14 abril 2022

LA VIDA ANDANDO

 

                                                           



 

Siempre recordaré aquella tarde, el sol declinando en el horizonte, hacia Portugal, del otro lado del Duero, cuando saboreabas con deleite la pera que te había llevado. Siempre te hablé de usted, padre, hasta el último día, porque así crecimos. Tampoco tiene mucha importancia porque la esencia está en el tono y el respeto al hablar, pero me saltaré dicho hábito  en esta remembranza.

Estabas en la silla de ruedas, en la explanada de hierba y setos de la residencia de  ancianos, en el pueblo vecino, rodeado del algún rosal, un madroño y algunos paseantes. Mirabas el horizonte diáfano, al cañón del Duero, tal vez contemplando los colores rosa y malva anunciando el ocaso y tú, saboreando la jugosa pera, trozo a trozo, después te limpiaste con el pañuelo y dijiste algo que me dejó pensativo un largo rato, no un rato, sino hasta hoy mismo. Esa sentencia tuya, ese pensamiento súbito del que hablo, lo describiré en algún párrafo de una novela para que seas el protagonista, sin que nadie sepa que eres tú.

Yo empujaba la silla de ruedas mientras saludabas algún conocido y te brillaban los ojos cuando te preguntaban la edad, y tú: “pronto haré los noventa y cuatro”. Pero no llegaste, faltó poco, aunque eso carece de importancia, porque lo mollar está en la forma en que se llega al final del camino.

Ese camino es el que me lleva ahora a relatar ese momento plácido de aquella tarde, a comprender, o al menos intentarlo, la lucha por la vida.

La memoria va guardando imágenes de momentos que a uno le parecieron importantes por algún motivo, por  eso me viene a la mente una tarde de verano cuando le diste una patada al balón,  le hiciste un regate a Ignacio del tío Doroteo, tres años mayor que yo, en la calle donde jugábamos, al lado de casa. Ese gesto me alegró y me asombró a la vez. “Anda, mi padre jugando como un crio…”. Yo  tendría entre ocho y diez años y tú unos treinta y cinco. Yo te veía muy mayor, un hombre maduro, fuerte, con músculos de acero por haber bregado sin tregua, con  cinco hijos ya. Qué extraña es la perspectiva del tiempo cuando se es  un chaval. Fíjate que contraste, ahora a los treinta y cinco muchos jóvenes buscan su primer empleo, y yo mismo con tres cuartos de siglo en las piernas, o en las espaldas, que ambas cosas han soportado lo suyo, podría repetir tu gesto con el balón. La vida es un misterio que nos sorprende en cada recodo del camino.

Aquella patada al balón fue un momento fugaz de plenitud, luego proseguiste camino de casa, satisfecho, sin duda, de haber revivido ese retozar  de la infancia, gracias al balón. ¿Por qué guardo yo esa imagen tan nítida después de toda una vida? ¿Será eso lo que se llama amor? Misterios del cerebro.

Pero hubo otros momentos, menos sabrosos, como cuando se te clavó la esquirla de madera bajo la uña del pulgar, y el dolor y los sudores al intentar extraerla el médico, en carne viva, médico que se alojaba en el bar de Alonso que hacía de pensión también, y allí mismo, en una sala del bar, como en las películas del Oeste un médico extrayendo una bala a un herido rociando con wiski la herida, si es que parece de película, sí, tú sentado en una silla, junto a la mesa camilla, el médico que hurgaba “ ya la tengo, aguanta un poco más” , y los goterones te cubrían la frente y la  tía Salvadora le dijo a su marido que abriera la ventana, que entrara aire, que te ibas a desmayar, “pero aguanté, aunque estaba al límite”, me dijiste. 

Podría seguir horas recordando miles de anécdotas, como cuando Arcadio, tres años mayor que yo, me dio un puñetazo en la nariz y yo sangrando como un gorrino, empapé el pañuelo y tú al verme saliste a la calle y retaste al mozo y a sus padres que salieron a la puerta de casa “ Si tenéis huevos venir aquí…” y yo me asusté; “Padre, que no es nada, que ya no sangro…”, miedo que tenía que os enzarzarais a puñetazos. Y la madre del otro “que sí, que tienes razón, que perdona…” y tú “¡qué perdona ni que hostias, hay que ser menos salvaje, me caguen…”. Un vendaval desatado eras cuando te herían el amor propio, y eso no es malo porque había que defenderse a cara de perro, llegado el caso. Eran tiempos duros.  Por cuantos desafíos ha pasado uno en la dichosa vida. Esa defensa a ultranza de lo nuestro, arriesgando el pellejo si era necesario para defender y protegernos, es lo que más admiro de ti, ahora que el camino se ha andado, como quien dice.  

Por eso no he podido resistir, al recordar aquella tarde de verano con la jugosa pera, teclear en el ordenador—porque escribo con más consistencia que con el bolígrafo— estos sentimientos, ese mirar tuyo al horizonte. Lo repetiría mil veces, porque me pareció un momento inenarrable, único, sublime, revelador, balsámico y a la vez estremecedor por lo que conlleva de reflexión profunda tu sentencia, simple y aleccionadora, sí.

“Padre, le ha traído otra pera, sé que le gustan más que ninguna. ¿Se acuerda cuando planté el peral, hace unos veinte años?, yo también era joven”.  He dicho “se acuerda, en lugar de te acuerdas”; sucedió tal cual para ser fiel al relato. Pero sigamos con la historia. “Tú lo regabas con cariño cuando llegaba julio y agosto, acariciabas sus ramas y él lleno de peras correspondió a tanto celo. Todas las tardes te llevaba una”. Un día una cuidadora me dijo, “que no coma a esta hora que luego no  cena”. Qué ignorante, “ya llegarás a vieja y lo comprenderás”, me dije. Ella no sabía que ese momento, saboreando la pera dulce y jugosa, mirando el horizonte con sus colores, viendo caer el sol hacia Portugal a los noventa y tres años, serena el alma, la paz en el jardín, una palabra cariñosa de los paseantes, ese momento era el colofón al final del día, que era casi el de la vida entera.

Saboreaste el último trozo de pera, te limpiaste con el pañuelo, afirmabas con la cabeza “qué rica está”, la mirada fija en el ocaso, la respiración sosegada, el pañuelo en la mano,  luego te acariciaste la nariz, y enrollaste el pañuelo entre los dedos, como si no lo quisieras guardar, te pasaste la lengua por los labios y fue entonces cuando dijiste: “Qué corta es la vida”. Esa es la frase que me ha llevado a recordar aquella tarde serena y a escribir estas remembranzas.

La vida es una lección que vas aprendiendo hasta el último día, como lo que representó para ti ese momento sublime con la perita dulce. Ahora pienso que uno debe sacar conclusiones de lo vivido, de la experiencia de los padres que velaron por nosotros, para entender mejor la razón de nuestra existencia, para captar lo esencial y entender lo que es superfluo.

Hoy, a mis setenta y pico años, después del recorrido junto a ti, llego a la conclusión que la vida es un dar patadas al balón y un sacarse la espina que llevas dentro. Y, sin embargo, ¡qué corta es la vida!, padre.

 

Félix Carreto.

La Zarza de Pumareda, 31 de marzo de 2022.  día 780 de pandemia.

 

 

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