
Siento no poder tenerte a mi lado, pero no importa porque seguiré hablando contigo de esa otra manera, como decia el otro dia. Hace cuatro meses que nos dejaste y, quiero recordar que hace un año, en este dia de los fieles difuntos, en esta página de Manolo,
escribías lo siguiente: "Todos llevamos a un difunto en nuestro interior, del que no queremos desprendernos, del que no podemos... Yo llevo pegada a mi cuerpo una eternidad reciente... de veintitrés años que hace unos dias se me fue y supe retenerla". Tu hija te dejó, nos dejó, y tú hace cuatro meses también y por lo mismo yo intento retenerte.
Recordabas que no necesitabas un dia especial para recordarla porque la recordabas cada dia. Tu recuerdo también está presente en mi antes y después de este dia y seguirá siendo asi. No es facil acostumbrarse a vivir con las ausencias, pero en tu relato doloroso y sereno a la vez, nos haces ver que el misterio está ahi; vivir en la eternidad y eso no es facil entenderlo, al menos para mi.
Te sigo leyendo con fruición porque entre otras cosas aprendo mucho de ti y seguirás siendo mi maestro. Tu pensamiento está ahi en miles de páginas. ¿Será eso tal vez eternizarse?
En algunos de tus innumerables relatos elogias la vida de Gandhi, ese indú de aspecto fragil, en su empeño por conseguir la paz y ayudar a los más humildes sin emplear la violencia, primero como abogado defensor de los pobres en África y después en su propio pais, consiguiendo la libertad para su pueblo. Elogias también la vida de San Lorenzo, patrono de nuestro pueblo, diácono en la Roma Imperial, que vendia los bienes de la Iglesia para ayudar a los pobres y por eso fue perseguido y martirizado. Tú también has sido el portavoz de los más necesitados, la voz de quien no la tiene, sin alaracas, sin protagonismo, empleando siempre la palabra y el respeto como únicas armas, y siempre predicaste con el ejemplo.
Recuerdo cuando regresabas de Venezuela de vacaciones a casa de tus padres, y tus vacaciones eran levantarte a las seis de la mañana para ayudar a tu padre a amasar el pan, y sacabas tiempo para todo. Y el año pasado cuando regresaste de nuvo para dedicarle las veiticuatro horas del dia a tu madre sospechando que, debido a su precaria salud, el final se acercaba, como asi sucedió. Recuerdo que debido a su escasa audición, con la paciencia del santo Job, le repetias una y mil veces si fuera preciso la misma hasta que la entendiera. Cuánto cariño, qué paciencia. Tu vida transcurrió asi, viviendo para los demás. Y cuando el destino te golpeó duramente arrebatándote a tu hija a sus veintitrés años, cuando en ella florecia la primavera más hermosa, tu corazón quedó herido para siempre pero conservaste el temple y asumiste tan aciago destino de la mejor manera; llevándola contigo, eternizándote en ella, buscando ese misterio que dices de la eternidad. Es enriquecedor tu ejemplo. Es además un orgullo para nosotros. Por todo lo expresado y por más cosas, para mi, tú eres como Gandhi, como San lorenzo; un santo, sí, mi santo particular, y quizás también para quienes te conocieron profundamente, y para eso no es preciso ser izado a los altares.
Tu paz nos dejaste, y la paz reinará dondequiera que estés. Precisamente buscando esa paz me he acercado a la casa donde viviste tu primera infancia para poner un ramo de flores en el ventanuco de la fachada, porque ese ventanuco eres tú. Porque en ese ventanuco colocabas ilusionado tus zapatos la noche de Reyes esperando que los Reyes Magos te regalaran algo, aunque sólo fuera una naranja o un mazapán pero que en años de posguerra sabian a gloria.
Porque ese ventanuco lo cerrábamos con todas nuestras fuerzas para que no se colara el frio invernal en una de aquellas noches mágicas como era la cena del dia de la matanza del cerdo, como mágica era la atmósfera que caldeaba el brasero en aquel cuarto, y la luz mortecina que iluminaba la ristra de membrillos colgados del techo perfumando el ambiente; mágicos los higos pasos y las castañas y las uvas pasas y otros manjares que con abundancia degustábamos sólo ese dia porque eran tiempos de escasez pero también rebosantes de ilusión y de cariño. Por eso he depositado un ramo de flores ahi donde tú estás, flores que simbolizan el colorido, el aroma, el amor y la frescura de la vida misma, como así fue tu pensamiento.

Ventanuco florecido
que atesoras los recuerdos,
desde la más tierna infancia
hasta el ocaso del tiempo.
Ventanuco florecido
donde duermen los recuerdos,
de mi primo al que tanto quise
de mi primo al que dentro llevo
Ventanuco florecido
de mil primaveras rosas
cubiertas de cielo añil,
Tú que alimentas mi alma
con barrotes de marfil,
eres testigo perenne
de mi pesar,
de mi sentir.
Terminabas, Adolfo, tu relato, en este dia diciendo: "Hoy no es el dia de la muerte, sino de la vida". Al menos para mi. Asi es para mi también. Hoy es, simplemente, un dia más para el recuerdo, querido primo del alma, querido Adolfo nuestro. Félix