo.Y así repetidas veces.Yo observaba la escena y veía al perrito con los ojos clavados en el calendario como si estuviera leyendo, pero lo más seguro es que miraba las imágenes.¡Pero si es que mi perrito está contando los días que faltan para el fin de mes y cobrar!,se exclamaba hartándolo a besos.Yo para mis adentros pensaba;”Pues hija, si faltan tres semanas para el final del mes”.Ya ve que cosas, señora Maria:unos suplicando que llegue el fin de mes y otros al mismo tiempo, esos cientos de miles a los que no le llega la crisis preocupados cada día por encontrar el sitio idóneo para colocar el dinero sobrante; que si en la Bolsa, que si en Bonos, en Pagarés y otras mandangas .Y a todo esto nos piden que nos apretemos más el cinturón o no habrá dinero para las jubilaciones; eso dicen,y que el despido es muy caro,y así.
Yo, señor Félix, veo que todos se pelean por llegar al Gobierno y es que el Presidente y muchos de los que le rodean les sale todo gratis; la comida, los viajes y están bien calentitos donde viven, y comen bien porque yo veo que al cabo de un tiempo todos engordan y eso es que viven muy bien, ¿no le parece?
No le falta razón, señora María.
¡Ande, tómese otro café! señor Félix.
Muchas gracias, no tomo más.Me voy a dar un paseo, que al menos eso es gratis.
Por ahora, señor Félix concluyó sonriendo, y nos despedimos después de haber pasado un rato agradable, como siempre.
Y es que la verdadera amistad siempre reconforta, y más aun en tiempos de crisis.
Félix

05 enero 2010

Noche de Reyes







El día de Nochevieja pasé por donde merodean Micifuz y Zapirón, entre la casa de María y la de Agustín, o sea, la que fue mi calle de infancia ,y lo seguirá siendo, para premiar con el aguinaldo a estos dos gatos ya famosos por la atención que me han prestado posando ,tan atentos ellos, para las fotos ya publicadas.
Los encontré, a los dos más otro invitado para la ocasión, relamiéndose con la leche que en una lata le sirve Agustin, a buen seguro cada noche.
Entendí que como ya estaban en el postre no necesitaban más alimento.
No me debieron reconocer y se dispersaron huyendo de mi presencia pero cuando les reclamé una nueva pose, esta vez en la oscuridad de la noche, mal que bien me cedieron estas instantáneas, aunque con los ojos destellantes, en su refugio protegiéndose del frío y de la lluvia.
Como son las diez de la noche del cinco de enero, o sea, la Noche de Reyes me acordé de ellos, y como ya estoy en Madrid y no en La Zarza, no puedo llevarles el regalito que podría ser una longaniza, pero sé que Agustín no faltará a la cita y una vez más gracias a él, Micifuz y Zapirón celebrarán la Noche de Reyes como cada día. Félix