26 noviembre 2012

Tiempo otoñal


 El otoño zarceño no falla a su cita. De unos años a esta parte, salvo el año pasado que no nos trajo agua y nos fastidió, los otoños suelen portarse mejor que las primaveras que, por estos lares, tan pronto te permiten ir en mangas de camisa, como cae una helada que arrasa los frutales en flor. Ya hace muchísimos años que esta tendencia se repite. Así que el otoño aparte  de ser un  regalo para la vista,  es un manjar para el ganado, pues el maraojo  está en su punto y luce su verde propio y tierno por todo el término para mayor placer de las ovejas y de sus recentales que maman a placer.
La foto donde aparecen el mastín y el buitre es de poca calidad porque está algo movida ya que el sol se estaba poniendo y había muy poca luz, pero a mi me parece interesante por la estampa campestre que representa. El Perro estaba comiendo una oveja o algo parecido y no dejaba entrar a los buitres. Después de hacer la foto con el zoom muy rudimentario, me retiré a la chita callando para que no se enterara el Mastin y me di cuenta del peligro que había corrido, pues estaba en su territorio y mi presencia la hubiera interpretado como una agresión, y ante un bicho de estas dimensiones un palo o la cayada como defensa no sirven de nada. En fin, no se enteró y no pasó nada.
Félix.

01 noviembre 2012

Recordando a mi primo Adolfo.

Hoy, querido primo, es un día más para recordarte, por eso escribo estas letras, para recordar, para que queden grabadas como tú dejaste grabado tu pensamiento en tus libros, y en las ondas de radio, y en la universidad, y en los barrios obreros abandonados a su suerte, y en tantos y tantos lugares, antes de dejarnos para siempre. Pero tu caminar por este mundo ha quedado grabado como la piedra labrada que identifica a su autor, al artista, al hombre apasionado por la vida dedicándose a los demás como tú lo hiciste. Por eso Adolfo, no puedo olvidar tu obra y por eso quiero recordarla en unos párrafos que tú nos dejaste y que recojo con el orgullo de primo, con el orgullo que nos legó nuestro abuelo Ángel, grande y noble donde los hubiera. Así que es un orgullo para mi transcribir:”La canción del rabadán.” Tu canción, la que siempre seguiré escuchando y, que a buen seguro, suena en el Más Allá.

Félix.


LA CANCIÓN DEL RABADÁN.

-¿Tienes miedo?
Mentí:
-No tengo.
Y luego el silencio, solemne, trágico, como si fuera la carne de la noche pegada a todos mis huesos. Y luego un búho mirándome desde la encina de enfrente con sus ojos terriblemente asustados. Y luego una esquila que sonó, removiéndose en el cuello de la oveja, esparciendo el sonido sin manchar el silencio. Y luego…
-¡Tienes frío?
No mentí:
-No tengo.
No sabría si era nostalgia, angustia, o pesadez de todo mi cuerpo lo que sentía. No, frío no.
Ya verás -dijo mi primo-.Esto te gustará.
Se levantó. Su figura se recortaba en las peñas, como un premio que la luna le daba.
-Tú espera,-me dijo.
Caminaba con él la noche, el silencio y la luna sobre sus espaldas.
Caminaba lentamente, igual que los ministros cuando suben al altar, con majestad, con misterio. Algo de rito sagrado poseía mi primo aquella noche. Mis ojos no se apartaban de su espalda, de su chaleco raído, de sus abarcas, del pelo revuelto por el viento invisible, de toda su figura. Mi primo era un dios derrotado a quien la noche, el silencio y la luna intentaban seguir asegurando que era un dios.
-Es esto –me dijo.
Traía en la mano una flauta de caña.
-¿Te gusta la música?
-Claro.
Voy a tocarte”La canción del rabadán.” Ven.
Cogio mi mano. Apretó con fuerza; quería inyectar todo su misterio dentro de mi cuerpo. Yo lo deseaba. Quería ser como mi primo: abandonado a todo y queriendo abarcarlo todo. Subimos a la “peña alta”.La luna nos alumbraba la cara. Los ojos de mi primo lucían de forma distinta, algo parecido a los del búho de la encina, pero con otra cosa: había sonrisa y dolor en sus ojos al mismo tiempo; un mundo extraño danzaba en sus pupilas. No daban miedo los ojos de mi primo, no, daban confianza, aseguraban a uno.
-Ya verás. Cuando comience a tocar sonará la esquila de la “nevada”.
Sonrió como diciéndome:” No, no es u n truco. Los trucos únicamente se utilizan para ganar dinero. Aquí no se gana dinero; aquí tocaré para ti, exclusivamente par ti.”Quise decirle que no había pensado eso, pero le pregunté:
-¿Quién es ” la nevada”.
-Aquella oveja que se movió antes.
-¿Por qué la llamas así?
-Nació en una noche de frío. Casi se muere. La bauticé con nieve, ¿sabes? No murió.
¿Era así mi primo? ¿Quién sabia que bautizaba a las ovejas, que inventaba nombres bonitos y que se le agrandaban los ojos cuando decía:”No murió”?
-¿Y pones tu el nombre a todas?
-Claro. ¿Quien si no?
-El amo.
Los amos no entienden de estas cosas.
Y luego, como una sentencia que jamás se ha borrado de mi mente:
-Para bautizar a las ovejas hay que vivir con ellas: amarlas. Los amos no aman a las ovejas; solo desean su lana, su leche y sus corderos. Para amar a las ovejas hay que sufrir con ellas, y los amos no sufren.
¿Tú si? –me atreví a preguntarle.
Mi primo me miró con pena. Se llevó la flauta a los labios. Dijo simplemente:
-Escucha.
Y mi primo tocó. Y “la nevada” le acompañaba con su esquila. Y la noche temblaba sin verse. Y yo sentía una cosa alegre bailándome en el pecho: alegre y triste a la vez.

El búho abrió más los ojos. La luna ponía cara de risa. Mi primo se recortaba en la “peña alta” como una estatua cincelada en la noche. Su música seguía siendo de silencio, de nostalgia oculta, de misterio. No había palabras; solo notas que subían, subían hasta las estrellas. Pero yo entendía todo lo que tocaba mi primo. Lo entendía así:

“Aquí está mi dolor, junto a las estrellas y en la
noche. Todo es mío. Me pertenece todo: el río
de abajo, las charcas dond beben las ovejas, las
encinas, los pájaros que ya no se asustan, la
tormenta, las piedras frías y las piedras
calientes, el sol y los lagartos que salen al sol y
las ramas de las encinas, y la sombra; la soledad,
los corderillos que nacen, la lluvia
cuando cae y me empapa, la manta que me
cubre por la noche, el zurrón y la honda. Y el
frío, y el silencio, y la luna a lo lejos. Todo es
mío. Todo. Menos las ovejas.”

La flauta aquí producía un sonido extraño, un gemido angustioso, como una voz de hombre que se queja y nadie le escucha. Era como si la flauta tuviera lágrimas y el sonido fueran lágrimas y mi primo fuera una lágrima inmensa y gorda que regaba las piedras y daba de beber a las ovejas. Así continuó sonando la flauta:

“Todo menos las ovejas. Esas son del amo. Yo sé que
ellas me quieren. Las llamo por su nombre y vienen; me
lamen los calzones, les doy pan en la boca, es toco la
flauta, me lamen la cara…Quieren que yo sea de ellas,
quieren ser mías. Y ellas comprenden que no puede ser,
que hay una barrera terrible entre los hombres, una
barrera que se llama “dinero.” Ellas lo saben, aunque no
puedan expresarlo. Pero cuando lamen mis manos yo
comprendo todas sus palabras, el ansia que tienen de
poder gritar que la injusticia no solo se ve en las grandes
ciudades sino también en el campo y en este cuerpo de
los hombres que se llama RABADÁN.”
La flauta calló.
Mi primo quedó apretándola con fuerza. Ahora su estatua era terrible. Ahora el dios se había convertido en piedra. Quise decirle algo pero no me salía nada. “La nevada” había callado también. De nuevo el silencio. El búho cerró los ojos. La luna quitó claridad. La tragedia se movía sin ruido. Parecía que “peña alta” llevaba vida en su vientre de piedra.
A lo lejos, reventando el silencio sagrado de la noche, se inició un aullido que fue agrandándose hasta ocupar toda la sierra. Las ovejas se removieron. Sentí miedo. Una nube tapaba la luna. Miré a mi primo. Seguía igual: estático, clavado a la peña con su flauta de caña en los labios. Noté que caían de sus ojos lágrimas tristes. El aullido creció más. Se metió en mi cuerpo. Sentí un miedo atroz.
-¿Oyes? –le dije.
Es el lobo –respondió sin mirarme.
-¿No tienes miedo?
No mintió. Dijo:
-Al lobo, no. Solo tengo miedo a los hombres.
Y siguió llorando.

Adolfo Carreto.
Madrid-1970.





12 octubre 2012

Canto a mi pueblo


                                
Tuve la suerte de nacer aquí, en La Zarza de Pumareda, ya hace algunas primaveras o inviernos, porque  en invierno nací  .Es obvio que nadie elige donde nacer, algunos incluso ni llegaron a  nacer pero, puesto que a mi me tocó La Zarza, quiero dar las gracias,  si es que hay alguien  a quien dárselas, otro que no sean mis padres. A ellos les debo haber velado por mí hasta que alcé el vuelo en pos de un mundo mejor, porque dicho sea de paso, mi pueblo estaba muy limitado en recursos naturales y la oferta laboral y cultural, cuando se aspira a algo más, había que buscarla fuera. 
Y en ese deambular por el mundo puedo hoy considerar que tuve suerte de nacer aquí:
Porque me libré de nacer allí donde le ponen un fusil en los brazos  a los diez o doce años para matar gente.
Porque me libré de nacer allí donde te cortan el pie o la mano (sobre todo a los más humildes) por haber robado.
Porque me libré de nacer allí donde los niños mueren abandonados en la calle salvo cuando son recogidos ,los que tienen suerte, por la Madre Teresa antes, y otras madres Teresas después .
Porque me libré de nacer allí donde lapidan a las mujeres y ahorcan a homosexuales por el mero hecho de haber nacido así.
Porque me libré de haber nacido en un lugar donde los más humildes huyen de las dictaduras arriesgando en su huida recibir un balazo o despeñarse por un barranco.
Porque me libré de nacer allí donde desde la infancia lavan el cerebro para que seas otro que tú mismo.
Porque me libré en suma, de haber nacido allí donde el ser humano es una mera mercancía, un objeto de trueque, una vida sin voz, un animal feroz.


Por eso hoy quiero cantarte mi Zarza querida:
Porque tú eres el agua cristalina 
que me sació, 
y en tus campos brotó el pan 
que me alimentó, 
y el viento se llevó las canciones 
llenas de amor,
que  aun sigo es cuchando
al salir el sol

Y con tus veranos tórridos de sudor y polvo, y los inviernos gélidos de nieve y carámbanos, aprendí a valorar en su justa medida las otras dos estaciones: las primaveras con los aromas y coloridos más sublimes, y  el otoño  con el sosiego de sus colores  revoloteando al viento antes de formar la alfombra multicolor que se desvanecería después para alimentar la tierra y resucitar de nuevo en cada primavera, año tras año y ya para siempre. Por eso y más cosas, vuelvo la mirada hacia ti por la suerte que tuve de nacer bajo las tejas de este pueblo humilde y a la sazón libre.
       Canción.
Nace el sol y con él las flores,
La lluvia riega los campos, 
De mil colores,
Aunque  se hayan marchitado,
Las oraciones.
El campesino siembra esperanzas
Y abre los brazos,
De la alabanza.
Cuando el fruto abre el camino
De la bonanza.

Y ya  recogido el fruto
Nadie se acuerda 
Del camino  regado
Con sudor,
Del arado templado 
Con amor,
Del cielo que quiso,
Mimar la flor,
Del campo de mi pueblo
Al que canto yo.
Tra la-rala,
Tra, la- rala,
Tra la-rala,
La-laaaa.

Félix.







28 septiembre 2012

Las chimeneas que fueron.


                           

En mi pueblo todas las casas tenían chimenea cuando yo me criaba, y por eso crecí con ellas. Las chimeneas eran el reflejo del hogar. La abundancia de chorizos y jamones  colgados que se ahumaban sin prisa en torno a ella, marcaba la diferencia entre unos y otros, porque algunas chimeneas eran huérfanas de estos manjares. La chimenea era el centro de todo: allí se calentaba el agua para lavarnos, se calentaba el ladrillo o la teja que iba a los pies de la cama en invierno, y qué sensación más rica en los pies cuando las sabanas estaban heladas, la chimenea te secaba cuando llagabas mojado de la calle, la chimenea lo resolvía todo. La chimenea era el lugar acogedor por excelencia: allí se cocinaba a lo largo del día, entorno a ella comíamos, sobre todo en invierno, allí escuchábamos las historias, los cuentos que nos hacían soñar, las oraciones de la madre o abuela, los avatares del día a día contados por  cada cual, como un diario que iba escribiendo nuestra historia, allí se aprendía a respetar a los abuelos, a los padres, y la educación empezaba entorno a la chimenea.
“Toma, pon este pulpo sobre las brasas. Dale la vuelta que se te tuesta demasiado. ¡Ya está madre! ¿Lo cojo? Esperar,  impacientes, que sois unos impacientes, yo me encargo de eso, que os podéis quemar; y aquello olía a gloria. Después rascaba la costra quemada y a repartir el pulpo asado, ¡y sin pelearse! Dijo mi madre. Otro día le tocaba al membrillo asado bajo la vigilancia siempre de mi madre, como todas las madres que velan, que educan, que te enseñan paso a paso a correr y más tarde a volar.
Y qué decir del pan untado con manteca que era la mantequilla del pobre, y del rico, aunque el rico siempre tenía. Aquel pan tostado sabía a gloria porque era pan de harina de trigo puro, amasada con  arte y con amor y por eso siempre queda el recuerdo de aquel pan que, aunque no fuera abundante, nunca nos faltó.
Y no había chimenea que no fuera morada de golondrinas cuyo trino parecía jalear nuestras discusiones. Y la noche de Reyes por allí entró el Rey Mago para dejarme los regalos, según me dijo mi abuela, y era factible porque era muy ancha. Resultaba  agradable, reconfortante, el ronroneo de la olla o el pote de barro cociendo las alubias, o los garbanzos, o las patatas, y el sofrito que al final de la cocción perfumaba la cocina entera. No había nada más generoso que una chimenea ya fuera de rico o de hogar humilde.
Y cuando el pastor llegaba  caída la noche, aterido de frío aquellos días de carámbano y ventisca…”Anda, caliéntate”, le decía María a Liborio que era el pastor que guardaba las ovejas de muchos y que cenaba en casa de todos. Y Liborio se desentumecía las manos y, ya caliente, con su barba de cinco días, daba buena cuenta del plato de patatas humeando, y del farinato o morcilla que María había guisado, cuyo aroma aireaba la chimenea delatando  la cena de cada cual al pasar la calle. La vida  de cada día empezaba y terminaba con la chimenea, como la llama  que surgía de  los leños  para acabar en cenizas, como la vida misma. Chimenea generosa, humilde, donde reposaban los sueños antes de soñar durmiendo aquellas noches de invierno.
Y Era sobre todo en invierno, justo antes de caer la noche, cuando las chimeneas arrojaban al viento el humo que anunciaba la hora de la cena y de recogerse. El humo unas veces se estiraba hasta el cielo, otras se apelmazaba cubriendo las miserias de algunos tejados, otras el viento imponía su dirección. Desde el altozano Cotorro, me recreo observando el espectáculo de decenas de chimeneas tosiendo humo sin cesar. “Aquella que echa el humo tan negro es de tío tal…y la otra de humo gris, de fulano, y la otra que tarda en arrancar sé de quien es porque o tiene poca leña, o es un tacaño, que de todo hay.” Y el humo expiraba poco a poco anunciando el final del día y la hora de cenar, apurando  luego el  pertinaz bostezo que te empujaba a la cama.
Pero de todas las chimeneas había dos  mellizas que humeaban como ninguna al amanecer y volvían a las dos horas con el mismo entusiasmo para anunciar al pueblo  el sustento diario que no le faltaría. Todo el mundo se guiaba por ellas, sentía los aromas más deliciosos y suaves  que ellas nos regalaban, eran además el reloj que nunca daba la hora pero que todos sabíamos ,sin embargo, la hora que era cuando su aroma se expandía  y permanecía flotando en el barrio hasta que alguien se exclamaba:”¡Caray! van  a ser ya las once.¡Qué bien huele el pan del tío Angelín!,( mi abuelo), que nos dejó el mejor recuerdo de su pan y del aroma que salía a borbotones cuando abría el tiro para aliviar el calor del horno, mientras cocía las setenta hogazas doradas que eran el oro del hogar, y  se volvía a escuchar: “Ya está listo el pan del tío Angelin!¡Que bien huele, qué rico! El pan que llegó primero a la nariz que al estómago. Hechizo de un tiempo pasado que sigo añorando, aunque las chimeneas de mi pueblo sean ya un mero testimonio de  ese tiempo que se esfumó como el humo para nunca volver.
Félix.

21 septiembre 2012

La mentira.


                                  

Según la RAE la mentira es la expresión de un juicio que no corresponde a la verdad, siendo consciente de ello la persona que emite tal juicio.

Estamos viviendo unos tiempos en que lo que manda es la mentira. Si sabes mentir o si eres un mentiroso fino, fino, tienes un gran  porvenir, sobre todo en la política, porque la política es el arte de mentir, o al menos a mi me lo parece. Se nos mentía cuando Franco por intereses patrióticos, siempre la Patria como escudo, se nos sigue mintiendo en democracia por lo que en esto se parece mucho a la dictadura.

 El gran mentiroso se vuelve una persona lista por arte de magia, a veces admirada por el rédito que le saca a la mentira y así llegamos al momento actual donde nada es verdad o casi nada, o nos venden  medias verdades, y en la política que lo invade todo nos lo muestra a diario. En el Congreso de los Diputados es corriente que un político le diga a su oponente:”Usted miente” y el otro le replica:”Usted si que miente sabiendo que no es verdad lo que dice.” En fin, que entre mentirosos anda la cosa, por lo que se deduce que el pueblo ha elegido a representantes mentirosos  a sabiendas o no, esto cada votante lo sabrá.  Decía Zapatero:”Tenemos el sistema financiero mejor saneado de Europa” y le faltó decir del mundo, o quizás lo dijo .El resultado es que no paramos de inyectar miles de millones  de nuestro dinero a la banca y los políticos insisten que no le damos dinero, que se lo prestamos, otra mentira porque sabemos que eso que llaman la ingeniería financiera es capaz de muchas cosas, nada buenas para el currito que ha entregado su dinero al Gobierno.

Luego están lo que llaman las Autonomías  Históricas, otra mentira porque históricos somos todos,  en España, Castilla, como la que  más, aunque ya sé que los gobernantes vascos, (que no los ciudadanos) se empeñan en hacernos creer que son descendientes directos del Hombre de Cro-Magnon o Cromañón, o de Adán  y Eva y  esas cosas. Y así los vascos y las vascas, vasquitos y vasquitas, a los que aprecio mucho, aprenden en la escuela una mentira nacional. Igual que los catalanes, (los políticos, que no el pueblo) que tienen su propia versión de la Historia, para que la historia se acuerde de su egocentrismo, como los salvadores de la patria, catalana en este caso. Lo de los gallegos es cosa distinta porque meigas, haberlas ahílas.  Y así se va configurando la gran mentira nacional que es el deporte por excelencia gracias a los políticos.

Y llegó el profesor Zapatero y nos enredó aun más al descubrir, por si no nos habíamos enterado, que había que respetar las diferencia o el hecho diferencial. ” ¡Qué cosa más rara!”, me dije. Pero ¡quien anda por ahí a palos queriendo que todos seamos mellizos! ¿Quién? ¡Pues menos mal  que somos diferentes! Querría decir el profesor que Cataluña tiene su lengua propia. ¡Y qué! También Castilla tiene su lengua propia que además se habla en Cataluña, y en medio mundo. ¿Y alguien pide en Castilla un trato diferencial?  Puestos  a hacer demagogia estilo Zapatero,  para hecho diferencial  el de los franceses en cuyo territorio se hablan hasta seis lenguas y el francés es de uso obligado en todas las regiones, señor profesor.

Decía un ministro de la propaganda nazi que una mentira divulgada miles de veces se vuelve verdad. Y el poeta dijo que “nada es verdad, nada es mentira, sino del color del cristal con que se mira.”Lo que ocurre es que la casta política mira con un cristal diferente al del pueblo llano y ahí está la trampa. De modo que lo que manda es la mentira. Hasta tal punto es así que me pregunto si de verdad es cierto que he nacido en España .Menos mal que está escrito en mi pueblo, y lo escrito en mi pueblo va a misa.

Félix.