La primavera se ha ido instalando
a la chita callando. No entiende de confinamientos y ha salido para espolvorear
esos verdes que son todos los tonos del verde, verde escoba, verde roble, verde
prado, y luego los amarillos, marrones, blancos, morados; todo el campo es una
alfombra fresca, perfumada, exuberante de fuerza mansa que la suave brisa y la
lluvia esporádica o pertinaz de estos
días , ha conseguido resucitar esos brillos tan de nuestro campo, de nuestro
abril que viene a ser un resucitar de
los tiempos, los de nuestra infancia, también. Valgan estas imágenes para
disfrutar desde el confinamiento, para ver la belleza que nos llama a la puerta,
que quiere compartir con nosotros estos tiempos difíciles e inciertos para
hacerlos más llevadero.
19 abril 2020
05 abril 2020
AROMAS,SONIDOS Y COLORES DE UN TIEMPO LEJANO
Mi infancia y
adolescencia, como la de todos mis coetáneos que disfrutamos en mi pueblo de La
Zarza de Pumareda, está poblada de aromas de otro tiempo, de sonidos y colores
que se fueron diluyendo con el paso de los años, con el viento y la lluvia que
los llevó con ellos y solo me quedan los recuerdos archivados en la memoria
como tesoro en un arca que, de vez en cuando, es grato contemplar para que el
tiempo no sea un mero fluir en el tedio.
Aldea pequeña la nuestra
era, sin embargo, un vergel multicolor para los sentidos, un caleidoscopio que desplegaba
su fantasía a lo largo de las cuatro estaciones; sus colores y aromas, y sus
sonidos que iban moldeando sin saberlo, nuestra percepción del mundo que nos
rodeaba. Aunque hubo dos mundos bien distintos, objeto de este relato, y a ello
iré más tarde.
Todos llevamos en
nuestro ser el sonido de los cencerros y
el gruñir del ganado al paso por nuestras calles, los ladridos de los perros,
especialmente durante las noches invernales para ahuyentar las alimañas, el
silbido de los cables de la luz, míseros ellos que zarandeaba la ventisca, el
sonido de la corneta de la alguacila, el de la campana del reloj del Torreón, y
las otras campanas tocando a misa, o al
Ángelus, sones de alegría unas veces, de tristeza y dolor otras, porque la vida
está aderezada así; oigo el castañetear de la cigüeña machacando el ajo, y el
canto de las ranas y del búho en la noche primaveral, canciones, risas y
llantos; tantos y tantos sonidos llevo dentro, que pasaría el resto de mis días
rememorando las secuencias de la película de nuestro pueblo, la película de
todos nosotros.
Pero tal vez fueran los
olores, los distintos aromas, los que
sellaron para siempre con más tenacidad en la memoria mi universo, nuestro
universo, cerrado unas veces, abierto otras, pero no más
allá del contorno de nuestro campo,
salvo cuando el coche de línea te llevaba hasta Vitigudino que olía a tiendas y
a mercado, o a Aldeadávila que olía a
vino y aguardiente, a bodegas bajo las viviendas, a las aceitunas y al aceite
de oliva que nos traía en su burrito la “Barburina”.
Familiarizados
estábamos con los olores de cagalitas, “moñigas” y cagajones de los animales al
pasar por las calles, residuos que el
viento, el trasiego y la lluvia purificaba enviando a las cunetas donde se transformaba
en abono y mantillo para las flores en los tiestos que en la primavera
adornarían los balcones. De modo que ya fuimos pioneros en el reciclaje tan
cacareado ahora, porque todo se reciclaba.
Nada, pues, como los aromas para evocar
momentos e imágenes concretas, porque si voy por el campo y huelo un tomillo,
me traslada a la procesión del Corpus Cristi, tapizadas las calles de tomillos.
Y si evoco la Semana Santa me llega el olor en la iglesia del incienso, de los
cirios chisporroteando; de la toquillas de las señoras mayores con olor a
naftalina, y las capas de los cofrades, y así podría seguir evocando los aromas
de momentos concretos que fueron alimentando mi espíritu.
Sin
embargo, donde se concentraban todos los olores de la felicidad era en la
tienda, sobre todo la de la Tía Pepa ( Juan, Eulalia), porque entrar allí era
impregnarse de las esencias del mundo, el mundo que no conocíamos cuyo aroma
característico y peculiar iba impreso en el esparto de sogas, alpargatas y sombreros de paja, pasando por
el bacalao, escabeche y sardinas, colonias a granel, y la goma de las botas katiuskas, y las
naranjas de sangre de toro, y todo aquel
revoltijo de fragancias se condensaban en una sola: el aroma de la tienda;
nuestro alimento perenne y volátil. También el olor propio de cada una de las
tres cantinas, mezcla de humo de tabaco rubio, de faria o cuarterón, vino y
coñac, berberechos y aceitunas, y colonias variopintas, era el aroma de la felicidad.
Pero
hete aquí que un buen día corrió la voz: “Van a hacer un salto en Aldeadávila y
habrá trabajo para muchos obreros”.
Y
a nuestro pueblo llegaron los aromas, los del otro mundo, el que desconocíamos.
Llegaron foráneos con sus acentos y costumbres, gallegos, andaluces, navarros.
Llegaron los ingenieros con un Willys que llamábamos “Llys”, y comenzaron a
trazar la carretera del Salto, y la línea de teléfonos con sus postes de madera
impregnados de un olor acre como a brea, otro olor nuevo, y en la calle El
Milano, en el espacio donde no había casas instalaron unos artilugios para
moldear y cortar varillas de hierro y todo aquel amasijo de cosas olía a hierro,
a grasa de las máquinas y a la grava
traída de la mina de Barrueco, olores nuevos todos, y el camión Nissan de la
empresa Erroz, que conducía, creo que se llamaba Ramón, olía a gasoil y cuando caía
una gota de aquel liquido en un charco de la calle se formaba una aureola
irisada de fantasía, olores y colores nuevos, como el de las tablas y tablones
de pino, olor a resina, y descubrimos el olor a cemento que descargaban en
sacos de esparto en las casillas del Tío Rodríguez, junto a la carretera, y el
olor a brea o alquitrán, y el olor mezcla de goma recalentada de las mangueras
del compresor para barrenar, y el olor a la dinamita impregnada en las piedras
deshechas por los barrenos, el de la apisonadora movida por la combustión del
carbón; infinidad de olores nuevos que se mezclaron por unos años con los
nuestros propios del terruño.
Al
cabo de diez años, todo aquello terminó y desaparecieron los olores nuevos,
aunque en la memoria perdurarían como fragancias para siempre nuestras.
Se
enternecerían, como aromas indisolubles al paso de los años, el de las rosas,
lirios y lilas que trascendían de los huertos por mayo, cuando hacíamos la
primera comunión, y la iglesia se llenaba de esos perfumes confundidos con el incienso y colonias en los cuerpos
jóvenes que llenaban de alegría nuestro discurrir en el tiempo.
Me
quedaría, sin embargo, con el aroma más hondo, más apetitoso; el aroma que
entraba por la nariz y llegaba al estómago como elixir de la vida, sahumerio
vital: El que salía a borbotones por la boca de las chimeneas de la panadería
de mi abuelo “El Tío Angelín”; el aroma a pan cociendo, calentito, reciente:
Aroma que si hincho los pulmones me sigue alimentado.
Mi
pueblo fue todo eso y mucho más: un fresco de sensaciones que uno lleva a
cuestas con sumo placer por haber crecido en aquel ambiente, no siempre
gratificante en tiempos de posguerra, pero eso sí, lleno de amor al calor de la
lumbre.
01 abril 2020
23 marzo 2020
El tiempo suspendido
“Salí para disfrutar de la arquitectura rural —anoto
en mi diario—. Me sorprendió un túnel pequeñito, rodeado de algunos chozos de
piedra. Era un túnel corto, de unos treinta metros; gris cemento, reluciente su
interior. Era lo que buscaba, pero no esperaba encontrarlo, ni tan cerca de la aldea. El sonido grueso y
suave que reproducía su interior al cantar una estrofa de Gracias a la vida, de Violeta Parra, me sedujo y pensé que era el
lugar idóneo para grabar un video. Lo anoté en una libreta para recordar el lugar.
Permanecía sentado afuera,
contemplando el brillo de su interior, cuando llegó a mi lado un señor de mediana edad con una botella de wiski medio
vacía, o medio llena. Estaba agitado, el rostro rojo como una granada,
resoplaba intentando aplacar el resuello. En cada trago que echaba desprendía
burbujas minúsculas que se volatilizaban. “He matado a mi mujer”, me dijo, y
volvió a darle otro tiento dejando la botella, ahora sí, casi vacía.
Llegó un policía que
probablemente lo perseguía y, pistola en mano, le dijo que lo siguiera,” y tú
también”, me dijo. Apenas tuvimos que andar para llegar a unos locales de
madera el interior, color miel, sin
adornos en los muros. Abrí una puerta y vi a un juez en el fondo de la sala.
Una señora, tal vez la secretaria, me regañó
y cerró la puerta. Terminada la vista, el señor con la botella casi
vacía y yo entramos. La sala se fue llenando de curiosos.
—Póngase en pie —me dijo el
juez.
—Por qué me tengo que
poner de pie si puedo responder sentado
como está usted —contesté.
El juez se puso rojo,
golpeó la mesa con el martillo y dijo:
—Aquí mando yo y usted,
limítese a contestar.
Iba a decirle que estábamos en democracia y que en cierto
modo éramos todos iguales y libres, pero me agarrotó el miedo.
—¿Ha visto usted como
mataba a su mujer el señor? —me preguntó el juez.
—Yo no sé nada de esa
historia. Estaba contemplando el túnel y llegó
a mi lado escapando de la policía. Pero no creo que le dé tiempo a
declarar porque va a caer redondo, pues ha bebido una botella de Wiski.
—Usted limítese a responder
a las preguntas, no emita opiniones; tampoco se admiten respuestas jocosas —dijo con tono agrio.
Lo que sigue es una acotación: Busco en mi diario una página
equis y encuentro : “Recopilado de El
País: El
señor Barrionuevo, exministro, para más inri,
cuando fue juzgado por malversación de dinero público y más cosas, a la
pregunta del juez “¿Dónde guardó usted el dinero…?”,contestó que en un calcetín,
y se quedó tan ancho. Este hecho es la prueba palmaria de que la Justicia no es
igual para todos o, al menos, concede distinto trato a según qué ciudadano…” Retomo
el relato:
“El señor de la botella se
desplomó. “Que lo lleven al hospital, que está a unos pasos de aquí”, dijo el
juez. En el hospital había dos tipos de camas y algún destartalado sofá
sobre baldosas levantadas. “Se van a deslomar con estas camas; unas a la altura
del hombro y otras casi a ras del suelo”, le dije a la monja.
“Las altas son literas,
pues como sabe, acaba de terminar la guerra civil y es lo que hay; las pequeñas
son para los niños”, dijo.
—Pero yo trabajo en el
Hospital Clínico, aquí en Madrid, y las hay con dispositivo automático —dije.
—Sí, pero es en el otro
lado de la Ciudad Universitaria. Ustedes llevan cuarenta años de democracia;
nosotros acabamos de terminar la guerra, como le dije.
La monja le regañó a una
enfermera porque habían mezclado mujeres con hombres en una sala, y puso orden.
“Esto es fruto de la “igualdad”, nosotros estamos ahora en ese camino”, le dije
a la monja. Miró al cielo, se santiguó y juntó las manos para rezar por mí.
Llamaron a la puerta de mi
casa.
—Hombre, primo. Qué
alegría; dos años sin verte es
demasiado.
—Acabo de llegar de
Caracas—dijo.
—Llegas a tiempo. Siéntate
a la mesa, mi mujer ha preparado unas exquisitas albóndigas con arroz y una
salsa de tomate que te gustará. Mira, están televisando el segundo entierro de
Franco —dije.
Acotación:
Este hecho de presentar
las exequias y sucesos truculentos en el telediario coincidiendo con un plato
exquisito de arroz con albóndigas, me resulta una coincidencia extraña. Busco
en el diario anotaciones lejanas y encuentro anotado: “Mientras como, en torno a
las tres de la tarde, unas exquisitas albóndigas con arroz, el telediario, “Telemadrid”, 26 de agosto de 2003, emite un
suceso truculento: “Un antiguo empleado municipal fue el primero que encontró a
las 5.50 horas de ayer la cabeza de la mujer de raza negra, en una bolsa de basura
cuando él mismo iba a arrojar residuos en un contenedor en la localidad de
Boadilla del Monte”.
Pero hay más anotaciones similares: “Hallan mujer descuartizada junto
a un contenedor en Sanchinarro, (Madrid) 10/12/ 2012”. Y otros dos sucesos más
del mismo estilo.
Anoto al margen: “Franco lo
hacen una vez más, inmortal, inmortal como otros dictadores; Pinochet, Pol Pot ,
Videla y otros de la misma estofa; así de paradójica puede ser la
inmortalidad”.
—Me gustó mucho tu novela
“Los pecados sobre la mesa”. Fue un acierto ambientarla en el siglo XVI. Me
alegré que te dieran el primer premio Luque Herrera, en Caracas—le dije a mi
primo que acaba de jubilarse—.Disfruté mucho con algunos pasajes: cuando el
obispo en un banquete, “La gula”, mira
el escote y los pechos de la marquesa, y entrega un cáliz de oro al marqués
como trueque por un elegante efebo. Esa escena es genial.
—Te agradezco el elogio, primo —me dijo.
—Pero también recuerdo otros
pasajes —añadí—, como cuando el protagonista dice: “El Estado le quita el dinero a quien menos tiene
para dárselo a quien más tiene”—. De nuevo genial—.Yo acabo de escribir una
novela y me gustaría, como escritor fino y
experimentado que eres, me la corrigieras.
—No es bueno que te la
corrija, porque debe guardar tu esencia. Sé tú mismo, sin complejos.
—Te agradezco el consejo,
primo, aunque reconozco mi escasa valía, pero bueno; escribir me divierte.
—Preséntala en algún
concurso, aunque sea de poca monta; prueba suerte.
—No voy a hacerlo porque pienso que a menudo están amañados, sobre todo los grandes, como
bien recuerda Cervantes en el “Quijote”.
—¿Estoy soñando o es
realidad?
Acotación:
Esto me lo pregunto muchas
veces cuando sueño. Me parece todo tan real, y algo surrealista a la vez, que me pregunto si es o
no un sueño. Y es entonces cuando me
despierto.
Y esta vez, acto seguido, me desperté también. Y recordé, con suma
tristeza, que mi primo del alma falleció hace más de diez años. Mientras, la
televisión sigue emitiendo extractos de ayer sobre las exequias, traslado, paseo, pompa o show, del difunto
Franco.
Esto ha sido a grandes
rasgos lo acaecido en ese tiempo añadido al tiempo, en ese universo inasible,
impalpable y etéreo de mis sueños, donde lo viejo se torna nuevo y lo nuevo
viejo. Después todo vuelve a ser lo real y fugaz, lo marchito en ese laberinto
labrado día a día de voces y ecos que se volatilizan y se pierden en el tiempo;
tiempo agitado de nuestro tiempo de
solaz recuerdo, a veces; de soledades
sin encuentros, a veces; de saludos cálidos, a veces; de sonrisas falsas,
a menudo; de “duelos y quebrantos” y de quebrantos y duelos, para alternar; de sueños
perseguidos que maduran en silencio,
acaso también; ahí afuera la lluvia y el viento barren los desechos de nuestro mundo moderno y voraz,
y, después, todo vuelve a ser nuevo y viejo, ruido estridente de sirenas,
ambulancias, policía, bomberos, frenesí, como si la ciudad ardiera y, más allá,
silencio en el cementerio, tiempo suspendido en la punta del ciprés, el
verdadero tiempo; tiempo de mis sueños: suspendido el tiempo.
03 noviembre 2019
El día de los Difuntos
Ayer fui al camposanto y deposité unas flores en el lugar
correspondiente. Ya sé que fenecen rápidamente, por eso creo que las mejores
flores son las que cada cual albergue en su corazón. Al margen de las flores,
como gesto de recuerdo, me viene a la mente la imagen de mi abuela Pepa que
este día nos reunía en el hogar para rezar el rosario. Las flores eran
secundarias, lo importante era la oración. Ha pasado más de medio siglo y la fe
de aquellos años ha fenecido, eso creo, y sin embargo pervive aquel momento
sublime. El rezo era por todos los difuntos, pero muy especialmente por su
hermano que murió joven, treinta y cinco años, en un accidente, cuando
dormitaba al lado del chofer del camión que le transportaba la mercancía.
Mi tío
era, además de muy inteligente, cariñoso, trabajador incansable y generoso,
pues donaba parte de sus ganancias a los más necesitados de la familia. Los
tres o cuatro hermanos y mi madre recitábamos las avemarías y padrenuestros que
mi abuela iba desgranando en cada misterio del rosario que yacía en su regazo. Hacía
frío en la calle. El cielo gris, triste y melancólico invitaba al recogimiento.
En torno a la lumbre de la cocina oscura, sin ventanas, con olor a la toquilla
de mi abuela, toda vestida de negro, cuyo cabello encanecido recogía en un moño
que cubría el pañuelo negro, las oraciones se fugaban camino del cielo por la
chimenea tapizada de hollín que ahora relucía en su negrura celestial bajo el vaivén
caprichoso de las llamas. La voz tierna y solemne de mi abuela nos sumía en un
profundo estado de recogimiento expresado en las manos entrelazadas y la mirada
fijada en los leños cuyas llamas resaltaban nuestros rostros arrebolados.
Mi abuela terminaba el rosario con unas palabras suyas:” Sed
humildes y no olvidéis nunca a los que os amaron”. Y su semblante se iluminaba
cuando de nuestros labios de niños educados en el respeto y el cariño
correspondido a los abuelos escuchaba:”Sí, abuela, así lo haremos”.Eran otros tiempos; no había móviles, ni Halloweenes frenéticos, ni calefacción en nuestros hogares, eran tiempos de inviernos sin abrigo y pan escaso en las aldeas castellanas, eran tiempos de esperanza y de sueños, pero sobre todo, eran tiempos donde el valor de las cosas era el valor del sacrificio. Y la oración era el bálsamo que lo remediaba todo. Eso decía mi abuela, convencida, y quizás tuviera razón. Por eso la he recordado con devoción en este día de “Los Difuntos”.
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