20 octubre 2019

Así fuimos caminando


                         
Hubo un tiempo en que las cosas eran algo distintas que ahora, algunas muy distintas, allá por los años cincuenta y sesenta, en nuestra comarca rayando con el Duero y Portugal. El clima era otra cosa; las estaciones del año bien marcadas; temperaturas extremas en invierno y verano; suaves y dulces en primavera y parte del otoño. Así íbamos creciendo los chavales.
Era el mes de agosto, la cosecha de cereales estaba a buen recaudo; faltaban las patatas que recoger, y a esa tarea nos aplicábamos una mañana mi abuelo, mi tío Indalecio y yo.
El cuarto de luna había comenzado con tormentas que durarían al menos ese cuarto que, como se sabe, equivale a una semana. Eran algo así como en el trópico, de una exactitud implacable. Hacia las once de la mañana el bochorno hacía que se formaran nubes y poco a poco la tormenta. Todos los días igual, a la misma hora. Esta nos venía del Oeste, de la vecina Portugal, cuyas lomas y teso Taio cerraban el horizonte, el cañón del Duero de por medio. Allí se construía una central hidroeléctrica, la mayor de España y la segunda de Europa.
La cortina de las patatas distaba de un kilómetro del pueblo(Fuente Sosa) .Mi abuelo y tío las arrancaban con el azadón. Yo iba apañándolas en una caldereta. De vez en cuando asomaba un grillo asustado por haberlo sacado de su nicho patatero. Yo jugaba a atraparlo, pero mi abuelo que detestaba que jugáramos haciendo una tarea me reñía: “Deja de enredar y apremia antes de que venga la tormenta”. Yo iba entonces a la escuela y me gustaba jugar como a mis amigos. Además disfrutaba oliendo aquella tierra que era un olor agradable mezcla de tierra como fermentada con olor a patata: un aroma único. Aún lo huelo escribiendo esto. Después vaciaba la caldereta  en un costal de lana que hacia el tío Valeriano en su telar. Yo le tenía un cariño especial a los costales porque ellos eran la lana de las ovejas de abuelo, y a mí me parecía que tenían vida y los acariciaba.
Abuelo miró el horizonte, hacia el oeste y dijo: “El cielo se va poniendo negro más allá del Duero y la tormenta la tenemos aquí en menos de media hora”. Así fue. Al poco dijo: “Esa nube más negra que la boca de un lobo nos trae pedrisco.  Recojamos  las patatas levantadas y llenemos dos costales”. El cañón del Duero en aquel lugar formaba una hondonada de mil demonios, como el cráter de un volcán. Y era cuando la tormenta estaba encima, que los truenos retumbaban como si fuera el fin del mundo. Aquello me aterraba porque eran de un estruendo muy superior a los conocidos. Apenas pasaba un minuto entre trueno y trueno. Parecía un cañoneo de los que veía en las películas de guerra en la sábana colgada en el salón de cine del tío Aquilino.
Cayó una gota gorda. Después otra. Los grillos saltaban despavoridos buscando refugio. Abuelo dijo: “Menos mal que tenemos  un chozo a un tiro de piedra para cobijarnos”. Cayeron más gotas gordas  que sonaban seco en  el suelo, como una pelota al estrellarse en el frontón: Plaf, plaf. “Tal vez sea el principio del pedrisco”, pensé. Un trueno enorme rodó sobre nuestras cabezas, después el relámpago me deslumbró. Abuelo dijo: “Recojamos los cuatro costales vacíos para que no se mojen y vámonos deprisa al chozo. Era un refugio destartalado, la entrada desportillas en los laterales, piedras que apenas se tenían en su sitio. A mi me parecía más peligroso que la propia tormenta.

La carretera sin asfaltar pasaba delante de la finca y apareció una señora agobiada dándole voces al burro. Venía de Aldeadávila con dos cántaros de vino en las alforjas. Abuelo gritó : “¡Isabel, ata el burro a la cerca y vente rápido acá”. Había que alejarse de las caballerías y de las vacas cuando la tormenta, porque las orejas de mulos y burros, y los cuernos atraían los rayos y más de una vaca murió así. Isabel, que rondaba la cuarentena, había aseado una cuadra para montar una cantina, con dos tablones por mostrador. Luego añadía agua al vino y decía: “Así los mozos que trabajan en el Salto se emborrachan menos”.
Llegó hasta nosotros sin aliento, como quien dice. La lluvia arreciaba. Gotas más gordas pero no pedrisco arremetían en la bóveda del chozo que era pequeñito y  por eso nos apretujamos. Isabel a mi lado. Era regordeta y ocupaba el sitio de dos. Yo me sentía a gusto a su vera ahora que de su cuerpo emanaba —tal vez debido al sofoco, que ahora encontraba sosiego— emanaba, pues, con toda la intensidad, el olor a berberechos, a queso y a bodega de vino. Me pareció casi un alimento que pasaba delante de mis narices y me hizo cosquillas el estómago. Un pañuelo gris cubría su cabeza. Un trueno hizo temblar el chozo que era circular, de piedra medio desmoronada. Puse la mano en una y me pareció que tembló con el trueno. Después un relámpago se nos metió dentro. Mi tío Indalecio se santiguó. Yo también. Isabel hizo una cruz con dos dedos y la besó. Afuera todo era negro y una cortina de lluvia candaba todo horizonte. Cerré los ojos. Aun así percibía los relámpagos. Isabel rezaba. Mi tío también. El chozo parecía que iba a derrumbarse a cada trueno. Se lo dije a mi tío. Me dijo: “No te preocupes, somos cuatro espaldas y tocamos a sesenta kilos cada uno. Tenía mucho humor. De repente se oyó un tremendo chasquido, seco, casi al tiempo del trueno, como cuando se rasga una tela pero mucho más fuerte.

“ ¡Quietos, que nadie se mueva, ha sido un rayo casi a nuestros pies!”, advirtió mi abuelo del peligro. Yo detuve la respiración. Los truenos, los relámpagos, el aguacero seguían arreciando. Una gotera me cayó en la cabeza y pensé que iba a abrirse la bóveda. Isabel rezaba con la cara entre las manos. Volvió a caer otro rayo cercano. De repente olía como a madera y brea chamuscadas. La tormenta se fue alejando. Dejó de llover. El cielo se abría en Portugal, por donde vino. Salimos del chozo. Abuelo dijo: “El rayo ha caído  detrás de nosotros. ¡Míralo!”, apuntó hacia los postes de la línea telefónica que pasaba a unos diez metros detrás del chozo. Un poste estaba rajado de arriba abajo, hecho astillas, y otros cuatro dañados.
“Tuvimos suerte” dijo Isabel. Volvimos al mundo terrenal curados de espanto, cada cual a lo suyo. Por mi parte, me deleitaba respirando hondo el aroma inconfundible de tierra mojada tras la tormenta. Aún sigo empapándome de ese perfume al terminar este relato: “ Así fuimos creciendo”.

 

 

 

26 agosto 2019

Elcoche de línea o el mundo ambulante

                           
Como el de la foto era el coche de línea de mi infancia. En el cabía todo: maletas atadas con cuerdas, paquetes de toda índole, las sacas de Correos, cestas de mimbre, talegos con cacharros o productos de la tierra, damajuanas de vino o aceite, algún pellejo de vino, algún manojo de gallinas atadas, todo en la baca a la que se accedía por la escalerilla de atrás.
Su recorrido era de unos treinta y cinco kilómetros hasta llegar a Vitigudino y después volvía a Aldeadávila de la Ribera, donde dormía. Era un Chevrolet  vetusto y renqueante pero fiel como un asno porque nunca te dejaba tirado. Al lado del chofer, colgaba un letrero que rezaba” Prohibido hablar con el chofer y escupir en el suelo”. Pensé que escupir hacia el techo era arriesgado y  nadie lo haría.
Un año, el día de san Felipe, en mayo, fiesta de Barruecopardo, (los bordes de la carretera salpicados de tomillos morados y olorosos), el autobús venía casi lleno de Aldeadávila y en mi pueblo se completó.  Hubo mozos que se quedaron sin sitio y también querían ir. “Pues subiros a la baca”, les propuso el chófer creyendo que no se atreverían. Pero los mozos, una veintena, subieron. “Allá vosotros si os caeis”. Los mozos rieron.Así que lleno a rebosar dentro, incluso de pie en el pasillo, el autobús emprendió su marcha, cansino  como un burro cargado de pellejos. “A dos kilómetros, en la cuesta de la Berzosa, un repecho de unos cincuenta metros, “el autobús empezó a cagarse”, me decía Emiliano al contar la aventura. “El autobús dijo: “ya no puedo más”. Así que bajamos de la baca y le dijimos al chofer: “Si él no nos puede llevar, lo llevamos nosotros a él”. Lo empujamos entre todos unos treinta metros y ya, en el llano, volvimos a subir y así llegamos a la fiesta con ganas de comer cabrito asado y empinar la bota de vino”.
El coche de línea era plaza; era tasca; era procesión; era confesionario; era salón de terapia; era el pregón del alguacil; era la vida de todos los presentes y ausentes. Porque allí dentro, mientras se bamboleaba, se daba cuenta de todo cuanto acontecía en los pueblos del contorno, se daba cuenta del  presente, del  pasado y futuro.
Era sobre todo los martes, día de mercado en Vitigudino, cuando acudían a esta localidad viajeros de todos los pueblos del contorno. Y era sobre todo al regreso cuando en el habitáculo se desempolvaban los secretos de alcoba o, gracias al vino, y coñac en invierno, se saldaban cuentas y reproches enconados, en plan amistoso, con una palmadita en el hombro para reforzar la amistad cuando estaba algo maltrecha: “Olvidemos aquello, Jeremías, a veces uno comete errores”, y todo volvía a la normalidad.
      —Te he visto, Gervasio, apipándote  de sardas en vinagre en el bar del Modesto—comentaba uno barrigudo con voz aguardentosa.
      —Y yo a ti, granuja de Serapio, arrimándote con disimulo a la Antonia del Bernardo. Y ambos reían a carcajadas dejando un rastro acre en el aliento como de vino, cebolla y aceitunas en remojo. Otro alto y flaco que iba de pie en el pasillo con chaleco, sombrero y cayada en la mano, entró en conversación.
      —¿Sabes, Gervasio, que murió Facunda "la Pirulina" la del Anastasio? —dijo el Serapio.
     —¿La de Mieza?
      —Sí, pues cual iba a ser, si no.
     —Es que no he vuelto a ese pueblo y no estoy al corriente de lo que pasa, ya viajo poco, uno  va ya pa viejo, y  le dio unos golpecitos en la barriga: “A ver si zampas menos que si no te va a dar también un jamacuco como a la Facunda”.
     —La pobre andaba delicada, se comenta que desde que marcharon sus dos hijas a trabajar a Barcelona, él la agobiaba, dicen que  la zurcía de vez en cuando, sobre todo cuando bebía unos chatos de más.
     —Y parecía un santurrón el Anastasio. Me da pena de él.
     —¡¿Pena?! —intervino el otro—. A mi ninguna. Las hijas vinieron al entierro y se marcharon, no quieren saber nada de él.
     —Hombre, Gervasio,  ahora se queda solo con su burra, tiene que hacerse la comida y sus cosas, no te da un poco… 
     —Pues allá se las componga él con su burra, que la meta en la cama —intervino Secundino—, porque ya sabes: después de burro muerto, la cebada al rabo.
      El ambiente se iba saturando de olor a tasca, predominando el humo de los puros y el vaho a alcohol, también los efluvios corporales comenzaban a neutralizar el olor a colonia de las dos o tres señoras que orgullosas lucían su permanente y peinados pomposos recién salidos de la peluquería.
    Y así cada martes, día de mercado, iba desfilando en el autobús el día a día de todos, recordando también a los que se iban de este mundo, y así fue discurriendo, como agua de manantial sobre la roca, el día a día  de cuantos encontraban en ese viaje el aliciente para aferrarse a los tiempos de posguerra, de pan escaso, de misa y procesión, de sueños y esperanzas.
Por mi parte, me sigo viendo enganchado  con Juanito y Evaristo a las escalerillas, en la parte de atrás, después de arrancar, llevados por nuestro coche de línea doscientos metros hasta que las piernas no daban para más y habíamos de soltarnos dándole un empujón para no caer de bruces.
      Ahora que ha pasado más de medio siglo, me rio complacido de  aquellas peripecias y otras que  fueron alimentando nuestra alma de chavales de pueblo.
      Como dijo el artesano de “Cien años de soledad”: “Vivir para contarla”.
      

 

 

04 agosto 2019

La "tía Chilila"


                   
Así la llamábamos allá por los años cincuenta  en mi pueblo, a esta mujer que vivía de la mendicidad. Era una vecina más durante su estancia, vecina por aquello de que se instalaba con su esposo o pareja y sus tres hijos en un cobertizo que le facilitaba un vecino, labrador humilde. Al menos no se mojaban y dormían bajo techo, rodeados de escobas para la lumbre y del perro del dueño del corral que buscaba refugio bajo las escobas y tal vez daba calor a la susodicha familia.
A su marido lo llamaban “Catracas”, tal vez porque usaba unas botas sin cordones, que sujetaba como buenamente podía, botas de cuero vencido, derrengadas y más grandes que sus pies.
Él era un hombre severo, feo, de cara torcida y labios carnosos y sobados por la saliva que rezumaba, de aspecto cincuentón, más por su indumentaria maltrecha, su boina mugrienta, picada por la miseria, uñas largas y negras y barba de varios días, que por su edad real, sin duda mucho más joven.
En mi mente quedó grabada la imagen que era también sonido, cuando se quitaba el cinto y lo hacía restallar en el aire amenazando a su hijo de unos siete años, vestido con los andrajos de la miseria y los mocos a raudales, porque además era invierno y hacía un frío de mil diablos, y entonces el zumbido de la correa sonaba seguido de la amenaza: “¡Anda p´ahí a pedir, lagumán!”, y el chaval, cabizbajo, llamaba a una puerta cualquiera pidiendo limosna.
La tía “Chilila”, cocinaba con algo de manteca que le daba el dueño del corral al que “Catracas” ayudaba en alguna tarea, cortando leña o ayudándole a uncir las vacas al carro. Él nunca mendigaba, eso se lo asignaba a su mujer, al hijo y una niña de unos cuatro o cinco años.
Su estancia podía durar quince días o un mes y nos visitaban sobre todo en invierno. “Ya han llegado los “Chililes”, decíamos al verlos. Palabra que asociábamos a mendigos, pero mendigos que permanecían unos días o semanas en el lugar, no mendigos de paso.
La otra imagen que llevo dentro es la de la tía “Chilila”, menudita ella, vestida de pies a cabeza de negro antes de tiempo, el negro de la negrura de haber nacido en el desamparo, en tiempo de posguerra, la negrura de ser la esposa de un hombre autoritario, que cargaba el peso de la supervivencia sobre ella, cargándola además del peso de los embarazos.
Ella se echaba al niño que amamantaba, ya talludito, a la espalda, en una especie de bolsa de trozos de saco de esparto donde el niño se acomodaba como las crías de canguro en su bolsa. Cuando el niño lloraba, ella sabía el porqué, sacaba de su lecho la teta que de tanto sacarla y meterla se estirada como un chicle y con ella estirada y el pezón en el hombro, el niño se enganchaba para chupar la leche materna que eran los rebojos del pan de la mendicidad convertidos en leche. Y la tía “Chilila”,medio desdentada, nos sonreía, cuando nosotros, los chavales, señalábamos con el dedo la argucia del niño y la teta estirada mientras ella caminaba, “una limosna, por favor”, y la metía en una bolsa  atada a su cintura, y cuando llegaba a casa del cura, este, a través de su criada, le entregaba una estampita de la Virgen de la Peña: “Para que la proteja el Señor, rece usted, que no solo de pan vive el hombre”. Era un sacerdote rezongón, que tenía su particular interpretación del cristianismo, porque de todo había y hay en la viña del Señor.
 Llovía, nevaba, y el niño
De la teta chupaba.
Llovía, nevaba, y al niño
Su espalda arropaba.
De negro su ropa
Dorada su alma
Eran lágrimas  de leche
Que su madre le daba.
Que al paso de los días y  de los años, el que mueve los designios del universo, nos proteja aquí abajo de los corazones de piedra para desterrar para siempre situaciones como la que sufrió la tía “Chilila”.
Amén.
Félix Carreto.
 
 
 

27 julio 2019

La paz del cementerio

Recordando la festividad de Santiago Apóstol en los años cincuenta y sesenta,"La paz del cementerio", es un capítulo de la novela que tengo en ciernes y que, si no hay contratiempos, será publicada pronto.
 
 
Madre me  dijo que me había buscado una ocupación, evitaba la palabra “trabajo”.   
     —Irás de trillique para el señor  Celestino —me dijo— aunque solo sea por la manutención. Ya sabes que una boca menos en casa es de  mucha ayuda. Son buena gente, comerás buen queso y  mejor chorizo, y sopas de leche no te faltarán. Tienes que vencer la vergüenza a la hora de comer en casa ajena ¿entendido?
      —El día que cené en casa de Ricarda con Pancho, no me dio vergüenza —respondí. Eso la tranquilizó.
      Celestino y Esperanza era un matrimonio de labradores con cuatro hijos menores que yo y vivían cerca de nuestra casa, de modo que nos unía cierta amistad.
      Me levantaba a las siete para ir a por las vacas que pastaban en el rastrojo. Después comenzábamos a trillar. El señor Celestino lo hacía con una pareja de vacas y yo con un caballo blanco, muy viejo,  con dos letras marcadas a fuego en un anca, y había de atizarle  a menudo con un látigo para que no se detuviera en medio de la parva, pues no podía ni con sus herraduras. “Tú dale, que no se alombe”, me decía Celestino.
      Yo tenía ganas de saborear la experiencia de dormir en la era, situada detrás del cementerio, a unos cincuenta metros. Así que la víspera de la festividad de Santiago Apóstol, ya que era el único festivo que la Iglesia prohibía trabajar durante la recolección de la mies (don Matías  vigilaba con celo a los campesinos), acordé con mi amigo Paco dormir al raso.
    —Hemos de pasar delante del cementerio, así que llévate un palo que yo tengo la cayada —sugirió Paco. Llevábamos sendas mantas. Era una noche muy estrellada, pero sin luna. A la altura del cementerio vislumbré un bulto  blanco ante la puerta y se lo dije a Paco. Le lanzó una piedra y la sábana se deshizo. Era su primo que quería darnos un susto.
      Reímos un rato y nos pidió que lo dejásemos pasar la noche con nosotros, “yo pongo la sábana”, dijo. 
      Hicimos un amplio colchón con el bálago de la parva, levantamos un pequeño muro con  manojos para abrigarnos de la brisa. Después de localizar la Vía Láctea que los lugareños llamábamos  El Camino de Santiago, y entre discusiones localizando la estrella Polar, nos dormimos.
 
      Aquel 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, las gallinas buscaban la sombra con el pico abierto, y los perros tumbados, acezando con su lengua estirada que goteaba, anhelando, como cualquiera,  que el sol declinase en el horizonte.
     Celestino soltó al caballo viejo para que retozara  a sus anchas por el camino de la era y descansara a la sombra de los fresnos en el campo abierto.  Me encargó recogerlo por la tarde para darle la ración de cebada.
      Hacia las cuatro me dirigí a la era y decidí descansar un rato a la sombra del muro del cementerio de mampostería, de unos tres metros, esperando que el sol aplacara su fuego. La sombra  de los tres cipreses  se prolongaba al exterior. El silencio era total, solo alterado por torbellinos  esporádicos como tornados en miniatura que, en forma de tirabuzón, se estiraban hacia el cielo engullendo a su paso   hojarasca, papeles, tierra polvorienta y algún pollito descarriado, como ya había ocurrido.
     Al poco rato, contemplé como lo sucedía otro más enérgico azotando los almendros, despeinando la parva y  arrastrando  las pajas que giraban elevándose vertiginosamente en el aire hasta perderse en el horizonte.
     De pronto  pasó una lagartija por encima de mi pierna sin inmutarse, como si yo fuera una estatua, se agarró a la tosca piedra del muro, me miró sorprendida al moverme y se coló por un agujero.
     Después una araña que arrastraba  en la parte posterior de su vientre un depósito blanco, tal vez su reserva de telaraña, redondo como  una bola, hizo un alto,  me advirtió a su modo y prosiguió su rumbo también. Al poco rato una cogujada se posó en una piedra próxima a mí. Al verme inmóvil y sin pestañear, se quedó mirándome erguida con su penacho, después se agitó una y otra vez agachando y levantando su cabeza en un baile que expresaba su desconcierto preguntándose tal vez , como la araña y la lagartija, qué hacia allí tumbado un ser vivo, en un lugar reservado al silencio y a los muertos. Aquellos seres sorprendidos me sumieron en una larga reflexión sobre el lugar que, por primera vez, encontraba extrañamente acogedor.
     Al poco rato volvió otro torbellino y después el silencio. A esa hora, en el sopor de la tarde,  los campesinos dormían la siesta.
     En el cielo azul lechoso aparecieron una treintena de buitres    planeando en círculos y elevándose  cada vez más alto como si hubiera una  ruta invisible para mí, trazada desde el cementerio. Permanecí un largo rato observando aquella danza en un grandioso escenario, y lo interpretaba como un regalo que  la naturaleza quería ofrecerme para celebrar, como en Santiago de Compostela, el año jacobeo.
     Hechizado por tanta belleza, permanecí con la mirada fija en el último buitre  apenas visible al perderse en el fondo del universo.
     Tumbado a la bartola me invadía una sensación de felicidad y plenitud nunca experimentada en medio del silencio acogedor.  
     Nada hacía presagiar, sin embargo, que el disfrute de aquella paz dorada sería efímero. El reloj dio las seis. Me levanté y emprendí el camino que me llevaría al encuentro con el caballo  blanco plateado, como el del Apóstol Santiago, pero más flaco, viejo  y desgarbado. Tras caminar por una angosta cañada, bordeada de las cercas de piedra que dividían las pequeñas parcelas, di con el jamelgo que sesteaba a la sombra de unos chopos en campo abierto, junto al regato de Valdemayas.
 
    No llevaba ni cabezada ni ronzal para conducirlo, por lo que me hice con un palo del suelo. Su dueño le había cortado las crines  para aliviarlo del calor. Lo arrimé a una cerca de piedra para montarlo a pelo. Ya subido me las prometía muy felices durante los dos kilómetros que distaba del pueblo, contemplando el paisaje, los olmos que jalonaban el camino los robles y las escobas en campo abierto. 
     Como era viejo y lento, le golpeé  suavemente el lomo con el palo para que avivara el paso. Fue entonces cuando me sorprendió arrancándose al galope. Al no llevar ronzal y con las crines cortadas, no podía asirme  a ningún lugar. Cabalgaba como los indios de las películas, pero dando botes   intentando guardar el equilibrio. Él mantenía el ritmo y como estaba muy flaco, los huesos del  espinazo en cada bote  me hacían daño en la entrepierna y me pinzaban peligrosamente los genitales por lo que hacía malabarismos para que no me los aplastara. Seguía galopando ahora a campo abierto y me acercaba a la angosta cañada. Estuve a punto de caerme pero en un gesto rápido recuperé la vertical. El jumento parecía enloquecido y no daba crédito a aquél súbito resucitar. La camisa desabrochada para refrescarme se hinchaba como la vela de un barco y los faldones zarandeados, rugían como una bandera al viento. Me veía más pronto que tarde arrojado al suelo porque el animal parecía empeñado en tirarme, como si mascullara una venganza por los latigazos que le arreaba durante la trilla.
    Se acercaba peligrosamente a la entrada de la cañada. Por un momento tuve la lucidez de prever un desenlace fatal, pues si entrado en la  cañada caía, ya fuera a la izquierda o a la derecha, iría a estrellar inevitablemente mi cabeza  contra las cercas de piedra. Todo iba muy de prisa; mi pensamiento y el caballo. Tenía a poco más de veinte metros la entrada en la cañada. La veía como un embudo que me iba a engullir. “El túnel de la muerte”, pensé. Fue entonces cuando mi mente, o el instinto de supervivencia, o lo que rija a los seres vivos,  tomó las riendas de mi destino para eludir un desenlace fatal. En dicha entrada el camino bifurcaba en “Y”: a la izquierda la vereda en campo abierto y, escorado, a la derecha, la susodicha cañada que desembocaba recto en la era. No había tiempo que perder, de modo que antes de entrar en la angostura fatídica, le di con el palo en el lado derecho del pescuezo para que girara a la izquierda y prosiguiéramos por la vereda  que surcaba tierras de barbecho esperando que se agotaran sus fuerzas.
     La reacción del caballo fue tan brusca hacia la izquierda que salí despedido al lado opuesto con la inercia de quien se lanza de cabeza a la piscina. No me acuerdo de más. Ignoro el tiempo que permanecí inconsciente en el suelo de tierra dura abrasada por el sol.“Me ha caído”, pensé vagamente confuso al levantarme.
      Inicié el camino de regreso al pueblo. El sol declinaba en el horizonte. A la altura del cementerio comencé a percatarme de lo sucedido. Sentí un hilillo de sangre correr  desde la cabeza pasando por la oreja y el cuello. Las moscas lo descubrieron antes que yo y se aferraban al manantial que brotaba de mi tupida cabellera. Las espanté, pero volvían como fieles compañeras de viaje.  Al dejar atrás el camposanto recuperé algo más la lucidez y recordé que no me había santiguado,  después lo hice dando gracias a Dios por estar vivo. Ahora me preocupaba la reacción de madre al verme en tamaña compostura. Así que decidí pasar antes por casa de Celestino para explicarle lo sucedido. No estaba él, pero sí Esperanza. Al verme se llevó las manos a la cabeza.
      — ¡¿Pero, qué ha ocurrido, alma mía?! —gritó—¡Dios mío, Dios mío!
     Estaba haciendo queso y se limpió las manos con el delantal.
     —Me ha caído el caballo.
     —¿El jumento ese que no puede con su alma, te ha caído?
     —Sí. Corría como  un diablo.
     —Me cuesta creerlo, pero si te ha descalabrado así, no hay duda de que corría—. Acércate a la ventana que vea mejor la herida. ¡Por Dios, por Dios!, un poco más y te deja en el sitio. También tienes una herida en el codo y en la rodilla.
      —Esas no me duelen.
     Trajo la palangana hasta la ventana para lavarme con agua fresca.
      —¡Pero… cómo es que estás descalzo! ¿No tenías zapatillas?
      —Sí.
      —¿Y dónde están?
      —No sé.
      —¿Sabes quién soy?
      —Esperanza.
      —Menos mal, hijo, porque ya empezaba a preocuparme muy seriamente—.Si te duele me lo dices, limpiaré poco a poco los granos de tierra pegados.
     El agua fresca me aliviaba.
     —¿Aguantas el dolor?
      —Sí.
      —Aún está caliente la herida, cuando se enfríe te molestará más, aunque la brecha es pequeñita,  el enorme chichón será lo que más te incomode. Te lavaré la camisa para que tu madre no vea la sangre. Con el calor que hace secará en seguida.
      — ¿Me puedo ver el chichón en el espejo?
     —Aquí lo tienes. No te desanimes, se inflamará algo  más, pero mañana irá mejor. ¿Y las sandalias?
      —Ahora voy a por ellas, en algún lugar del camino deben de estar.
    —Eso si no las ha recogido alguien.
     —No creo, porque eran viejas.
     —Ponte esta camisa de Celestino, aunque te quede algo grande  no importa, nadie te verá, los caminos están desiertos hoy. Cuando vuelvas habrá secado la tuya. ¿Te encuentras bien, quieres que vaya contigo?
     —No hace falta, gracias.
     —Ponte este sombrero para proteger la herida del  sol. Te enjugas la sangre con este pañuelo, no te preocupes por mancharlo ¿Vas a ir descalzo? Es una pena que las alpargatas de Celestino te queden demasiado grandes.
      —No se inquiete. Iré descalzo. No quiero que se entere mi madre hasta que regrese a casa.
    No creí que la tierra del camino estuviera tan caliente, de modo que busqué la poca sombra de los robles que jalonaban el sendero. Me pregunté como pude caminar sin percatarme del suelo ardiente. Al borde del camino había un pilón con agua de manantial y me refresqué las piernas. Proseguí ansioso por conocer el destino de las zapatillas. Intenté recordar lo sucedido  pero desde que le di  al caballo con el palo en el pescuezo, la mente se me borró hasta llegar al cementerio. Por fin me llevé una alegría al avistarlas, pero al instante  se me escaparon dos lagrimones.
      Allí permanecían a unos tres metros una de la otra.  Me quedé mirándolas, ensimismado. En realidad eran una especie de  botas de goma delgada  que llegaban hasta el tobillo y que había usado durante el invierno. Estaban sumamente desgastadas con dos agujeros en la suela y los ojales de los cordones rasgados, de modo que podía caminar sin ellos pero el sudor en los pies hacía que se me salieran con facilidad. No quería que madre gastase dinero en calzado nuevo hasta pasado el verano, cuando llegaran las lluvias de septiembre..
     Por un momento permanecí indagando en el suelo lo ocurrido. Había una marca profunda de las herraduras con la tierra levantada donde el caballo debió de girar bruscamente. Adiviné el lecho donde permanecí porque había un pequeño reguero de sangre medio seco, que se disputaban moscas y hormigas.
     Permanecí unos minutos mirando a la cerca de piedra, unos cinco metros más adelante, adonde hubiera ido a parar mi cabeza de no haber rectificado la trayectoria del acémila a tiempo. Descubrí entonces el filo invisible que media entre la vida y la muerte. Dudaba si debía o no calzarme, pues la goma estaba ardiendo, como el suelo, y las plantas de mis pies me dolían de cualquier modo, así que opté por llevarlas en la mano para caminar más rápido. Al recogerlas me asedió una congoja que cesó cuando se liberaron unas lágrimas que había intentado reprimir.
     Regresé con las moscas asediando la herida como lo hacían con las mataduras de los burros.  Al pasar de nuevo por el cementerio pensé que había tenido suerte y me santigüé otra vez.
       Cuando le enseñé las botas a Esperanza me preguntó si no tenía otro calzado. Le dije que sólo las zapatillas para los domingos y festivos.
    Hizo un mohín.
     —Hablaré con Celestino —dijo cuando las calcé de nuevo.
     Me acompañó a casa para que madre no se asustara.
     — ¿Qué ha pasado? —preguntó madre.
     —No te preocupes, Lucía. Podía haber sido peor.
     Le explicó lo sucedido y madre me apretujaba contra ella.
     —No te preocupes Jacinto. Luego irá Celestino a por el caballo. Tranquilízate y duerme bien —se despidió Esperanza.
     Cuando me vio Andrea, vecina que ejercía de curandera para los del barrio, se exclamó; “¡Cojonitos tiene la burra…!”, su frase fetiche pues más que una blasfemia era el inicio de todo ritual en sus actuaciones. “…Vaya golpe que te has pegado, un poco más y te deja en el sitio ese carcamal…No te preocupes que la Andrea tiene manos sagradas”, dijo soltando una carcajada. Después de hacerme sentar en una silla de enea, comenzó su actuación echando un trago de vino. Carraspeo y dijo: “Cojonitos tiene la burra; vamos a la tarea”. No me preocupó el que le diera un buen tiento a la botella, pues don Matías, el cura, no le hacía ascos al vino, y cuando monaguillo yo le vertía toda la vinajera en el cáliz: era el ritual sagrado para comunicarse con el más allá y celebrar así la Santa Eucaristía y pensé: “Mismo ritual que Andrea”.  Primero me lavó la frente que rezumaba sangre, después aplicó una hoja de berza cuyo frescor me aliviaba, y lo remato con un pañuelo atado a la cabeza. Al mirarme al espejo me parecía a un pirata. Me sentía aliviado, pero me estremecí cuando le dijo a madre: “Lucia, es preciso que descanse, recuerda al chico de la Dolores cuando se cayó de la ventana que no era más alta que él, se golpeó la cabeza en la losa de piedra y al tercer día empeoró y murió en el hospital de hemorragia cerebral, según el médico. Así que hasta el tercer día, mucho ojo con este asunto”. “Confío en Dios y en tus manos  milagrosas”, respondió madre dándole un abrazo.
     —¡Hala Que duermas bien, hijo —me deseó Andrea.
    Aunque aliviado,  pasé la noche del mismo lado porque la hinchazón me dolía al menor roce. Diego me preguntaba entre sueño y sueño “¿Estás bien, Jacinto?” y me pasaba la mano por la cara. Yo se lo agradecía dándole un beso.
     Al día siguiente me levanté a las siete, como de costumbre, para traer las vacas del rastrojo. Deshice el vendaje para lavarme y  sentía  como un temblor en la zona herida como si la carne quisiera desprenderse.  Andrea me colocó de nuevo el mismo remedio y  me sentí aliviado. Pero tenía la impresión de llevar cinco kilos en la cabeza y no podía correr para arrear las vacas, así que me dije que tendría que sufrir un poco y hacerme el valiente para terminar la trilla como fuera. La atención de Andrea aplicando la hoja de berza hasta que fue cediendo la inflamación, el cariño y el contacto físico en la cama con Diego, cuyas caricias y voz eran un bálsamo, “¿estás bien, Jacinto?”, fueron providenciales para desechar las ideas negras que me asediaban “el crío de la Dolores murió de hemorragia al tercer día…”
       Cada noche  le pedía a la Virgen que no me dejara morir, que madre me necesitaba para ayudar a mis hermanos yendo de criado. Cuando me vio la abuela Elvira me dijo que había tenido suerte, porque el Apóstol Santiago me había puesto la mano bajo la cabeza para aliviar el golpe y por ser buen cristiano. Sin embargo, mi abuelo Deogracias pensaba  que  me salvó la vida el instinto de conservación. Él siempre me repetía: “Jabato, cuando te encuentres en una situación de peligro, déjate guiar por el instinto de conservación; él encontrará la única salida posible”. Pensé que ambos tenían razón. Me pregunté entonces: “¿Por qué cogiste el palo del suelo antes de subir al caballo? ¿Será eso lo que abuelo llama el instinto de conservación?”
     Transcurrido los tres días que Andrea había vaticinado como “peliagudos”, decía ella,  volví a recuperar el ánimo y al cabo de  dos semanas  apenas se notaba la magulladura. Madre me agradeció el esfuerzo por cumplir los quince días trillando y encalcando la paja para Celestino que, al concluir la tarea, me dio un queso que madre administró como siempre, racionándolo al máximo.