24 agosto 2023

LAS MADRINAS 2023

 


Un año más la fiesta de las Madrinas ha puesto el colofón al frenesí festivo con motivo de la celebración de nuestro Patrón, San Lorenzo.

Esta fiesta que durante nuestra infancia, allá por los años cincuenta y sesenta, adquiría un brillo particular, porque era la fiesta local por antonomasia, se resiste a desaparecer gracias a los voluntarios, “Padrinos y Madrinas”, que viviendo en la ciudad, regresan a la tierra donde nacieron para seguir disfrutando con la tradición.

El mundo cambia y nada es lo que fue, pero se intenta preservar la esencia: la ofrenda con las roscas a lo que se añade otros manjares como embutidos de primera calidad o frutos de la huerta. La tarde transcurre en armonía. Los vecinos congregados en torno al frontón, ofrecen, sobre todo las mujeres, la vistosidad de su indumentaria cuyo colorido alegre es un ingrediente más que ayuda a deleitarse mientras los fieles ofrecen su limosna a la Virgen.

Luego, la rifa de estas ofrendas culinarias depositadas en la mesa, abre un suspense para ver quién se atreve a pujar el último para llevarse la rosca que destila aun un aroma que dan ganas de meterle el cuchillo y el tenedor.

Pero si yo cierro los ojos y pienso en cuando era muchacho, me veo corriendo detrás de los mayordomos o patrocinadores de la fiesta con un barreño enorme de barro lleno de chochos. Entonces, extendíamos el pañuelo y nos echaban un puñado o dos, y tan contentos. Se repartían obleas y también dulces, para los mayores vino de la damajuana. Todo el pueblo asistía a la ceremonia. Las Madrinas y sus parejas, además de otros aficionados al baile, formaban dos grandes hileras, hombres y mujeres frente a frente para bailar la jota charra al son de la flauta y el tamboril que solía tocar el Veneno de Aldeadávila.

 Con tal entusiasmo se levantaba mucho polvo del suelo trillado y reseco por el calor del verano. Pero eso no importaba, porque lo esencial era el baile, la sonrisa, la broma, y media vuelta María, y media vuelta Emiliano, y después un trago de vino o cerveza de la jarra, toma Sebastián, dale a la jarra, y aquel regocijo parecía no tener fin. Olía al perfume de las Madrinas y sus parejas, olía a ropa nueva, olía a la pólvora de los cohetes, y de los petardos, y todo mezclado era el aroma de la felicidad, así fuera efímera, pero, a decir verdad, eterna a la vez. Ese era el perfume propio de las Madrinas que uno se llevaba a la cama, y que, si vuelvo a cerrar los ojos, vuelvo a olerlo como si el tiempo se hubiera detenido.

Nosotros, los muchachos, andábamos a lo nuestro, a por chochos y rosquillas, también pendientes de conseguir la varilla del cohete que subía alto y al estallar caía en picado, algunas veces sobre algún tejado, para nuestra decepción. De modo que cada cual disfrutaba a lo grande y a su manera, hasta que el crepúsculo ponía la tregua para la cena y después, más baile en el salón, más baile en la calle, y jota va y jota viene, más música de gramola, más música de tamboril y jota va y jota viene. En la frente de algunos mozos, al reflejo de la luz de la bombilla, se vislumbraba como racimos de perlas encendidas y desparramadas, el sudor de la felicidad, del ejercicio reconfortante, que luego enjugaba con el pañuelo blanco, para seguir dando rienda suelta al pulmón y entonar una canción:

 “El vino que tiene Asunción, ni es tinto ni blanco ni tiene color/ Asunción, Asunción, echa media de vino al porrón…”

Con ese estado de ánimo uno se acostaba habiendo disfrutado de los placeres de la vida que, una vez al año, gracias a las Madrinas, suponía el bálsamo bien labrado y merecido para seguir soñando con un futuro prometedor.

 

 














 

12 agosto 2023

SAN LORENZO 2023

 

               











       

Cuando miro las fotos de esta procesión del Santo Patrón, San Lorenzo, por las calles de mi pueblo, uno piensa que la vida ha pasado veloz. Pero si miro las fotos de años anteriores y de decenas de procesiones sin fotos, las de mi niñez, por ejemplo, la perspectiva es distinta, entonces parece que uno ha vivido una eternidad. Y es que las cosas se ven a menudo según el color del cristal con que se miren.

Basta con observar los atuendos de los acompañantes; matrimonios, hombres y mujeres de toda condición y edad, y el semblante de cada cual, uno puede deducir que estamos viviendo una época relativamente próspera, a pesar de que la carestía de la vida pareciera que vamos hacia atrás, y en ciertos aspectos así es, pero la vida es eso; un tira y afloja, un toma y daca, un bregar continuo para alcanzar mejores condiciones de vida, o al menos para no perder lo que henos conseguido.

Pero como nada es perfecto, ni lo ha sido ni lo será nunca, uno echa de menos aquellos grupos de adolescentes de antaño, porque simplemente en los pueblos ya no nacen niños. Tal vez por eso resulta gratificante ver a una mamá empujando el carrito de sus retoños que placenteramente asisten a la procesión protegidos del sol implacable con que San Lorenzo nos envía cada año en este día.

Acuden a la fiesta gentes que nacieron aquí, pero que la emigración de los años sesenta los llevó (nos llevó) a otros lugares, más o menos lejanos, a menudo a las grandes ciudades. Y hete aquí que al finalizar la procesión, en charla distendida, uno se alegra al encontrarse con alguien que no volvió a ver desde su infancia, cincuenta o sesenta años atrás. Ese es mi caso al saludar a Maruja que no conocía ya porque desde que jugábamos a las tabas a la sombra de su casa, el tiempo nos separó. Busqué en la luz generosa de sus ojos la alegría (y la hallé) que nos hizo tan felices al compartir aquellos veranos de juegos con el parchís, a la sombra, a la hora de la siesta, mientras pasaban por la calle los carros tirados por bueyes con la lengua colgando por el calor, cargados de manojos de trigo camino de la era. Miles de imágenes del tiempo que fue desfilaron por mi mente.

Estos reencuentros inesperados al cabo de tantísimos años, son como un bálsamo para el espíritu, sobre todo al comprobar que seguimos en este mundo caminando, con ropitas elegantes, como diría mi abuela Pepa, con el semblante feliz, a pesar de las arrugas que marcan el paso de los años al sonreír recordando viejos tiempos.

He dicho viejos tiempos, pero en realidad, más que “viejos tiempos” es la estampa nítida de la niñez que se vislumbra a través de la mirada lúcida del presente.

Gracias, querida Maruja. Que la Providencia siga regalándonos más encuentros

¡Viva San Lorenzo!

 


20 junio 2023

LA FESTIVIDAD DEL CORPUS CRISTI

 













Así decíamos en La Zarza, Corpus Cristi, cuando llegaba ese jueves que era uno de los tres del año que alumbraban más que el Sol: Jueves Santo, Corpus Cristi y Jueves de la Ascensión. El de la Ascensión subió tan alto, que lo han dado por perdido. En cuanto al Corpus ha pasado del jueves al domingo.

Así pues, el domingo pasado, y con retraso, debido a la agenda archirrepleta del párroco que tiene que atender a varios pueblos, celebramos por fin, nuestro Corpus Cristi.

Como se puede observar en la procesión, pocos son los fieles interesados en dicha celebración; es la España vaciada, que dicen. Los pueblos se quedan sin gente, las viviendas se llenan solo en verano, porque son casas frescas, porque se gasta menos dinero que en viajes, porque estamos en crisis, porque nos gusta pasear por las calles de nuestra infancia y porque se huye del ajetreo agobiante de la ciudad.

Esta vez solo ha habido un altar. En mi infancia las calles eran de tierra y el recorrido de la procesión daba la vuelta al pueblo. Había numerosos altares, con decorados ingeniosos, vírgenes, ángeles, algún niño vestido de blanco junto al altar. Las calles por donde pasaba la procesión estaban tapizadas con tomillos, básicamente, que desprendían un aroma que neutralizaba el olor a terruño de ganado en las cuadras. Todo olía bien ese día.

 Los tomillos, el aromático “cantueso” que cubría las calles, era recogido y guardado para ser pasto de las llamas en la hoguera de San Juan. Esa fogata cuyo humo tenía poderes mágicos, pues no en vano los tomillos estaban bendecidos, así, pues su humo tenía la propiedad de curar muchas enfermedades, o dolencias.

Para tal menester, sobre todo los viejos, se desliaban la faja en torno a la cintura para que el humo le bañara la zona lumbar y así hacer desaparecer la reuma, como decían. Cada cual llevaba el humo a su parte dolorida del cuerpo. De modo que aquel remedio era natural, sin efectos adversos y sin gastos para el Gobierno.

El día 24 próximo, al anochecer, cuando prendan la hoguera, allí estaré para rociarme de ese humo celestial a ver si me desaparece esta reuma del codo, y de la rabadilla, y de las cervicales, y del dedo gordo del pie, y del oído que me zumba, y a ver si me sale un poco de pelo en la cabeza y menos en las orejas. Eso espero, aunque debería haber al menos un San Juan al mes, para renovar este esqueleto que he abandonado un poquito a su suerte. Yo sigo confiando en lo que mis antepasados creían con profunda fe. Ahí está el misterio.

Aún no se ha perdido todo. Nos queda la esperanza. Que cada quien lo disfrute a su manera.

 

 

18 marzo 2023

LOS CUATRILLIZOS

 









Eran cinco los pinos o eran cuatro? La memoria nos juega estas faenas porque tengo en mi mente de chaval grabados cinco. Tal vez talaron uno, o quizás siempre hayan sido cuatro, como ahora. No importa.

Ahora quiero dirigirme a estos cuatro pinos robustos y nobles de mi infancia, ahora que han sido agredidos, heridos, mutilados en parte porque no pudieron resistir la ingente cantidad de hielo, tal vez más de cien kilos, en todo caso una cantidad descomunal de agua que una noche cayó y al instante se congelaba, fenómeno que ni los más viejos del lugar recuerdan haber visto jamás.

Son pinos centenarios que nacieron ahí, o los plantaron, juntitos, unidos para disfrutar y también para ayudarse y hacer frente a las agresiones atmosféricas.

Son la frontera entre las últimas casas del pueblo y el campo, su vocación es por tanto doble: Servir a la vez al pueblo y al campo. Se yerguen majestuosos, altos como el campanario, mirándose ambos, intercambiando aromas y sonidos: Olor a incienso a cera y procesión destila el campanario, y aroma a resina, a hierba fresca, a cordero recental, a piñones y a paja trillada le envían los pinos: son los aromas de mi infancia.

Hermanados para siempre, pinos y pueblo, pueblo y pinos, han labrado primaveras, han soportado chaparrones, sorteado la ira del rayo y han renacido en cada Semana Santa que siempre anuncia el nuevo tiempo; la exuberancia primaveral que culminaba en la trilla bajo la sombra de los pinos, cosecha a veces conseguida a fuerza de rogativas invocando a la lluvia desde el campanario, para que  al final bajo los pinos se disfrutara separando la paja del trigo, pan nuestro de cada día, pan que fue también el fruto de tantos padrenuestros rezados por las abuelas que velaban por su prole y descendencia.

 Estos pinos tiene dueño, dueño oficial, propietario legal impreso en pergamino notarial, pero estos pinos son también míos, y de quien creció y vivió alegre con ellos, a su sombra en verano, al ritmo de las piñas que cada año dejaban caer su fruto.

Los pinos pueden cambiar de dueño, pero seguirá siendo sentimentalmente y para siempre, de cuantos los llevamos en el alma, pinos de nuestra infancia y juventud.

De modo que estos pinos son míos porque los llevo dentro, porque comí sus piñones, porque levantaba un trozo de su corteza  y la hacía mía para moldear un barquito que flotaba en el pilón, en una caldereta llena de agua, en cualquier lugar, por todo eso los llevo dentro, su polvo es mi polvo, y su tierra la mía, tierra de mi tierra, agua de botijo que también llamábamos barril, barro refrescante en la era, como refrescante es la sonrisa placentera sin trampa de una de las fotos emblemáticas del pueblo con tres personas en la era, sonrientes, con el sombrero de paja en la mano, posando, risueños, felices por el trabajo expeditivo realizado por la primera trilladora que fue para el campesino como la  llegada de lavadora para el ama de casa.

Fueron muchas las horas que pasé bajo los pinos, entre ellos, sorteándolos con el tirachinas dispuesto a tumbar un pardal, o un tordo o una tórtola que se dejara caer en la cazuela, pero no coseché nada, solo ilusión y la alegría de retozar entre la torre el juego de pelota y los pinos.

Tan dentro de mí los llevaba que una noche soñé que había hecho con unas tablas una casita allí arriba, y subía con una soga atada a la rama, y desde allí veía las procesiones de Corpus y San Lorenzo, y allí estaba al cobijo del sol de verano y de la ventisca en invierno, hinchando los pulmones con olor a pino, y desde allí veía trillar y  también el cortejo fúnebre camino del cementerio, y veía a Serapio a la cabeza de la comitiva, algo encorvado por sus más de ochenta años, pero ágil y decidido, mostrando el camino último, del que no había que temer nada porque allí se iba a descansar; a esa conclusión llegué al verlo siempre en cabeza porque no había peligro de emboscada, sino reposo y paz al final del camino, hasta que un día ya no lo vi más, y otro había tomado el relevo con la misma fe y convicción.

Pinos de mi adolescencia cuando los montones de paja trillada a máquina, Ajuria (Vitoria) creo haber leído entre sus armazón de hierro y madera, con unas ruedas de hierro que le costaba un mundo arrastrar a la pareja de bueyes—vacas moruchas de recio esqueleto y cornamenta majestuosa.

Aquellos montones de paja de varios dueños iban desapareciendo camino de pajar. Y allí estaba yo encalcando la paja mientras Indalecio me cubría de paja en cada bieldada, “bielda” que llamábamos “brienda”, protegido yo con un saco de esparto sobre la cabeza y espalda, sudando por dentro y barnizado el pecho con el polvillo.

Y cuando él marchaba con el carro lleno al pajar, yo echaba un trago de agua del botijo y con una navaja esculpía mi nombre en la corteza de los pinos para quedar para siempre uncido a ellos.

Por tanto apego, ahora que nos hemos hecho viejos o vamos camino de ello, los pinos y yo, ellos perdiendo ramas y yo pelo, que viene a ser lo mismo, me he puesto triste al ver parte de su frondoso ramaje en el suelo, como brazos amputados que no soportaron el peso de los años, como el abuelo cuya cadera cede y rompe el hueso, porque los años es eso; un irse poco a poco, en sordina, desprendiéndose de lo que fuimos, de lo que era irrompible o se reparaba en un abrir y cerrar de ojos.

Los pinos han entregado parte de su esqueleto, ya irreparable. Pero ahí siguen con la ilusión de siempre mirando al campanario, y celebrando procesiones y acogiendo aves de paso, y aunque ya no hay vida de paja y grano y botijo de era, hay corderos recentales que siguen bajo ellos  balando y poniéndole vida a la vida. Tras hacer las fotos me abracé a ellos para sentir sus vibraciones, que es otra forma de hablar o de comunicar, en todo caso de compartir.

 Me alejé mirándolos con ternura, porque somos de idéntica madera,  maleable, a veces frágil,  a veces  resistente, madera batida por los cuatro vientos, torneada por la insolencia de tiempos agrios, de escarcha y ventisca, pero  también por  primaveras perfumadas, madera que llora resina como lloran los cirios de Semana Santa, madera  que abraza su destino, sin más.

Sigo caminando con los cuatro pinos de mi infancia, y los sigo mirando con la misma ternura y agradecimiento con que se mira  a un abuelo que es la esencia de la vida vivida y esculpida a base de sacrificio pero también cantando y bailando y riendo cuando por la fiesta de las Madrinas ya todo estaba limpio de paja y grano, la panera y el pajar llenos, mientras, la vida sigue su rumbo, sin detenerse, sorteando la ventisca y el rayo voy, con el alma  entre el campanario y los pinos. Entre el recuerdo y la esperanza.

25 diciembre 2022

CUENTO NAVIDEÑO

 


Mi abuelo me contaba, al calor de la lumbre, en estos días navideños, cómo había sido su infancia, y eso me hacía soñar. Decía que a veces realizaba tareas para conseguir alimentos, ayudando a sus padres, ayudándoles a colocar la leña cortada, o llevándoles el cubo para ordeñar, y lo hacía a modo de juego, porque casi todo en la infancia es un juego, ya lo entenderás más tarde, aunque ahora con la televisión y el internet uno se sorprende que haya niños en lugares remotos que no saben lo que es el juego, o que su juego, que no es otro que el de la supervivencia, consiste en hurgar con un palo o con la mano, desprotegida ante los objetos cortantes, en la montaña del basurero de la ciudad, basurero que son los despojos del mundo rico, indiferente, egoísta, soberbio, vanidoso y carnívoro, pero eso ya lo comprenderás más tarde, lo importante es que ahora sigas soñando, soñar con el juego para disfrutar.

Mi abuelo tenía un rebaño de cabras, mi abuela ordeñaba, y hacía queso y requesón, todo natural, hoy diríamos ecológico, sin conservantes ni colorantes, con sabor propio. Ese sabor tú no has podido guardarlo en tu memoria, porque ya no se elaboran productos de esa calidad, aunque el sabor de lo que se hace ahora sea muy agradable, porque para eso están los químicos, para conseguir sabores a la medida del consumidor. De hecho, tu amigo Fran, que vive en la ciudad, prefiere los huevos de yema pálida e insípida, a los de las gallinas de corral que les da su abuelo. Lo mismo le ocurre con el pollo de hormonas que prefiere, al buen muslo del pollo casero. ¿Ves cómo se adueñan de nuestros gustos?  Somos consumidores, hijo, nos programan para eso: para consumir y producir, ya lo entenderás más tarde, ahora a tus diez años, tienes que disfrutar de la infancia, que se va rápido, disfrutar como lo hice yo, y mi abuelo, y los anteriores hasta llegar al hombre de las cavernas.  

Uno se pregunta cómo vivirían los hombres de las cavernas sin calendarios, sin navidades, sin microondas, sin duchas ni dentistas para sacarle una muela cuando les dolía, y así podíamos seguir enumerando todo cuanto nos rodea.

     Mi abuelo tampoco conoció la ducha ni todas las modernidades, y era feliz en su mundo. Los niños de aquellos hombres de las cavernas, debían jugar con los pequeños huesos que sobraban tras comer la carne, como nosotros hemos jugado a las “tabas”, y su padre debía contarles historias de caza y los avatares del día a día, como lo hago yo al amor de la lumbre. Así que, en el fondo, apenas hemos cambiado, o mejor dicho, hemos aprendido a construir utensilios y artilugios, no solo para cazar mejor, como ellos hacían, sino para matar a nuestros congéneres de forma muy aséptica, sin dejar rastro. Esto ya lo entenderás más tarde, ahora es Navidad, es tiempo de soñar, de contar historias observando como las llamas danzarinas se estiran y se apagan lentamente.

     Uno sigue impregnado de aquellas adoraciones al Niño en la iglesia de la Zarza de Pumareda de mi niñez. El templo lleno a rebosar, las jóvenes cantando, sones de panderetas y el botijo en forma de juguete que cuando soplabas el agua hacía unos gorgoritos musicales que nunca he vuelto a oír. Pero bueno, sabes que el mundo ha cambiado mucho, no siempre para bien, solo la Navidad nos recuerda que nacemos para hacer el bien y para vivir con esperanza.

Pienso mucho en aquellos hombres de la Prehistoria, que habrás estudiado en la escuela, cuando nos separamos del mono y emigraron del África hacía otros países más fríos y se protegieron con pieles, y cuando descubrieron cómo hacer fuego, seguro que pasaban largos ratos hablando al amor de la lumbre, como nosotros ahora contando historias de ahora que, en el fondo, no difieren mucho de las suyas. Lo que más me sorprende es ese misterio de la Naturaleza que hizo que la pelvis de aquellas mujeres de las cavernas —tu madre estará de acuerdo conmigo—, se ampliara para facilitar el paso, durante el parto, de la cabecita del nuevo hombre que somos, ese cráneo más grande para albergar el cerebro más voluminoso, el mayor de la especie animal en proporción a su cuerpo. ¿Cómo fue posible esto? La vida está llena de misterios, hijo, como lo es la Navidad que celebramos, ¿inventada para dominar?, tal vez, pero también con el fin de reconciliarnos con nosotros mismos y mirar el interior de nuestra alma, esto lo entenderás con los años, pero ahora es tiempo para disfrutar la Navidad.   

 Los herederos de aquellos hombres de las cavernas, muchos siglos después, aprendieron a escribir y nos dejaron la Biblia, con historias muy parecidas a las de ahora; con plagas, incendios, guerras y reyes y, el Dios que el hombre se inventó, supervisándolo todo. Luego vino el Nuevo Testamento y hablaron de un judío que vino a salvar al mundo del pecado, cuyo nacimiento celebramos, a la postre, cada año por estas fechas.  Ahora la prensa también escribe lo que le conviene a unos y otros, digamos que es la nueva Biblia. Pero unas formas de vida suplen a otras y ahora parece que Papá Noel es el nuevo Mesías; que no nos confundan, hijo, es el Mesías del consumo, como el tal Santa Claus, otro negociante, que no pretenden hermandad alguna, ni luchar contra las injusticias, no, sino confundir y dividirnos, o imponerse como lo está haciendo Halloween en el día de Todos los Santos. No hay que perder de perspectiva quienes somos y de dónde venimos.

     Yo te cuento esto, hijo, para que vayas aprendiendo, para que no te dejes engañar. Piensa que aquellos hombres de las cavernas mirarían a la luna nueva de hoy, que es la misma desde millones de años, y se preguntarían por qué cambia de forma y como se podría llegar hasta allí. Nosotros conseguimos llegar en 1969, pero ¿eso cambió algo? Nada, hijo, nada.

 En el fondo, seguimos emigrando como los hombres de las cavernas, y matando animales para comer, y lo que es peor; creando dolor con las guerras, y miseria que se esconde bajo las farolas sombrías de las ciudades donde se refugian miles de personas sin hogar, despojadas de su dignidad, con harapos que nadie quiere ver, por eso, hijo, quiero que te des cuenta de la suerte que tenemos; por eso seguiremos cada Navidad hablando al calor del hogar, para que estos momentos de regocijo impregnen tu alma, como hizo mi abuelo, y el tuyo que emigró a Francia en los años sesenta y se empapó de lo mejor de otras culturas, y me enseñó a tocar la guitarra, como yo a ti, porque él creía, y yo también, que la música nos salvará, la música que eleva el espíritu, eso lo irás comprendiendo poco a poco.

     La Navidad ya no es lo que era, porque se ha vuelto un gigantesco escaparate de consumo, aparcando lo que es el verdadero espíritu navideño, inmersos ahora en  ese consumo desaforado que nos lleva al nuevo paganismo, como ocurre en la Semana Santa de procesiones del ocio de vino y tapas y retransmisiones televisivas sin alma. Por eso es bueno no perder nuestra tradición navideña de cuentos e historias.

      Me da mucha pena ver cómo esta sociedad nuestra no favorece el reagrupamiento familiar —al contrario de los hombres de las cavernas—, es desolador asistir a esa falta de sensibilidad de los gobernantes que no propician que los miembros de una familia encuentren trabajo en el mismo entorno, o muy próximo; matrimonios alejados por el empleo, hijos obligados a emigrar, con el magro consuelo de reencontrarse por la Navidad. Vamos por mal camino, hijo, por fortuna nosotros podemos disfrutar juntos el día a día.

Me queda la esperanza de que algún día lejano —quizás tú no lo veas, pero transmitirás esta esperanza como yo lo hago contigo—, aparezca en el firmamento otra estrella —de David o del nombre que quieran—, para alumbrarnos y mostrarnos el camino de la verdad, el alumbramiento de ese Hombre Nuevo, de ese Mesías que nos despoje de la ceguera inducida por el consumo desaforado y de neones y escaparates que son espejismos en el desierto; para que el espíritu navideño perviva, y para que se haya erradicado de la faz de la Tierra la explotación obscena de niños a los que les robaron la infancia; que los vertederos inmundos de la infamia, que son los despojos de la usura, se conviertan en montañas de libros y de pan, y que por fin seamos libres, a ser posible reunidos en torno al calor de la hoguera, como los hombres de las cavernas. Te preguntarás si somos mejores o no que aquellos hombres. Reconozco, hijo, que entre ellos y nosotros media un gran abismo, porque la ciencia y la tecnología nos ha llevado a cotas inimaginables, sin embargo, pienso que el corazón no lo hemos elevado a semejantes cotas, al contrario, y eso me induce a pensar, con infinita tristeza, que no hemos avanzado nada.

 Así que, vivamos en paz otra Navidad con el mismo espíritu, con la misma ilusión, tal como nos la transmitieron nuestros abuelos, recordando que es en el corazón de las personas donde reside la verdadera riqueza, y no en lo material que es algo volátil. Dentro de unos días llegarán los Reyes Magos para hacernos soñar, porque la vida también es sueño, lo demás, hijo, lo irás aprendiendo con los años. Ahora coge la guitarra que vamos a cantar unos villancicos.

 

La Zarza de Pumareda, 25 de diciembre de 2022

 

¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo! a todos las almas de buen corazón.