05 diciembre 2009
04 diciembre 2009
El salón del Tio Aquilino
En La Zarza hubo dos salones de baile que alcanzaron su máximo apogeo, como el resto de actividades, a finales de los cincuenta y principio de los sesenta, debido a la construcción del embalse o Salto de Aldeadávila como se denominó al conjunto de la obra hidroeléctrica.
Uno era el salón del “Tío Aquilino” o Salvadora, el otro el de Luciano o Esperanza, parientes mios. Ya cerrados, ambos forman parte de nuestra historia, y es un poco lo que voy contar, sobre todo a los que no vivieron aquel tiempo. La estructura de ambos era muy similar: salon de baile, sala de juego y bar, dentro de la distribución de la propia vivienda.
En este caso me centraré exclusivamente en el salón del tío Aquilino por ser el que más frecuenté en mi infancia-adolescencia; el disfrute en el otro fue en una edad más tardía y abarcaría otro capítulo.
El salón situado frente al pilar, junto a la carretera, donde siempre paraba y para el coche de línea, conserva su estructura original aunque algunas de las ventanas están cerradas a cal y canto, para que nada salga o para que nada entre.
Se accedía al bar y salón por un amplio tramo de calle sin salida, lo que resultaba idóneo para nosotros, pues al no haber tránsito de animales y solo de quienes acudían al bar, nos ofrecía así una amplia zona de juego, disfrutando del trajín de gente que entraba y salía; a veces cantando, a veces con una copa de más con el puro farias en la boca, a veces con cara mohína por haber perdido en el juego de cartas, pero siempre satisfechos por disfrutar plenamente de una jornada de descanso.
Como decía, en la época del Salto, el pueblo había doblado sus habitantes y los domingos y festivos los bares estaban abarrotados, entremezclándose gente del pueblo y foráneos, obreros del Salto afincados en el pueblo, la mayoría gente joven, alegre como el vino de la Ribera que fluía en torno al mostrador, como la jarra de cerveza con gaseosa que se pasaban una y otra vez de mano en mano para echar un trago entre cante y cante, cada miembro de la cuadrilla y, después de terminada: ¡otra jarra Salvadora!
A lo largo del año, por distintos motivos, la máxima actividad de los bares y salón se desarrollaba en invierno y verano.
Por aquel entonces, las estaciones del año estaban bien marcadas, como en toda la meseta castellana; agua, nieve, frío y calor no fallaban en su debido momento.
Los domingos y festivos, tanto el bar como el salón del tío Aquilino se convertían en nuestro refugio de forma casi furtiva en las tardes de invierno. Aunque no era de su gusto ver a chavales en el bar, a fuerza de insistir, poner cara de frio y a condicion de ser “buenos”, el tío Aquilino hacia la vista gorda.
El pavimento de las calles era la propia tierra de modo que cuando llovía
en otoño e invierno se embarraban con facilidad. Entonces para acceder al bar, había un tramo enlodado de unos dos metros junto a la carretera que había que salvar saltando sobre unas pequeñas piedras colocadas para la ocasión.
Recurría al bar del tío Aquilino en aquellas tardes de domingo, gélidas o lluviosas y grises, para disfrutar con algún amigo del ambiente calido y alegre que reinaba en el interior. En la sala de juego donde varios grupos jugaban al tute o a la subasta, los braseros calentaban el ambiente; el vino y el coñac hacían el resto.
Había un gran sentido de la elegancia y el domingo, cada cual, después del afeitado riguroso se vestía con la mejor ropa: camisa blanca y corbata, abrigo, gabardina o pelliza, y sobre todo con el pelo reluciente de brillantina. El humo de los puros y cigarrillos planeaba en la atmósfera cuyo aroma se mezclaba con el olor del vino, el coñac, el café, las aceitunas, los berberechos y mejillones y la colonia de siempre que vendían a granel en la tienda. Mi abuelo Ángel que era un asiduo, me invitaba siempre a una ración de cacahuetes o de aceitunas de la zona, perfumadas con el aderezo de tomillo y otras hierbas aromáticas.
Cuando la lluvia se adueñaba de la tarde y el cielo plomizo lo invadía todo, solo los más jóvenes se atrevían a deambular de bar en bar, el resto permanecía quieto en uno, y era entonces cuando se gozaba del mejor ambiente: unos jugando a la rayuela, otros a los chinos, una voz que desentonaba cantando una ranchera por aqui, otro haciendo reír con sus chistes por allá, otros comentando con vehemencia las peripecias del día a día. Mi amigo Ventura y yo éramos simples espectadores, pero también deseábamos participar de aquel ambiente. Sabedores que el tío Ismael nos atendía bien, pues era una persona afable, bastante culta y con mucho sentido del humor, dispuesto siempre a demostrar sus dotes de actor, le pediamos que nos cantara el célebre chotis del“Pichi”. No hacia falta pedírselo dos veces. Se plantaba tieso como un torero brindando al público y con su chato de vino en la mano y marcando los pasos del baile, paso adelante y paso atrás cantaba: ”Pichi, es el chulo que castiga/del portillo a la Arganzuela/ porque no hay una chicuela/que no quiera ser amiga/de un seguro servidor. ¡Pichi! ...anda que te ondulen con la “permanen”/y si te sofocas¡tómalo con seltz!” y terminaba alzando la copa y echando un trago. ¡Qué! ¿Habéis quedado satisfechos? No, otra vez, tío Ismael, repetíamos. Más tarde, más tarde, concluía.
Buscaba entonces la distracción que me proporcionaba el juego de la rayuela. Este juego, en mi pueblo, se refiere concretamente al que se juega sobre una mesa. Es preciso una mesa camilla con el tablero de madera circular.Se traza una línea en el centro quedando éste divido en dos semi circulos. En el centro sobre la línea trazada se dibuja un pequeño rectángulo como una minúscula portería de futbol. El otro elemento del juego son unas monedas grandes de cobre de la época de Alfonso XII Y XIII, que hay que lanzarlas desde unos cinco metros intentando que caigan sobre la raya o dentro del rectángulo. Sobre la raya vale dos puntos, dentro del rectángulo sin tocar las lineas,cuatro. Si ninguna pisa la raya,ni entra en el rectángulo,gana la que más se acerque a la raya. La mesa estaba situada en un rincón del bar dejando un espacio entre la mesa y el muro para poder recoger las monedas que se caían. Precisamente en el rincón me colocaba yo, donde no estorbaba, y recogía las monedas que se caían para entregárselas al judador, asi me ganaba la estima y el derecho a permanecer como espectador. Una partida memorable me quedó grabada para siempre por los protagonistas en juego y el vibrante desenlace. Matias, era un jugador acérrimo de la rayuela; buen tirador y perspicaz, dominaba al adversario psicológicamente con sus bravatas y desafíos amistosos consiguiendo sacarle el máximo partido. Era un animador innato. Procedente de San Felices de los Gallegos, trabajaba en el Salto como capataz de barrenistas. Rondaba los cuarenta años. Tenía un aire quijotesco: alto, seco, con un bigote más largo que espeso, culto y dicharachero, utilizaba palabras y expresiones con las que me quedaba porque nunca las habia oído en La Zarza. Fumaba como una coracha y bebía lo justo para dominar el juego con temple y cordura. La partida tocaba a su fin y en la última jugada podía ganar cualquiera de los dos equipos compuestos de tres jugadores cada uno. La estrategia de Matías, como líder de los suyos, consistía en lanzar la moneda el último, para poder incidir mejor sobre el desenlace. A Matías le faltaban cuatro puntos para alcanzar los veintiuno y ganar la partida, pero a sus contrincantes solo le faltaban dos.
Comenzaron a lanzar uno de cada equipo. Las monedas de sus adversarios estaban más cerca de la raya y ganaban hasta el momento. Lanzó el último del equipo contrario y la moneda cayó sobre la raya consiguiendo así los dos puntos para ganar, pero quedaba por lanzar Matias. Como siempre, antes de lanzar, iniciaba su ritual: se atusaba el bigote, chupaba una larga calada del pitillo, pero esta vez se le habia apagado. Tranquilos, dijo, hay que tomar esto con calma. Cogió el mechero chiscándolo sin parar, pero no pudo encenderlo por falta de gasolina. Sacó una moneda del bolsillo, se dirigió al pequeño surtidor de gasolina para mecheros colgado en la pared a la altura del hombro, introdujo la peseta por la ranura, apretó el botón y la dosis de gasolina salió por el pitorro empapando el algodón del reservorio del mechero.Encendió con parsimonia el cigarrillo, dio una calada y sin retirarlo de la boca; se atusó de nuevo el bigote, se colocó en el lugar del lanzamiento, flexionó la rodilla derecha varias veces balanceando a la vez de atrás adelante el brazo para templar el pulso, se hizo un silencio expectante y lanzó la moneda. Esta fue a golpear la de su adversario que estaba sobre la raya desplazándola con tanta fortuna para él, que la suya cayó dentro del cuadro consiguiendo de una tacada los cuatro puntos necesarios para ganar. Se hizo una explosión de voces, risas, lamentos, felicitaciones, jolgorio incontrolado, tanto, que apareció el tío Aquilino detrás del bar en lo alto de los cinco escalones que comunicaban con la cocina, llamando a la calma a Matías y a los suyos. La euforia fue decayendo al tiempo que Matias lanzaba: ¡Salvadora, otra ronda de mejillones y vino, que pagan estos! Los adversarios pedían el desquite.
Se abrió la puerta y entró aire frío con un grupo de jóvenes con la gabardina mojada mientras alguno maldecía a la lluvia y secaba su pelo con el pañuelo. El agua que caía de los canales repicaba con fuerza en las losas de la entrada. Al poco rato la lluvia amainó. El reloj de péndulo colgado en la pared marcaba las siete y media. Tenía que regresar a casa. Salí del bar corriendo carretera arriba, sorteando los baches llenos de agua y los cantos sueltos de la carretera ya que las luces mortecinas no alumbraban todo el camino. Nada más entrar en casa, mi madre me decía: ”¡No hace falta que jures de donde vienes, traes el bar contigo!”. Era cierto. El fuerte aroma del bar impregnaba la ropa y el olor duraba al menos tres días; olor que llevo dentro por lo agradable que siempre me ha resultado; probablemente porque representa esos momentos de felicidad imborrables; olores y aromas distintos sin embargo en cada bar.
Juan Carreto, pariente de nuestro amigo Macario, de Mieza, trajo el cine a La Zarza. Si no llovía, cargaba los artilugios (proyector cintas) al lomo de la mula y nos traía el cine. Tiempo después acudía en un coche negro tipo Chicago años treinta. Había una sesión el sábado por la noche para adultos y otra el domingo por la tarde para todos, pero los chavales disuadíamos a los adultos con nuestro incesante parloteo. Yo era monaguillo entonces y la perra gorda que me daba el cura cada semana, no me alcanzaba de modo que seguía a mi abuelo Ángel de bar en bar hasta que al final caía una peseta. ”Toma, anda al cine”. ” ¡Gracias abuelo!”. Y ufano con mi peseta apretada en el puño iba carretera abajo, enseñándosela a mis amigos y repitiendo ”voy a ver el cine sonoro, cine sonoro”. Cierto es que no sabia el significado de “sonoro” pero me resultaba melódico y simplemente repetía lo que pregonaba la Tía Petra, la alguacila: ”Esta noche, en el salón de Aquilino, cine sonoro, se titula: la Duquesa De Benameji”
El proyector colocado sobre una mesa en el bar, lanzaba sus haces de luz sobre la pantalla a través de una ventanilla abierta en el tabique que separaba el bar del salón. Detras de la pantalla (una sábana blanca colgada) colocaban el altavoz y comenzaba la pelicula.
En el salón nos sentábamos en unos bancos largos sin respaldo. A ser posible las chicas evitaban ser incordiadas por los chavales pero aun así siempre se generaban suspicacias. Era imposible mantener el silencio total.
“Mira, mira se van a besar”, comentaba uno. Callaros, respondía alguna chica, y así de continuo. De vez en cuando se cortaba la cinta. Se formaba un griterío de protesta. Acudia el tío Aquilino para apaciguar el ambiente. Reparada la cinta seguia la sesión, más pendientes de descubrir un escote, un beso, una caricia, que de seguir el propio argumento. En alguna ocasión se cortaba la luz. Otra vez guirigay y protestas. Acudia entonces el tío Aquilino con una linterna para calmarnos.” No os movais que el ventarrón ha cruzado los hilos de la luz en la calle”. Salía con un largo varal para desenredarlos, lo que solía producirse casi siempre en mismo lugar. ¡Llegó la luz, llegó la luz! A ver si os calláis, replicaban las chicas. Reanudada la sesión, los traviesos seguían provocando. ”Pepe, no te arrimes tanto a mi prima”. ¡Callaos de una vez! respondía otra chica enfadada. Pero desde atrás se alzó otra voz que decía: ”Pepe, anda, saca tu mano que meta la mía”. De repente estalló una algazara impresionante. Se encendió la luz. Se abrió la puerta. Apareció el tío Aquilino con su sombrero y el puro en la boca.
A ver, tú, ¡a la calle!
Yo no he hecho nada, tío Aquilino.
Si, eres el alborotador de siempre, replicó enfadado el tío Aquilino.
Yo no he sido.
¿Pues quién ha armado este follón?
Al final delató a su compañero.
¡Hala!, a la calle los dos, y la próxima, si no cambiáis, no entráis más. Y no quiero volver a oír ni una mosca, ¿entendido?
La película prosiguió por primera vez en silencio.
Estos era los ingredientes necesarios para que una sesión de cine fuera para nosotros divertida.
Por aquel entonces, en pleno invierno, unos gitanos que llamábamos los “húngaros” por su procedencia del Este de Europa, recorrían los pueblos ofreciendo un espectáculo circense muy divertido. Vivian en unas carrozas de madera bastante amplias tiradas por caballos, acompañados de animales para el espectáculo y permanecían bastantes días en el pueblo.
El salón del tío Aquilino era una vez más el lugar donde se desarrollaban los números que las personas y animales nos ofrecían.
De nuevo el domingo por la tarde podíamos asistir al espectáculo. Comenzaba una chica de unos diez años haciendo contorsiones y doblándose hacia atrás hasta tocar el suelo con la cabeza. Los chavales asistíamos boquiabiertos el desarrollo de los distintos ejercicios de gimnasia . Después le tocaba el turno a un mono que obedecía las órdenes de su amo.”Siéntate en la silla” y se sentaba, ”da unos saltos hacia atrás” y los daba ,” besa a esa chica” y ante el rechazo previsible de los presentes, su amo le decía: ”adonde vas atrevido,…¡ vuelve aquí!” , y se quedaba mirando a su amo ante las risas de todos. Le ofrecía unos cacahuetes , se comía el fruto y nos tiraba con la cáscara. Despues pasaba el turno a la cabra. El señor desplegaba una escalera de tijera, no mas alta que su hombro. En la plataforma del último peldaño fijaba un artilugio de la circunferencia de un cenicero donde la cabra debía colocar sus cuatro patas . Subía peldaño a peldaño y comenzaba colocando una pezuña, después la segunda y cuando parecía que no quedaba espacio conseguía colocar las cuatro, ante la sorpresa de los chavales. ¡Que cabra mas lista! comentaba uno. ”Que se la compre tu abuelo” contestaba otro, y así en un ambiente festivo.
Después cerraba la sesión el caballo blanco. Abre la puerta y mete al caballo “Reverte “, le ordenaba a un chaval de unos doce años que tocaba un redoblante para animar algún número. Colocaba un periódico abierto en el suelo. El señor le decía al caballo. ”A ver, Reverte, anda, léeme eso:” Y el caballo arrimaba el hocico al periódico girando la cabazada de un lado a otro. ¿Ven ustedes como lee?
“Pues si que lee” replicaba un chaval con cierta guasa. Calma chavales, pedía el señor.
Después en voz alta, le decía al caballo; “Averigua ahora cual es la moza más guapa de aquí”. El señor se dirigía a una que no lo era, y el caballo giraba la cabeza en signo negativo. ¿Y esa? Misma respuesta. El caballo acertaba siempre. Asi hasta cuatro veces. A la quinta el señor eligió a Dolores que era una belleza y entonces el caballo respondió moviendo la cabeza de arriba abajo, afirmativamente.
¡Ha acertado! ¡que listo! Comentábamos sorprendidos unos, mofándose otros. Y cuando todo eran risas y comentarios el caballo levantó el rabo y el chaval del redoblante tuvo el reflejo de colocar a tiempo el tambor bajo el rabo, llenándose de cagajones. El pestilente olor invadió el salón, las mozas y chicas salieron pitando, abrieron las ventanas para ventilar, y apareció el tío Aquilino.
¡Que pasa! dijo sorprendido por lo que veía.
Nada, ya ve usted, el caballo que anda un poco suelto, dijo disculpándose su amo.
Lo peor es que al domingo siguiente volvió a producirse la misma faena y una vez más el chico con el redoblante salvó la situación. Entonces apareció de nuevo el tío Aquilino, muy cabreado, interrogando al dueño del caballo: “Oiga, si su caballo es tan listo que sabe leer y reconocer a las chicas guapas, y a las feas, ¿por qué antes de meterlo al salón no le pregunta si tiene ganas de cagar?”
Sí, se lo pregunto, señor, pero el muy pícaro se lo calla.
Pues en este salón no entra más, ni su cabra, ni su mono, ni su caballo, ni la madre que lo parió. ¡Búsquese otro lugar! Algunos chavales comentaban que lo tenía amaestrado para acabar la función antes.
Y así transcurrieron aquellos días fríos y lluviosos, entre títeres, cine y baile en el salón del tío Aquilino.
Invierno tras invierno íbamos creciendo y ya, adolescentes maduritos, el salón del tío Aquilino era el centro de nuestras andanzas, pero como actores o protagonistas de trastadas que urdíamos en las fiestas llegado el verano. Se abrían entonces las ventanas del salón de par en par, para que entrara aire fresco, y mientras caía la tarde, la música de la gramola se expandía entre los huertos y la alameda del Pozo Airón.
Cuando la pista de baile estaba vacia, Alfonso, alto y bien plantado, abría con su pareja el baile al ritmo de un vals frenético de acordeón, y como un torero dando la vuelta al ruedo, completaba un sinfín de vueltas al salón.
Salvador, el hermano de María, era el especialista en tangos; del resto nadie me llamó particularmente la atención.
El día de San Lorenzo, nuestra gran fiesta, la esperábamos para disfrutar a nuestro aire. Eran tiempos con ganas de bailar, y se bailaba. Recuerdo la orquesta que amenizaba el baile: tres músicos venidos de Ledesma que tocaban la batería, el acordeón y el saxofón y trompeta. Hacia calor y las ventanas permanecían abiertas mientras el salón se llenaba de parejas, muchas de pueblos limítrofes.
Las mujeres mayores y los chavales nos agolpábamos a las ventanas para disfrutar del ambiente y cada cual satisfacía sus curiosidades o sus deseos insatisfechos. Los chavales más pendientes del coqueteo de las parejas, de si se arrimaban mucho o poco, o si se miraban con ojos pícaros y los seguíamos hasta perderlos de vista. Las mujeres más atentas al comportamiento de los suyos, observando las buenas maneras de las chicas, descubriendo o imaginando el nacimiento de un noviazgo, pues de allí se alimentarían gran parte de los chismes aireados en los lavaderos públicos pasada la fiesta.
Nuestra trastada elegida consistía en lanzar a las chicas la semilla de un cardo, gruesa como un hueso de aceituna y con unos pelos o filamentos idénticos al velcro, que al alcanzar el cabello se enredaba diabólicamente.
Pero los que rondaban los veinte años hasta que no consumaban su gamberrada no cejaban. Habia una ventana grande en la trasera del salón que daba a un callejón oscuro. El tío Aquilino hacia rondas porque sabia que por allí podía llegar la “sorpresa”·. Pero como no podía estar en todas partes al final ocurría lo inevitable. En una ocasión vi como los chavalotes aparecían con un saco de paja que lanzaban por la ventana, en pleno apogeo del baile. Salieron mozos del salón ,después el tío Aquilino, para intentar atraparlos, pero los alborotadores corrían como galgos y desaparecieron en la oscuridad de la noche. Se retiró la paja y el baile continuó sabiendo que no volvería a ocurrir nada, pues el acto tan deseado por unos cuantos, ávidos de sensaciones fuertes, se bahía consumado.
Fue durante el verano, aun pequeño, cuando asistí por primera vez a una obra de teatro en el salón que nos ofrecían los artistas de la farándula. Montaron un escenario en el fondo del salón con el decorado del interor de una vivienda. Debia de tratarse de una comedia dramática porque recuerdo al matrimonio discutiendo acaloradamente, cuando súbitamente el marido empuñó una escopeta de caza como la de mi abuelo, bajó unas escaleras como saliendo de casa y se oyó un disparo. Supuse que se había pegado un tiro. Terminada la sesión, aparecieron todos los actores saludando radiantes incluido el señor de la escopeta. Me quedé tranquilo al comprobar que no se habia matado.
Y un verano de tantos, ya con veinte años, regresé de Paris por primera vez de vacaciones.
El día de San Lorenzo nos juntamos Ventura, Abelardo con otros amigos y amigas en la sesión de baile antes de comer. El tío Aquilino habia modernizado su discoteca. Le pedimos que nos pusiera un Twist. Entonces Abelardo que era el más hábil en este tipo de baile, daba la vuelta al salón con su pareja, agachado girando y girando rodillas y cadera ante la mirada de las personas mayores que no entendían la diversión con un baile tan raro o ridículo. Era el relevo generacional de Alfonso y de Salvador. Eran nuevos tiempos. Bailábamos entusiasmados el Rock, el Twist y otros bailes sueltos que poco a poco irían imponiéndose. El cura de nuestra infancia hubiera bendecido la llegada de tales bailes, más alejados de la carne y por tanto del pecado. Tuvimos la suerte de ser la generación que disfrutó de los bailes clásicos y modernos a la vez.
Fueron los últimos estertores del salón porque no tardó en cerrar
definitivamente.
El salón del tío Aquilino cumplió una función social muy importante, y los chavales de los años 50 y 60 fuimos creciendo al ritmo de la tabla de multiplicar en la escuela, al ritmo de la trilla en la era y al ritmo de la música de acordeón en el salón del Tío Aquilino.
Félix.
Uno era el salón del “Tío Aquilino” o Salvadora, el otro el de Luciano o Esperanza, parientes mios. Ya cerrados, ambos forman parte de nuestra historia, y es un poco lo que voy contar, sobre todo a los que no vivieron aquel tiempo. La estructura de ambos era muy similar: salon de baile, sala de juego y bar, dentro de la distribución de la propia vivienda.
En este caso me centraré exclusivamente en el salón del tío Aquilino por ser el que más frecuenté en mi infancia-adolescencia; el disfrute en el otro fue en una edad más tardía y abarcaría otro capítulo.
El salón situado frente al pilar, junto a la carretera, donde siempre paraba y para el coche de línea, conserva su estructura original aunque algunas de las ventanas están cerradas a cal y canto, para que nada salga o para que nada entre.
Se accedía al bar y salón por un amplio tramo de calle sin salida, lo que resultaba idóneo para nosotros, pues al no haber tránsito de animales y solo de quienes acudían al bar, nos ofrecía así una amplia zona de juego, disfrutando del trajín de gente que entraba y salía; a veces cantando, a veces con una copa de más con el puro farias en la boca, a veces con cara mohína por haber perdido en el juego de cartas, pero siempre satisfechos por disfrutar plenamente de una jornada de descanso.
Como decía, en la época del Salto, el pueblo había doblado sus habitantes y los domingos y festivos los bares estaban abarrotados, entremezclándose gente del pueblo y foráneos, obreros del Salto afincados en el pueblo, la mayoría gente joven, alegre como el vino de la Ribera que fluía en torno al mostrador, como la jarra de cerveza con gaseosa que se pasaban una y otra vez de mano en mano para echar un trago entre cante y cante, cada miembro de la cuadrilla y, después de terminada: ¡otra jarra Salvadora!
A lo largo del año, por distintos motivos, la máxima actividad de los bares y salón se desarrollaba en invierno y verano.
Por aquel entonces, las estaciones del año estaban bien marcadas, como en toda la meseta castellana; agua, nieve, frío y calor no fallaban en su debido momento.
Los domingos y festivos, tanto el bar como el salón del tío Aquilino se convertían en nuestro refugio de forma casi furtiva en las tardes de invierno. Aunque no era de su gusto ver a chavales en el bar, a fuerza de insistir, poner cara de frio y a condicion de ser “buenos”, el tío Aquilino hacia la vista gorda.
El pavimento de las calles era la propia tierra de modo que cuando llovía
en otoño e invierno se embarraban con facilidad. Entonces para acceder al bar, había un tramo enlodado de unos dos metros junto a la carretera que había que salvar saltando sobre unas pequeñas piedras colocadas para la ocasión.
Recurría al bar del tío Aquilino en aquellas tardes de domingo, gélidas o lluviosas y grises, para disfrutar con algún amigo del ambiente calido y alegre que reinaba en el interior. En la sala de juego donde varios grupos jugaban al tute o a la subasta, los braseros calentaban el ambiente; el vino y el coñac hacían el resto.
Había un gran sentido de la elegancia y el domingo, cada cual, después del afeitado riguroso se vestía con la mejor ropa: camisa blanca y corbata, abrigo, gabardina o pelliza, y sobre todo con el pelo reluciente de brillantina. El humo de los puros y cigarrillos planeaba en la atmósfera cuyo aroma se mezclaba con el olor del vino, el coñac, el café, las aceitunas, los berberechos y mejillones y la colonia de siempre que vendían a granel en la tienda. Mi abuelo Ángel que era un asiduo, me invitaba siempre a una ración de cacahuetes o de aceitunas de la zona, perfumadas con el aderezo de tomillo y otras hierbas aromáticas.
Cuando la lluvia se adueñaba de la tarde y el cielo plomizo lo invadía todo, solo los más jóvenes se atrevían a deambular de bar en bar, el resto permanecía quieto en uno, y era entonces cuando se gozaba del mejor ambiente: unos jugando a la rayuela, otros a los chinos, una voz que desentonaba cantando una ranchera por aqui, otro haciendo reír con sus chistes por allá, otros comentando con vehemencia las peripecias del día a día. Mi amigo Ventura y yo éramos simples espectadores, pero también deseábamos participar de aquel ambiente. Sabedores que el tío Ismael nos atendía bien, pues era una persona afable, bastante culta y con mucho sentido del humor, dispuesto siempre a demostrar sus dotes de actor, le pediamos que nos cantara el célebre chotis del“Pichi”. No hacia falta pedírselo dos veces. Se plantaba tieso como un torero brindando al público y con su chato de vino en la mano y marcando los pasos del baile, paso adelante y paso atrás cantaba: ”Pichi, es el chulo que castiga/del portillo a la Arganzuela/ porque no hay una chicuela/que no quiera ser amiga/de un seguro servidor. ¡Pichi! ...anda que te ondulen con la “permanen”/y si te sofocas¡tómalo con seltz!” y terminaba alzando la copa y echando un trago. ¡Qué! ¿Habéis quedado satisfechos? No, otra vez, tío Ismael, repetíamos. Más tarde, más tarde, concluía.
Buscaba entonces la distracción que me proporcionaba el juego de la rayuela. Este juego, en mi pueblo, se refiere concretamente al que se juega sobre una mesa. Es preciso una mesa camilla con el tablero de madera circular.Se traza una línea en el centro quedando éste divido en dos semi circulos. En el centro sobre la línea trazada se dibuja un pequeño rectángulo como una minúscula portería de futbol. El otro elemento del juego son unas monedas grandes de cobre de la época de Alfonso XII Y XIII, que hay que lanzarlas desde unos cinco metros intentando que caigan sobre la raya o dentro del rectángulo. Sobre la raya vale dos puntos, dentro del rectángulo sin tocar las lineas,cuatro. Si ninguna pisa la raya,ni entra en el rectángulo,gana la que más se acerque a la raya. La mesa estaba situada en un rincón del bar dejando un espacio entre la mesa y el muro para poder recoger las monedas que se caían. Precisamente en el rincón me colocaba yo, donde no estorbaba, y recogía las monedas que se caían para entregárselas al judador, asi me ganaba la estima y el derecho a permanecer como espectador. Una partida memorable me quedó grabada para siempre por los protagonistas en juego y el vibrante desenlace. Matias, era un jugador acérrimo de la rayuela; buen tirador y perspicaz, dominaba al adversario psicológicamente con sus bravatas y desafíos amistosos consiguiendo sacarle el máximo partido. Era un animador innato. Procedente de San Felices de los Gallegos, trabajaba en el Salto como capataz de barrenistas. Rondaba los cuarenta años. Tenía un aire quijotesco: alto, seco, con un bigote más largo que espeso, culto y dicharachero, utilizaba palabras y expresiones con las que me quedaba porque nunca las habia oído en La Zarza. Fumaba como una coracha y bebía lo justo para dominar el juego con temple y cordura. La partida tocaba a su fin y en la última jugada podía ganar cualquiera de los dos equipos compuestos de tres jugadores cada uno. La estrategia de Matías, como líder de los suyos, consistía en lanzar la moneda el último, para poder incidir mejor sobre el desenlace. A Matías le faltaban cuatro puntos para alcanzar los veintiuno y ganar la partida, pero a sus contrincantes solo le faltaban dos.
Comenzaron a lanzar uno de cada equipo. Las monedas de sus adversarios estaban más cerca de la raya y ganaban hasta el momento. Lanzó el último del equipo contrario y la moneda cayó sobre la raya consiguiendo así los dos puntos para ganar, pero quedaba por lanzar Matias. Como siempre, antes de lanzar, iniciaba su ritual: se atusaba el bigote, chupaba una larga calada del pitillo, pero esta vez se le habia apagado. Tranquilos, dijo, hay que tomar esto con calma. Cogió el mechero chiscándolo sin parar, pero no pudo encenderlo por falta de gasolina. Sacó una moneda del bolsillo, se dirigió al pequeño surtidor de gasolina para mecheros colgado en la pared a la altura del hombro, introdujo la peseta por la ranura, apretó el botón y la dosis de gasolina salió por el pitorro empapando el algodón del reservorio del mechero.Encendió con parsimonia el cigarrillo, dio una calada y sin retirarlo de la boca; se atusó de nuevo el bigote, se colocó en el lugar del lanzamiento, flexionó la rodilla derecha varias veces balanceando a la vez de atrás adelante el brazo para templar el pulso, se hizo un silencio expectante y lanzó la moneda. Esta fue a golpear la de su adversario que estaba sobre la raya desplazándola con tanta fortuna para él, que la suya cayó dentro del cuadro consiguiendo de una tacada los cuatro puntos necesarios para ganar. Se hizo una explosión de voces, risas, lamentos, felicitaciones, jolgorio incontrolado, tanto, que apareció el tío Aquilino detrás del bar en lo alto de los cinco escalones que comunicaban con la cocina, llamando a la calma a Matías y a los suyos. La euforia fue decayendo al tiempo que Matias lanzaba: ¡Salvadora, otra ronda de mejillones y vino, que pagan estos! Los adversarios pedían el desquite.
Se abrió la puerta y entró aire frío con un grupo de jóvenes con la gabardina mojada mientras alguno maldecía a la lluvia y secaba su pelo con el pañuelo. El agua que caía de los canales repicaba con fuerza en las losas de la entrada. Al poco rato la lluvia amainó. El reloj de péndulo colgado en la pared marcaba las siete y media. Tenía que regresar a casa. Salí del bar corriendo carretera arriba, sorteando los baches llenos de agua y los cantos sueltos de la carretera ya que las luces mortecinas no alumbraban todo el camino. Nada más entrar en casa, mi madre me decía: ”¡No hace falta que jures de donde vienes, traes el bar contigo!”. Era cierto. El fuerte aroma del bar impregnaba la ropa y el olor duraba al menos tres días; olor que llevo dentro por lo agradable que siempre me ha resultado; probablemente porque representa esos momentos de felicidad imborrables; olores y aromas distintos sin embargo en cada bar.
Juan Carreto, pariente de nuestro amigo Macario, de Mieza, trajo el cine a La Zarza. Si no llovía, cargaba los artilugios (proyector cintas) al lomo de la mula y nos traía el cine. Tiempo después acudía en un coche negro tipo Chicago años treinta. Había una sesión el sábado por la noche para adultos y otra el domingo por la tarde para todos, pero los chavales disuadíamos a los adultos con nuestro incesante parloteo. Yo era monaguillo entonces y la perra gorda que me daba el cura cada semana, no me alcanzaba de modo que seguía a mi abuelo Ángel de bar en bar hasta que al final caía una peseta. ”Toma, anda al cine”. ” ¡Gracias abuelo!”. Y ufano con mi peseta apretada en el puño iba carretera abajo, enseñándosela a mis amigos y repitiendo ”voy a ver el cine sonoro, cine sonoro”. Cierto es que no sabia el significado de “sonoro” pero me resultaba melódico y simplemente repetía lo que pregonaba la Tía Petra, la alguacila: ”Esta noche, en el salón de Aquilino, cine sonoro, se titula: la Duquesa De Benameji”
El proyector colocado sobre una mesa en el bar, lanzaba sus haces de luz sobre la pantalla a través de una ventanilla abierta en el tabique que separaba el bar del salón. Detras de la pantalla (una sábana blanca colgada) colocaban el altavoz y comenzaba la pelicula.
En el salón nos sentábamos en unos bancos largos sin respaldo. A ser posible las chicas evitaban ser incordiadas por los chavales pero aun así siempre se generaban suspicacias. Era imposible mantener el silencio total.
“Mira, mira se van a besar”, comentaba uno. Callaros, respondía alguna chica, y así de continuo. De vez en cuando se cortaba la cinta. Se formaba un griterío de protesta. Acudia el tío Aquilino para apaciguar el ambiente. Reparada la cinta seguia la sesión, más pendientes de descubrir un escote, un beso, una caricia, que de seguir el propio argumento. En alguna ocasión se cortaba la luz. Otra vez guirigay y protestas. Acudia entonces el tío Aquilino con una linterna para calmarnos.” No os movais que el ventarrón ha cruzado los hilos de la luz en la calle”. Salía con un largo varal para desenredarlos, lo que solía producirse casi siempre en mismo lugar. ¡Llegó la luz, llegó la luz! A ver si os calláis, replicaban las chicas. Reanudada la sesión, los traviesos seguían provocando. ”Pepe, no te arrimes tanto a mi prima”. ¡Callaos de una vez! respondía otra chica enfadada. Pero desde atrás se alzó otra voz que decía: ”Pepe, anda, saca tu mano que meta la mía”. De repente estalló una algazara impresionante. Se encendió la luz. Se abrió la puerta. Apareció el tío Aquilino con su sombrero y el puro en la boca.
A ver, tú, ¡a la calle!
Yo no he hecho nada, tío Aquilino.
Si, eres el alborotador de siempre, replicó enfadado el tío Aquilino.
Yo no he sido.
¿Pues quién ha armado este follón?
Al final delató a su compañero.
¡Hala!, a la calle los dos, y la próxima, si no cambiáis, no entráis más. Y no quiero volver a oír ni una mosca, ¿entendido?
La película prosiguió por primera vez en silencio.
Estos era los ingredientes necesarios para que una sesión de cine fuera para nosotros divertida.
Por aquel entonces, en pleno invierno, unos gitanos que llamábamos los “húngaros” por su procedencia del Este de Europa, recorrían los pueblos ofreciendo un espectáculo circense muy divertido. Vivian en unas carrozas de madera bastante amplias tiradas por caballos, acompañados de animales para el espectáculo y permanecían bastantes días en el pueblo.
El salón del tío Aquilino era una vez más el lugar donde se desarrollaban los números que las personas y animales nos ofrecían.
De nuevo el domingo por la tarde podíamos asistir al espectáculo. Comenzaba una chica de unos diez años haciendo contorsiones y doblándose hacia atrás hasta tocar el suelo con la cabeza. Los chavales asistíamos boquiabiertos el desarrollo de los distintos ejercicios de gimnasia . Después le tocaba el turno a un mono que obedecía las órdenes de su amo.”Siéntate en la silla” y se sentaba, ”da unos saltos hacia atrás” y los daba ,” besa a esa chica” y ante el rechazo previsible de los presentes, su amo le decía: ”adonde vas atrevido,…¡ vuelve aquí!” , y se quedaba mirando a su amo ante las risas de todos. Le ofrecía unos cacahuetes , se comía el fruto y nos tiraba con la cáscara. Despues pasaba el turno a la cabra. El señor desplegaba una escalera de tijera, no mas alta que su hombro. En la plataforma del último peldaño fijaba un artilugio de la circunferencia de un cenicero donde la cabra debía colocar sus cuatro patas . Subía peldaño a peldaño y comenzaba colocando una pezuña, después la segunda y cuando parecía que no quedaba espacio conseguía colocar las cuatro, ante la sorpresa de los chavales. ¡Que cabra mas lista! comentaba uno. ”Que se la compre tu abuelo” contestaba otro, y así en un ambiente festivo.
Después cerraba la sesión el caballo blanco. Abre la puerta y mete al caballo “Reverte “, le ordenaba a un chaval de unos doce años que tocaba un redoblante para animar algún número. Colocaba un periódico abierto en el suelo. El señor le decía al caballo. ”A ver, Reverte, anda, léeme eso:” Y el caballo arrimaba el hocico al periódico girando la cabazada de un lado a otro. ¿Ven ustedes como lee?
“Pues si que lee” replicaba un chaval con cierta guasa. Calma chavales, pedía el señor.
Después en voz alta, le decía al caballo; “Averigua ahora cual es la moza más guapa de aquí”. El señor se dirigía a una que no lo era, y el caballo giraba la cabeza en signo negativo. ¿Y esa? Misma respuesta. El caballo acertaba siempre. Asi hasta cuatro veces. A la quinta el señor eligió a Dolores que era una belleza y entonces el caballo respondió moviendo la cabeza de arriba abajo, afirmativamente.
¡Ha acertado! ¡que listo! Comentábamos sorprendidos unos, mofándose otros. Y cuando todo eran risas y comentarios el caballo levantó el rabo y el chaval del redoblante tuvo el reflejo de colocar a tiempo el tambor bajo el rabo, llenándose de cagajones. El pestilente olor invadió el salón, las mozas y chicas salieron pitando, abrieron las ventanas para ventilar, y apareció el tío Aquilino.
¡Que pasa! dijo sorprendido por lo que veía.
Nada, ya ve usted, el caballo que anda un poco suelto, dijo disculpándose su amo.
Lo peor es que al domingo siguiente volvió a producirse la misma faena y una vez más el chico con el redoblante salvó la situación. Entonces apareció de nuevo el tío Aquilino, muy cabreado, interrogando al dueño del caballo: “Oiga, si su caballo es tan listo que sabe leer y reconocer a las chicas guapas, y a las feas, ¿por qué antes de meterlo al salón no le pregunta si tiene ganas de cagar?”
Sí, se lo pregunto, señor, pero el muy pícaro se lo calla.
Pues en este salón no entra más, ni su cabra, ni su mono, ni su caballo, ni la madre que lo parió. ¡Búsquese otro lugar! Algunos chavales comentaban que lo tenía amaestrado para acabar la función antes.
Y así transcurrieron aquellos días fríos y lluviosos, entre títeres, cine y baile en el salón del tío Aquilino.
Invierno tras invierno íbamos creciendo y ya, adolescentes maduritos, el salón del tío Aquilino era el centro de nuestras andanzas, pero como actores o protagonistas de trastadas que urdíamos en las fiestas llegado el verano. Se abrían entonces las ventanas del salón de par en par, para que entrara aire fresco, y mientras caía la tarde, la música de la gramola se expandía entre los huertos y la alameda del Pozo Airón.
Cuando la pista de baile estaba vacia, Alfonso, alto y bien plantado, abría con su pareja el baile al ritmo de un vals frenético de acordeón, y como un torero dando la vuelta al ruedo, completaba un sinfín de vueltas al salón.
Salvador, el hermano de María, era el especialista en tangos; del resto nadie me llamó particularmente la atención.
El día de San Lorenzo, nuestra gran fiesta, la esperábamos para disfrutar a nuestro aire. Eran tiempos con ganas de bailar, y se bailaba. Recuerdo la orquesta que amenizaba el baile: tres músicos venidos de Ledesma que tocaban la batería, el acordeón y el saxofón y trompeta. Hacia calor y las ventanas permanecían abiertas mientras el salón se llenaba de parejas, muchas de pueblos limítrofes.
Las mujeres mayores y los chavales nos agolpábamos a las ventanas para disfrutar del ambiente y cada cual satisfacía sus curiosidades o sus deseos insatisfechos. Los chavales más pendientes del coqueteo de las parejas, de si se arrimaban mucho o poco, o si se miraban con ojos pícaros y los seguíamos hasta perderlos de vista. Las mujeres más atentas al comportamiento de los suyos, observando las buenas maneras de las chicas, descubriendo o imaginando el nacimiento de un noviazgo, pues de allí se alimentarían gran parte de los chismes aireados en los lavaderos públicos pasada la fiesta.
Nuestra trastada elegida consistía en lanzar a las chicas la semilla de un cardo, gruesa como un hueso de aceituna y con unos pelos o filamentos idénticos al velcro, que al alcanzar el cabello se enredaba diabólicamente.
Pero los que rondaban los veinte años hasta que no consumaban su gamberrada no cejaban. Habia una ventana grande en la trasera del salón que daba a un callejón oscuro. El tío Aquilino hacia rondas porque sabia que por allí podía llegar la “sorpresa”·. Pero como no podía estar en todas partes al final ocurría lo inevitable. En una ocasión vi como los chavalotes aparecían con un saco de paja que lanzaban por la ventana, en pleno apogeo del baile. Salieron mozos del salón ,después el tío Aquilino, para intentar atraparlos, pero los alborotadores corrían como galgos y desaparecieron en la oscuridad de la noche. Se retiró la paja y el baile continuó sabiendo que no volvería a ocurrir nada, pues el acto tan deseado por unos cuantos, ávidos de sensaciones fuertes, se bahía consumado.
Fue durante el verano, aun pequeño, cuando asistí por primera vez a una obra de teatro en el salón que nos ofrecían los artistas de la farándula. Montaron un escenario en el fondo del salón con el decorado del interor de una vivienda. Debia de tratarse de una comedia dramática porque recuerdo al matrimonio discutiendo acaloradamente, cuando súbitamente el marido empuñó una escopeta de caza como la de mi abuelo, bajó unas escaleras como saliendo de casa y se oyó un disparo. Supuse que se había pegado un tiro. Terminada la sesión, aparecieron todos los actores saludando radiantes incluido el señor de la escopeta. Me quedé tranquilo al comprobar que no se habia matado.
Y un verano de tantos, ya con veinte años, regresé de Paris por primera vez de vacaciones.
El día de San Lorenzo nos juntamos Ventura, Abelardo con otros amigos y amigas en la sesión de baile antes de comer. El tío Aquilino habia modernizado su discoteca. Le pedimos que nos pusiera un Twist. Entonces Abelardo que era el más hábil en este tipo de baile, daba la vuelta al salón con su pareja, agachado girando y girando rodillas y cadera ante la mirada de las personas mayores que no entendían la diversión con un baile tan raro o ridículo. Era el relevo generacional de Alfonso y de Salvador. Eran nuevos tiempos. Bailábamos entusiasmados el Rock, el Twist y otros bailes sueltos que poco a poco irían imponiéndose. El cura de nuestra infancia hubiera bendecido la llegada de tales bailes, más alejados de la carne y por tanto del pecado. Tuvimos la suerte de ser la generación que disfrutó de los bailes clásicos y modernos a la vez.
Fueron los últimos estertores del salón porque no tardó en cerrar
definitivamente.
El salón del tío Aquilino cumplió una función social muy importante, y los chavales de los años 50 y 60 fuimos creciendo al ritmo de la tabla de multiplicar en la escuela, al ritmo de la trilla en la era y al ritmo de la música de acordeón en el salón del Tío Aquilino.
Félix.
30 noviembre 2009
Protejamos nuestro patrimonio.
Por tercer año consecutivo me han seleccionado unas serie de fotografías en el ”Certamen de fotografía sobre cultura popular“ organizado por el Ministerio de Cultura. Primero fueron los “Potros de herrar”, después las cruces bajo el titulo: ”El símbolo de la cruz”. Esta vez han sido las cabañas y lo que nosotros llamamos los “cañizos” que son esas puertas construidas, a menudo con mucho arte, para acceder a las fincas y huertos, bajo el titulo: ”Los chozos de piedra” y “ Puertas en el campo”. Cada serie se compone de cinco fotografias. En los chozos o cabañas tres son de La Zarza, y una de las “puertas en el campo”
Es un orgullo para mi, no por ser el autor, sino porque por primera vez, que yo sepa, la arquitectura que legaron nuestros antepasados en nuestro pueblo, será incluida en los documentos oficiales, en un libro editado a ese fin.
Formarán parte con otras muchas obras seleccionadas de todo el territorio español, en el museo sobre cultura popular que se inaugurará en la ciudad de Teruel. Es sin duda, la recompensa al empeño por resaltar, con el fin de que sean protegidas, estas obras de arte, historia escrita en piedra que hemos recibido como legado y que a menudo despreciamos o simplemente ignoramos. Aprovecho para sugerir que se adecue un espacio a ser posible en el Ayuntamiento u otro lugar para que las obras relevantes de los zarceños sean conocidas al menos por los del propio pueblo. O sea, tener nuestro propio museo.
Se dice que los pueblos se distinguen esencialmente por su cultura; no tengo la menor duda. Divulguémosla y protejamos lo nuestro, seria el
justo reconocimiento que se merecen nuestros antepasados. Con la concentración parcelaria se destruyeron paredes y puertas como las elegidas en el certamen, solamente por recuperar la piedra, y en algunos casos para enterrarla. Cabe sin embargo, felicitar a los que se han esmerado para restaurar cabañas en mal estado últimamente.
Quisiera resaltar a propósito de las cabañas, un extracto del texto que mi primo Adolfo le dedicó:
“….Son construcciones extremadamente originales, como se aprecia. Piedra sobre piedra, sin argamasa, sin nada que las una, sólo una pétrea consistencia.
Están hechas pera estar ahí, esperando, sin que sepas cuando llegas. Pero siempre eres bien llegado, carecen de la fama de las catedrales, pero ni importa ni la necesitan; carecen del embrujo de los monasterios, pero para qué; carecen de la majestuosidad de los castillos que tanto abundan pero cumplen una función parecida, aunque anónima.
Nadie sabe quien las construyó, pero ahí están, esperándonos, eternamente esperándonos contra viento, aguaceros y calores.”
Félix.
Es un orgullo para mi, no por ser el autor, sino porque por primera vez, que yo sepa, la arquitectura que legaron nuestros antepasados en nuestro pueblo, será incluida en los documentos oficiales, en un libro editado a ese fin.
Formarán parte con otras muchas obras seleccionadas de todo el territorio español, en el museo sobre cultura popular que se inaugurará en la ciudad de Teruel. Es sin duda, la recompensa al empeño por resaltar, con el fin de que sean protegidas, estas obras de arte, historia escrita en piedra que hemos recibido como legado y que a menudo despreciamos o simplemente ignoramos. Aprovecho para sugerir que se adecue un espacio a ser posible en el Ayuntamiento u otro lugar para que las obras relevantes de los zarceños sean conocidas al menos por los del propio pueblo. O sea, tener nuestro propio museo.
Se dice que los pueblos se distinguen esencialmente por su cultura; no tengo la menor duda. Divulguémosla y protejamos lo nuestro, seria el
justo reconocimiento que se merecen nuestros antepasados. Con la concentración parcelaria se destruyeron paredes y puertas como las elegidas en el certamen, solamente por recuperar la piedra, y en algunos casos para enterrarla. Cabe sin embargo, felicitar a los que se han esmerado para restaurar cabañas en mal estado últimamente.
Quisiera resaltar a propósito de las cabañas, un extracto del texto que mi primo Adolfo le dedicó:
“….Son construcciones extremadamente originales, como se aprecia. Piedra sobre piedra, sin argamasa, sin nada que las una, sólo una pétrea consistencia.
Están hechas pera estar ahí, esperando, sin que sepas cuando llegas. Pero siempre eres bien llegado, carecen de la fama de las catedrales, pero ni importa ni la necesitan; carecen del embrujo de los monasterios, pero para qué; carecen de la majestuosidad de los castillos que tanto abundan pero cumplen una función parecida, aunque anónima.
Nadie sabe quien las construyó, pero ahí están, esperándonos, eternamente esperándonos contra viento, aguaceros y calores.”
Félix.
26 noviembre 2009
Canción sin terminar.
Estamos a últimos de noviembre de 2009 y la mañana en Madrid se presenta soleada y algo fresca. Voy a meterme bajo el suelo, no para hibernar como una marmota, aunque no me disgustaría, sino para desplazarme en el metro. Ahi abajo a las diez de la mañana, aunque no es hora punta, hay gente que sigue con cara somnolienta, otros soñando de verdad, otros con tanta prisa que no tienen tiempo de soñar, y así va moviéndose esa masa humana que da vida al mundo suburbano.
Subo al metro y me siento, procurando encontrar el ritmo que requiere la nueva jornada. De pronto se oye una voz: ”buenos días, voy a cantarles una canción esperando no molestarles y deseándoles que pasen un buen día”. El chico aparenta unos veinticinco años. Con una gorra visera gris y su guitarra, entona una canción melódica, muy relajante. La he escuchado muchas veces en una cinta de Roberto Carlos. En el vagón fluye la calma, la música se adueña del ambiente. Una señora prepara una moneda para ofrecérsela cuando acabe de cantar. El convoy entra en la siguiente estación y el chico, bruscamente, interrumpe la música. Nos ha dejado con la miel en la boca. Raro, todo muy raro. Se para el metro y como por arte de magia en el andén, frente a la puerta donde está el músico, aparece una agente de una empresa de seguridad con su uniforme color café, con unas esposas de niquel destellante que cuelgan de su cinturón por encima de sus posaderas y otros artilugios de ”defensa” acarician sus muslos. Por un momento pienso que los servicios secretos españoles han recibido un chivatazo y dieron con el objetivo. La agente conmina al chico a salir. El chico sale resignado y sin mediar palabra, con su guitarra y su canción sin terminar. Me fijo bien en su guitarra pensando que podría ser una falsa guitarra hecha de algún producto peligroso, prohibido, que su armazón conllevara algo ilegal. Pero no. Es una guitarra de madera barata, usada y con grietas, como cualquier guitarra vieja. ¿Y si fuera un arma peligrosa diseñada por el agente James Bond? Pues tampoco lo parece, ni sus cuerdas ni su mastil, nada. Se trata simplemente de una guitarra que, como todas, puede hacernos más llevadera la vida agitada en la que estamos inmersos.
¿Entoces? ¿Tanto molesta la música? Parece que si. Ya he presenciado otros episodios parecidos en el metro. Bueno chico, pues buena suerte, le digo sin que me oiga, cuando se marcha cabizbajo delante de la agente, probablemente orgullosa de cumplir órdenes. Y es que ahí andamos unos y otros; cumpliendo órdenes, algunas muy desordenadas y otras sin sentido, pero son los nuevos tiempos. Te tienden la trampa haciéndote creer que puedes acceder a todo: a una vivienda, a un coche, a un televisor de plasma y cuando te das cuenta que no es cierto, ya es demasiado tarde, los créditos te aprietan y solo te queda ya la posibilidad de acatar ordenes, cumplir órdenes, andar a la pesquisa del músico en el metro, o lo que sea menester. Ordenes, órdenes, que hay que comer, hay que poner “orden”, así lo ordena quien manda.
La señora del metro se quedó con la moneda en la mano y cambió su destino altruista; pienso yo. Y todos en el vagón nos quedamos sin música. El metro sigue su rumbo ajeno a estos avatares. La gente continua por los pasillos con su frenesí; corriendo, mirando el reloj, esperando; ¡ojo con la cartera!, que nadie se apriete mucho por si acaso, aquí cada cual va a lo suyo, y así hasta salir a la superficie. Arriba, en la calle, las luminarias anuncian la Navidad, el alcalde asegura que se ahorrará energía con las bombillas de bajo consumo y se despliega ya toda la parafernalia comercial, todo estará listo para que seamos felices en estas fiestas navideñas. A mi y a otros cuantos nos birlaron ya un momento de felicidad. No necesito que me ofrezcan la Navidad para tal cosa. La felicidad puede surgir en cualquier momento y en cualquier lugar.
¡Que no me la quiten! Félix.
Subo al metro y me siento, procurando encontrar el ritmo que requiere la nueva jornada. De pronto se oye una voz: ”buenos días, voy a cantarles una canción esperando no molestarles y deseándoles que pasen un buen día”. El chico aparenta unos veinticinco años. Con una gorra visera gris y su guitarra, entona una canción melódica, muy relajante. La he escuchado muchas veces en una cinta de Roberto Carlos. En el vagón fluye la calma, la música se adueña del ambiente. Una señora prepara una moneda para ofrecérsela cuando acabe de cantar. El convoy entra en la siguiente estación y el chico, bruscamente, interrumpe la música. Nos ha dejado con la miel en la boca. Raro, todo muy raro. Se para el metro y como por arte de magia en el andén, frente a la puerta donde está el músico, aparece una agente de una empresa de seguridad con su uniforme color café, con unas esposas de niquel destellante que cuelgan de su cinturón por encima de sus posaderas y otros artilugios de ”defensa” acarician sus muslos. Por un momento pienso que los servicios secretos españoles han recibido un chivatazo y dieron con el objetivo. La agente conmina al chico a salir. El chico sale resignado y sin mediar palabra, con su guitarra y su canción sin terminar. Me fijo bien en su guitarra pensando que podría ser una falsa guitarra hecha de algún producto peligroso, prohibido, que su armazón conllevara algo ilegal. Pero no. Es una guitarra de madera barata, usada y con grietas, como cualquier guitarra vieja. ¿Y si fuera un arma peligrosa diseñada por el agente James Bond? Pues tampoco lo parece, ni sus cuerdas ni su mastil, nada. Se trata simplemente de una guitarra que, como todas, puede hacernos más llevadera la vida agitada en la que estamos inmersos.
¿Entoces? ¿Tanto molesta la música? Parece que si. Ya he presenciado otros episodios parecidos en el metro. Bueno chico, pues buena suerte, le digo sin que me oiga, cuando se marcha cabizbajo delante de la agente, probablemente orgullosa de cumplir órdenes. Y es que ahí andamos unos y otros; cumpliendo órdenes, algunas muy desordenadas y otras sin sentido, pero son los nuevos tiempos. Te tienden la trampa haciéndote creer que puedes acceder a todo: a una vivienda, a un coche, a un televisor de plasma y cuando te das cuenta que no es cierto, ya es demasiado tarde, los créditos te aprietan y solo te queda ya la posibilidad de acatar ordenes, cumplir órdenes, andar a la pesquisa del músico en el metro, o lo que sea menester. Ordenes, órdenes, que hay que comer, hay que poner “orden”, así lo ordena quien manda.
La señora del metro se quedó con la moneda en la mano y cambió su destino altruista; pienso yo. Y todos en el vagón nos quedamos sin música. El metro sigue su rumbo ajeno a estos avatares. La gente continua por los pasillos con su frenesí; corriendo, mirando el reloj, esperando; ¡ojo con la cartera!, que nadie se apriete mucho por si acaso, aquí cada cual va a lo suyo, y así hasta salir a la superficie. Arriba, en la calle, las luminarias anuncian la Navidad, el alcalde asegura que se ahorrará energía con las bombillas de bajo consumo y se despliega ya toda la parafernalia comercial, todo estará listo para que seamos felices en estas fiestas navideñas. A mi y a otros cuantos nos birlaron ya un momento de felicidad. No necesito que me ofrezcan la Navidad para tal cosa. La felicidad puede surgir en cualquier momento y en cualquier lugar.
¡Que no me la quiten! Félix.
20 noviembre 2009
Cosas de los medios de comunicación
Los medios de comunicación nos sirven una buena dosis de imágenes truculentas a diario; la televisión nos muestra la cara más cruel de la violencia, uno desayuna, come y cena mientras el telediario nos muestra niños hambrientos, pateras a la deriva, cadáveres arrastrados hasta la playa, cuerpos mutilados en contenedores de basura, ajustes de cuentas, por doquier; es el menú diario. Da la impresión que a fuerza de repetir ese tipo de imágenes nos vamos inmunizando y nos volvemos insensibles.
De un tiempo a esta parte son las llamadas victimas de la violencia doméstica, machista, o de género o como se las quiera denominar, quienes acaparan la atención de todos los medios ofreciendo minuciosamente los detalles de dichos sucesos. Se percibe pues la sensación de que esto es algo nuevo y se abre el debate: ¿Los hombres están más desquiciados que en otro tiempo?, ¿se han vuelto más violentos? ¿las penas no son lo suficientemente duras y por eso ocurre? ¿o es que antes no nos llegaba toda la información y ahora si? Cada cual sacará sus conclusiones y cabe pensar también que maltratos y asesinatos los hubo antes igual que ahora, como algo inherente a las estructuras sociales.
Recuerdo en los años cincuenta, cuando era un crío, escuchar una copla a un ciego que mendigaba de pueblo en pueblo, (mensajero sustituido por la televisión) sobre un asesinato acaecido en Tardáguila (Salamanca) donde una mujer asesinó a su marido. La mujer le asestó un golpe mortal en la cabeza y ayudada por su criado lo enterraron en la cuadra. Los vecinos comenzaron a sospechar de la ausencia del marido y el criado desde Madrid envió a la señora un telegrama fingiendo ser su marido. Comenzaron las pesquisas y el criado que ejercía apasionadamente todas las funciones del marido infundió no pocas sospechas; se descubrió el embrollo, y mujer y criado fueron a parar a la cárcel. Por cierto, ¿esto es violencia feminista? Cierto es que resulta excepcional que una mujer emplee la fuerza para asesinar a su marido, pareja, etc. Entonces ¿los asesinatos a la pareja es solo cosa de hombres? Eso parece a tenor del eco reflejado en los medios.
Conoci personalmente a un hombre victima de la silenciada violencia ¿feminista?; en todo caso victima de su esposa. El hombre, enfermo, ingresaba a menudo en el servicio de urgencias. Cuando se recuperaba volvía a su casa, pero de nuevo enfermaba y cada vez ingresaba más grave. Los médicos se afanaban por diagnosticar tan misteriosa enfermedad que no detectaba ninguna de las pruebas realizadas. Ingresado en la unidad de cuidados intensivos su estado se deterioraba progresivamente y los médicos temían por su vida. Un buen día, el medico estaba junto al enfermo interesándose por su estado cuando el paciente vomitó abundantemente manchándole toda la manga de su bata. El médico se la quitó y pidió a la enfermera que la llevaran al laboratorio para analizar el contenido del vómito esperando encontrar alguna pista. Y la encontró. Como su esposa pasaba largos momentos con su marido, la enfermera le confió la alimentación que habia de introducir por la sonda naso gástrica, con una gruesa jeringa, lo que pacientemente cumplía la esposa esperando que surtiera los “efectos deseados”. Pues lo que apareció en el vomito fue una buena dosis de lejía y se demostró que fue obra de la esposa. Su marido habia recibido ocho millones de pesetas de indemnización por cierre de la empresa. Es un dato… El marido dejó de hablar a su familia por calumniar a su mujer y nunca admitió el asesinato fallido de su esposa. ¡Cosas del amor!
No hace mucho escuché en una emisora de radio, de las no dominantes, al presidente de la ”Asociación de hombres victimas del maltrato femenino” o algo asi, y me quedé boquiabierto cuando afirmó, con datos oficiales, que los hombres asesinados por su pareja femenina se acerca al 30% siendo el 44% del total de la violencia doméstica. Resulta sorprendente que esto no trascienda en los medios. Y añadía: ”probablemente haya muchos más que van a la tumba, al no realizarse autopsias en muchos casos”.
De todos modos, yo creo que la igualdad tan cacareada comienza por tratar todos los casos de violencia por igual; no solo la violencia que resulta más” impactante”
Existen pues los asesinatos que saltan a los medios y los otros; los que parece que a casi nadie le interesan. Félix
De un tiempo a esta parte son las llamadas victimas de la violencia doméstica, machista, o de género o como se las quiera denominar, quienes acaparan la atención de todos los medios ofreciendo minuciosamente los detalles de dichos sucesos. Se percibe pues la sensación de que esto es algo nuevo y se abre el debate: ¿Los hombres están más desquiciados que en otro tiempo?, ¿se han vuelto más violentos? ¿las penas no son lo suficientemente duras y por eso ocurre? ¿o es que antes no nos llegaba toda la información y ahora si? Cada cual sacará sus conclusiones y cabe pensar también que maltratos y asesinatos los hubo antes igual que ahora, como algo inherente a las estructuras sociales.
Recuerdo en los años cincuenta, cuando era un crío, escuchar una copla a un ciego que mendigaba de pueblo en pueblo, (mensajero sustituido por la televisión) sobre un asesinato acaecido en Tardáguila (Salamanca) donde una mujer asesinó a su marido. La mujer le asestó un golpe mortal en la cabeza y ayudada por su criado lo enterraron en la cuadra. Los vecinos comenzaron a sospechar de la ausencia del marido y el criado desde Madrid envió a la señora un telegrama fingiendo ser su marido. Comenzaron las pesquisas y el criado que ejercía apasionadamente todas las funciones del marido infundió no pocas sospechas; se descubrió el embrollo, y mujer y criado fueron a parar a la cárcel. Por cierto, ¿esto es violencia feminista? Cierto es que resulta excepcional que una mujer emplee la fuerza para asesinar a su marido, pareja, etc. Entonces ¿los asesinatos a la pareja es solo cosa de hombres? Eso parece a tenor del eco reflejado en los medios.
Conoci personalmente a un hombre victima de la silenciada violencia ¿feminista?; en todo caso victima de su esposa. El hombre, enfermo, ingresaba a menudo en el servicio de urgencias. Cuando se recuperaba volvía a su casa, pero de nuevo enfermaba y cada vez ingresaba más grave. Los médicos se afanaban por diagnosticar tan misteriosa enfermedad que no detectaba ninguna de las pruebas realizadas. Ingresado en la unidad de cuidados intensivos su estado se deterioraba progresivamente y los médicos temían por su vida. Un buen día, el medico estaba junto al enfermo interesándose por su estado cuando el paciente vomitó abundantemente manchándole toda la manga de su bata. El médico se la quitó y pidió a la enfermera que la llevaran al laboratorio para analizar el contenido del vómito esperando encontrar alguna pista. Y la encontró. Como su esposa pasaba largos momentos con su marido, la enfermera le confió la alimentación que habia de introducir por la sonda naso gástrica, con una gruesa jeringa, lo que pacientemente cumplía la esposa esperando que surtiera los “efectos deseados”. Pues lo que apareció en el vomito fue una buena dosis de lejía y se demostró que fue obra de la esposa. Su marido habia recibido ocho millones de pesetas de indemnización por cierre de la empresa. Es un dato… El marido dejó de hablar a su familia por calumniar a su mujer y nunca admitió el asesinato fallido de su esposa. ¡Cosas del amor!
No hace mucho escuché en una emisora de radio, de las no dominantes, al presidente de la ”Asociación de hombres victimas del maltrato femenino” o algo asi, y me quedé boquiabierto cuando afirmó, con datos oficiales, que los hombres asesinados por su pareja femenina se acerca al 30% siendo el 44% del total de la violencia doméstica. Resulta sorprendente que esto no trascienda en los medios. Y añadía: ”probablemente haya muchos más que van a la tumba, al no realizarse autopsias en muchos casos”.
De todos modos, yo creo que la igualdad tan cacareada comienza por tratar todos los casos de violencia por igual; no solo la violencia que resulta más” impactante”
Existen pues los asesinatos que saltan a los medios y los otros; los que parece que a casi nadie le interesan. Félix
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