09 septiembre 2011

La trilla

Durante las vacaciones escolares, uno de los lugares que más me gusta es la era porque disfruto mucho subiéndome al trillo. Primero deshacen los manojos de la parva y los desparraman creando un círculo donde las yuntas de bueyes y caballos tiran del trillo girando continuamente como en una noria. Las gavillas desparramadas forman un espesor por encima de mi rodilla con altibajos como olas y por eso las primeras vueltas con los trillos las hacen los mayores porque es peligroso y pueden volcar. Después cuando ya está bien aplanado y no hay peligro, subimos los chavales que queremos trillar. En la era hay muchas parvas de distintos dueños y somos muchos los trilliques que nos apuntamos a viajar en el trillo. El trillo tiene debajo incrustadas unas sierras y unas chinas cortantes que van triturando la paja y cuanto más calor hace mejor la cortan. La gente mayor pone una tajuela o una silla para sentarse en el trillo pero los chavales nos sentamos en el suelo y nos agarramos en la barra de hierro clavada en el centro donde atamos las riendas. En la parte delantera hay un orinal descalabrado y una lata grande de sardinas, sin sardinas, claro, para recoger las boñigas y cagajones. Hay que estar muy atento porque cuando la vaca o el caballo levanta el rabo ya sabes que la boñiga o el cagajón viene detrás. Algunas veces, como suele haber dos trillos o más girando en sentido contrario, los chavales al cruzarnos nos hacemos bromas y alguna vez un trillo se roza con el otro o salta por encima de una esquina y nos echan la bronca y nos amenazan con no dejarnos trillar. Mi abuelo dice que no pensamos más que jugar. Como andamos más pendientes del juego algunas veces cuando quiero poner el orinal ya es tarde y las boñigas han caído en la paja. Si no se han percatado de mi despiste no pasa nada porque la paja lo tapa todo en dos vueltas. Peor es cuando tienen diarrea y sale un chorro como el agua del caño, eso si que es difícil de controlar y te perdonan si no has conseguido que caiga en el orinal .De todos modos, con las boñigas hay que tener cuidado y cuando caen en la parva uno está pillado, porque cuando recogen la parva una vez trillada, en un montón estrecho y alargado para aventar, es cuando aparecen con el grano los restos de boñiga. Un día apareció un trozo de tocino y cortezas de pan que mi primo echó a la parva y no lo volvieron a dejar trillar. Como hace mucho calor nos obligan a llevar el sombrero de paja porque a un chaval le dio una insolación y casi se muere. A mí me gusta cambiar de trillo: unas veces con las vacas y otras con el caballo plateado de mi abuelo. Es distinto; las vacas van mas lentas, aunque el caballo como es viejo también es lento y tengo que darle con la vara para que se espabile. Se ve que no le gusta recibir palos porque me suelta una pedorrera de las de verdad, parece una zambomba; cada sesión dura lo de una canción; lo sé porque empezamos juntos, él con lo suyo y yo cantando “la Tarara” y acabamos a la par. Lo oye hasta el Andrés que es de otra parva vecina y se echa a reír y dice:” ya está tirando petardos el abuelo.” Después le dice a mi tío que eso es porque mi abuelo le echa demasiada cebada y me dice que por eso cuando mea huele a cerveza. Ahora ya sé por qué un burro que tiene mi abuelo, el de la tahona, le pasa lo mismo y cuando mea huele igual que la cerveza, es también dorada y en el suelo se levanta un espumarajo; como la cerveza.
Cuando a una vaca le pica la mosca, aunque mi abuelo dice que es un tábano, hay que saltar enseguida del trillo y alejarse porque se vuelven locas. Un día vi cuando le picó a una y la pareja de vacas al estar uncidas con el yugo, una tiraba de la otra como si estuvieran locas y salieron corriendo de la parva por toda la era. El Andrés salió corriendo detrás con la aguijada, se lanzo al trillo que iba dando botes y lo arrastraron. En esto salió mi tío Agapito voceando: ¡pararlas, pararlas! Y salía gente de entre las parvas corriendo con los brazos en alto con horcones, briendas y tornaderas para detenerlas. Salió también la tía Facunda, que es bastante mayor y viste toda de negro con el pañuelo en la cabeza, también negro. Iba decidida con un escobajo de piorno en alto y al verla no pude menos de echarme a reír porque me recordaba las brujas en un libro de la escuela. En esto se levanta su marido y le grita: ¡and´ irá esta mujer, échate pa´quiii´! Al final consiguieron detenerlas cuando llegaron al portillo para salir a la carretera. El Andrés furioso, le dio unos pinchazos de castigo en la nalga y le hablaba como a una persona .Primero le dijo unas palabrotas gordas, tan gordas que no me atrevo a decir, y después añadía: “Me caso con Dios, cabronas, la madre que os abataneó, os vais a enterar ahora. De mi no os reis más porque os voy a tener trillando hasta que os caguéis las patas abajo, a ver si se os quitan las ganas de respingar”. Mi primo y yo y otros chavales que nos quedamos mirando nos torcíamos de risa. El marido de la tía Facunda le echó la regañina y le decía: ¿Adonde ibas con el escobajo, a espantar pájaros, o hacer el payaso? Pues anda que tú, le respondía ella, como haya un incendio y estén esperando por ti, apañaos van. Y siguieron refunfuñando. Después todo volvió a la calma. El mejor momento es cuando mi abuela llega con la merienda hacia las seis de la tarde. Entonces paramos y nos sentamos a la sombra de una parva. Extiende un costal en el suelo y nos sentamos todos. Saca del capacho la cazuela con tocino, queso que ha estado curándose durante meses en aceite, en una tinaja de barro, y lo que más me gusta: el jamón, pero también el ciego que es un embutido grueso, como una bola, muy rico, y el tocino del jamón también. Solo el olor que desprende el capacho te dan ganas de comerlo. Nos quitamos los sombreros y mi tío Agapito cuenta algún chiste que son anécdotas que han pasado otros años en la trilla y nos reímos mucho con él. Mi abuelo y él beben vino del porrón y le dicen a los que están cerca: ¿gustáis?- ¡Que aproveche!, le responden. Nosotros solo bebemos agua del botijo. Mi abuela corta el pan que hace ella en su horno donde solo caben cuatro hogazas y está casi más rico que el que hace mi otro abuelo en su tahona. Después con el estómago alegre subimos al trillo hasta que desenganchan las vacas y el caballo para darle de comer y beber y llevarlos al prado hasta el día siguiente. Me gusta el ambiente de la era porque parecemos una gran familia y la gente se ayuda, y canta trillando, y parece una fiesta. Las mujeres, casi todas visten de negro. Los hombres calzan algunos albarcas y la mayoría alpargatas, nosotros sandalias o playeras un poco maltratadas,como las mías, con un agujero en el dedo gordo, así se ventila mejor el pie. Todos llevan pantalones de pana negra aunque no sea ya negra porque ha perdido el color y algunos tienen remiendos de pana nueva, sobre todo en el culo y las rodillas y contrasta con el resto viejo. No hay que reírse por eso como lo hizo un día el Atilano, que es un chaval al que llamamos el “Patoso”, cuando le dijo al Ruperto que llevaba más remiendos nuevos que pana vieja, que si habían llegado los carnavales. Y el Ruperto le dijo apuntándole con el dedo: “no te doy un soplamocos porque eres tonto de nacimiento, y en tu casa no lo saben”. Todos visten una camisa tirando a blanca con unas rayas negras verticales, finas como un hilo, porque solo venden ese modelo en la tienda. Siempre hay algún gracioso que nos hace reír como el Arcadio, que le dice a su prima que va sentada en el trillo en una silla bajita con el asiento de paja: “Bájate mi machorra, que te sustituya, y ándate a la sombra”. El Arcadio llama a todas las solteronas mi machorra, y nadie se enfada porque es algo ignorante. Volveré mañana porque me lo paso muy bien y ya soy un experto en conducir las vacas de mi tío y el caballo de mi abuelo. Casi prefiero el caballo porque le puedes arrear para que corra, aunque suelte pedorreras, y parece que vas en un coche girando en una curva. En tres o cuatro días habremos acabado de trillar y después a esperar que haya viento para la limpia, aunque en la limpia solo la realizan los mayores. Al final de la tarde la era se va quedando sola, cada cual arrima los bártulos a su parva y el silencio se adueña poco a poco de este lugar hasta mañana que volverá el trasiego y el bullicio y disfrutaremos de nuevo como en una feria. Yo soy de los últimos en salir y voy subido en el caballo plateado de mi abuelo que como es viejo y está cansado no hay peligro de que salga corriendo y me tire al suelo. Después de darle agua en el pilar de Fuentelejos, lo encierro en el prado, tapo el portillo y a la vuelta, paso por el huerto de mi tío Agapito, cercano a la era. Está regando los tomates, los pimientos y las cebollas con el agua que saca del pozo con la zanga que en otros lugares, no sé por qué, llaman cigoñal. Él sabe que me gusta el agua de su pozo y me saca una caldereta para que beba. Me arrodillo, meto la cara en el agua como si fuera a bucear y bebo un trago detrás de otro. Esto solo puedo hacerlo con mi tío, porque un día mientras estaba agachado bebiendo se acercó el atontado del Primitivo y me empujó la cabeza hasta el fondo, pero me levanté rápido y le tiré con el agua del cubo. Me levanto y me restriego el morro con la manga de la camisa. Que agua más rica y fresquita, le digo. Él me dice que en verano es oro, que ya lo entenderé cuando sea más grande. El sol se ha puesto y las campanas tocan el Ángelus y me santiguo porque mi abuela me ha dicho que así Dios nos protege y lo hago siempre. De regreso a casa, paso delante de la era que parece dormir y que, sin gente y ganado ahora, ya no siento los olores a sudor que el calor impone durante el día. Me apoyo con los brazos cruzados sobre la cerca de piedra para respirar, por extraño que parezca, el olor puro de la era que es el intenso olor a paja y boñigas, a los que se añaden, cada vez con más intensidad , los aromas de los huertos recién regados y los yerbajos frescos del regato de al lado. Cuando acabemos de trillar volveré a la era para encalcar la paja en el carro. No es muy divertido porque se traga mucho polvo y se te pega en los labios y en la cara sudorosa, pero merece la pena porque se come buen chorizo, buen queso y buen jamón.
Félix
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01 septiembre 2011

Cosas del cielo









La Zarza de Pumareda, 30 de agosto de 2011. A las ocho y media de la tarde, la temperatura es agradable, en torno a los veintidós grados. El cielo está cubierto de nubes con claros, y corre una brisa suave, lo que resulta muy estimulante para seguir el recorrido que estoy haciendo acompañado de mi perrita Mona, que es aún adolescente y juguetona como le pide su cuerpo. Como salí tarde de casa, he acortado el recorrido porque el crepúsculo se me hecha encima. En el tramo desde el Jurrero hasta la Fuente el Hoyo, que es mi recorrido, me cruzo con dos grupos de vecinos, felizmente jubilados, que viven el resto del año en la ciudad y que aprovechan la quietud que ofrece nuestro entorno para disfrutar y llevarse una buena dosis de salud a la ciudad cuando los días se acorten y aparezca el frío. De regreso, ya en las afueras del pueblo, a mi espalda, el sol en tierras portuguesas, se despide ofreciendo su último fulgor entre nubes adornadas ahora en sus resquicios y crestas con coloridos que van del fuego incandescente de la fragua, pasando por el rosa, el malva y los distintos tonos del gris. Hago una foto para inmortalizar el momento sin imaginar que enfrente de mí, avistando ya los tejados y el campanario, el cielo me iba a ofrecer una de los crepúsculos más hermosos que recuerdo. Quieta aquí, amiga, que no me quiero perder esto, le dije a Mona que seguía retozando y olfateando el suelo. Fue entonces cuando el cielo comenzó cubrirse, como premio a los que estábamos en el lugar justo, a la hora justa, de los rosas, azules, grises, rojo anaranjado o fuego, pasando por la suavidad del paso de un tono a otro que confería aquella metamorfosis. Con la cámara compacta, casi de juguete por lo pequeñita que es, y que siempre va conmigo por lo cómodo de su volumen, comencé a sacar una larga secuencia, de las cuales, algunas presento aquí. Félix



10 agosto 2011

Verano feliz



Yo voy rodando el aro por las calles de tierra de mi pueblo. Es verano.
A veces espanto las gallinas que escarban en el muladar donde el gallo que vela por ellas y protege su territorio alza un qui-qui –ri -quiiiii triunfal para advertir que es el dueño del lugar. Más lejos le responden otros gallos con idéntico mensaje: qui-qui-ri-quiiii, mientras yo sigo rodando el aro, subiendo y bajando la leve pendiente de mi calle y dando la vuelta a una peña que se alza como un escenario donde la calle se agranda formando una plazoleta. El sol calienta todo, los metales queman, y los campesinos protegen sus cabezas con sombreros de paja. Yo no tengo sombreo, pues mi tupido pelo me protege porque soy un chaval con mucho pelo, como todos mis amigos, y cuando corro veloz con mi aro el aire ventila mi cabellera. No necesito sombrero de paja, pero sé que un día lo necesitaré cuando aparezca la calva como la de los mayores porque me lo ha dicho mi abuelo, entonces compraré un sombrero en la tienda de la Eulalia, cuando ya no pueda rodar el aro porque tendré que trabajar con el sol del verano, como mi padre, como mi abuelo.
Subo al carro de mi padrino Leandro que lleva los estarujos clavados en los tableros laterales y un tirabuzón de sogas colgando de ellos para sujetar la montaña de manojos de trigo que acarrearán hasta la era. Leandro pincha con la aguijada para avivar el paso, el lomo de las vacas moruchas que tienen unos cuernos más grandes que mis brazos, y tiran del carro algo perezosas, quizás porque hace mucho calor y el sol le tuesta la cabeza sin sombrero. Algunos campesinos se han dado cuenta que ellas también sufren con el calor y le han colocado un trozo de saco en el testuz. Ya he recorrido un largo tramo subido en el carro que es mi taxi y me bajo a la salida del pueblo. A la sombra de la casa de mi amigo Paco jugamos al castro que es un cuadro que trazamos en el suelo con un palo, con cuatro líneas rectas en el interior, que van de vértice a vértice en diagonal y de centro a centro. Luego Paco coge tres chinos como si fueran fichas y yo pongo otros tres de teja y comenzamos a jugar a ver quien es el más astuto de los dos. Pasan más carros chirriando con sus ejes porque es tiempo de acarrear los manojos a la era y Andrés que guía su yunta nos dice que por qué no estamos durmiendo la siesta con el calor que hace, que ya nos daremos cuenta cuando no podamos hacerla y tengamos que trabajar pero nosotros solo pensamos en jugar. Nos cansamos de jugar al castro y llega Maruja con las tabas, ponemos un saco estirado en el suelo y comenzamos a jugar. Solo pensamos en el juego durante las vacaciones escolares porque después hay que hacer los deberes y vendrá el invierno y no disfrutaremos tanto porque las calles se ponen blandas y muchas con barro y no podré rodar el aro porque además se quedan las manos tiesas del frío. Cuando me canso de jugar me voy a las eras para ver como levantan las parvas pero antes me detengo en la fragua para mirar como aguzan una reja. El herrero tira de una cadena que pende sobre su cabeza para activar el fuelle gigante que sopla para poner al rojo el carbón. Después saca la reja del fuego, añade a su punta un trozo de hierro al rojo vivo y lo pega dándole martillazos en el yunque hasta que se enfría y vuelve a calentarla en el fuego y poco a poco consigue sacarle una punta afilada. Me gusta ver como el herrero tuerce el hierro y hace lo que quiere de él cuando está al rojo. Paso por delante de la casa de la tía Paca y le pregunto si tiene sellos de la Argentina para el Domund y me dice que no, pero que estará a llegar alguna carta, pues son muchos los que emigraron de mi pueblo a la Argentina, como un hermano de mi abuelo. Estos sellos los recoge el cura para los negritos del África. Yo le he preguntado que qué hacen con esos sellos y me ha dicho que para que coman los negritos. Yo le dije que los sellos no se comen. Se echó a reír y yo también al verlo reír, pero me contuve enseguida porque no está bien reírse de los brinquitos de su barriga que además se infla cuando se ríe fuerte y parece que va a saltarle algún botón de la sotana. Me dijo que son los misioneros quienes sacan dinero con ellos y luego compran comida y más cosas para los necesitados. Eso si lo comprendo y seguiré pidiendo sellos por cada casa sobre todo de la Argentina, Venezuela y Cuba porque los de Franco apenas le interesan ya que hay muchos y no valen nada. Me gustan sobre todo los de Argentina que son muy variados y puedes ver al general San Martín, el Libertador, con un traje que nunca había visto, y las torretas de los pozos de petróleo,
y la Casa Rosada, y también los hay con el retrato de Eva Perón con el pelo recogido hacia atrás y es tan guapa como la Virgen Inmaculada que nos mira siempre desde su aposento en el centro del retablo de la iglesia.
Un día me dijo el maestro que cómo sabia lo del General San Martín y lo de los pozos de petróleo y todo eso si no lo dábamos en clase. Yo le dije que lo sabía a través de los sellos; arrugó una ceja y me miró con un aire raro.
Llego a la era donde está mi amigo Alejandro esperando que descarguen los manojos del carro. Ahora ya sé como hacen una parva. En el suelo van colocando los manojos en una hilera redonda hasta cerrar el círculo con las espigas mirando al centro. Dentro de esa hilera hacen otra, y otra, cada vez más pequeña y así hasta tupir el centro. Desde el carro, con un horcon, le van tirando los manojos hasta vaciarlo. Y así va creciendo la parva hasta tres veces o cuatro veces mi estatura. Después, arriba, la cierran formando una especie de cucurucho. Los manojos ahora los colocan inclinados con las espigas hacia fuera y queda inclinada como un tejado, pero de paja, así cuando llueva de tormenta el agua resbala y las espigas se secan enseguida cuando sale el sol y la parva nunca se moja por dentro. Las parvas que hace el Andrés son las mejor hechas porque le gusta mucho la albañilería y desde lejos se notan las suyas entre las demás de la era. Mi abuelo como no es rico solo tiene tres parvas: una muy pequeñita que parece de juguete porque puedo subir en ella y es de cebada, otra de centeno y la de trigo es algo más grande.
Cosecha lo justo para alimentar el caballo, las gallinas y un cerdo. El grano lo sube al sobrado, separado en tres montones, y en el de trigo mete las mejores manzanas del huerto porque dice que así no le entran gusanos y duran hasta el invierno, y es verdad. Yo he metido la mano para sacar alguna en invierno y dentro esta calentito y se conservan bien.
El reloj da las nueve y el sol acaba de ponerse. Me voy a casa a cenar y a preparar la merienda para mañana porque voy con mi amigo Alejandro al río donde guardan el rebaño de cabras sus hermanos. Allí en la balsa de Singuilina, junto al molino, nos subimos en unos haces de bayón y jugamos en la orilla, y atrapamos cangrejos, aunque a mi me da miedo desde el día en que uno me pescó un dedo con su pinza y las pasé canutas, pero nos lo pasamos muy bien. Pronto empezarán a trillar en la era y me lo pasaré aun mejor subido en el trillo. Estoy deseándolo.
Félix

01 agosto 2011

Lo primero es la salud



Estoy viajando cómodamente en el tren. Se yuxtaponen imágenes de paisaje que alternan con otras imágenes raras que no consigo definir. Una pareja se baja del tren. Son los príncipes o lo que sean, de Gales o algo así, que hemos visto en la tele no hace mucho. No me dicen adiós ni nada, y yo tampoco; ¡que les den! Me doy media vuelta en la cama y me despierto porque llevo desde que me acosté sufriendo los efectos de un resfriado infernal. La nariz es una fuente, los ojos me lloran, toso sin cesar y al toser parece que va a reventar la parte izquierda del cráneo, así que tengo ya en la cabecera una toalla bien espurreada. No es un resfriado cualquiera, es uno de primera. Son las dos de la madrugada y pronto serán las tres. Llevo dos horas así, aunque la verdad sea dicha, no sufro demasiado porque estoy un poco zombi; deduzco que el cerebro ha puesto en marcha la fábrica de endorfinas para que la realidad sea más llevadera.

Me siento al borde de la cama y me digo que debería escribir los sueños tan fantásticos que me acompañan, que tienen su aquel. Pero no tengo ganas ni fuerza, así que me vuelvo a tumbar y a seguir aguantando esta tormenta, porque están a punto de ser las tres y es justo el momento álgido de la noche. Y a partir de las seis la cosa se suavizará algo. Lo sé por experiencia.
Las tres, hora en que el cuerpo flaquea.
Trabajé durante cinco años en un centro hospitalario en Paris, en servicio de noche. Doce horas de trabajo, aunque trabajo, decir trabajo, no era; más bien era vigilancia, pero la noche es muy dura aunque se pase sentado. Una tarde- noche de tantas llegaba a las ocho, la enfermera me pasaba el relevo y me advertía, en este caso, que monsieur Chevalier había aguantado sorprendentemente todo el día pero que de la noche no pasaba. En efecto, a eso de las tres, monsieur Chevalier se despedía de este mundo y dejaba la habitación libre para otro. Pude comprobar que la mayoría de los fallecimientos se producían en torno a las tres, y sobre todo entre las tres y las seis. El hecho de trabajar doce horas nos daba derecho, por ley o convenio, a descansar tres horas en una habitación con una o dos camas plegables .Normalmente trabajábamos tres personas por servicio. La hora de descanso la repartíamos en dos turnos: uno de doce a tres y el otro de tres a seis .El primer turno era el preferido de todos, porque cuando te levantabas a las tres, te lavabas y te desperezabas enseguida. Sin embargo, el de tres a seis, el sueño era mas profundo y el despertar más pesado, más lánguido y tardabas más en recuperar el tono. Estaba claro que los ciclos te inducían a un estado u otro en función de la hora y que el organismo está sometido a esas vibraciones cósmicas de la noche. A mí que me gusta hurgar en el porqué de las cosas me puse a elucubrar sobre este fenómeno. Pensé que esto se debía, llegada la noche, a cambios del campo electromagnético donde gravita la tierra y a un sinfín de fenómenos cósmicos que sin duda influyen en la regulación de los ciclos en el organismo. Puede parecer una teoría fantasiosa, y quizás lo sea, no sé, pero tengo claro que hay algo que desconocemos. De todos modos, a nadie le interesará estudiar estos fenómenos porque morir a la una, a las tres o a las seis, supongo que da igual.
Quizá lo que escribo no interese mucho, porque todo el mundo sabe lo que es un resfriado aunque sea uno tremebundo como el mío.
Pero yo sigo ahí peleándome con él y son ya las seis y a partir de ahora aflojará algo. Como tengo fiebre y aunque soy reacio a tomar medicamentos, no queda más remedio que tomar un Paracetamol. Leo el prospecto, aunque casi mejor es no leerlo porque meten miedo los efectos secundarios. Este puede afectarte al hígado y te puede provocar una hepatitis que te deja patitieso. Sé que el médico me mandará antibióticos porque me huele que esto va camino de una bronquitis aguda, y esos sí que son de cuidado. Te pueden provocar mareos, vómitos, problemas psiquiátricos, convulsiones, diarreas, infarto, y muchas más cosas y te puede dar un telele que te manda sin contemplaciones para el otro barrio. A pesar de que el antibiótico es como una bomba de relojería, me lo tomaré porque no hay más remedio. Lo que dice el prospecto es verdad, y los laboratorios se curan en salud, primero ellos, por si acaso, aunque no conozcamos a nadie que haya palmado debido a los medicamentos, pero haberlos hailos.
La culpa de que lo que estoy contando la tiene el aire acondicionado de los autobuses de línea Madrid -Salamanca, Salamanca - Vitigudino y viceversa.
Días atrás, un domingo de madrugada, a las ocho, salí de Madrid con destino Salamanca en un autobús de línea regular. Viajábamos cuatro gatos, menos de la mitad de las plazas. Pasando Ávila me dice mi hermano Jose: ¿no sientes frío?
Si, me estoy quedando engarañado, le dije, sin advertir que engarañado es una palabra local de la infancia que significa más o menos encogerse de frío; pues vestía pantalón corto y camisa y el aire acondicionado empezaba a enfriar demasiado.

Voy a decirle al chofer que no lo ponga tan frío, le dije.

Disculpe, señor, el aire acondicionado enfría demasiado. Tocó con la mano derecha unos botones sin decir nada. Regresé a mi asiento pensando que todo estaba solucionado. Parecía que se atenuaba el frío. Pero media hora después, de nuevo comenzó a enfriar demasiado. Voy a volver a decírselo.
No merece la pena, me dijo José, en menos de veinte minutos estamos en Salamanca. Es igual, José, no me da la gana soportar este descontrol del aire, ni veinte minutos ni tres, y me levanté para volver a recordárselo.
El aire es demasiado frío otra vez, señor.
Está a treinta y un grados, dijo.
¿Treinta y un grados de qué? eso es la temperatura exterior, le dije. Volvió a tocar unos botones mientras seguía a lo suyo como si estuviera tocado de un golpe de luna; ni me veía ni me escuchaba.
No quise discutir más por no distraerlo. Al regresar a mi asiento observé que buen número de pasajeros se cubría el cuerpo con una chaquetilla o lo que tenían a mano.
¡Comodones, que sois unos comodones, no levantáis el culo del asiento así os quedéis congelados, que protesten los demás, que todos nos beneficiaremos, comodones!
Al bajar en Salamanca le pedí el libro de reclamaciones. No lo tengo, me dijo, pídalo en la taquilla donde expenden los billetes. Así lo hice. Expuse lo sucedido y me quedé con el resguardo.
A los pocos días recibí una carta de la empresa:”Aunque no nos encontrábamos presentes al ser atendido por el conductor, le rogamos no obstante nos disculpe, y con los datos que nos facilita procedemos a pasarlo al responsable y a la Dirección de Recursos Humanos…
Agradecemos que nos haya puesto en conocimiento estos hechos afín de actuar como procede…Atentamente.”
¿Quién ha dicho que no sirve de nada protestar? ¡Comodones!

En el 93 trabajaba en Salamanca. Me disponía a viajar hasta Ponferrada en un autobús de línea regular y antes de subir se me ocurrió comprobar el estado de los neumáticos. No creo que fuera por curiosidad, pues recuerdo que por aquel entonces hubo varios accidentes de autobuses, siempre con viajeros del Imserso, en todo caso jubilados: uno porque reventó un neumático, otro porque volcó en una curva, y en ese plan. Una de dos: o le ponían autobuses changados o chóferes zumbados. El caso es que muchos pobres jubilados dejaron de cobrar la pensión para siempre .

En mi ronda particular descubrí un neumático liso, completamente gastado, y los muy pillos lo habían colocado en la parte trasera donde lleva un par de ruedas de cada lado, pero en la parte interior para que no se viera. Reconozco que subí al autobús no sin canguelo y rogando a San Cristóbal. Esto no puede quedar así, me dije. Lo puse en conocimiento de la policía en Salamanca. A los pocos días me contestaron que el asunto estaba ya en manos de la Conserjería de Transporte de Castilla y León .Como pasaba, por razones de trabajo, delante de la estación de autobuses, pude comprobar con cierta alegría, pues conocía el número de la matricula, que habían cambiado la rueda peligrosa.
¿Que no merece la pena protestar? Comodones, que sois unos comodones, que no levantáis el culo del asiento así os congeléis, que protesten los demás, es más cómodo. Así nos luce el pelo.

Me libré del resfriado en el viaje Madrid -Salamanca pero a la vuelta ya no me escapé. El autobús de Vitigudino a Salamnca, a las cuatro de la tarde, hacia gala de su potente aire acondicionado. No le di mucha importancia. Me confié demasiado. Una hora después, en Salamanca empalmé con el enlace de Madrid. También me confié, pues ahora había previsto una chaquetilla, por si acaso, y no creí necesario protegerme. Craso error, pues hubo un momento en que sentía frio y vi como una señora de unos sesenta y muchos años se dirigía al conductor para advertirle del frío. ¡Menos mal! , ya somos dos a protestar. ¡Comodones!
Veo que andan por ahí los del 15 M; ¡indignez-vous ¡ Siempre vamos a la zaga de los gabachos. Nada, unos románticos que volverán a su guarida cuando llegue el invierno con el frío. A estos los políticos los torean bien.
Yo, en cambio, estoy más que indignado por el mal uso del aire acondicionado que te puede llevar a pasarlas canutas, como ahora que son ya las diez de la mañana y me quedaran tres o cuatro días ,como mínimo, para recuperar.
A pesar de estos calores, en lo sucesivo viajaré con la chaquetilla bajo el brazo para protegerme del frío en los autobuses, porque está claro que, lo primero es la salud. Félix.



19 julio 2011

Tiempos de siega

Cada tarde cuando se acaba de poner el sol, me siento en el poyo de la puerta para ver pasar los segadores que regresan del campo. Trabajan de sol a sol y al rachisol como dice mi abuelo. Pasan con los sombreros y la hoz en la mano, envuelta en unas tiras de paño para no cortarse; con el botijo, la camisa remangada; uno lleva unos dedales de cuero rígido que se enfundan en los dedos para evitar cortarse con la hoz, y parece que vienen contentos porque no paran de charlar. El Arcadio que es vecino, saca la palangana a la calle. La llena de agua fresca. Se quita la camisa para lavarse. Se chapuza hasta la cabeza como los pájaros en las fuentes. Lo que más gracia me hace es que tiene los brazos hasta por encima del codo color café tostado y de ahí para arriba y hasta el cuello la piel es blanca como la cal. El cuello y la cara también están tostados pero de media frente para arriba, hasta donde le cubre el sombrero, la piel es lechosa. Pero yo sé que cuando pase el verano la piel se vuelve del mismo color. La siega es el trabajo más duro de todos los del campo; eso dice mi abuelo .Yo soy aun pequeño y ni siquiera mi abuelo me ha llamado para entresacar de la mies los largos tallos del centeno con el que forman el vencejo para atar los manojos en la siega, tarea que hacen algunas veces las mujeres. Un día que segaban cerca del pueblo, acompañé a mi abuelo, a mi tío Agapito, y a mi tío Indalecio. Mi abuelo que es muy precavido, lleva en una petaca unas bolitas que llamamos” pedo o peo de zorra”, que es una especie de bola blanca gruesa como una cereza que aparece en el campo como las setas en época húmeda. Yo cuando las veo entre la hierba las recojo y se las entrego a mi padre. Con el paso del tiempo la famosa bolita se vuelve color pardo, la piel se arruga y la carne de dentro se vuelve polvo pardusco, y es ese polvo con el que se curan los cortes. Mi padre cuando se corta al afeitarse se lo aplica y santo remedio. Un día el Inocencio, se metió un tajo en la pierna con la hoz. Le aplicaron el “peo de zorra”, le ataron un pañuelo y regresó a casa tan campante. El médico, que usa palabras raras, dice que ese polvo es hemostático y antiinfeccioso porque lleva antibiótico. Yo me digo que el labrador que lo descubrió era un genio y sin estudiar sabía más que el médico. Mi tarea es llevarles a mi abuelo y tíos el botijo de agua fresca que cojo en el pilar de Fuente Lejos, que es muy buen agua. Mi tío Indalecio no tiene dedales pero tiene una zoqueta que coloca en la mano izquierda para no cortarse con la hoz. Me dice que hay que dosificar el agua. Dice que dosificar es beber poquito a poco, sin abusar, porque con el calor cuanto más se bebe más sudas, y más agua te pide el cuerpo, y eso no es bueno, que por eso se comen embutidos y queso bastante salados, porque la sal retiene el agua en el cuerpo y así siempre hay una reserva, así que el ha dicho: cada cuatro surcos segados, un trago de agua, y yo estoy al tanto y le llevo el barril; él calcula todo muy bien. Yo admiro a mi tío Indalecio porque además de ser un pedazo de pan, como dice mi abuela, me parece que lo sabe todo y aprendo con él casi tanto como en la escuela. Sé que es un trabajo duro porque hay que estar con todo el espinazo doblado, mirando al suelo y respirando el calor que desprende la tierra. El Arcadio se queja que al final del día está baldado de los riñones de estar agachado. Él que es muy alto, dice que lo pasa peor que el Emilio que es muy bajito porque al doblar el espinazo si se es bajito se sufre menos. Entonces deduzco que todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes: para segar mejor es ser bajito. Quizás para apañar la fruta de los árboles sea mejor ser alto. Yo soy muy bajito, y mi abuelo, el alto, me ha dicho que estudie para no tener que segar, que la mejor empresa es el Estado, y que muchos se jubilan a los cincuenta años o poco más y me lo estoy pensando. Pero yo no daré la talla para ser ni policía ni guardia civil aunque ser eso no me gusta nada. Mi abuelo quiere que me quede en el ejército cuando vaya a la mili que allí no exigen ser alto. No había caído yo que para algunos trabajos es peor ser muy alto, lo contrario de lo que creía, además mi otro abuelo, que es muy bajito, me ha dicho que no me preocupe, que los hombres no se miden por la estatura sino por la frente. Pero yo veo que los altos presumen de ello como mi amigo Esteban, que estira el pescuezo como un gallo cuando está entre amigos. A mi me da igual no ser alto. Lo que si quisiera es ser fuerte, aunque sea bajito, como el Nicolás, que le ha zumbado más de una vez al Esteban por muy alto que sea. A mi me gustaría ser como él para darle un par de puñetazos al Mateo que cuando lanza la peonza y es la mía la que está en el suelo dice que a ver si me la puede desganchar y abrir en dos, el muy canalla. Un atardecer cuando salíamos de la iglesia en una novena, empezaron el y otros a buscar pelea: los del barrio de abajo que eran ellos contra nosotros, del barrio de arriba. Me persiguió hasta la tienda de la Eulalia, allí le planté cara porque estaba con mi hermano, más pequeño. Lo tenia casi en el suelo pero se enderezaba, entonces le dije a mi hermano ¡que estás mirando, échame una mano, hombre! Y entre los dos lo doblamos hasta el suelo. No volvió a fastidiarme. Por la mañana no veo a los segadores porque salen al romper el día. Algunos días pasa la Margarita que es casadera y está de rechupete, aunque Ventura, el hijo de Alonso el carnicero, me porfía que no es como yo la veo sino que está entrada en carnes, que de eso sabe más que yo, y le respondo que qué más quisiera él, que el único culo que ha palpado es el de las ovejas machorras que le venden a su padre, y se troncha de risa. Margarita siempre va sentada en la albarda a mujeriegas, con un paño sobre las rodillas porque dice que solo pensamos en mirar sus piernas cuando va en el burro. Lleva una cesta de mimbre con el cocido para los segadores de su padre que tiene muchas fincas. Después de comer, hacia las dos, se tumban entre los surcos a la sombra de un roble, que en mi pueblo hay muchos, y duermen la siesta hasta las cuatro de la tarde porque el calor es insoportable a esa hora y es la única forma de combatir la galbana. Las mujeres, cuando pueden, ayudan a juntar los manojos en hacinas. Todo el mundo se pone contento cuando ha terminado la siega, porque es muy duro. Mi abuela, como la demás gente, reserva los mejores quesos, chorizos, jamón y otros embutidos para la época de la recolección y dice que hay que alimentarse muy bien para aguantar. Yo siempre ando rondando su casa a la hora de la merienda porque sé que siempre cae algún trozo de jamón.
Ahora nos han dado vacaciones en la escuela y tengo todo el tiempo para jugar y andar buscando nidos hasta que empiece la trilla. Me voy a la charca de Vallito Redondo que está secándose y con mis amigos metemos la mano en el agua fangosa y sacamos renacuajos. Después cogemos barro y apostamos a ver quien hace mejor un nido de golondrina en la pared del prado junto a la charca. Como no dejamos secar lo suficiente el barro, al final se cae. Le he preguntado a mi abuela que cómo saben las golondrinas que el mejor barro para el nido es el de la charca. Me ha dicho que son aves sagradas y que nunca hay que perseguirlas y menos matarlas, que están bendecidas y guiadas por Dios porque le quitaron la corona de espinas a Jesús en la cruz. Mi abuela sabe mucho de eso porque siempre que puede está leyendo el misal y quiere que yo lo lea también para ser bueno y ganarme el cielo. Yo le digo que ya he sido monaguillo y me sé el Pater Nóster y otras letanías en latín, y que creo que ya me he ganado el cielo, y ella se pone muy contenta. Me da un trozo de jamón y después me largo a jugar con mis amigos hasta el oscurecer. Félix.

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