22 enero 2022

EL ESPÍRITU NAVIDEÑO


 

                                                    

 

Ayer, día de Navidad, se celebró el nacimiento de un niño, del niño que según el cristianismo vino a salvar al mundo. De modo que el fin de año es el principio de otro reflejado en el nacimiento celebrado. Venir al mundo en cualquier momento y lugar es motivo de alegría. Así debió ser la noche en que nací, noche gélida afuera, cálida adentro, cálidas las manos de la partera, la Tía Vicenta, cálido el espacio alumbrado por el candil y lamparillas en aceite, el fuego en la cocina calentando el agua, y el caldo de gallina para mi madre, para recuperar fuerzas, cálido el primer grito del recién nacido como agradeciendo el empeño puesto por los allí presentes para que asomara al mundo.

Hace 74 años, en este día, yo cumplía 20 días, y mis padres celebraban la Navidad con un niño de verdad, en un Portal de Belén auténtico, con un niño envuelto en  pañales de tela suave que mi abuela Pepa se encargaba de lavar y calentar antes de envolverme calentito, escuchando los villancicos que me cantaba mientras le daba la vuelta al pañal sobre mi cuerpo, y ese calor humano siguió fluyendo, y en esa búsqueda del confort y la paz fueron pasando los años, la vida, hasta hoy.

Siempre es motivo de alegría cumplir años, porque ese es nuestro sino, y motivo de alegría para mí es relatar estos hechos, que son, en el fondo, los de todos los nacidos.

“Mamabas que daba gusto, con qué alegría te enganchabas al pecho”, me dijo mi madre. Mi madre era muy joven. Su cuerpo lleno de energía hacía brotar la leche como una fuente divina, porque divina debió ser para la niña que nació un mes después, cuya madre no producía la leche necesaria para su alimento, y fue así como mi madre la acogió en su seno para compartir conmigo tan suculento manjar. “Pero mi obligación era darte de mamar a ti primero, y después de saciarte, ponía a la niña”, decía mi madre al relatar aquellos días gélidos de enero. Claro que yo me criaba con todo el regalo “y bien gordito que te criaste, pero con casi dos años, una bronquitis  estuvo a punto de llevarte de este mundo”. Pero aquí estoy, a pesar de que pudo no ser cuando la parca, por tres o cuatro ocasiones a lo largo del tiempo, se acercó hasta el límite, pero la genética heredada le hizo frente y la vencí.

Pensando en aquel momento, me pregunto si hay algo que encarne mejor el espíritu navideño que lo que hacía madre con su leche. Creo que no. La niña que era mi hermana de leche y yo, fuimos creciendo a la par.

     —Hizo un frío terrible aquel invierno —decía mi madre—. Leoncio, el padre de la niña, me la traía arropada bajo su tapabocas (que es la manta del pastor, pues pastor era Leoncio). El pobre Leoncio llegaba con la cabeza escondida entre la boina y el tapabocas y, humilde, casi avergonzado, como quien pide limosna, me decía “Aquí la tienes, no para de llorar desde hace un rato, creo que tiene hambre”. Me la entregaba junto a la chimenea y al calor de la lumbre yo la amamantaba. Él salía a la calle a esperar, por pudor. Cuando había estrujado bien la teta le decía “Leoncio, ya puedes entrar”. Y él no sabía cómo agradecérmelo. Pero luego afloraba en sus labios una sonrisa cuando tras entregársela le decía: “No tienes que agradecerme nada, si no nos ayudamos entre los pobres, quien nos va a ayudar”. La acurrucaba entre sus brazos. Yo le ayudaba a embozarse en el tapabocas y así regresaba a su casa aguantando las ráfagas del cierzo que soplaba en las bocacalles. Así fue aquel tiempo.

Los años pasaron, cada familia sobreviviendo como podía, compartiendo lo poco que tenía, encontrando en la palabra del otro el apoyo vital, “pues no solo de pan vive el hombre”, recalcaba don Matías desde el púlpito, “Qué bien se habla desde lo alto del  cajón cuando se posee un  buen gallinero como él, y buena barriga, y no le da pena cobrar por bautizar a un pobre”, decía mi abuelo Marcial. 

Ahora pienso que el ser humano, como los animales en general, descubrieron enseguida que la vida en grupo, aunque no faltaran indeseables, era mejor que vivir aislado. Los más humildes encontraban en los suyos lo mismo que los ricos entre los iguales. Así hemos llegado a estas navidades, en subgrupos, sin que esa fraternidad encarnada en la Navidad sea una realidad en este planeta.

Pero Leoncio sí sabía lo que significaba la Navidad, y mi madre, y la Tía Vicenta, la partera.

Un día, cuando Nati (Natividad), mi hermana de leche, y yo, habíamos crecido, distanciados, ajenos a aquellos avatares lejanos, acudimos al salón de baile, como todos los muchachos y mozas que se iniciaban en  los primeros compases, al son de la gramola, nos miramos a los ojos sin buscar nada que no fuera divertirse. Ellas sentadas en los bancos esperando escuchar “¿bailas?”. Nati me dijo que sí. Las manos inocentemente estrechadas, arropando la cintura, guardando casi instintivamente la distancia que separa la alegría del pecado, Nati y yo dimos los primeros pasos. Me quedé mirando de soslayo sus opulentos senos, pues gordita se había criado y, tal vez porque no le faltó leche de las ovejas que su padre guardaba, ovejas algunas suyas, pero la mayoría de labriegos pudientes. Avanzamos al ritmo de vals, a nuestra manera. Por un momento pensé: "Qué bien te vino, “condená”, que compartiéramos leche”.

Ella nunca hizo mención a este hecho fraterno. Yo tampoco. Ella se casó. Yo también. Y tuvimos descendencia, y la vida siguió como fluye el agua de manantial, sin más. Me hubiera gustado haber tenido una relación más estrecha, pero nunca fue de palabra desprendida. Su padre era así también. Algo taciturno, o al menos me lo parecía. A este respecto, me comentaba mi abuelo Marcial que un día de verano tendió la manta en el suelo, a la sombre de un  roble, y cuando se despertó estaba invadido de hormigas hasta en los más recónditos entresijos, tal fue el empeño de ellas  en colonizar —no se sabe por qué— su cuerpo. Hubo de regresar al pueblo para deshacerse de tal asedio cambiándose toda la ropa. Pues sí que era un alma extraña. Siempre lo vi en el campo con su rebaño, alejado de otros pastores, apoyado el trasero en su cayado, vagando quién sabe por dónde  sus pensamientos en medio de la soledad, compañera fiel de sus pasos con las abarcas y el bajo de los pantalones de pana remendados metidos en los gruesos calcetines de lana tejidos por su esposa a la que la Naturaleza, tal vez sabia, le negó  más hijos.

Algunas veces, durante mis vacaciones estivales francesas, recorría el campo de mi pueblo, y cuando lo veía me tentaban las ganas de hablar de aquellos días que llegaba con la niña como llegan los pastores con su cordero al Belén. No fue posible. De modo que este relato navideño es un revivir lo que solo se conoce por la transmisión oral, como es el caso de Jesús de Nazaret. Tal vez la Navidad sea eso: un revivir  lo inasible, lo soñado, un abrazar lo más íntimo de uno mismo, un perseguir la paz interna. Amén

 

 

 

13 enero 2022

MI PUEBLO

Mañanas blancas de enero, espejos de carámbano, duro el suelo, gris el campo, azul el cielo, silencio en las almas, paso lento, borbotea en la lumbre el puchero, aroma de café que llevo dentro. 
 Mi pueblo. 
Rezuma la hojarasca quieta en su lecho, se consume la vida a paso lento, luz de musgo fresco verde terciopelo, sale a mi encuentro; es enero 
Mi pueblo. 
 Zurce las calles el viento, espesas toquillas negras abrazan los cuerpos, recogidos, callados, rastro de naftalina camino del templo, losas gélidas de tumba el suelo, volutas de incienso suben al cielo, mariposas de enero, ruegos por los vivos, y por los muertos, renace enero. 
Mi pueblo. 
 Luna fría de niquel vuela en la noche, luna llena, la más llena del año brilla en los tejados, adentro el brasero, en la alcoba cabalgan los sueños, en silencio, en la paz de enero 
 Mi pueblo.

11 diciembre 2021

NOCHE DE LUZ, ALEGRÍA Y PAZ

Ahí estoy en la foto, asomando por el cuarterón de la puerta que me alumbró al mundo, puerta tosca de roble eterno que durará más que yo si no la desguazan, porque está al abrigo de la lluvia y del sol bajo el cobertizo, de modo que el interior de la estancia sin ventanas era oscuro como una mazmorra. Hoy es una cuadra, y acaso antes de que yo naciera, también. Pero se transformó en vivienda de pobre, “un Portal de Belén”, dijo mi abuela Pepa, porque al nacer me adelanté dos semanas al día de Navidad. “El reloj del torreón acababa de dar las tres de la madrugada cuando me puse de parto”, me dijo un día mi madre, cuando yo quise saber los pormenores de aquella noche gélida de diciembre, “pocos días después cayó una buena nevada”, añadió. Hoy, 5 de diciembre de 2021, han pasado exactamente 74 años, minuto arriba, minuto abajo, de aquella noche glacial y candente, y de luz de candil, y de alegría y de paz que celebro, y puede que en la memoria de mis células siga impreso el recuerdo y me agradezcan el buen trato que les he dispensado, que nos hemos dado. El tiempo es algo volátil, muy difícil de medir en la densidad del universo, por eso he hecho un ejercicio aritmético para calibrar su amplitud. He traducido los 74 años en minutos y me da la escalofriante cifra, si no me equivoco, de 38.361.600 millones de minutos, pero si contabilizo los latidos del corazón a razón de 60 por minuto, sale la cifra mareante de 2.301.696.000, fantástico, sublime relojería, o sea que se ha portado como un jabato este músculo al que rindo culto, lo que me alienta a homenajear a ese otro yo interior que me ha llevado hasta hoy en volandas. Dejando atrás el minutero y el tictac del corazón, voy a sumergirme en lo tangible, en lo palpable, en el alma de quienes aquella noche sufrieron, “parirás con dolor”, le dijo Jehová a Eva al desterrarla del Paraíso, me cachis, que mala baba. Pero al lado de mi madre estaban mi padre, mi abuela Pepa y, sobre todo la Tía Vicenta, la partera. Mi hermana, la primogénita, con un año más que yo, dormía placenteramente en su cuna ignorando que había de cedérmela al poco tiempo, cuando mi madre dejara de calentarme con su cuerpo en la cama de matrimonio. No sé si había electricidad en la morada, en el mejor de los casos una bombilla ruin de 25 vatios que se peleaba con el candil. Tal vez mi abuela hubiera añadido uno o dos vasos con lamparillas en aceite para alumbrar al alumbrado, y mi padre se hubiera apresurado, como es lógico, a encender el fuego para calentar el agua para lavar y adecentar lo inmediato de la escena; lavar las manos de la partera, lavar al niño “hay que ver cómo guarreabas, qué ganas de salir tenías”, me dijo mi abuela cuando me acogía en su regazo recordando estas anécdotas. Y, tras el lavado, la Tía Vicenta dejaba todo en su pulcritud virginal. La Tía Vicenta era pequeñita, poquita cosa, como decíamos, pero inmensa en su talento y en su corazón, afable y comedida. A cualquier hora del día, y sobre todo de la noche, estaba lista para salir de casa con sus herramientas de paritorio que no eran sino sus manos, el jabón, algún lienzo suave y blanco, hilo y tijeras. Ahora pienso que las tijeras han sido uno de los grandes inventos a las que no les damos la relevancia merecida. Sus pequeñitas manos le permitían desentrañar rápido y con pericia el cordón umbilical a veces envuelto al cuello amenazando asfixia, manos para asir lo casi inasible, llegando allí donde otras manos más gruesas tropezaban. Tenía, en su vejez, que es de cuando la recuerdo, una piel suave y la punta de los dedos algo encorvados, como si la naturaleza los hubiera diseñado para atrapar las cabecitas que se negaban a salir; un fórceps acolchado y cálido. Tenía un bigote señorial y unos pelillos más largos y ensortijados en los extremos. También en eso era única, y respetada, porque ¿quién no le era deudor de sus impagables servicios, de noches desapacibles con final feliz? Junto a la casa había una cuadra donde dormían las ovejas, y es de suponer que nací entra balidos de corderos pues, al acercarse la Navidad, serían vendidos; carne fresca de recental para los pudientes de la ciudad. Enfrente había una cuadra con dos o tres marranos y sus correspondientes pulgas. El aire de aquella noche debía ser puro y cortante como lo es ahora por estas fechas, y sí echo de menos los balidos de corderos, los gruñidos de los cerdos y las pulgas saltarinas; lo de las pulgas es para salpimentar el relato. Pero no es menos cierto que aquel bullir de la pobreza fraterna y entrañable, envidiada a veces por algún pudiente que solo se regodeaba en la desventura ajena, contrasta poderosamente con el silencio sobrecogedor actual de las viviendas sin gente, de cuadras sin animales calentándose mutuamente, de calles cimentadas sin huellas, del viento desamparado bramando inútilmente su soledad en el tendido eléctrico, igual que azota la lluvia los cristales de las ventanas sin respuesta: toda noche es callada porque ya no nacen niños y la lluvia resbala por el pavimento en un siseo mustio como llorando su destierro; no hay olores fuertes y densos como los que emanaban de las cuadras, a veces algo repelentes, pero menos que las cloacas de la modernidad, porque aquellos olores eran otras tanta señas de identidad de nuestro mundo: en esa cuadra los marranos del tío Celestino que le echa en la pila salvado con patatas, en la de más allá la mula del Ramiro, que cuando no está harta de arar, suelta coces, luego el corral del tío Epifanio donde guarda el rebaño de ovejas ,una negra y tuerta que da mucha leche, dice alabándola, al lado, el gallinero de la Piluca que tiene un gallo que acompaña a las campanadas del torreón cuando da las seis y aun es de noche, y así sucesivamente se podía caminar sintiendo la presencia de esos animales con su olor característico, olor que no nos parece repulsivo, sino agradable, porque esos olores son sinónimos de leche recién ordeñada, y de cuajada y requesón postreros, de cerdo cebado que nos dará jamones y buen chorizo, de ovejas que nos abastecerán de lana para hacer calcetines y jerséis y bufandas, y de gallinas que ponen el par de huevos para el desayuno, todo tan fresco y saludable, todo ese mundo que planea en mi mente al relatar la noche de mi nacimiento ya no existe, porque todo se vende en la tienda manufacturado, elaborado con conservantes y otras porquerías, porque la modernidad es eso y más cosas que nos traen confort, pero que también consumen nuestro tiempo, nuestros nervios y paciencia por querer ir más deprisa y abracar más. Aquella noche comenzó en el minutero la cuenta atrás, al compás del universo, y van 74. Afuera, la luna de plata helada espejeaba sobre los tejados; los cochinos de enfrente roncando a pata suelta en familia; los corderos acurrucados al calor de sus madres después de haber mamado, como yo que ya había aprendido donde estaba el pezón, guiado por el olfato y el tacto, y mi madre de costado en la cama, apretujándome sobre sí con su brazo derecho, con suavidad, y al cambiar de postura, amparándome con el brazo izquierdo, en la oscuridad de la noche, a veces con la llama del candil temblando y la torcida moqueando. Cuanto amor destilaba una noche así, cuántas ganas de vivir la vida. Ahora me paro, no quiero correr, ir más de prisa ¿para qué? Estos 74 años quiero llevarlos con calma, sosiego, saboreando unas patatas meneás o a la riojana, y una tarta, compartiendo saludos y abrazos con mis amistades, alguno muy efusivo como el de aquella joven tan vital ella a su dieciséis primaveras, y que el destino nos separó 54 años, destino que nos ha regalado el reencuentro, con salud y riendo y tomando una copa y aflorando las ilustres arrugas del tiempo vivido y disfrutado; abrazos algunos virtuales, pero no menos saludables que el resto de caras donde brota la amistad y la bonhomía. Me asomo a esa puerta que se me abrió al mundo con una especie de nostalgia y orgullo a la vez por el deber cumplido: sembrar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, todo obrado con humildad, y por haber surcado caminos llenos de trampas sin caer en el abismo, por haber sorteado, como todo hijo de vecino, los cantos de sirena que te envainan para aprovecharse de tu trabajo, miro el cielo azul, el horizonte sereno, recuerdo los amigos que se fueron, los que ya no están, los que llegaron por azar, porque así estaba escrito, pero sobre todo, me acuerdo de la Tía Vicenta y su voz cálida y ronca, su vestimenta negra impoluta, el pañuelo en la cabeza, sus ojos negros de un destello entre pícaro y amoroso, ella que mientras pudo y la vejez le entregó el testigo a la Tía Lumi, la otra excelente partera, nunca faltó a la cita para ayudar a traer al mundo al que pedía paso para seguir con el legado de sus padres y abuelos, y así se va escribiendo la historia de cada cual. La mía, lo que siguió a aquella noche, en el siguiente capítulo. El mundo es un sueño que vamos adaptando a nuestra medida, lo único cierto es que la Tía Vicenta me ayudó a nacer y me puso en el buen camino. Gracias, Tía Vicenta.

23 octubre 2021

EL NEGRO EN LA ERA

No sé si el color negro es el de la vida o el de la muerte. No sé si el color negro es el del silencio o el del llanto. No sé si es una costumbre, o un callar la miseria, o una lucha interna. Miro la foto y descubro en esa mujer de negro la lucha por la vida, la nobleza del alma, la fuerza interna, el arte de sufrir con arte, el arte de cribar el pan soñado, el arte de empuñar fuerte con manos gruesas de años cansados el cedazo por donde pasan los fríos y calores de todo un año. Sufriendo con el vestido negro, blanco de harina postrera, rojo de pimentón en la matanza del cerdo, negro esperanza en el bautizo blanco del niño que reirá con la madre en la era color paja, color trigo, color pardo de mula flaca, color fuego de crepúsculo encendido, color negro de vestido negro que criba los segundos del sudor resbalando por la frente. Negro vestido de noche estrellada, negro , blanco de amanecer de pan blanco cribado en la era con vestido negro. Cuando yo era niño encontraba en el regazo del vestido negro de mi abuela el cariño rosa que me acogía. Ahora sé lo que significa ese negro: Es el arte de cribar el blanco y negro de la vida.

22 junio 2021

A mi primo Adolfo Carreto

· Artículo que en mi blog dediqué hace cuatro años a mi primo del alma, Adolfo Carreto, cuatro años después de su prematuro e inesperado fallecimiento un dia como hoy, 22 de junio de 2008. Van pasando los años y seguimos pasando porque lo nuestro es pasar, como dijo el poeta. Tu ausencia (hoy cuatro años ya) se hace pesada aunque solo a ratos ,porque de vez en cuando me sumerjo en tus escritos y siento a través de ellos tu sonrisa y tu modestia cuando comentábamos algún tema de los que hace más de cuarenta años escribiste con la ilusión de la juventud, con la ilusión de poder cambiar las cosas, o al menos de intentarlo, sabiendo que el mundo gira a su bola y nada podemos cambiar en el fondo, solo informar ,denunciar ,apoyar a los más humildes como hiciste siempre sabiendo que solo el calor humano, el cariño y la esperanza que suscitabas con tu apoyo a los abandonados a su suerte, era lo máximo que se podía ofrecer. Por eso y por muchas cosas más, siempre estaré orgulloso de ser tu primo, y seguiré conversando contigo de esta otra manera que el destino nos impuso. Por eso he querido recordar uno de los muchos artículos que escribiste allá por los años setenta, cuando la televisión comenzaba a encandilarnos con sus mensajes y sus imágenes encantadoras ,pero como bien analizaste ,no exentas de ideología para imponer, a la postre, la forma de vida que deberíamos copiar y hacernos soñar en una libertad condicionada. Félix “ El producto de la T.V es usted mismo”. “Resulta que usted paga por algo que no ha elegido. Bien. ¿Y qué? ¿No es acaso éste el precio que exige la sociedad de consumo? Comprar lo que las empresas producen para satisfacer las necesidades que ellos nos han impuesto. ¿Complicado? No. Sumamente simple. Usted también es producto de la televisión. -piensa como la televisión quiere que piense -ama, como la televisión desea que usted ame -odia, lo que la televisión se empeña en que usted odie -rechaza, lo que la televisión programa para que usted rechace -y aplaude con la intensidad que manda aplaudir la televisión. ¿Verdad que usted hace todo esto y sin embrago nunca le han colocado un frío revolver en el lado izquierdo de la nuca para que beba Pepsicola, fume Vicerroy, vista Crilenka, viaje en Ford, escuche música en Nacional, se libere con los Blue Jeans y siga pensando todavía, TODAVIA, en los Beatles? Usted no puede quejarse porque todo se lo dan a mano. Avon llama a la puerta de su casa, y usted, por supuesto, le abre. Si tiene dinero beba Old Parr. Y si no lo tiene, piense:” Eso es para los que tienen dinero.” Porque, eso si, usted debe hacer las cosas con tal de que sean Old Parr. LA IMAGEN TELEVISIVA ES UN PRODUCTO IDEOLOGICO. La imagen es un producto. Pero más que un producto económico es un producto ideológico. Más que neveras, salchichas playas doradas, apartamentos al otro punto cardinal de su casa…van a venderle ideología. Con una regla de tres muy simple: que la ideología que usted compra la paga comprando también los productos. En imágenes, usted compra todos los días un mundo:”el bueno.” Y usted rechaza todos los días otro mundo:”el malo.” Fundamentándose en hechos tan moralmente universales, la televisión le dice:”Quien roba es un ladrón.” Y usted no duda de esta verdad. Y entonces llegan las imágenes. Alguien robó en la empresa. Alguien robó en el Banco. Alguien robó en la Quinta del Barrio Rico. Y comienza la acción. Nuestro objetivo es perseguir a los ladrones. Son una amenaza para la sociedad. Es lícito matarlos. Es necesario matarlos. Hoy me robaron a mí. Mañana pueden robarle a usted. ¿Cierto? No. No es cierto, amigo. Hoy me robaron a mí porque yo tenía algo digno de ser robado. Mañana no le robarán a usted porque usted no tiene nada digno de ser robado. Usted vive en el barrio de los ladrones, en las afueras de las ciudades, en las afueras pobres de la s ciudades ricas, no en las afueras residenciales de las ciudades ricas. Y usted tendrá que odiar a los ladrones, vecinos suyos, compañeros suyos de liceo, si es que tuvieron oportunidad de ingresar en el liceo. Toda la policía del mundo es efectiva. No está corrompida. ¡Ja, ja, ja! Protege al inocente. ¡Ja, ja, ja! La policía es efectiva y da caza al ladrón. Ya lo tenemos en la pantalla. Cara desgarrada. Mal vestido. Mal comido. Con barbas y pelo al aire. Mal vestido. O bien. Según la sociedad en la cual el ladrón se desenvuelva. Pero nunca mejor vestido que aquel a quien ha robado. Ya lo tenemos ahí. Siempre había sido buscado por la policía. Desde que nació tenía antecedentes penales. Cuando le sacaron la fotografía y le pusieron un número debajo ya se sabía su destino: la cárcel. Ya hemos aprendido a odiarlo. Lo robado es devuelto a su dueño. Justicia. ¿A su dueño? Pues claro, a su dueño. Porque la imagen ha conseguido demostrarle que ese “buen hombre” con lujoso carro y lujoso traje, y lujosa quinta y lujosa señora, y lujoso color de cara, y lujosos cuadros en las paredes de sus casas casas casas ese buen hombre ha sido objeto del atentado de un criminal. Hay que deshacerse de él. Es justicia. Y la policía cumplió y restableció el orden. El “buen hombre” podrá seguir disfrutando de sus cuadros en sus casas, de su tranquilidad en sus playas, de sus lujosos trajes, de sus lujosas quintas, de su lujoso color de cara y de sus lujosas queridas. Se ha restablecido el orden. Ya podemos seguir robando.” (Adolfo Carreto