06 abril 2016

COSAS DE LA PRIMAVERA













 
La primavera hizo como que llegaba y nos engañó. De modo que la Pascua Florida no estuvo a la altura y nos defraudó. Razón tiene el señor lagarto de tomarla con la señora del tiempo, que con su predicción nos hizo la pascua de verdad. Ha llovido a gusto estos días pasados, también de noche para que los agricultores no se enfaden demasiado, con viento y frio, tiempo hosco, huraño, sombrío,  rácano a más no poder, invitando a no despegarse del sofá.
Los regatos han vuelto a correr como en sus mejores días, las ranas dejaron de cantar en las charcas, los pájaros que habían regresado anunciando ,como el cuco, su llegada, callaron, las flores recogieron velas y esperaron, la luna se escondió en su guarida, los gatos pendencieros se refugiaban en las tenadas,  todo parecía el inicio del invierno, pero no, estamos en primavera, lo ha anunciado hasta la saciedad la señora del tiempo, la que se gana el sustento mirando llover tras los cristales del estudio tomando un café, mientras el campesino sopesa las inclemencias de ese tiempo anunciado y gasta pienso y forraje esperando que la señora del tiempo le anuncie sol, sol y sol. Cada quien en su sitio.
Por fin, esta mañana amaneció vestida de primavera, de la de verdad, ¡alabado sea el Cristo de los Faroles!, con un sol radiante, el aire en suspenso, pero la noche dejó su pellizquito de helada, apenas visible, aunque avisando de que abril puede  revolver el rabo.

Entonces salí al campo con mi perrita Mona, para celebrarlo. Cielo limpio, azul profundo, las flores silvestres amarillas abrían sus ventanas al sol, el cuco me saludaba “cú, cu y otra vez, cú, cu”, y yo lo escuchaba a lo lejos en los distintos parajes; en los Navazos, en Valdemayas, en el Camino Cerezal, un cuco en cada zona; he pensado que a lo mejor era cuca, “¿y si todas fueran cucas, o todos cucos?”, me dije, pero creo que no, que deben regirse por la paridad que promueve el Gobierno.
Volvió la sinfonía primaveral, y  la abubilla con su  “bu, bu, bu”, el ruiseñor por su parte está haciendo las maletas para cruzar el estrecho de Gibraltar. Lo espero ya con impaciencia porque siempre anida al lado de casa, por algo será, digo yo. Los gatos tomaban el sol y yo me recreé sacándoles fotos.
La primavera ya no es la que era por estos lares zarceños del oeste salmantino rayando con Portugal. Antaño, en los años cincuenta y parte de los sesenta, el mes de abril era esplendoroso, por lo general, si jugabas al futbol te sobraba el jersey. Yo iba cada mañana para asistir al cura en la misa, con mi tupé, pantalón corto, respirando el aroma de los huertos y después en la sacristía la colonia de la buena del señor párroco, orondo él, como casi todos en la posguerra, lo que contrastaba con el paisaje. Olía muy bien, ya lo dije, lo que es de agradecer, muy parecido a la fragancia de la Marisol que era un moza jaquetona, decía mi abuelo (palabra más sobria  que jacarandosa), hija única, de padre funcionario, de vestir elegante, de peinados pomposos de altas lacas, y que disfrutó de una primavera perenne. El cura celebraba la primavera a su manera: alzaba el cáliz y echaba un trago de vino mistela, que bien rico que estaba porque lo probé una vez.
De modo que hoy es un gran día porque el sol ha vuelto y resucitan las primeras margaritas en el prado de al lado de casa. Esperaban ansiosas.
Yo también.

 

06 diciembre 2015

El roble ambarino de mi pueblo



                           

El roble ambarino de mi pueblo, por ahora en diciembre, anuncia la fiesta navideña y se suma a ella vestido de luces; el ambarino, su colorido último, que es otra forma de renacer.

El roble es el árbol emblemático de mi pueblo. Por donde quiera que  vayas, los robles te acompañan. Es un roble rechoncho, que se ha distinguido por su resistencia a las intemperies, que ha nacido para quedarse, así sea entre lastras donde sus raíces flirtean con las piedras y cantos rodados que aprisiona entre sus tentáculos para subsistir.  Se ha batido con las cencelladas, con la nieve y el hielo, con el cierzo, con el estío sofocante y guerreado con la sequía pertinaz, nunca se ha amilanado, y triunfó. Por eso su madera es dura como el pedernal, parejo a su prima hermana la encina.
Es nuestro roble; rechoncho, señorial en su juventud y achacoso en su vejez que, sin embargo, su cuerpo arrugado, resquebrajado por dentro, da cobijo a colonias de hormigas que encuentran en sus entrañas la protección en un ambiente climatizado: es un roble solidario.
No es roble de madera para hacer toneles, no, para eso está el roble francés, que es más corpulento, más altivo; ya se sabe: los franceses son así. Pero nuestro roble cumple con creces su misión. Siempre nos acompaña: Desde la cuna hecha con su madera, hasta en la despedida de este mundo, de cuya madera, el tío Juan “Carretero”, hacedor de carros y excelente carpintero, conseguía unas tablas para el féretro, a falta de madera de pino.
 De modo que nuestro roble nació para morir con nosotros. Que el invierno se ponía terco y montaraz, ahí estaba el roble proporcionando leña para la lumbre, para el horno, para hacer cisco, madera para los anaqueles en la cocina, para el tajo donde se sacrificaba el cerdo, para el escabel de la cocina, para tajuelas y artesas. Siempre el roble salía al paso para aliviarnos nuestro paso en el tiempo.
En la primavera se vestía de verde roble, claro está, y sus ramas daban cobijo a las aves, las tórtolas anidaban y criaban sus pichones, y alzaban el vuelo triunfantes, aunque no siempre, porque los chavales más de una vez le hurtamos un polluelo para admirar su corbata de adulto en la jaula.
En verano el roble con su  frondoso ramaje, proporcionaba sombra a los segadores donde encontraban el frescor reconfortante a la hora del almuerzo reparador: cocido al canto, queso, chorizo y lomo.

En septiembre alumbraba su fruto, el verde bellota despuntaba en sus ramas, bellotas para los chanchos, como decía mi abuelo Ángel a los cerdos, que así se llaman también. De modo que nuestro roble, antes de  despedirse para hibernar con nosotros, nos ofrece su último aroma, su último traje de luces: es nuestro querido roble ambarino.   

 

26 noviembre 2015

El verde otoñal de mi pueblo












 

 
 
 
 
 
El verde prado y el verde maraojo  ( maraojo llamamos a los primeros rizos del cereal, cebada o centeno sembrado para pasto de ovejas),son los verdes que tapizan el campo otoñal. El verde maraojo es un verde con varios tonos según esté más o menos crecido . Pero otros verdes lo acompañan, como el verde escoba o retama ,  el verde musgo, el verde pilar, y el verde carrasco que es un verde sombrío y terco, de ahí que su madera sea dura como la piedra con que se enredan las raíces. Los robles van perdiendo sus hojas, ahora verde ambarino, robles que despojados de su follaje y ateridos de frio, se levantarán una mañana de tantas, luciendo una cencellada de inmaculada y reluciente albura, destello efímero de la vida.

Los tres colores básicos  y dominantes del universo de mi pueblo son el ocre del estío, el verde otoñal  y el azul celeste. Los tres conforman y acompañan el discurrir de las almas que transitan con la mirada alta y serena,  o quizás  soñolienta, o nostálgica, que de todo hay en este mundo multicolor nuestro.
Por mi parte, y aun admirando el ocre y el azul celeste, me quedo con el verde otoñal, verde esperanza; asidero último.

 

01 noviembre 2015

El dia de Todos los Santos

Aquel día de Todos los Santos, hace  tantos años ya que me parece que ha pasado  un siglo, mi abuela desgranaba el rosario al pie de la lumbre rodeada de mi madre y hermanos; rezábamos a la memoria de mi tío Casiano que había fallecido recientemente en un accidente a sus 35 años. Las oraciones subían al cielo junto con el humo que se esfumaba por la chimenea que el viento hacia ulular añadiendo más misterio y reconciliación, si cabe, al momento.
Todo ha pasado, como el viento: Se fueron mis abuelos, mis padres, mis tíos y primo Adolfo que nos dejó demasiado joven. Con ellos me levanto y me acuesto, y sigo caminando hasta que el viento me diga:” Hemos llegado, amigo”, y yo le digo;” Espera un poquito”, pero no espera y se va, porque su sino es irse, para volver y  acompañar a los que vienen detrás, sin prisa, pero sin pausa, generaciones como todas, de paso, con los mismos deseos, las mismas inquietudes, las mismas ilusiones, los mismos temores y los mismos  sueños, sabiendo que todo pasa y que todo es efímero

Yo he recorrido los campos de Castilla la Vieja, y el reino de León, y me he detenido un momento ante los camposantos, porque ellos son un remanso de paz de los que fueron. Y he mirado la naturaleza del entorno, moldeada por ellos y entonces sé que esa naturaleza de árboles, plantas diversas y campo de mies, son ellos y entonces respiro hondo y me abrazo a todo ese universo de colores y aromas, porque son ellos, y con ellos prosigo mi transitar, ligero de equipaje, porque para qué cargar, si al final, todo me ha de sobrar.









11 octubre 2015

El tiempo de un beso


                                                           
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Así fue como se fue el verano. En mi pueblo junto al huerto, nos dejó buenos sabores, colores, y aromas, buenos tomates y todo lo que puede dar un huerto mimado como debe ser. Todo requiere su atención para dar su fruto; ya sé que hay quien no da ni golpe y pretende los mejores, pero eso es otro cantar. (Que nadie se dé por aludido; va por  los aforados)
El cielo puso de su parte para que no lo olvidemos. Las flores bailaron con la brisa, hasta una estuvo esperando su momento junto al mortero y allí, casi escondida  para que nadie la molestase, asomó al mundo  y disfrutó de su tiempo.
Ya todo está a buen recaudo hasta el próximo año: San Lorenzo y la Virgen de las Madrinas están en su lugar; las ovejas vuelven al redil, las semillas aguardan escondidas, los gatos ya no andan en pos de musarañas ni al acecho de un pájaro despistado, se van recogiendo al calor del hogar. El campo abrasado por el sol cambia su manto pajizo por el verde pradera o mejor; el verde maraojo. Todo tiene otro color y otro aroma; es el otoño que nos conduce al frío invernal de la meseta, que es frio zarceño y, todo pasó como el tiempo de un beso.