22 junio 2011

Recordando a mi primo Adolfo.



EN EL METRO HABIA UNA VIEJA

Manos de fotografía impar. Frente arrugada. Ojos metidos en sus órbitas vejas, profundas, analizando sin mirar la pantalla de la vida con el único interés de que no se escape.
La vida: una mesa con diez globos de colores, barras de regaliz, cajetillas de “celtas cortos” mal alienados, chicle para masticar angustias, malos pensamientos y esa rabia que se apodera de uno cuando no ha acudido la cita que esperabas.

-Aguarda. Tengo que comprar tabaco.
-¿A la vieja?
-A la vieja.
-Se nos escapa el Metro.
-Otro habrá.
Me gustaba el tabaco de la vieja. Me gustaba la mesa pobre y gastada, de tablas mal ajustadas, con aquella vida encima, con aquella ilusión que no era sino un seguir aguantando el aire, el frío, la nieve, el calor, el viento, los insultos y las personas que entraban en el Metro.
-Celtas, por favor.
-¿De estos?
-No, cortos.
Me gustaba la voz de la vieja: cansada, triste, insatisfecha. Me parecía que cada vez que hablaba se le iba parte de la vida.
Le ponía las cinco pesetas en la mano y me largaba. Nunca le dije nada. Solo: Celtas, por favor.
Yo deseaba ver el brillo que sin duda no era brillo de sus ojos. Quizá en su mirada pudiera descubrir algo de la vida. Jamás logré penetrar la mirada de la vieja. La escondía como un perro asustado, temerosa de que alguien pudiera descubrir algo en sus pupilas. Era solo ella: ella dentro de si y nadie más.

-¡Por qué compras tabaco a la vieja? está más caro.
-Por eso.
-Explícate.
Yo no quería explicar. ¿Para qué decir que era para darle cincuenta céntimos de ganancia? Ni yo mismo lo sabía. Me gustaba comprárselo a ella, eso era todo.
-Porque me gusta.
-Eso no es una explicación.
-Según como se mire.
Yo deseaba en el Metro ver más caras como aquella, otras arrugas, distintas manos alargadas y tiesas, ojos hundidos pero que pudieran mirarme. ¿Por qué lo deseaba? También lo ignoro. El Metro era cosa ajena: más color, más egoísmo y, sobre todo, más calor.

Entró una señora anciana, vieja también, con su cesta y sus cosas ocultas en la cesta, con su delantal de abuela y sus manos gastadas. Manos de sol y viento en otro tiempo: manos que han acariciado, han soñado y quizá han sido soñadas.
Manos que ahora son huesos tiesos con arrugas.
-Por fin- pensé.
Pero no. Me di cuenta que no cuando me levanté para que se sentara y dijo:
-Gracias, hijo.
No era su voz, las manos eran otras. Y hasta me miró. No percibí nada en aquella mirada, no era aquello que yo perseguía en los ojos de una vieja; no vi vida, ni cosa escondida alguna, ni rostro de intranquilidad. Aquella era una persona gastada, pero no una vieja consumida; y mi vieja de la entrada del Metro era consumida, extraña y sin luz en los ojos.
Deseé quitarle el asiento, me hubiera atrevido incluso a golpearla si la gente fuera neutra. Pero allí había ojos que podían acusarme de insultar a una vieja. Yo no quería que nadie robara la imagen de mi vieja en la entrada del Metro; no quería que me quitara su estampa muerta y el frío de su mano cuando se la tocaba al darle las cinco pesetas de los “celtas”.Yo no quería que nadie usara su disfraz .Porque yo estaba seguro que aquella mujer escondía dentro de su cesta diez globos de colores desinflados,
pastillas de chicle, cajetillas de tabaco y barras de regaliz. Y esto no lo podía consentir .incluso su vejez no era suya; la había robado también. Solo existe una máscara para cada persona y el robar una máscara es tanto como robar parte de la vida. Pensé si mi vieja no tenia la mirada limpia y la escondía porque otra mujer andaba por el Metro con su máscara a cuestas. Lo pensé. Si yo pudiera robarle la cesta, arrojarla a los raíles del Metro, gozarme con los globos destrozados, las barras de regaliz manchando los colores de los globos, los cigarrillos partidos como colillas sin estrenar, pisoteadas de antemano con las ruedas del tren…pisoteadas por el hierro…hierro sobre hierro…¡Si yo pudiera…!
Las miradas de las personas eran para mí un juicio que estaba dictaminando a mi pensamiento. Un juicio hipócrita y sin sentido, sin apoyarse en la verdadera esencia del hecho, tal y como las cosas eran. Un juicio que no fuera sentimentalismo .Un juicio. Por eso. Porque ellas no sabían que en la entrada del Metro yo conocía a una vieja a quien otra vieja le ha robado su máscara.
Se levantó. Me miró de nuevo. Me hirió su mirada. Y su mano sobre mi hombro, apoyándose. Y su voz.
-Gracias hijo.
¿Por qué? Yo no he hecho nada. Yo no he querido hacer lo que he hecho, que es igual que si no lo hubiera realizado. Yo no deseo contribuir a su hurto, a lucir su maldito disfraz robado, a ocultar lo que esconde en su cesta de mimbre. Yo no quiero. Yo no quiero que manche mi hombro con su mano arrugada que no es suya…
Se alejó. Suspiro hondo y vivo para mí. Aquello era mejor que salir del Metro, mejor que el despertar del sol en la tarde entoldada por nubes cenizas. Mucho mejor…
La muerte se alejaba y yo podía respirar. Quedé tranquilo. El asiento permaneció vacío. No me senté. La gente me miraba como si fuera un héroe, como si aquella mujer hubiera impuesto con toda su ceremonia macabra una medalla en mi solapa. Pero no me senté porque no quería mancharme con el hurto de aquella vieja mujer.
(Existen ladrones que la gente jamás pintará su cara.)Pero aquella vieja no se me olvidará. Sé que ella había robado algo que yo tenia por mío.

Seguí comprando “celtas” a la entrada del Metro; seguí tocando aquella mano alargada y tiesa, me gustaba ver sus globos, siempre diez. ¿No son globos para niños? ¿No hay nadie que piense que aquellos globos no son de adorno?
Un día la vieja no estaba. Pensé que alguien había terminado de robarle la mirada. Y de nuevo vino a mi mente la mujer que me dijo:”Gracias, hijo” en el Metro. Quise saber algo de los otros, pero no había otro: no había mesa raída, con tablas mal alineadas, manos frías, ojos hundidos, chicle,
globos ni regaliz. No había mi vieja.
Llegó de nuevo. Creí que yo renacía también. A la entrada, otra vez los diez globos de colores. Fui a comprar “celtas.”
-Celtas, por favor.
-¿De estos?-
-No, cortos.
Y me miró. Me dio asco que me mirara. En realidad yo temía la mirada de la vieja. Me miró…y vi que no era ella. Alguien había ocupado su puesto.
-¿Y la señora de antes?-le pregunté. ¿Ha muerto?
Me enfadó su mirada burlona, y su tono de voz y su envidia.
-¿Muerto? Le ha tocado la lotería.
No volví a comprar más “celtas” a la entrada del Metro.
(Adolfo Carreto.)





RECORDANDO A MI PRIMO ADOLFO

Quería estar contigo en esta cita, y la mejor manera es escucharte en este relato que escribiste hace más de cuarenta años, en lo más florido de tu juventud.
Tenia una cita contigo en este día, y la cita se ha cumplido porque este relato es tu voz, siempre viva, más viva que nunca incluso; porque este relato es de ayer, y de hoy y de mañana; este relato es eterno, como tu, que te has eternizado, (por emplear una palabra tuya), en quien te seguiremos queriendo.
Tenia esta cita contigo y no quería perdérmela porque he podido escucharte y comprobar que sigues siendo el mismo de hace cuarenta años, y cincuenta, y así lo seguirás siendo por la eternidad porque ese alma del relato es tu alma en su máximo esplendor, ese alma que es también el alma del abuelo Ángel que tanto querías, y la voz perenne de la familia.
Por eso he querido recordarte en este día veintidós de junio, que es ya verano, que deja atrás la primavera, nuestras primaveras, llenas de aventuras y de sueños, muchos cumplidos, otros no, y que siempre abría las puertas de las vacaciones que eran sinónimo de encuentro, de charlas, de felicidad en suma. Van pasando los años y seguiremos encontrándonos en ese camino que supiste trazar en tu recorrido y que no es otro que el camino del amor y de la paz en este mundo eternamente revuelto.
Yo sé que sigues velando por nosotros desde tu universo
donde solo habita la paz.
Por eso he querido recordarte,
Para seguir unidos un verano más.
Para escuchar contigo cada mañana la alondra cantar.
Para disfrutar contigo del vuelo de tu águila perdiguera,
Y recorrer los campos de Castilla,
Y mirar la Luna, tu Luna que dormida va,
En ese sueño eterno ya de felicidad.
Querido Adolfo del alma.
Pasarán los años y así siempre será.
Félix.




11 junio 2011

Buscando morada

Érase una pareja de cigüeñas que el año pasado se criaron en lo alto de la espadaña de la iglesia de la Zarza de Pumareda. Sus abuelos les contaron que hubo un tiempo atrás, aun cercano, bastante revuelto; que las quisieron echar de allí; que hubo partidarios también a favor de que se quedaran y que fue tal el revuelo que hasta la televisión se hizo eco y fueron protagonistas sin quererlo. Se empecinaron en preservar la morada a pesar de estar destruida cuando volvieron de sus largas vacaciones, y con el visto bueno de algunos vecinos ,poco a poco la reconstruyeron y son ya tres generaciones las que gozan de la cedula de nacimiento, y por tanto de vecindad en La Zarza. Tanto ha sido el cariño y el apego al lugar donde se criaron que, este año, quizás por la crisis que afecta a la vivienda, decidieron a toda costa quedarse en casa de los padres, pero estos les dijeron que no había espacio para dos familias. Así que decidieron inspeccionar otras atalayas para construir su morada.
Mira, el Torreón seria un lugar donde podríamos intentar aposentarnos, le sugirió la hembra a su pareja, mientras volaban bajo una nube negra que amenazaba chuzos o pedrisco. Ella se posó primero haciendo equilibrio en uno de los cuatro boliches puntiagudos para demostrar que era posible disfrutar de la panorámica que ofrecían las cuatro esquinas.

Pero él no lo veía tan claro. Sobrevoló varias veces el lugar sin mucho convencimiento.


Pero ella utilizó sus recursos de seductora con cantos y arrumacos para animarle a posarse hasta que por fin, él accedió sin mucha convicción. ¿Qué te parece?, preguntó ella. Hay mucho espacio, cuatro esquinas para airearse y desde aquí vemos la morada de nuestros padres.
No lo convenció. Este no es el lugar adecuado para construir la vivienda, dijo él .No se puede construir sobre un asiento plano porque cuando llueva el agua penetrará en la morada y la humedad será permanente.




Pondremos plásticos alrededor, que en los vertederos hay muchos, dijo ella con afán de convencerlo. No te empecines, dijo él, este no es el lugar adecuado; si no ¿por qué te crees que se construye en las esquinas de las torres y en los árboles? Precisamente para evitar la humedad de modo que cuando llueve el agua escurre y el viento orea todo en un pispás, argumentó él, persuadido de que sus argumentos convencerían a su pareja.


Pero ella no quería dejar el pueblo y se obstinaba en convencerlo a toda costa. Dónde vamos a encontrar mejores condiciones que aquí, replicó. Aquí tenemos mucho espacio, los hijos podrán pasearse y ensayar el vuelo libremente, sin peligro, además, tenemos el reloj para estar al tanto de la hora, tenemos wifi, y unas puestas del sol magníficas, ¿qué más quieres?
Todo eso es accesorio, lo fundamental son los cimientos y aquí no es el lugar apropiado, así que está todo decidido. Me marcho a buscar otro lugar mejor, dijo él.
Ya sé que a todos nos gusta quedarnos donde hemos nacido, pero eso no es posible, somos muchos y hay que buscarse la vida y la vivienda en otro lugar, y tendremos que emigrar, como lo han hecho otros antes de nosotros, añadió antes de emprender el vuelo.

Ella permaneció un instante en el mismo lugar para ver si se arrepentía pero él lo tenia claro, de modo que no tardó en alzar el vuelo para seguirlo. Cuando se alejaban, ella realizo varios giros, hacia atrás, arriba, abajo, y en el dibujo de su vuelo se podía leer:” ¡Adiós pueblo que me vio nacer, adiós!”, y se perdieron en el horizonte. Félix.

29 mayo 2011

Rincón primaveral



Este rosal solitario no está ahí por casualidad. Tampoco la pared de piedra que lo protege de los vientos, a veces fríos. Está orientado hacia el mediodía de modo que cuando alumbra el sol, que en primavera es casi a diario, sus pétalos gozan ofreciendo a quien pasa por delante, la fragancia y el color rosado de la vida. No necesita el lugar pomposo de grande jardines palaciegos o de parques señoriales. No, solo el cariño y la atención de quien le ayudó a tomar forma; de la vecina que avanzada en años como la pared de piedra, lo quiso como compañía. Y ahí está él, como un canto a la vida, a la vida humilde como quien vive detrás de esa pared, humilde también ella. Ahí está él rodeado de objetos rudimentarios para la limpieza del hogar y de la calle, para que el entorno permanezca limpio y aseado, ofreciendo a la vez un decorado con elementos naturales, salidos de la tierra una primavera de tantas. Se trata de una belleza natural, sin pretensión alguna, para que sea captada por quien la mire con ojos de pueblo, de campo, o simplemente con ojos de agradecimiento porque la vida también es eso. Este rosal es a la vez la soledad de los pueblos que luchan por seguir viviendo, de aldeas soñolientas que el paso del tiempo envejece sin piedad. Pero ahí esta él para darle vida a este rincón sin duda centenario, que rejuvenece cada primavera. La puerta con el cuarterón entreabierto en signo de bienvenida, invita al aire fresco y perfumado a pasar, para que nada se detenga, porque ese cuarterón entreabierto es también la seña de hospitalidad de quien plantó y mima el rosal, para que todo siga fluyendo al ritmo sosegado del pueblo. El buzón, signo de modernismo, espera por si alguien tiene a bien dejar una misiva de amistad cuando el cuarterón esté trancado. Y por encima, una rama de olivo, símbolo de paz, desteñida por el paso del tiempo, que un domingo de Ramos bendijo el párroco y que la señora colocó ahí para que la vida siga su curso sereno en ese rincón tan humilde y perfumado de rosa primaveral.
Félix.

23 mayo 2011

Mi calle

Mi calle, que está en las afueras del pueblo, es la más bonita de todas, aunque mis amigos del centro, cada cual, dice que es la suya.
Pero yo estoy seguro de lo que digo porque mi calle es la más ancha y aunque solo tiene unos sesenta metros de larga y no sé como se llama porque no tiene placa como las del centro, es la única que tiene una pequeña pendiente y cuando llueve corre el agua que se las pela. Yo les digo a mis amigos que no me gustaría vivir en las callejuelas del centro donde las casas se empujan unas a otras. En mi calle las cinco o seis casas están bien aireadas: una casa, una cortina; otra casa, un corral; otra casa, un huerto con tres olivos; dos muladares donde escarban las gallinas y recovecos para jugar fuera del paso del ganado. Además si tienes ganas de hacer de cuerpo, o de tirar el pantalón como dice mi amigo Andrés, lo haces en un rincón o saltas la pared de una cortina y ya está. Es muy sano al aire libre, no como los del centro que tienen que andar a escondidas o meterse en alguna cuadra o corral donde vive el ganado. Ellos dicen que tienen todo a mano: la iglesia, el frontón, la escuela, pero es la vieja, la nueva está en nuestro barrio, aunque también tienen el ayuntamiento, dos bares con sendos salones de baile, los dos comercios, y el pilar donde llenan los cantaros de agua. Pero nosotros tenemos la escuela nueva, la casa del medico, el carnicero enfrente de mi casa, la centralita de teléfonos, la panadería de mi abuelo y el cementerio en una hondonada, aunque de eso no quiero hablar. De modo que teniendo el pan, la carne, el medico, el teléfono, las escuelas y la casa de la maestra, tenemos casi tanto como ellos. Pero lo que si tenemos y ellos no, es mucho espacio para el juego en la explanada de los Llanos donde corremos detrás del balón tanto en verano como en invierno hasta que se hace de noche, incluso jugamos con niebla alumbrados por la bombilla roñosa que cuelga del palo de la esquina.
Mi calle es la más bonita porque podemos presumir de hacer boronas cuando llueve y eso les da mucha envidia porque en el centro no pueden.
El maestro siempre nos corrige cuando decimos palabras como borona, porque dice que no existen, y dice que si la encontramos en el diccionario nos da una peseta para caramelos, pero de sobra sabemos que cuando nos ofrece eso, no existe y no perdemos tiempo en buscarla. Un día un amigo, cuyo nombre no quiero desvelar porque igual le parece mal, le replicó:”pues cafre, como nos llama a menudo usted tampoco existe, al menos en este pueblo nadie lo dice.”Pero existe, contestó el maestro, como acémila, que de eso alguno vais sobrados, aunque en este pueblo tampoco se use. Y nos quedamos dudando si seria o no verdad.Él usa muchas palabras que a mi me parecen raras ,como un dia que le untamos la vara de castaño con ajo y cebolla para que se le rompiera , aunque sin fortuna ,y dijo entonces:como sepa quien ha sido lo voy a batanear,necesitais que os domen el lomo y a alguno que le zurzan el cuero,y ya se lo que significan porque las he encontado en el diccionario. Cuando llega el mes de abril y mayo caen chubascos y es entonces cuando aprovechamos para hacer boronas. El agua comienza a correr a partir de mi casa y se desliza alegre calle abajo. Entonces antes de que termine el chubasco, salimos de nuestro refugio y aunque nos mojemos un poco no pasa nada porque hace buena temperatura y nos secamos rápido. Como las calles son de tierra cogemos palos y barro y hacemos una presa, y el agua se retiene como en un pantano. Es una borona. Un poco más abajo hacemos otra, a media calle otra, y la última abajo del todo donde termina la pendiente.
Abrimos un poco la primera presa para que se llene hasta rebosar la segunda, y así hasta la ultima. Cuando ya ha escampado nos juntamos todos los chavales para asistir a una riada. Abrimos la primera presa y el aluvión de agua revienta la segunda y después la tercera hasta que la cuarta es arrastrada y el torrente de agua con barro y palos se desliza ya mansa en la parte llana. El jolgorio que formamos alerta a algunas personas que se asoman a la puerta para ver que ocurre.
Enfrente de mi casa hay unos zarzales junto a una pared donde siempre hacen el nido unos pájaros que llamamos pimienteros porque el macho tiene la pechuga del color del pimentón. Cuando las crías están a punto de volarse, los cogemos y los metemos en una jaula colgada en la fachada de la casa. Allí van sus padres a llevarle comida. Después se añaden otras parejas y los alimentan sin parar. Al cabo de unos dos semanas o más las crías que ha crecido y son como los padres, se mueren .Andrés dice que los padres al verlos en la jaula sin poder liberarse los envenenan. Y algo de eso debe de haber porque es el tercer año que ocurre lo mismo de modo que ya los dejamos que emprendan el vuelo desde el nido. De todo esto no pueden disfrutar mis amigos del centro, por eso digo que mi calle es la más bonita del pueblo, aunque me quedan muchas cosas por contar, pero para no ser pesado lo dejo para otro día.
Félix

15 mayo 2011

La placa de España.



¡Hombre, Serapio! Ya he visto tus ajos, tienes el huerto como una patena.
Sí, la primavera se está portando bien, nos hemos librao de las heladas a destiempo y por ahora todo está como debe ser en primavera; como las de antes, que a partir de abril las vacas no daban comido el erren y la hierba crecía como un rayo. Y tú, ¿como vas con la reuma, Cipriano?
Pues al ritmo de la primavera; esta es buena y los huesos también lo agradecen, además las cláusulas colarás que me ha mandao el médico también ayudan.
¿Te acuerdas, Serapio, que estuvimos hablando hace poco sobre la placa de la Plaza de España, que estaba que si se caía y solo se tenía colgada por una esquina?
Claro que me acuerdo.
Pues date la vuelta, anda.
¡Coño! pero si la han enderezao .Ya es hora que los que mandan empiecen a cumplir con su cometido, aunque parece que está sujeta así como... tente mientras cobro.
Pues a lo mejor no es lo que tú piensas, Serapio.
¿Qué quieres decir?
Pues que he echao cuentas y me da que la han enderezao porque el alcalde anda otra vez pa que le volvamos a votar. Y me salen las cuentas porque llevaba descolocá tres o cuatro años, fácil.
Que pensamientos más bien atinados tienes, Patricio; como buen cazador que has sido sigues teniendo buena puntería. Y ahora que dices eso caigo en la cuenta que vas a tener razón, porque enfrente de mi casa hay un árbol que tiraba las ramas pa la calle y yo me decía: un día me se caen encima, y mira por donde, lo acaban de podar precisamente ahora. Y andan segando la hierba y la maleza delante de la casa del Eusebio, y del Arcadio y alguno más por ahí, y yo me decía: que raro que se esmeren tanto ahora como si fuera a pasar el Corpus Cristi; ¿te acuerdas? que las calles se barrían y no había ni boñigas ni cagajones, y sembrábamos las calles de tomillos para que pasara la comitiva con olor a campo. ¡Qué tiempos ¡
Hay que ver como estudia la gente de hoy. Claro que con lo que se ve en la tele cualquier tontaina aprende rápido la lección.
Y no te creas que estos artificios es cosa de nuestro alcalde, que eso si, es un rato listo y lleva no sé cuantas votaciones sin que nadie lo arrempuje del sillon, que se ve que le ha cogido gusto y repite. Digo esto porque vemos por la tele lo que pasa en el resto de España. Un sobrino mío que vive en Cataluña, dice que donde él vive, ahora se ponen a inaugurar cosas como si se acabara el mundo, y entre otras una residencia para viejos, pero según él no hay suficiente personal para atenderlos porque no hay suficiente dinero. La cosa es llevarse el voto. ¿Sabes una cosa ,Serapio? Que si quiere el alcalde quiere llevarse mi voto, me va a tener que firmar que en adelante cuando se funda una farola cambien la bombilla enseguida y que no nos tengan a oscuras hasta cuando quieran y que se esmere como ahora en limpiar todo y no solo delante de la casa del Eusebio y del otro y el otro, ¿me entiendes a donde voy? que aquí semos todos muy listos.
Eso teníamos que hacer todos, Patricio, porque al final de cuentas, cada pueblo tiene los gobernantes que se merece.
¡Sí señor!, tienes razón. Fíjate, la caterva de jubilaos que semos si nos uniéramos… Pero ya se sabe, aquí cada cual le interesa solo lo suyo .Egoísmo, puro egoísmo.
Y envidia, Serapio, marrana envidia.
Félix