30 septiembre 2010

Los/as mejores ministros/as del mundo

¿ Vaca loca?
En España, de un tiempo a esta parte, tenemos los/as mejores ministros/as del mundo, lo que pasa es que no sabemos valorarlos/as.
Tuvimos que enfrentarnos a la epidemia de las “vacas locas” allá por los años 2000 y 2001 y llegó la ministra de Sanidad del presidente Aznar, doña Celia Villalobos, alegre ella, que lo mismo se arranca por bulerías que por peteneras, dicharachera y cercana al pueblo, y nos advirtió con respecto a la epidemia:” En España existen mataderos clandestinos, sin inspección, que distribuyen carnes sin controles…por lo que recomiendo que consuman carnes con garantía… Le digo al ama de casa que no eche huesos de vaca cuando haga la comida, aunque ya no se venden, sino de cerdo”. Mayor sinceridad y cercanía al pueblo y al ama de casa es imposible. Esta deferencia yo la aprecio muchisimo.Pero yo creía que los mataderos clandestinos de mi infancia habían desaparecido, por lo que se ve hay gente muy apegada a las tradiciones y no quiere deshacerse de ellas, gobierne quien gobierne. Después dijo referente a la leche:”No me cansaré de decir que hay que huir de las gangas, por lo que para consumir leche de plena garantía hay que comprarla en establecimientos legales “.Y digo lo mismo: ¡Qué atención! Siempre advirtiendo, abriéndonos los ojos para no caer como pardillos. Y repito lo del apego a la tradición, ya que en mi infancia los lecheros le echaban agua a la leche y, los vinateros al vino, porque agua había mucha, pero claro, esta perra con que hay que mantener las tradiciones a toda costa ¡es la leche! y en eso la ministra no tiene culpa. Seamos justos. Porque esas tradiciones vienen de atrás, mucho antes de que ella fuera ministra.


" Soluciones habitacionales",baratitas,y sin vecinos.


Y después llegó Doña María Antonia Trujillo Rincón, ministra de la Vivienda, guapa ella también, con un amplio vestuario y una sonrisa de profiden, y tampoco la comprendimos cuando reformó su despacho en el ministerio para tener 77 metros cuadrados disponibles y mobiliario nuevo. Yo la entiendo, porque necesitaba espacio para recibir a mucha gente, no como yo que para mi y mi gatito las “soluciones habitacionales” que ella proponía a 20 y 30 metros cuadrados está muy bien visto, aunque ella tenga, según dicen, un piso de 300 metros cuadrados en Extremadura. ¡Qué menos! , si en Extremadura sobra terreno. Después se puso a regalar 10.000 zapatillas deportivas”Keli Finder” para que los jóvenes se patearan la ciudad en pos de un pisito de alquiler. Tampoco en eso fue comprendida, porque esto tiene un doble efecto para los jóvenes: encontrar vivienda y hacer deporte, que es cardiosaludable y viene muy bien después de hacer el “botellón” Así que se marchó del ministerio sin ser entendida.
El dinero que no es de nadie
Y llegó Doña María del Carmen Calvo Poyato, ministra de Cultura, guapa ella también, muy locuaz, con una nariz calcada a la mía, por lo que no descarto que cualquier día me nombren ministro de Cultura, y nos regaló una colección de frases fantásticas (no podía esperarse menos de una ministra de Cultura) No quiero extenderme en citar todas porque son muchas, pero me quedo con esta:” Estamos manejando dinero público y el dinero público no es de nadie”.Y muchos se rieron de esta aseveración porque no la entendieron. Por eso los miembros y miembras de este y otros Gobiernos se han servido de los servicios públicos; cogiendo un avión para llegar a tiempo a una corrida de toros. o un helicóptero porque una avispa le picó en el campo a la ministra, y aviones para aquí y para allá porque es rápido y cómodo; fiestas comilonas y más cosas porque el dinero publico no es de nadie y como hay mogollón ,lo normal es servirse. Esto no es nuevo pues a Franco le organizaban buenas monterías y más actos lúdicos con dinero de nadie ¡claro! Lo que hacen estos/as ministros/as es simplemente conservar las tradiciones. Para mi, queda claro. La ministra fue una incomprendida.

Llegó la nieve y paralizó España

Y luego llegó Doña Magdalena Álvarez, “Maleni” para algunos medios, ministra de Fomento, con Zapatero, muy bien maquillada siempre, elegantemente vestida, bien peiná, como diría ella, porque le gusta hablar como en su tierra; aunque a veces me cueste entenderla, le alabo el gusto porque a mi también me gusta hablar como en mi pueblo aunque a ella le cueste entenderme, pero esto es España, un país plural dice Zapatero, y singular digo yo. He aprendido mucho escuchándola, por ejemplo cuando dijo:”Antes partía que doblá”…”dicen que hablo mal, pero claro , cuido tanto hablar el hablar que hablo peor porque si hablara como siempre he hablao…y es que pienso más rápido que estoy hablando y entonces se me va el hilo…”O cuando quiso aclarar sobre la borrasca de nieve: “Si la borrasca cambió de una forma impredecible, no lo pueden predecir, pero si no lo predicen los que lo tienen que predecir, como piensan ustedes que lo vamos a predecir aquellos que estamos esperando la predicción.”
Eso es poner empeño para que los ciudadanos nos enteremos bien de tó.
Y dijo muchas más cosas interesantes como estas en su carrera, pero no voy a extenderme en eso. Hubo una nevada en Madrid y le echaron la culpa del caos, y salió en la tele para explicarse como siempre; y en Barajas también se armó un cacao, y salio a explicarlo, y luego se marchó a Rusia, no para hacer turismo, sino para enterarse bien como gestionan los rusos estos asuntos con nieve y frío. Se le han echado muchas culpas; que si se derrumban túneles en construcción, que si se abre un socavón en las obras de AVE, y muchas más desgracias, pero la culpa es de las constructoras contratadas o de las subcontratas de las subcontratas . ¿O no?
Me acabo de enterar que la han nombrado vicepresidenta del Banco Europeo de Inversiones. Estoy seguro que lo hará bien y algo apañará para casa, para España quiero decir, porque es lo que hacen todos; barrer para casa que eso va en el sueldo; a propósito, dicen que ganará 20.000 euros al mes, y otras dietas, libres de impuestos nacionales, bastante más de lo que yo gano al año, a lo que hay que añadir la paga de ex ministra. Creo que se lo merece porque están en esos cargos para servir al país y no para servirse, y eso es muy sacrificado.


Los brotes verdes en la ciudad

Y luego llegó Doña Elena Salgado Méndez, ministra de Economía y Hacienda, dos años más joven que yo, bien peiná como todas, con un vestuario envidiable, aunque no es guapa, posee sin embargo el mayor patrimonio de los miembros del Gobierno, y eso te cambia la cara. Le gustan los lugares bucólicos y por eso se compró una vivienda en Niza, pero es porque no conoce La Zarza, porque desde la loma del Cotorro se divisan las mejores puestas de sol, y la salida de la luna luego, y se ve la torre y la cigüeña, y Portugal, y cuando florecen los almendros, y la Osa Mayor, y la Vía Lactea,y las lágrimas de san Lorenzo y muchas más cosas. Y dijo en mayo de 2009:”En una semana se verán los brotes verdes de la recuperación económica”.Y también se mofaron de ella. Y tenia razón porque en el huerto de mi padre surgieron brotes verdes y hubo tomates, pimientos, berenjenas melones etc. y hubo frutos para toda la familia, y para ofrecer a la señora María, mi vecina, y a más gente y eso era la recuperación económica a escala nacional a la que aludía nuestra ministra con mucha razón.Y tampoco fue comprendida.

Una de las ideas deslumbrantes para ahorrar energia

Y después llegó Don Miguel Sebastian, ¡por fin un hombre!, ministro de Industria, y de más cosas, y nos encandiló con el regalo de dos bombillas de bajo consumo para el hogar. Además sugiere, para ahorrar energía, circular en bici y comprar coches eléctricos. Yo ya me he pedido un coche eléctrico para los próximos “Reyes Magos”, pues ya tengo bombilla y bici. Y sin embargo también ha sido criticado a pesar de estas medidas brillantes. Así somos los españoles de ingratos.
Sigo manteniendo que hemos tenido y tenemos los /as mejores ministros/as del mundo. Ahí está la ministra de Igualda, y más que se me olvidan.
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Sinceramente, no veo a ningún ministro europeo ocupándose de los huesos de vaca o de cerdo y de las amas de casa, o dando tantas charlas en la tele para deleitarnos con su prosodia como Doña Magdalena Álvarez, ni informarle a la gente que el dinero público no es de nadie, ni advertir de los brotes verdes en primavera, ni regalar zapatillas ni bombillas a sus ciudadanos. No los hemos comprendido y por eso sospecho que se acabaron los regalos.
Ahora, yo sugiero a los jubilados que son unos 8 millones, que se unan para defender sus intereses, que 8 millones quitan y ponen presidentes a la hora de votar, y pedir, si quieren el voto, que como ya no andan en busca de piso y no necesitan por tanto zapatillas Keli Finder, que a cambio, la ministra de Sanidad conceda la gratuidad de los gastos por gafas de visión y por los gastos dentales (prótesis y resto de cuidados). ! Ah! y dos bombillas más para completar cocina, sala de baño. dormitorio y salón. ¡Qué menos! Pues como son de larga duración aguantarán una legislatura, o sea; cuatro años. Después ya veremos.
Nuestros/as ministros/as son los mejores del mundo y con esta estirpe de políticos podemos dormir tranquilos .Yo no lo dudo .Félix.

14 septiembre 2010

Recuerdo a José Luis

El sol caminaba hacia el horizonte y alumbraba los jugosos racimos de uvas de las viñas del entorno por donde circulabas con tu moto, tranquilo, como siempre, y de repente surgió la tragedia inexplicable empañando la tarde serena. Y nuestro pueblo una vez más, en este año aciago, se vistió de luto. Cuando me enteré del suceso por boca de Vicente, en su tienda, no pude reprimir un taco de rabia y dolor; porque éramos quintos y por tanto crecimos a la par, y juntos aprendimos los rudimentos de la vida; primero en la escuela de párvulos y después en la “grande" , como decíamos.
Y más tarde os mudasteis de casa y fuimos vecinos para compartirlo todo. Y un día los Reyes Magos te trajeron una armónica, y yo te escuchaba embelesado, y me la dejabas para que sintiera las vibraciones mágicas de la música al soplar. Hasta que un año, los Reyes me trajeron una y tu me enseñabas:” sopla así, después sopla pa rriba, así,” hasta que conseguimos entonar a dúo rancheras y pasodobles que a veces se entremezclaban con las esquilas de las ovejas al cruzar nuestra calle. Y seguimos creciendo y conseguiste el acordeón que tanto soñabas, mientras yo añoraba una guitarra que con los años llegó. Temprano nos unió la pasión por la música.
Y todos los quintos marchamos con nuestra juventud en pos de una vida mejor en la ciudad; tú en Madrid y después en Barcelona, yo en Paris.
Y regresamos al pueblo de vacaciones, y tu disfrutabas con el acordeón y yo escuchándote. Y pasaron los años y coincidimos en la mili en el cuartel de Caballería en Salamanca. Allí pasamos largos ratos recordando nuestro pasado y hablando de nuestras cosas entre chato y chato de vino. Y pasaron muchos años más y regresamos al pueblo; tú, definitivamente; yo, alternado con estancias en la ciudad. Y mira por donde, Jose Luis, el azar quiso que el otro día nos encontráramos inesperadamente en el centro de Salud de Aldeadávila; tu como usuario y yo como profesional sanitario y te atendí lo mejor que pude. ”Quien nos iba a decir, Jose Luis, cuando chavales ,tocando la armónica, que un día te iba a atender como sanitario.” “Anda, pincha y hazlo bien,” me dijiste, y entre broma y broma reímos un rato y volvimos a hablar de nuestras cosas… ¡qué pena…!por última vez. Y hace unos días, mi padre acudió a nuestro Centro de Salud seguido por el gatito fiel que aun está creciendo y tú, como vivías al lado, entraste en casa y le trajiste unas galletas que se comió en tus brazos. Ese eras tú: bonachón, persona de talante pacífico y de paz inquebrantable.
Hoy a pesar del dolor, me queda el consuelo que en esa otra vida que nos espera a todos, ajeno ya a las preocupaciones terrenales, habrás vuelto a entonar las melodías de siempre, y yo seguiré por los caminos que me toque transitar escuchando tu acordeón como lo hacías sentado en el borde le la ventana de tu casa o a la sombra del castaño indio, y sonarán como nunca en mis oídos aquellos pasodobles mágicos que salían de tus dedos como:”Suspiros de España”, y la “Campanera”.
La música que nos unió, nunca nos separará, querido amigo de siempre, querido José Luis del alma. Félix

05 septiembre 2010

En un ambiente tropical



Me estuve preguntando si lo que voy a escribir merecía la pena publicarlo en el blog. Después me dije: ¿por qué no? Así que este es el tema; una de esas anécdotas diarias que te surgen y que te dejan un rato pensativo.
Yo vivo en la selva. Bueno, quizás exagere y seria más apropiado decir que vivo en una zona tropical, en Madrid, sí, en la zona de Cuatro Caminos, que es algo así como el Caribe, lo que en sï no es ni bueno ni malo. Es cierto que a veces soy el único blanco de los paseantes en mi calle, y también es cierto que la variedad de las habitantes (porque me fijo más en ellas que en ellos) me resulta, cuando menos atractivo, pues estas chicas mulatas, exhiben con alegría sus tetas y culos, con perdón, tal como la Naturaleza las esculpió, a lo que ellas añadieron una sobredosis de su saber culinario, dando como resultado la exageración de algunas curvas, de lo que no me quejo. Esta variedad casi infinita en los volúmenes y las formas es lo que más me atrae: formas que van desde la modelito de pasarela hasta las damas enormes en todo, tan apreciadas por Federico Fellini, en gran abundancia por aqui. ¿Y por qé no cuidan su línea? Alguien me dijo que en el Caribe, especialmente los dominicanos, son muy sibaritas, y por eso estos resultados. Pero ellas no se acomplejan, y me parece muy bien, porque no hay por qué estar en contra de los michelines, pues lo bonito está en la variedad. Si en invierno los senos, vamos a decir así, desbordaban el cauce (ya le dediqué un relato), ahora con estos calores andan bastante desparramados, ofreciendo su color café con leche, o con más leche o más café, según el mestizaje, y siempre de una belleza sublime. Lo decía, la variedad es casi infinita, y es una suerte no tener que atravesar el Atlántico para disfrutar de estos atributos. Los traseros, vamos a decir así, los hay altos, bajos, respingones, provocantes, mareantes, desquiciantes, con ritmo o insulsos, por citar solo algunas de las variantes que se pasean por estos lares.
Y tras esta introducción voy a presentar la protagonista de este relato.
Acababa de atravesar el paso de peatones que une el mercado de Maravillas, en mi zona, con la acera de enfrente, cuando se presenta ante mí una dama, como tantas otras de tez canela, de entre veinticinco y treinta años. Hola, me dice con su acento caribeño tendiéndome la mano abierta. Yo alcé la vista para mirar su cara y su expresión casi infantil que reflejaba su mirada triste y preocupada. Vestía un pantalón de un tejido fino y ajustado que daba forma a cada pliegue caprichoso de la celulitis. Sus formas monumentales y bien trazadas, pues a pesar de que me sacaba dos palmos y pesaría el doble que yo, o sea unos 140 kilos, su cuerpo destilaba una cierta gracia.
¿Me da algo para comer?, me dijo mirándome con cara de pena. “¡Joder con la tía, me pide algo para comer!” Admito que me rompió los esquemas, me quedé desconcertado. Solté una carcajada por lo cómico de la situación. Sin embargo, mientras avanzaba, me arrepentí de mi reacción. ¿Y por qué no podía verse obligada a pedir para comer aunque su cuerpo almacenara reserva para un mes? Sabemos que hay mucha gente en paro y sin recursos, pero no es menos cierto que su exagerado sobrepeso incitaba a la mofa al pedir comida. Estos son algunos de los inconvenientes al darse a los placeres culinarios acostumbrando al cuerpo a la abundancia en exceso.
Proseguí mi caminar por esta ancha calle de Bravo Murillo. En esta zona, a falta de parques y salas de cine, algunos suplen esta ausencia sentándose en los bancos para ver cómo estas chicas pasean sus cuerpos sin camuflaje, sin trampa, embutidas a menudo en unos pantalones tan finos y ajustados que es lo mismo que si fueran transparentes, exhibiendo igualmente unos generosos escotes, dejando, con estos calores, los botones de la blusa desabrochados quedando a su libre albedrío estos atributos femeninos que nos muestran tan generosamente sus infinitas formas, su textura y color, esencias tropicales de esta juventud. Y para remate viene esta chica sobrada de sesenta kilos y me pide algo para comer. ¡Hay que ver!
De todos modos es un lujo poder disfrutar del ambiente tropical descrito sin moverte de casa. Es la otra cara de Madrid. Félix.

29 agosto 2010

Las victimas del ¿progreso?





Nací esta primavera y junto a mi hermano fui creciendo bien alimentada, pues mi madre nos mimaba con abundante comida que teníamos a discreción en la charca de al lado.
Ya habíamos alcanzado la edad adulta y llegó el momento de alzar el vuelo. Para ello pasamos largos ratos mi hermano y yo haciendo prácticas, dando saltitos y batiendo las alas bajo la supervisión de mi madre. Un día en uno de los saltos se me enredó en una pata una gruesa cuerda que no sé por qué motivo en algún momento mi madre colocó al borde del nido. Quise deshacerme de ella pero cuantos más movimientos hacia para desliarme, más firme quedaba atada. Mi madre solo pudo desenganchar el otro cabo que pendía amarrado a un palitroque del nido. Mi hermano cansado sin duda de esperar a que me decidiera a volar alzó el vuelo y se marchó. A los pocos días decidí lanzarme al vacío con el incordio de la cuerda .Planeé un buen rato y disfruté de la libertad sorteando el viento hasta casi olvidarme de lo que llevaba colgando. Al cabo de un rato me propuse tomar contacto por primera vez con la tierra, posándome en una finca cercana al nido. Mi nula experiencia en el vuelo me llevó a una trampa de la que no pude escapar. Al tomar tierra la cuerda se enganchó en una alambre con púas, que me llevó a caer de bruces sin saber muy bien lo que ocurría. Hice denodados esfuerzos para liberarme dejando incluso un reguero de plumas en la batalla y exhausto, me tumbé en el surco convencido de que no tenía escapatoria. Las horas pasaban, hacia mucho calor y permanecí tumbada intentando recuperarme. Desconcertada por lo que me ocurría intenté de nuevo liberarme pero no me tenia de pie y perdí toda esperanza de salir del atolladero.
La tarde avanzaba bajo un sol abrasador cuando vi acercarse una persona. Tuve miedo y temí por mi vida ya que nunca había tenido a nadie tan cerca, pues mi madre, cuando pasaba alguien cerca del nido nos acurrucaba en el fondo para preservarnos de cualquier agresión. Al ver el hombre a mi lado me quedé casi paralizada de miedo y no me atrevía ni siquiera a mover los ojos. La persona comenzó a hablarme, después pasó suavemente su mano por mi cabeza y el resto del cuerpo y al sentir una sensación agradable comencé a perder el miedo. Me tomó en sus brazos para deshacer los nudos que se habían formado en mi pata y al cabo de un rato me sentí liberada de la tirantez de la cuerda. Me extendió las alas y miró detalladamente todo mi cuerpo para ver si estaba herido. Solo tenía unos rasguños en el pescuezo por el desplume. Me levantó pero no me tenía en pie. Me tomó en sus brazos y me alzo alzó al viento para que emprendiera el vuelo pero caía de nuevo en sus brazos. Convencido de que no tenia fuerzas para moverme me colocó confortablemente sobre unas pajas en el surco, me acarició de nuevo y se marchó. Permanecí todo la tarde sin moverme. La noche refrescó el ambiente y al amanecer me sentía con algo de fuerza. Me levanté pero no pude andar más de veinte metros. Permanecí de pie pero agotada por el esfuerzo y el ayuno prolongado mis patas flaqueaban hasta que caí de nuevo en el surco convencida de que nunca más me levantaría.
La mañana avanzaba, el sol comenzaba a calentar cuando de pronto vi llegar de nuevo a la persona que me desató. Ahora ya no tenía miedo porque sabía que quería ayudarme. Se agachó y comenzó a hablarme y a pasar su mano suave sobre el plumaje. Esto me aliviaba pero sentía que se acercaba el último momento. La persona comprobó sin duda mi situación crítica y al no poder hacer más por mí se marchó. Abrí grade los ojos para verlo alejarse a pesar de mi vista borrosa.
Comencé a recordar los buenos momentos de mi infancia: cuando la lluvia arreciaba y madre nos cobijaba bajo sus alas. Después no llovió más y el sol brillaba cada mañana. Un día mi hermano y yo nos disputamos una culebra que trajo madre, tirando uno de cada extremo hasta que madre, con su pico, la troceó en dos y se acabó la pelea. Fui muy feliz durante mi infancia pero ahora me siento desamparada y derrotada. Ya solo albergo la última esperanza de que vuelva la persona que me hizo descubrir el placer da las caricias, y me gustaría volver a sentir esas sensaciones tan agradables para quedarme al tiempo dormida para siempre. Félix

22 agosto 2010

Tres mundos en un mundo


El chico del cementerio

Vivía yo en los años 70 en las afueras de Paris, en Clamart; un municipio residencial de clase media y media baja donde alternaban chalets antiguos y edificios, algunos modernos de cuatro o seis plantas. Reinaba un ambiente tranquilo y se podía disfrutar del tupido bosque que jalonaba la zona Este en cuya orilla se hallaba el cementerio, pulcramente acondicionado y atendido por un matrimonio que compartía con su hijo una casita dentro del cementerio, entrando a la derecha.
Un día de invierno, aprovechando la excepcional mañana soleada, paseaba junto al cementerio y entré para curiosear y respirar, a la vez, esa paz perenne propia de estos lugares. A unos diez metros de la casa, el chico de unos doce años jugaba entre tumba y tumba con su gato negro con manchas blancas. Mi presencia en absoluto les molestó. Enredaban con toda naturalidad, como si estuvieran en su casa, o en el campo o en cualquier otro lugar. El gato brincaba de tumba en tumba, se agazapaba, saltaba realizando divertidas piruetas y arrancaba después a toda velocidad volando entre sepulcro y sepulcro para aterrizar en las piernas del chico que lo esperaba sentado en un panteón. Lo acariciaba por un momento y el gato salía de nuevo disparado para reanudar el juego.
Permanecí absorto un rato disfrutando de tan improvisada como divertida escena. Proseguí mi caminar y de repente me asediaron infinidad de interrogantes ante lo que acababa de presenciar. ¿El chico habría nacido en la casita? Por aquellos años no era imposible. El chaval acudía a la escuela pues era obligatorio y, entonces: ¿Sus colegas sabían que habitaba en un cementerio? Porque es de suponer que no los invitaría a su casa para celebrar un cumpleaños, por ejemplo; o a lo mejor sí. ¿El hecho de vivir en semejante lugar seria marginado por sus compañeros de clase o al contrario recibiría comprensión y afecto por haber corrido suerte tan insólita?
Transcurrida la adolescencia es de suponer que se emanciparía. ¿Qué efecto habría causado en su equilibrio psicológico sabiendo que el entorno donde pasamos la infancia moldea casi siempre de forma definitiva parte de nuestro sentimientos? Porque en su mente quedaría grabado para siempre los panteones nevados como único horizonte, o los árboles que lucían sus hojas variopintas en otoño antes de caer y transformarse luego en hojarasca entre las tumbas y los paseos, y quizás ayudara a su padre en la tarea de limpieza ¿Y como habría asimilado los repetidos entierros siempre acompañados de tristeza y llanto? ¿Habría conseguido cubrirse de tan sólido caparazón para que esos momentos tristes no le afectaran en absoluto?
¿Y si realmente hubiera nacido en el cementerio? ¿Lo expresaría con toda la naturalidad?
Infinidad de interrogantes que solo él podría dilucidar.

La chica del garaje.

Cerca de mi domicilio, en la céntrica zona de Cuatro Caminos, en Madrid, hay un pequeño garaje donde el jefe, que parece ser el dueño también, realiza lavados de coche, algún cambio de aceite y repara pinchazos, ayudado por un señor que ronda los 65 años. En el interior cuatro columnas metálicas sostienen en la zona central parte de las tres plantas del edificio, lo que dificulta la maniobra de los coches. En el fondo adosado al muro se eleva a poco más de metro y medio del suelo, un cuchitril de unos tres metros de ancho por unos ocho de largo y dos de alto, con dos ventanucos mirando al taller. Supuse que en ese lugar almacenarían los accesorios del taller. Un día cuando me lavaban el coche, vi a una chica de entre diez y doce años, que corría el visillo detrás del ventanuco para echar una ojeada al taller. ¡Caramba, pero si ahí vive gente!, me dije. Inmediatamente surgieron los mismos interrogantes que en el caso anterior ¿Vivirá sola, con su madre, o con ambos padres? Parece que viven como en secreto y no he conseguido ver entrar ni salir a nadie de la extraña vivienda.
¿Sabrán sus amigas que vive en un garaje? ¿Cómo planificará su vida social con sus amistades? ¿Será feliz viviendo en tales condiciones?
Tantos y tantos interrogantes quedarán en el aire sin respuesta.

La niña de la tienda.

Cerca del garaje citado anteriormente, y esta vez en mi calle concretamente, hay una tienda de chinos, de las que surgen como setas de un tiempo a esta parte. Regenta el negocio un matrimonio joven, de origen chino, con dos hijas; la mayor de unos siete años y la pequeña de poco más de uno. El local es rectangular, de unos siete metros de largo por unos tres de ancho. En el centro unos estantes reducen el espacio dejando simplemente un pasillo en forma de U. En la entrada, junto a la caja, hay una cámara frigorífica repleta de productos frescos o congelados.
He observado que la niña de siete años, salvo el horario de escuela, pasa todo su tiempo en la tienda, desde las diez de la mañana hasta el cierre a las once de la noche todos los días de la semana. Es una niña de rasgos finos, de cutis de seda joyante que confiere a su rostro una belleza exótica muy atractiva; con una mirada de esas que en décimas de segundo han escrutado lo esencial y fingen no haber visto nada distrayendo luego la mirada hacia el suelo. Es sobre todo una niña hacendosa,” hecha para el hogar”, dirían los antiguos; porque no cesa de colocar botellas y botes de bebidas por aquí, latas de conserva por allá, recoge las barras de pan y las ordena, siempre atenta a lo que algún cliente ha desordenado y cuando termina se sienta al lado de la cámara frigorífica y vigila como quien no quiere la cosa, con su mirada felina y disuasiva, a los clientes, por si a alguien se le va la mano donde no debe… Luego se ocupa de su hermana, la aupa a duras penas, se sienta al lado del arcón de frío y le comenta cosas en su lengua y ríen; me imagino que algún cuento chino.
Meses más tarde su madre queda embarazada. La niña le ayuda en todas las tareas. La madre en su estado de gestación avanzado descansa a menudo en el único sitio disponible que es junto al arcón. Muchas veces pienso que al pasar largos ratos allí sentada, el feto debió ir asimilando el runrún de la cámara frigorífica como algo relajante. Por fin nace el tercer niño y durante la ausencia de la madre la niña colabora con su padre como una empleada más. Semanas después aparece la madre por la tienda con su niño en el carrito que coloca ¿dónde?, al lado del arcón, donde a buen seguro, duerme con el runrún familiarizado ya desde que estuvo en el vientre. La niña se ocupa de la hermana pequeña mientras su madre lo hace con el bebé. Cuando el niño ha crecido, la niña se ocupa de los dos peques, sin olvidar sus “obligaciones” en la tienda. En ese ambiente exclusivo, la niña mayor va creciendo, supongo muy feliz, a tenor de su semblante, aunque su mundo sean los veintitantos metros cuadrados de la tienda que, imagino, son suficientes para ser plenamente feliz, dato que solo ella podría confirmar.
¿El hecho de desarrollar su infancia alejado de los patrones que rigen la vida social en cualquier urbe, como en los tres casos citados, interferirá en el equilibrio psicológico? O por el contrario, esto no afecta en absoluto al estado emocional ni causa desorden psicológico alguno siempre que vivan con los padres y estos correspondan con la atención y el cariño suficientes.
Pudiera equivocarme, pero creo en lo último. Félix