06 junio 2010

Los frontones












Un año más, me han seleccionanado una serie de cinco fotos en el Certamen de Cultura Popular promovido por el ministerio de Cultura.


Incluyo el texto que acompañaban dichas fotos.




LOS FRONTONES

Los frontones o juegos de pelota son los muros utilizados para la práctica de este deporte.

Según el escritor Miguel Pelay Orozco, lo más probable es que deportes de pelota muy parecidos surgieran más o menos simultáneamente en lugares y civilizaciones muy diferentes. No se sabe realmente dónde fue primero su práctica, si en América con los mayas y aztecas o en Europa, arraigado en el norte de España y suroeste de Francia, es decir, en la región vasca. Fueron por tanto los vascos quienes desarrollaron y propagaron la práctica de este deporte.
Acerca del origen del frontón muchos historiadores afirman que data de hace 4.000 años, cuando los fenicios al parecer jugaban a algo semejante. Parece obvio que primeramente se utilizara la mano como único medio, dando origen así a la modalidad de pelota a mano.

El primer lugar donde se tiene noticia de la implantación del juego de pelota vasca es en Francia, aproximadamente a mediados del siglo XII.

En este documento fotográfico se muestran exclusivamente los frontones de un solo muro o frontis, sobre el cual rebotaba la pelota lanzada a mano.

Con la repoblación de las zonas rurales de León y Castilla en el siglo XII, los colonos procedentes del norte peninsular fueron introduciendo el juego de pelota a mano con sus reglas y variantes. Existen frontones a lo largo y ancho de toda la geografía española, pero llama la atención la proliferación de éstos en una comarca del oeste salmantino, repoblada por leoneses, asturianos, cántabros, gallegos, cuyas aldeas posee cada cual su frontón como elemento indispensable de ocio.

Estas aldeas, que fueron creándose entre los siglos XII-XVIII, poseen todas su iglesia y su frontón. El frontón surgió posteriormente como una necesidad social básica de ocio y esparcimiento.

La pelota forrada con cuero la fabricaban artesanalmente las gentes del lugar y quien poseía una la conservaba como un auténtico tesoro.

Los frontones solían estar siempre cerca de la escuela y eran utilizados por los chavales durante el recreo, después del almuerzo, al concluir la jornada escolar, y luego los domingos y festivos.

La prioridad en la ocupación del espacio de juego la tenían los de mayor edad. Los domingos y fiestas de guardar, después de oír misa y a la hora del aperitivo, los más curtidos en el juego, mozos entre 18 y 25 años, disputaban partidos que atraían mucho público, sobre todo llegado el buen tiempo a partir del mes de mayo y hasta septiembre, entre otros motivos porque al ser el suelo de tierra, como el resto de las calles, permanecía casi inalterado en ausencia de lluvia.

En estos partidos, con tres jugadores por equipo, se promovían apuestas entre los partidarios de unos y otros. Estos jóvenes jugadores, con sus manos curtidas por la piedra, la mancera, el hacha o el azadón, golpeaban alegremente la pelota, haciendo las delicias de los mayores avanzados en años. Con este divertimento, el duro quehacer cotidiano del labrador se hacía así más liviano.

El día de la fiesta del patrón del pueblo las autoridades hacían un esfuerzo económico contratando a pelotaris semiprofesionales que recorrían los pueblos en la época estival. El juego de pelota fue considerado tan necesario e importante que incluso en una aldea, al no disponer ni de piedra ni de ladrillo, ni de otro material suficientemente sólido, construyeron un frontón de barro con la consiguiente y obligada restauración con el paso del tiempo.

En muchos pueblos como en La Zarza de Pumareda (Salamanca) los quintos, o sea, quienes eran llamados a filas para cumplir el servicio militar, organizaban una fiesta junto con las quintas (las mujeres nacidas en el mismo año). Las chicas confeccionaban una bandera española de gran tamaño insertando en ella con elegantes bordados los nombres de todos ellos: quintos y quintas. El 31 de diciembre, al anochecer, se reunía todo el grupo delante del frontón, encendían una gran hoguera para combatir el frío a la espera de que el reloj diera las doce de la noche, momento en que los quintos, ayudados de carros y escaleras, izaban en lo alto y centro del frontón la bandera que sería reemplazada, ya deshilachada, el 31 de diciembre siguiente por los nuevos quintos. Esa noche de San Silvestre transcurría en un ambiente de jolgorio, tomando embutidos, chocolate, dulces, vino...

De ahí que pueda verse aún escrito en los frontones: ¡Vivan los quintos (del año tal)!

Con el éxodo rural a partir de los años sesenta, también los frontones entraron en decadencia y lo que antaño fue un espacio de ocio donde la muchedumbre se agolpaba los días festivos se quedó desierto y abandonado. Los más sólidos todavía resistirán el paso del tiempo. Los más frágiles acabarán probablemente en ruinas si las autoridades no los cuidan, aunque recientemente, se atisba la decidida voluntad de conservar dicho patrimonio.

Hoy, ya a menudo sobre una superficie de cemento, algún que otro veraneante solitario lanza su pelota de tenis con la raqueta, ignorando tal vez el origen y la historia de ese muro abandonado.

Sería de esperar, para una población envejecida, con recuerdos aún vivos de la flor de su juventud, que estos lugares emblemáticos fueran conservados y protegidos como patrimonio socio-cultural de una época. Félix

29 mayo 2010

La mirada de un niño

Pocas cosas hay en la vida con tanta pureza, con tanta generosidad, con tanta ternura, tan gratificante y alentador como la mirada de un niño.
Miro a un niño que va confortablemente instalado en su silla conducida por su madre y el niño me devuelve una mirada tierna ,cariñosa ,sugestiva, habla su mirada, me dice¡hola! con su mirada,el niño no habla pero su mirada si.
Sigo caminando por la calle y miro a otro niño que su madre amamanta y me mira de reojo para no perder el ritmo en su tarea mientras sacia su estómago, trago a trago. El niño no habla, no es necesario porque su mirada lo dice todo y es fácil de interpretar.El niño es feliz.
Más tarde, otro niño en el metro está sentado confortablemente en el regazo de su madre.Lo miro. Me mira. Mirada cómplice. Espera una respuesta de mi parte.Esbozo una sonrisa y me responde con otra. Hago una mueca retorciendo mi bigote y se rie.Intenta imitarme pero no lo consigue y espera que realice de nuevo el gesto para captarlo mejor y volverlo a intentar.Lo repito y se ríe mientras una y otra vez intenta imitarme.Hemos entrado en el juego y solo lo sabemos los dos, nadie se ha percatado, ni siquiera su madre.He entrado en el juego infantil, ese juego sin trampa donde todo es puro y no se espera contrapartida alguna porque el juego, juego es. Me sigue mirando, espera que le envíe otra señal de juego; un guiño, una mueca, cualquier gesto que le permita seguir disfrutando, mientras en el vagón todo es silencio salvo el traqueteo del convoy que sigue su rumbo.El niño sigue mirándome pero desisto de jugar porque me doy cuenta que el mundo que me rodea no está para juegos o juega con cartas falsas y no quiero aparecer como un tipo raro, sospechoso, porque con los niños desconocidos¡ojo! no se juega ni de bromas.A eso lo llamamos guardar la distancia, no entrometerse en vida ajena.Pero yo soy así y no quiero desprenderme de la mirada infantil para disfrutar mejor del mundo que me rodea y conservar el niño que todos llevamos dentro.Lo llevo como puedo y cuando se tercia y un niño me ofrece su mirada pura, generosa, intento corresponderle aunque mi mirada se entrecruce con otras poco amistosas.
Porque hay personas que no han aprendido a mirar, gentes que perdieron la mirada inocente de su infancia y se acomodan a la mirada que le marcan los tiempos, es decir; pocas risas, pocas bromas, estar a la defensiva, aislarse en la muchedumbre y seguir el ritmo que va marcando el frenesí del mundo civilizado.
La mirada de un niño es la bondad por excelencia, no hace ningún distingo, no sabe lo que es eso y sonríe de igual manera a un banquero que a un obrero con su mono de trabajo.No sabe de clases porque en su universo solo hay dos clases de personas: las amables y de corazón generoso y el resto.
Un día me crucé con un joven de unos veinte años con síndrome de Daown.Era autónomo y se desenvolvía bien en el otro mundo, en el de los “normales”.Al llegar a su altura me saludó: ¡hola! me dijo al cruzarse nuestras miradas. ¿hola ,qué tal?,le contesté.Bien ,me dijo y prosiguió su camino .Aquel fugaz encuentro me llenó de satisfacción.Cuanto cariño, cuanta ternura, qué profunda humanidad en su saludo.Yo seguí un poco más animado en mi deambular y él probablemente era feliz en su particular universo, en el universo de los adultos con la mirada de niño.Miradas cómplices, sentimientos cómplices, es lo que queda, el resto se volatiliza en la atmósfera contaminada del mundo industrializado, moderno , quizás feliz, pero también voraz ,que consume vidas aunque no lo parezca .
Qué pena que perdamos tan pronto esa mirada cándida, generosa, pura, escrutadora del alma.Qué pena que pasemos la vida mirando a la defensiva, que nuestra mirada a menudo se vuelva tan egoísta y que solo intentemos recuperar la pureza de esa mirada, aunque no siempre, al final de la vida, cuando nos percatamos que lo importante es la mirada de amor porque el resto ya no importa, pero cuando ya es, como en otras tantas cosas, demasiado tarde.
La mirada de un niño es el bálsamo capaz siempre de devolver la sonrisa allí donde anida la tristeza. Félix

22 mayo 2010

La fiesta del futbol



















Hoy hace un día esplendido para estar en cualquier parte y al no poder disfrutar de La Zarza, celebro este día del futbol en Madrid. Hacia las doce me dirijo en metro hasta la Puerta del Sol y aledaños. Ya en el metro se aprecia el frenesí propio de una final de copa de Europa o Champions de futbol. En el vagón donde voy hay un ambiente cosmopolita. A mi lado dos matrimonios, supongo, y un chico hablan catalán. Me supongo que vendrán a ver el partido, pero me doy cuenta que no juega el Barcelona, o quizás se hayan equivocado. Sea cual fuere su motivo hoy merece la pena estar en Madrid por la fiesta que se ha montado, de momento pacífica; veremos que perder tienen a los que le toque. Mas adelante hay un grupo de italianos con sus camisetas y bufandas del Inter .En la siguiente estación sube un señor y comienza a entonar unas melodías italianas con una armónica. Cuando termina pide una propina: ¡para el Inter! dice. No se por que sospecho que es italiano. Y es que los italianos tienen un olfato superior para el negocio, llevando la comedia y el arte allí donde van. En la estación de la Puerta del sol, por los pasillos se entrecruzan melodías de acordeón: un tango por aquí, un “sole mío” por allá. Ya en la plaza se suceden grupos italianos y alemanes cada cual con las camisetas de su equipo. El ambiente festivo es total. La plaza está abarrotada con algunos coches y dos furgones de la policía. Los italianos son más bullangueros: entonan estrofas jaleando a su equipo. Algunos llevan pancartas. Otro se hace un sitio para blandir una enorme bandera italiana haciéndola girar y realizando unas figurinas como el baile nuestro de la bandera. Son la alegría del Mediterráneo. Me identifico más con ellos que con los alemanes que expresan sus sentimientos con menos énfasis. Lo agradable es que todo transcurre con buen humor y con respeto. En la Plaza Mayor las terrazas hacen su agosto. Dos músicos elegantemente vestidos animan con sus acordeones el ambiente frente a una terraza. Otro realiza trucos de malabarismo con unas cuerdas. Un grupo de italianos lo rodean y lo jalean amistosamente; están en su salsa .Después de haber disfrutado participando como en un teatro, le ofrecen algunas monedas. Veo otro que anima la fiesta entre la puerta del Sol y la Plaza Mayor vestido con chaqueta y pantalón negro maquillado y con el sombrero a lo “Charlot”.Se ofrece para hacerse fotos con los paseantes. La mímica que esboza es de un gran artista. Otro artista pinta en unas láminas de cristal del tamaño de una postal, paisajes y figuras preciosas, pero por poco tiempo porque se acerca un coche de la policía y la pareja, mujer y hombre, le invitan a que se marche a otro lugar. Ya estamos, que manía con los artistas, me digo. El joven policía le dice que hay mucha gente y que no es prudente que permanezca allí. El hombre como no hacia nada malo, ni se inmutó. El agente debió de llamar refuerzo porque inmediatamente llegó una furgoneta de la que bajaron cuatro policías, dos parejas, mujer y hombre. Esta bien eso de las parejas mujer y hombre en la policía. Quizás las mujeres aporten un poquito de serenidad en estas tareas, me dije. Pero bajó una de buena estatura, de cintura ancha con sus utensilios de trabajo a la cintura, y se planto como una Amazona, ojo negro avizor acostumbrado al soslayo observando el desalojo. No sé como se llevará la feminidad en esta profesión de armas, me pregunté. Llegó un compañero, con canas, y la saludó:”hola guapa” ¿que tal? Me parece el mejor saludo a una compañera y me di cuenta que la feminidad es un plus. Lo decía; hay mejor ambiente en las parejas de verdad, las de ahora. Ignoro si esto tendrá que ver con la paridad el Gobierno. El caso es que seis policías rodeaban al artista que comenzaba a darse cuenta que debía de marcharse pero decidió hacerlo sin prisa. Comenzó a echarles un discurso a los policías al estilo Gandhi, hasta convencerlos que a pesar de sus largos dos metros de estatura era un hombre que no representaba peligro de desorden. Se quedaron al final la pareja de policías del principio argumentando el porqué de su desalojo. El artista siguió pausadamente con su discurso argumentando que hay que tener sentido común y darse cuenta de quien puede o no perturbar el ambiente, que el ganaba así su sustento y que si el arte está reconocido en el articulo veinte de la Constitución, por algo será. Permanecí un largo rato escuchando su razonamiento. Me pareció acertado. Recogió sus bártulos y la policía se marchó entonces. Le apoyé por su forma de actuar y charlamos un rato. Hablaba español con un acento entre italiano y escandinavo. El arte es lo único que salvará a la humanidad, decía. Totalmente de acuerdo, le dije. Nos saludamos y le desee suerte. Mientras tanto en la plaza seguían los dos acordeonistas y el mago con sus cuerdas. A estos artistas la policía no les dijo nada. Cosas incomprensibles. Madrid se ha transformado gracias a la fiesta del futbol. A mi me gusta el futbol siempre que sea una fiesta como la de hoy, bajo un cielo azul típicamente madrileño. Es la cara buena de la ciudad. Félix.

15 mayo 2010

San Isidro Labrador y la primavera.













Hoy celebramos en Madrid la festividad de San Isidro Labrador. Salgo a la calle con mi compañera inseparable (la cámara de fotos) para celebrarlo a mi manera. El día amaneció luciendo un sol radiante invitando al paseo, pero poco a poco con la atmosfera un tanto revuelta, las nubes, aunque esparcidas, han comenzado a invadir el cielo aunque se disiparán durante la tarde para que luzca el sol durante la lidia en las Ventas .Por las calles que confluyen con la glorieta de Cuatro Caminos observo que más de la mitad de los paseantes son inmigrantes. Me paro ante un escaparate que me llama la atención para hacer una foto. Una niña de unos seis años, de rasgos amerindios, se queda mirándome mientras su madre tira del brazo para que no se pare. Finjo sacarle una foto. La niña convencida, con un semblante feliz, me da las gracias y se despide con la mano dándome de nuevo las gracias. Después le comenta a su madre que le han hecho una foto, pero su madre, que vive en otro mundo, hace caso omiso y sigue tirando del brazo. En su universo infantil ella ha disfrutado del momento porque le han hecho una foto y es feliz. Qué poco se necesita para encontrar la felicidad cuando uno es pequeño. Pero caigo en la cuenta que yo también he disfrutado como un niño de ese instante, porque precisamente esa niña me ha enviado una sonrisa cariñosa y me ha dado las gracias por la foto, como si fuéremos amigos de toda la vida. Yo voy por la calle intentando captar lo que me atrae. La niña hace lo mismo, ajena a la indiferencia y a las prisas de su madre. Hoy festejamos San Isidro como símbolo de la primavera, del esfuerzo, del sacrificio que supone labrarse el día a día en tiempos revueltos como ahora, como lo fueron en su tiempo también. Y a pesar de todo, siempre hay una flor en la primavera para alegrarte el día. Yo ya he tenido mi regalo; el de una sonrisa, el de una atención particular, el de un hasta luego. Pueden ser cosas insignificantes, o no; como todo al fin y al cabo. Todo es relativo. Tiempos revueltos; primavera revuelta que un día tras otro se empeña en demostrarnos, por si alguien lo dudara, que hay que seguir sudando la gota gorda como Isidro para ganarse el sustento, que lo otro, lo del pelotazo, es contra natura y nos aboca a situaciones imprevisibles. Pero hoy es San Isidro y toca disfrutar. Madrid se viste de chulapo, las terrazas ofrecen un espacio de descanso después de las procesiones y en la atmósfera se respira el aroma genuino mezcla de tabernas, flores y fragancias de los paseantes. Algunos veinteañeros van en camisa mientras el resto no se despoja del jersey o chaqueta. El sol sale y se esconde, y entre música y algarabía transcurre la fiesta. San Isidro descansa en su morada y da paso a la tarde que continuará con la fiesta nacional en la plaza de las Ventas, como siempre, entre toros, pasodobles, señores fumando su puro, a veces acompañados de bellas mujeres mucho más jóvenes que exhiben su belleza, mostrando sus gafas de sol, con sol y sin él, porque para eso han ido. Cada cual exhibe su poderío en ese circo moderno lleno de luz y color, de rojo y gualda, de joyas y modelos de pasarela, de escotes sugestivos,de pañuelos blancos y bocadillos,y de botas de vino engrasando la voz para responder con aplausosos ,o silvidos ,o clamando el premio para el diestro. La fiesta va por barrios y cada cual lo disfruta a su manera, como suele ocurrir en tiempos revueltos, en una primavera revuelta que amaga con calor y nos engaña con frío. Como los gobernantes que nos anunciaron primaveras prósperas y perfumadas y resulta que ahora le tenemos que devolver las flores que nos regalaron. De momento vamos para mejor tiempo, las flores siguen brotando y los frutos creciendo.
Hoy es San Isidro. Que cada cual reciba su fruto y encuentre su flor. Félix.

08 mayo 2010

Recordando...o simplemente caminando (relato final)
















Cada año la primavera parecía volver con más fuerza. Por eso siempre que puedo vuelvo para verte campo querido, para disfrutar de tus primaveras, de tus caminos, de tus fuentes, de tus cabañas, de tus pilares, de la arquitectura rural que dejaron mis abuelos y los de todos.
Retomo los caminos de antaño pero apenas se ve gente; no hay pastores, el campo se queda solo. Ya no se oye el canto del yuntero, ni el trino de los pájaros que le seguían cuando araba porque algunos ya no volvieron.
Recuerdo al tío Manuel con sus alforjas al hombro camino del río donde le esperaba el arado y un mulo que pastaba en un prado. Dos kilómetros andando, la alforja al hombro, la reja aguzada en la bolsa trasera y una piedra en la delantera para hacer contrapeso. Cuanto sacrificio. Cuantas toneladas a lo largo de su vida soportó su cuerpo por cada kilo de trigo nuevo.


El tío Manuel cuado yo era un crío él era ya viejo. No conoció el tractor pero se ganó el cielo.

Ya queda lejos, muy lejos, el chirriar de los carros, el pregón de la alguacila, y el tañir de las campanas anunciando la hora del Ángelus, o de la Noche de Difuntos, o de la Resurrección y más cosas que el viento se llevó.
Pero yo siempre que puedo vuelvo ,porque el campo me espera y yo lo espero. Sus fuentes me ofrecen agua y yo la bebo. Sin prisa recorro los tesos cercanos al río. En mi transitar por el camino de la Peña la Vela, me paro a contemplar el roble rechoncho, solitario y aún frondoso, después de que cincuenta años atrás nos hubiera albergado entre su ramaje a Alejandro y a mi. Su corteza más arrugada como también mi piel, recordaba que el tiempo había pasado para los dos. Algun pequeño gajo anunciaba su declive. Me abracé a él recordando viejos tiempos. La rama más inferior ahora la tenía a mi alcance. Sin embargo, cuando mi cuerpo aun crecía, Alejandro me empinaba hasta alcanzarla para seguir gateando hasta llegar al nido de tórtola que cada año nos ofrecía la belleza y la fragilidad de sus pichones en cañones. Allí subidos con todo el horizonte para nosotros pasábamos largos ratos. Súbitamente, al recordar a Alejandro me invadió una profunda tristeza porque ya no estaba entre nosotros. Pensé que no era el momento de llorar porque Alejandro no lo hubiera consentido y para ello hubiera empleado el recurso de sus chistes, porque era un artista del humor y un poeta innato. Y estaba seguro que empezaría cantando una de las innumerables estrofas de su repertorio que decía:
“Esta es la jotita que bailan los perros,
levantan la pata y enseñan los güevos”…Y seguiría con otras a cual más hilarante hasta hacerme llorar de risa. Porque Alejandro disfrutaba haciendo reír a los demás. Fuimos uña y carne, pasamos juntos la infancia y lo compartimos todo .Dejó su rebaño de cabras para marcharse a la ciudad, como tantos, para labrarse un futuro mejor .Cumplió la mili en Salamanca donde coincidimos, y tras licenciarnos, nos despedimos con un efusivo abrazo sin saber que seria el último. Regresó a Madrid donde se casó, pero no tuvo tiempo de realizar sus sueños y falleció; joven, demasiado joven .En mi alma llevo su sonrisa que se fundió con la mía para nuca más separarnos.
Pensando en él me abracé por última vez al árbol para empaparme de su energía, de sus vibraciones, y emprendí de nuevo el camino. Volví la vista atrás para despedirme pero pensé que era estúpido porque los árboles no hablan. Sin embargo, al darle de nuevo la espalda, sentí que me decía:”Vuelve cuando quieras, sabes donde encontrarme. Mientras tanto, seguiré, como quizás tu también, aguantando el intenso calor del estío, las tormentas y el pedrisco, el acoso de algún rayo, la ventisca, el cierzo que soplará sin piedad, las nevadas efímeras, y las cencelladas que paralizan el campo, pero siempre volverá la primavera, y me cubriré de hojas ,y tendrás sombra, y volverá anidar la tórtola y así, hasta que ya un día, inexorablemente, los dos seamos pasto del tiempo.
Intenté sacudirme el letargo que me estaba invadiendo. Alce la vista para disfrutar del horizonte y proseguí el camino respirando profundamente los aromas que me ofrecía el manto primaveral. Entre valle y quebrada el canto monocorde del cuco rompía el silencio mientras otro le respondía a lo lejos. Intenté imitarlo para comunicarme con él pero no respondía como insinuando que en aquella sinfonía primaveral él era el director de orquesta y marcaba el ritmo a su antojo.
La suave brisa moldeaba los campos de centeno en cuyo oleaje se lucían los tonos verdes .Verde, todo verde. El verde que tan magistralmente describió mi primo Adolfo en sus relatos zarceños: verde roble, verde chopo, verde pino, verde escoba, verde helecho, verde lagarto, y más verdes que conforman el verde Zarza porque esos verdes son nuestros vedes. En medio del inmenso campo chispeaban como lentejuelas matojos de plantas aisladas que con sus coloridos engalanaban el paisaje:
Escobas rubias con su intenso amarillo oropéndola, amapolas de carmín veinteañero que se cimbreaban en los trigales en una danza ritmada por el viento suave entreverado de abajo y gallego; tomillos morados de Semana Santa cuyos pétalos se tornaban plateados con el reflejo del sol. Tomillos que con su sacrificio tapizarían las calles en la procesión del Corpus y que, tras ser recogidos, pasarían a ser pasto de las llamas en la hoguera de la Noche de San Juan cuyo humo, después de ofrecer sus propiedades curativas, se esfumaría en la oscuridad de la noche dejándonos el último suspiro de su aroma.
Escobas rubias, amapolas, tomillos, esencia de mi infancia, esencia de mi pueblo. Hermosa primavera la nuestra. Hermoso campo, nunca viejo, siempre nuevo.

Desde el Teso la Madera
oteo los campos de trigo,
el viento acaricia mi frente
como el arroyo al molino.
Viento que aventó en la era
centeno cebada y trigo,
viento que la veleta
anunciaba templado o frío.
Y el viento me trae el perfume,
de un matorral con tomillos,
de un prado con margaritas,
de un arroyo con espinos,
de un lanchal con piornos frescos,
de un exuberante pino.
El viento sortea quebradas
y con él hago camino,
para escuchar su murmullo
entre los juncos del río
y seguir así soñando
como cuando yo era un niño.
Mi pueblo, mi querido pueblo, mi Zarza querida; siempre te llevo dentro.
Félix.