26 junio 2019

Las golondrinas zarceñas



 

Ellas son nuestras compañeras. no había chimenea en nuestra infancia donde no anidaran, nos alegraban la vida en la cocina, eran parte de la familia. Era un espectáculo ver como hacían el nido, pegote a pegote de barro y allí participaban de las tertulias junto a la lumbre.

Así que las golondrinas han sido desde tiempos inmemoriales nuestras aliadas. Nuestras aliadas porque eliminan miles de mosquitos diariamente, mosquitos dañinos para la naturaleza y para el hombre. Las golondrinas son especie protegida y por tanto, debemos respetarlas  y no destruir los nidos sobre todo cuando están criando.

Cada año  regresan de su exilio y nos alegran la vida. Cada día son menos las que  vuelven y eso es preocupante. Las aves, los pajaritos están en vía de extinción y eso es una tragedia, para el hombre y el medio ambiente. Los pueblos están cada día más vacíos, no solo de personas, sino de otras especies animales que son las que han contribuido al equilibrio de nuestro entorno, de nuestro mundo rural. No todo está perdido, pero si no ponemos remedio vamos camino de la despoblación general. Protejamos las golondrinas, y las abejas y todos los seres que son nuestros aliados. De momento las golondrinas se empeñan en compartir nuestra vida, esperemos que así sea para siempre.

22 mayo 2019

La primavera o la nueva vida

El mes de mayo siempre llega con sus coloridos. Cierto es que la primavera, de un tiempo a esta parte, ya no es lo que era; llega tarde y a destiempo, a veces con frio y heladas que dan al traste con los árboles frutales rebosantes de flor. Pero son los signos de los nuevos tiempos, el cambio climático que nos toca sufrir.

De todos modos, y aunque uno espera las mejores imágenes que no siempre llegan para inmortalizarlas,  el campo de nuestro pueblo sigue siendo generosos y  se viste con su manto variopinto donde predomina el amarillo escoba, la rubia, nuestra rubia, el morado cantueso de nuestro tomillo y los distintos tonos del verde, el verde roble el verde centeno, los distintos verdes  de la hierba y también el verde rana se deja ver. Es una sinfonía de colores que cuando te paseas por el campo, además de sus aromas, los pajarillos ponen el contrapunto musical: la abubilla por aquí, el cuco por allá, el ruiseñor en los lugares frondosos y frescos y por encima de todos la cigüeña machando el ajo.
La primavera es eso; un resurgir de la vida, un avance del verano, un aperitivo de las vacaciones, una bocanada de aromas para airear las alcobas y perfumar las calles con la festividad del Corpus que nos recuerda, a los que fuimos chavales, el acarrear tomillos para alfombrar las calles al paso de la procesión.
No hay nada como a primavera para hacer acopio de energías y esperar el tránsito apacible hasta la siguiente. La primavera por nuestros lares es música, luz, amor y fiesta.











11 mayo 2019

Reflexiones a bote pronto sobre la vida y la muerte


                    
 
 
El otro día asistí a un entierro en mi pueblo, de ahí esta reflexión a bote pronto.
Al contrario de las ciudades, en las aldeas o pequeños pueblos donde nos conocemos todos hasta en los andares, estamos familiarizados con la muerte al asistir desde la infancia a estos sepelios de forma natural.
Ya había observado en otros cortejos fúnebres, como nos comportamos las personas, cada cual con su idea de la vida y de la muerte.
Me di cuenta de que en los quinientos metros que separan la iglesia del cementerio, en las afueras,  por lo general, la misma persona, siempre hombre, encabezaba el susodicho cortejo, a veces solo, como tirando del resto, como animando a entrar sin temor en el camposanto, a veces acompañado por uno o dos lugareños. Siempre ese afán por ir delante, el primero, con naturalidad, como diciendo: “Esto es lo que nos espera a todos, resignación y aceptación, pues”.

Este hombre rondaba los ochenta y pico.  Cada año que pasaba caminaba más encorvado y más lento, pero no cejaba en su empeño de ir el primero, resuelto, con las manos unidas atrás, la boina colgando de  los dedos, en silencio, con el sol de frente, o el viento, hasta que falleció y otro tomó el relevo. Este que lo sucedió de forma espontánea y natural en su cometido, también entrado en años, también encorvado, también lento en sus últimos recorridos, es el difunto que acompañé al cementerio el otro día.
Me unía una gran amistad. Nos encontrábamos en el campo a menudo. Me gustaba escuchar sus historias, anécdotas, consejos, aprender de él cosas de la vida porque con los de mi generación no aprendo ya nada, eso me parece. Ese es el premio  que conceden los años.

Comencé a reflexionar sobre ese deambular, sobre ese mirar desde que se nace hasta la vejez. Cómo cuando nacemos nuestra mirada es hacia arriba, hacia la madre que amamanta, hacia sus ojos, su sonrisa, después hacia el padre y cómo echamos a andar casi mirando más hacia arriba o de frente que hacia el suelo, no vemos el suelo, no nos importa, porque el mundo de la infancia está en lo alto, en la mano tendida del adulto que está por encima de él, en la mirada y la sonrisa que el niño aprecia alzando la vista, siempre mirando al cielo, aspirando a llegar a la altura del adulto para mirarlo de frente, como la planta  se estira mirando al cielo, buscando la luz para alcanzar su altura máxima. El niño crece buscando también esa luz. El cuerpo se estira y ya de adulto su mirada es frontal, al mismo nivel que los demás adultos, cara a cara, cuerpo erguido.

Pero hete aquí que el tiempo transcurre sin que advirtamos que un día, esa mirada se torna paulatinamente hacía el suelo, hacia la tierra que nos vio nacer, igual que  las plantas, como el roble entregado. Y esos mimbres de nuestro esqueleto van cediendo, doblegándose, arqueándose cada año más cuando se coquetea con los ochenta, como los lugareños que encorvados encabezaban el cortejo fúnebre, y más si se llega a los noventa y así hasta el final cuando el cuerpo se abraza a sí mismo para retornar al punto de partida, retraído sobre sí como el embrión. Y entre ese periplo de principio a fin está la búsqueda de la felicidad.
Esa meta que perseguimos hasta tirar, encorvados, del cortejo fúnebre. ¿Y si la felicidad residiera  las más delas veces en el  mero intento de alcanzarla, sin consumarse a veces el intento? Reparo en el afán de esos miles de espermatozoides desenfrenados, lanzados a la conquista del óvulo para fecundarlo donde solo uno será el elegido. Ahí empezó nuestra lucha en pos de la felicidad.  Conseguida o no,  de forma plena o aleatoria, puede que la esencia esté en el propio intento y en la forma  de quererla  alcanzar.  Por lo demás, después de lo descrito, ya sabemos cómo  acaba nuestra mirada. Otro tomará el relevo a la cabeza del cortejo de forma natural.

Así es la vida…y la muerte.  

 

22 abril 2019

El brindis

 
Hoy Lunes de Pascua, es festivo en la Europa cristiana
Y en mi pueblo de Zarza de Pumareda
Día de "hornazo" con el fardel bajo el brazo
Camino del puente Robledo
¡Brindo por la fiesta!
Por los vinos que bebí
Por los que dejé de beber
Por los que no pude saciar
Por los que faltan por beber
¡Brindo!
Por los abrazos que di
Por los que no pude dar
Por los que se quedaron en el aire…
Por los que aún puedo dar
¡Brindo!
Por la Pascua florida
Por la flor  de la vida
Por la flor solitaria
Por la flor del viento, por la flor de cantueso
Por la flor de un día, por la flor de María
Por la henchida de néctar
Por la flor y nata, por la flor de patata
¡Brindo!
Por  la luz de la luna
Que es mi fortuna
Por la estrella Polar
En mi caminar
Por tu mano tendida
Por tu amistad
¡Brindo!
¡Brindemos!
Tú y yo
Que somos todos
Bajo un mismo sol.
 









20 abril 2019

El puente que llevo dentro


 
 
 
 
 
Esta noche he venido a verte dormir en las aguas quietas mientras la luna vela entre nubes que vagan caprichosas, a su albedrío, sin rumbo fijo. Antes de que se apaguen para siempre las luces que por una noche han dado fulgor a tus ojos, he venido a verte, a contemplar tu lecho, puente Robledo.
     En el silencio de la noche observo tu corpachón que surgió de la roca donde te asientas, piedra de roca milenaria, dormida entonces, despierta ahora, pulida, acariciada, llena de vida. Parece mentira que aquellos antepasados pudieran darte forma tan sólida con unos rudimentarios utensilios; cuñas de hierro y un simple mazo para sacar a bocados los pedruscos que ahora te dan vida, unas palancas y sogas, cincel y martillo y el inmenso corazón de aquellos que te izaron. Cuanta ilusión pusieron aquellos brazos jóvenes para levantarte y poder pasar de orilla a orilla viendo correr el agua bajo sus pies. Cuantas veces pasaron por tus lomos los enamorados de un pueblo y otro, cuantos rebaños, cuantos caminantes con las alforjas al hombro, cuanto griterío y alborozo a tu vera el día de Pascua.
     Ahora en la paz de la noche, recuerdo aquellos lunes de Pascua, cuando chaval, con el fardel en la mano y el hornazo dentro, chorizo y huevos duros, cómo llegábamos eufóricos hasta tu lecho. “Mira hasta donde ha llegado el agua este invierno, ha tapado los ojos pequeños”, decía mi amigo Anastasio señalando con la mano el rastro de maleza seca pegada en las piedras, maleza arrastrada que marcaba el nivel del agua. Entonces sufrías del abandono, como si ya no fueras útil, lo eras menos desde que llegó el automóvil, pero útil lo seguirás siendo, porque aquellos artesanos hacían las cosas para siempre. El agua te había desbordado algunos inviernos, despeinándote, arrebatándote bloques asentados con esmero hace tres o cuatro siglos, pero tú resististe las embestidas de aquellas riadas y, aunque descarnado, disfrutábamos contigo.
     Recuerdo con nostalgia cómo durante el estío nos bañábamos y cogíamos cangrejos. Y bajo el arco resonaba el eco de un chaval gritando porque el cangrejo le había pillado el dedo con su pinza y colgaba de la mano mordiendo el dedo, mientras el resto nos desternillábamos. Entonces había conchas de chirlas y mejillones entre la arena, y me entristece el comprobar cómo fueron desapareciendo, cómo la mano voraz del ser humano puede acabar con todo, cómo algún listillo mandamás introdujo el cangrejo americano, gigantón él, y se devoró al autóctono, devorando a la par nuestro ocio y alegría.
      Menos mal que ahora quieren devolver lo autóctono, lo sabroso, lo nuestro, lo que alimenta nuestro recuerdo, pero las chirlas y mejillones se fueron para siempre. Cuantas alegrías nos diste, puente Robledo, y tú lo sabes porque nuestro alborozo y griterío duerme en tus entrañas. Cuantas veces a la voz de:” ¡El agua ha saltado el puente!”, los chavales salíamos embalados corriendo los cuatro kilómetros para verte peinado por las aguas, y como después, poco a poco, emergían tus dos ojos pequeños. Después de tantos avatares, me alegra verte remozado, recuperando los bloques de piedra robados por la corriente, y con la baranda para apoyar los brazos y disfrutar del entorno.
     Tenía una deuda contigo, por eso te he vestido de luces esta noche. Quería contemplar tu sueño como dos enamorados que se observan cuando el otro duerme. Este ha sido nuestro idilio. Ya serás para siempre jamás nuestro puente Robledo, el puente de todos, porque las fotos te inmortalizarán al dar la vuelta al mundo. Ese es mi homenaje. Y, cumplido este sueño que tenía pendiente, ya puedo dormir tranquilo, en paz, como tú ahora.