04 agosto 2019

La "tía Chilila"


                   
Así la llamábamos allá por los años cincuenta  en mi pueblo, a esta mujer que vivía de la mendicidad. Era una vecina más durante su estancia, vecina por aquello de que se instalaba con su esposo o pareja y sus tres hijos en un cobertizo que le facilitaba un vecino, labrador humilde. Al menos no se mojaban y dormían bajo techo, rodeados de escobas para la lumbre y del perro del dueño del corral que buscaba refugio bajo las escobas y tal vez daba calor a la susodicha familia.
A su marido lo llamaban “Catracas”, tal vez porque usaba unas botas sin cordones, que sujetaba como buenamente podía, botas de cuero vencido, derrengadas y más grandes que sus pies.
Él era un hombre severo, feo, de cara torcida y labios carnosos y sobados por la saliva que rezumaba, de aspecto cincuentón, más por su indumentaria maltrecha, su boina mugrienta, picada por la miseria, uñas largas y negras y barba de varios días, que por su edad real, sin duda mucho más joven.
En mi mente quedó grabada la imagen que era también sonido, cuando se quitaba el cinto y lo hacía restallar en el aire amenazando a su hijo de unos siete años, vestido con los andrajos de la miseria y los mocos a raudales, porque además era invierno y hacía un frío de mil diablos, y entonces el zumbido de la correa sonaba seguido de la amenaza: “¡Anda p´ahí a pedir, lagumán!”, y el chaval, cabizbajo, llamaba a una puerta cualquiera pidiendo limosna.
La tía “Chilila”, cocinaba con algo de manteca que le daba el dueño del corral al que “Catracas” ayudaba en alguna tarea, cortando leña o ayudándole a uncir las vacas al carro. Él nunca mendigaba, eso se lo asignaba a su mujer, al hijo y una niña de unos cuatro o cinco años.
Su estancia podía durar quince días o un mes y nos visitaban sobre todo en invierno. “Ya han llegado los “Chililes”, decíamos al verlos. Palabra que asociábamos a mendigos, pero mendigos que permanecían unos días o semanas en el lugar, no mendigos de paso.
La otra imagen que llevo dentro es la de la tía “Chilila”, menudita ella, vestida de pies a cabeza de negro antes de tiempo, el negro de la negrura de haber nacido en el desamparo, en tiempo de posguerra, la negrura de ser la esposa de un hombre autoritario, que cargaba el peso de la supervivencia sobre ella, cargándola además del peso de los embarazos.
Ella se echaba al niño que amamantaba, ya talludito, a la espalda, en una especie de bolsa de trozos de saco de esparto donde el niño se acomodaba como las crías de canguro en su bolsa. Cuando el niño lloraba, ella sabía el porqué, sacaba de su lecho la teta que de tanto sacarla y meterla se estirada como un chicle y con ella estirada y el pezón en el hombro, el niño se enganchaba para chupar la leche materna que eran los rebojos del pan de la mendicidad convertidos en leche. Y la tía “Chilila”,medio desdentada, nos sonreía, cuando nosotros, los chavales, señalábamos con el dedo la argucia del niño y la teta estirada mientras ella caminaba, “una limosna, por favor”, y la metía en una bolsa  atada a su cintura, y cuando llegaba a casa del cura, este, a través de su criada, le entregaba una estampita de la Virgen de la Peña: “Para que la proteja el Señor, rece usted, que no solo de pan vive el hombre”. Era un sacerdote rezongón, que tenía su particular interpretación del cristianismo, porque de todo había y hay en la viña del Señor.
 Llovía, nevaba, y el niño
De la teta chupaba.
Llovía, nevaba, y al niño
Su espalda arropaba.
De negro su ropa
Dorada su alma
Eran lágrimas  de leche
Que su madre le daba.
Que al paso de los días y  de los años, el que mueve los designios del universo, nos proteja aquí abajo de los corazones de piedra para desterrar para siempre situaciones como la que sufrió la tía “Chilila”.
Amén.
Félix Carreto.
 
 
 

27 julio 2019

La paz del cementerio

Recordando la festividad de Santiago Apóstol en los años cincuenta y sesenta,"La paz del cementerio", es un capítulo de la novela que tengo en ciernes y que, si no hay contratiempos, será publicada pronto.
 
 
Madre me  dijo que me había buscado una ocupación, evitaba la palabra “trabajo”.   
     —Irás de trillique para el señor  Celestino —me dijo— aunque solo sea por la manutención. Ya sabes que una boca menos en casa es de  mucha ayuda. Son buena gente, comerás buen queso y  mejor chorizo, y sopas de leche no te faltarán. Tienes que vencer la vergüenza a la hora de comer en casa ajena ¿entendido?
      —El día que cené en casa de Ricarda con Pancho, no me dio vergüenza —respondí. Eso la tranquilizó.
      Celestino y Esperanza era un matrimonio de labradores con cuatro hijos menores que yo y vivían cerca de nuestra casa, de modo que nos unía cierta amistad.
      Me levantaba a las siete para ir a por las vacas que pastaban en el rastrojo. Después comenzábamos a trillar. El señor Celestino lo hacía con una pareja de vacas y yo con un caballo blanco, muy viejo,  con dos letras marcadas a fuego en un anca, y había de atizarle  a menudo con un látigo para que no se detuviera en medio de la parva, pues no podía ni con sus herraduras. “Tú dale, que no se alombe”, me decía Celestino.
      Yo tenía ganas de saborear la experiencia de dormir en la era, situada detrás del cementerio, a unos cincuenta metros. Así que la víspera de la festividad de Santiago Apóstol, ya que era el único festivo que la Iglesia prohibía trabajar durante la recolección de la mies (don Matías  vigilaba con celo a los campesinos), acordé con mi amigo Paco dormir al raso.
    —Hemos de pasar delante del cementerio, así que llévate un palo que yo tengo la cayada —sugirió Paco. Llevábamos sendas mantas. Era una noche muy estrellada, pero sin luna. A la altura del cementerio vislumbré un bulto  blanco ante la puerta y se lo dije a Paco. Le lanzó una piedra y la sábana se deshizo. Era su primo que quería darnos un susto.
      Reímos un rato y nos pidió que lo dejásemos pasar la noche con nosotros, “yo pongo la sábana”, dijo. 
      Hicimos un amplio colchón con el bálago de la parva, levantamos un pequeño muro con  manojos para abrigarnos de la brisa. Después de localizar la Vía Láctea que los lugareños llamábamos  El Camino de Santiago, y entre discusiones localizando la estrella Polar, nos dormimos.
 
      Aquel 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, las gallinas buscaban la sombra con el pico abierto, y los perros tumbados, acezando con su lengua estirada que goteaba, anhelando, como cualquiera,  que el sol declinase en el horizonte.
     Celestino soltó al caballo viejo para que retozara  a sus anchas por el camino de la era y descansara a la sombra de los fresnos en el campo abierto.  Me encargó recogerlo por la tarde para darle la ración de cebada.
      Hacia las cuatro me dirigí a la era y decidí descansar un rato a la sombra del muro del cementerio de mampostería, de unos tres metros, esperando que el sol aplacara su fuego. La sombra  de los tres cipreses  se prolongaba al exterior. El silencio era total, solo alterado por torbellinos  esporádicos como tornados en miniatura que, en forma de tirabuzón, se estiraban hacia el cielo engullendo a su paso   hojarasca, papeles, tierra polvorienta y algún pollito descarriado, como ya había ocurrido.
     Al poco rato, contemplé como lo sucedía otro más enérgico azotando los almendros, despeinando la parva y  arrastrando  las pajas que giraban elevándose vertiginosamente en el aire hasta perderse en el horizonte.
     De pronto  pasó una lagartija por encima de mi pierna sin inmutarse, como si yo fuera una estatua, se agarró a la tosca piedra del muro, me miró sorprendida al moverme y se coló por un agujero.
     Después una araña que arrastraba  en la parte posterior de su vientre un depósito blanco, tal vez su reserva de telaraña, redondo como  una bola, hizo un alto,  me advirtió a su modo y prosiguió su rumbo también. Al poco rato una cogujada se posó en una piedra próxima a mí. Al verme inmóvil y sin pestañear, se quedó mirándome erguida con su penacho, después se agitó una y otra vez agachando y levantando su cabeza en un baile que expresaba su desconcierto preguntándose tal vez , como la araña y la lagartija, qué hacia allí tumbado un ser vivo, en un lugar reservado al silencio y a los muertos. Aquellos seres sorprendidos me sumieron en una larga reflexión sobre el lugar que, por primera vez, encontraba extrañamente acogedor.
     Al poco rato volvió otro torbellino y después el silencio. A esa hora, en el sopor de la tarde,  los campesinos dormían la siesta.
     En el cielo azul lechoso aparecieron una treintena de buitres    planeando en círculos y elevándose  cada vez más alto como si hubiera una  ruta invisible para mí, trazada desde el cementerio. Permanecí un largo rato observando aquella danza en un grandioso escenario, y lo interpretaba como un regalo que  la naturaleza quería ofrecerme para celebrar, como en Santiago de Compostela, el año jacobeo.
     Hechizado por tanta belleza, permanecí con la mirada fija en el último buitre  apenas visible al perderse en el fondo del universo.
     Tumbado a la bartola me invadía una sensación de felicidad y plenitud nunca experimentada en medio del silencio acogedor.  
     Nada hacía presagiar, sin embargo, que el disfrute de aquella paz dorada sería efímero. El reloj dio las seis. Me levanté y emprendí el camino que me llevaría al encuentro con el caballo  blanco plateado, como el del Apóstol Santiago, pero más flaco, viejo  y desgarbado. Tras caminar por una angosta cañada, bordeada de las cercas de piedra que dividían las pequeñas parcelas, di con el jamelgo que sesteaba a la sombra de unos chopos en campo abierto, junto al regato de Valdemayas.
 
    No llevaba ni cabezada ni ronzal para conducirlo, por lo que me hice con un palo del suelo. Su dueño le había cortado las crines  para aliviarlo del calor. Lo arrimé a una cerca de piedra para montarlo a pelo. Ya subido me las prometía muy felices durante los dos kilómetros que distaba del pueblo, contemplando el paisaje, los olmos que jalonaban el camino los robles y las escobas en campo abierto. 
     Como era viejo y lento, le golpeé  suavemente el lomo con el palo para que avivara el paso. Fue entonces cuando me sorprendió arrancándose al galope. Al no llevar ronzal y con las crines cortadas, no podía asirme  a ningún lugar. Cabalgaba como los indios de las películas, pero dando botes   intentando guardar el equilibrio. Él mantenía el ritmo y como estaba muy flaco, los huesos del  espinazo en cada bote  me hacían daño en la entrepierna y me pinzaban peligrosamente los genitales por lo que hacía malabarismos para que no me los aplastara. Seguía galopando ahora a campo abierto y me acercaba a la angosta cañada. Estuve a punto de caerme pero en un gesto rápido recuperé la vertical. El jumento parecía enloquecido y no daba crédito a aquél súbito resucitar. La camisa desabrochada para refrescarme se hinchaba como la vela de un barco y los faldones zarandeados, rugían como una bandera al viento. Me veía más pronto que tarde arrojado al suelo porque el animal parecía empeñado en tirarme, como si mascullara una venganza por los latigazos que le arreaba durante la trilla.
    Se acercaba peligrosamente a la entrada de la cañada. Por un momento tuve la lucidez de prever un desenlace fatal, pues si entrado en la  cañada caía, ya fuera a la izquierda o a la derecha, iría a estrellar inevitablemente mi cabeza  contra las cercas de piedra. Todo iba muy de prisa; mi pensamiento y el caballo. Tenía a poco más de veinte metros la entrada en la cañada. La veía como un embudo que me iba a engullir. “El túnel de la muerte”, pensé. Fue entonces cuando mi mente, o el instinto de supervivencia, o lo que rija a los seres vivos,  tomó las riendas de mi destino para eludir un desenlace fatal. En dicha entrada el camino bifurcaba en “Y”: a la izquierda la vereda en campo abierto y, escorado, a la derecha, la susodicha cañada que desembocaba recto en la era. No había tiempo que perder, de modo que antes de entrar en la angostura fatídica, le di con el palo en el lado derecho del pescuezo para que girara a la izquierda y prosiguiéramos por la vereda  que surcaba tierras de barbecho esperando que se agotaran sus fuerzas.
     La reacción del caballo fue tan brusca hacia la izquierda que salí despedido al lado opuesto con la inercia de quien se lanza de cabeza a la piscina. No me acuerdo de más. Ignoro el tiempo que permanecí inconsciente en el suelo de tierra dura abrasada por el sol.“Me ha caído”, pensé vagamente confuso al levantarme.
      Inicié el camino de regreso al pueblo. El sol declinaba en el horizonte. A la altura del cementerio comencé a percatarme de lo sucedido. Sentí un hilillo de sangre correr  desde la cabeza pasando por la oreja y el cuello. Las moscas lo descubrieron antes que yo y se aferraban al manantial que brotaba de mi tupida cabellera. Las espanté, pero volvían como fieles compañeras de viaje.  Al dejar atrás el camposanto recuperé algo más la lucidez y recordé que no me había santiguado,  después lo hice dando gracias a Dios por estar vivo. Ahora me preocupaba la reacción de madre al verme en tamaña compostura. Así que decidí pasar antes por casa de Celestino para explicarle lo sucedido. No estaba él, pero sí Esperanza. Al verme se llevó las manos a la cabeza.
      — ¡¿Pero, qué ha ocurrido, alma mía?! —gritó—¡Dios mío, Dios mío!
     Estaba haciendo queso y se limpió las manos con el delantal.
     —Me ha caído el caballo.
     —¿El jumento ese que no puede con su alma, te ha caído?
     —Sí. Corría como  un diablo.
     —Me cuesta creerlo, pero si te ha descalabrado así, no hay duda de que corría—. Acércate a la ventana que vea mejor la herida. ¡Por Dios, por Dios!, un poco más y te deja en el sitio. También tienes una herida en el codo y en la rodilla.
      —Esas no me duelen.
     Trajo la palangana hasta la ventana para lavarme con agua fresca.
      —¡Pero… cómo es que estás descalzo! ¿No tenías zapatillas?
      —Sí.
      —¿Y dónde están?
      —No sé.
      —¿Sabes quién soy?
      —Esperanza.
      —Menos mal, hijo, porque ya empezaba a preocuparme muy seriamente—.Si te duele me lo dices, limpiaré poco a poco los granos de tierra pegados.
     El agua fresca me aliviaba.
     —¿Aguantas el dolor?
      —Sí.
      —Aún está caliente la herida, cuando se enfríe te molestará más, aunque la brecha es pequeñita,  el enorme chichón será lo que más te incomode. Te lavaré la camisa para que tu madre no vea la sangre. Con el calor que hace secará en seguida.
      — ¿Me puedo ver el chichón en el espejo?
     —Aquí lo tienes. No te desanimes, se inflamará algo  más, pero mañana irá mejor. ¿Y las sandalias?
      —Ahora voy a por ellas, en algún lugar del camino deben de estar.
    —Eso si no las ha recogido alguien.
     —No creo, porque eran viejas.
     —Ponte esta camisa de Celestino, aunque te quede algo grande  no importa, nadie te verá, los caminos están desiertos hoy. Cuando vuelvas habrá secado la tuya. ¿Te encuentras bien, quieres que vaya contigo?
     —No hace falta, gracias.
     —Ponte este sombrero para proteger la herida del  sol. Te enjugas la sangre con este pañuelo, no te preocupes por mancharlo ¿Vas a ir descalzo? Es una pena que las alpargatas de Celestino te queden demasiado grandes.
      —No se inquiete. Iré descalzo. No quiero que se entere mi madre hasta que regrese a casa.
    No creí que la tierra del camino estuviera tan caliente, de modo que busqué la poca sombra de los robles que jalonaban el sendero. Me pregunté como pude caminar sin percatarme del suelo ardiente. Al borde del camino había un pilón con agua de manantial y me refresqué las piernas. Proseguí ansioso por conocer el destino de las zapatillas. Intenté recordar lo sucedido  pero desde que le di  al caballo con el palo en el pescuezo, la mente se me borró hasta llegar al cementerio. Por fin me llevé una alegría al avistarlas, pero al instante  se me escaparon dos lagrimones.
      Allí permanecían a unos tres metros una de la otra.  Me quedé mirándolas, ensimismado. En realidad eran una especie de  botas de goma delgada  que llegaban hasta el tobillo y que había usado durante el invierno. Estaban sumamente desgastadas con dos agujeros en la suela y los ojales de los cordones rasgados, de modo que podía caminar sin ellos pero el sudor en los pies hacía que se me salieran con facilidad. No quería que madre gastase dinero en calzado nuevo hasta pasado el verano, cuando llegaran las lluvias de septiembre..
     Por un momento permanecí indagando en el suelo lo ocurrido. Había una marca profunda de las herraduras con la tierra levantada donde el caballo debió de girar bruscamente. Adiviné el lecho donde permanecí porque había un pequeño reguero de sangre medio seco, que se disputaban moscas y hormigas.
     Permanecí unos minutos mirando a la cerca de piedra, unos cinco metros más adelante, adonde hubiera ido a parar mi cabeza de no haber rectificado la trayectoria del acémila a tiempo. Descubrí entonces el filo invisible que media entre la vida y la muerte. Dudaba si debía o no calzarme, pues la goma estaba ardiendo, como el suelo, y las plantas de mis pies me dolían de cualquier modo, así que opté por llevarlas en la mano para caminar más rápido. Al recogerlas me asedió una congoja que cesó cuando se liberaron unas lágrimas que había intentado reprimir.
     Regresé con las moscas asediando la herida como lo hacían con las mataduras de los burros.  Al pasar de nuevo por el cementerio pensé que había tenido suerte y me santigüé otra vez.
       Cuando le enseñé las botas a Esperanza me preguntó si no tenía otro calzado. Le dije que sólo las zapatillas para los domingos y festivos.
    Hizo un mohín.
     —Hablaré con Celestino —dijo cuando las calcé de nuevo.
     Me acompañó a casa para que madre no se asustara.
     — ¿Qué ha pasado? —preguntó madre.
     —No te preocupes, Lucía. Podía haber sido peor.
     Le explicó lo sucedido y madre me apretujaba contra ella.
     —No te preocupes Jacinto. Luego irá Celestino a por el caballo. Tranquilízate y duerme bien —se despidió Esperanza.
     Cuando me vio Andrea, vecina que ejercía de curandera para los del barrio, se exclamó; “¡Cojonitos tiene la burra…!”, su frase fetiche pues más que una blasfemia era el inicio de todo ritual en sus actuaciones. “…Vaya golpe que te has pegado, un poco más y te deja en el sitio ese carcamal…No te preocupes que la Andrea tiene manos sagradas”, dijo soltando una carcajada. Después de hacerme sentar en una silla de enea, comenzó su actuación echando un trago de vino. Carraspeo y dijo: “Cojonitos tiene la burra; vamos a la tarea”. No me preocupó el que le diera un buen tiento a la botella, pues don Matías, el cura, no le hacía ascos al vino, y cuando monaguillo yo le vertía toda la vinajera en el cáliz: era el ritual sagrado para comunicarse con el más allá y celebrar así la Santa Eucaristía y pensé: “Mismo ritual que Andrea”.  Primero me lavó la frente que rezumaba sangre, después aplicó una hoja de berza cuyo frescor me aliviaba, y lo remato con un pañuelo atado a la cabeza. Al mirarme al espejo me parecía a un pirata. Me sentía aliviado, pero me estremecí cuando le dijo a madre: “Lucia, es preciso que descanse, recuerda al chico de la Dolores cuando se cayó de la ventana que no era más alta que él, se golpeó la cabeza en la losa de piedra y al tercer día empeoró y murió en el hospital de hemorragia cerebral, según el médico. Así que hasta el tercer día, mucho ojo con este asunto”. “Confío en Dios y en tus manos  milagrosas”, respondió madre dándole un abrazo.
     —¡Hala Que duermas bien, hijo —me deseó Andrea.
    Aunque aliviado,  pasé la noche del mismo lado porque la hinchazón me dolía al menor roce. Diego me preguntaba entre sueño y sueño “¿Estás bien, Jacinto?” y me pasaba la mano por la cara. Yo se lo agradecía dándole un beso.
     Al día siguiente me levanté a las siete, como de costumbre, para traer las vacas del rastrojo. Deshice el vendaje para lavarme y  sentía  como un temblor en la zona herida como si la carne quisiera desprenderse.  Andrea me colocó de nuevo el mismo remedio y  me sentí aliviado. Pero tenía la impresión de llevar cinco kilos en la cabeza y no podía correr para arrear las vacas, así que me dije que tendría que sufrir un poco y hacerme el valiente para terminar la trilla como fuera. La atención de Andrea aplicando la hoja de berza hasta que fue cediendo la inflamación, el cariño y el contacto físico en la cama con Diego, cuyas caricias y voz eran un bálsamo, “¿estás bien, Jacinto?”, fueron providenciales para desechar las ideas negras que me asediaban “el crío de la Dolores murió de hemorragia al tercer día…”
       Cada noche  le pedía a la Virgen que no me dejara morir, que madre me necesitaba para ayudar a mis hermanos yendo de criado. Cuando me vio la abuela Elvira me dijo que había tenido suerte, porque el Apóstol Santiago me había puesto la mano bajo la cabeza para aliviar el golpe y por ser buen cristiano. Sin embargo, mi abuelo Deogracias pensaba  que  me salvó la vida el instinto de conservación. Él siempre me repetía: “Jabato, cuando te encuentres en una situación de peligro, déjate guiar por el instinto de conservación; él encontrará la única salida posible”. Pensé que ambos tenían razón. Me pregunté entonces: “¿Por qué cogiste el palo del suelo antes de subir al caballo? ¿Será eso lo que abuelo llama el instinto de conservación?”
     Transcurrido los tres días que Andrea había vaticinado como “peliagudos”, decía ella,  volví a recuperar el ánimo y al cabo de  dos semanas  apenas se notaba la magulladura. Madre me agradeció el esfuerzo por cumplir los quince días trillando y encalcando la paja para Celestino que, al concluir la tarea, me dio un queso que madre administró como siempre, racionándolo al máximo.

15 julio 2019

Viajes de un emigrante (Capítulo XIII )


 
 
 
Aquella mañana de 31 de julio de 1974, se presentaba como una de las más felices y ansiaba al ponerme al volante para iniciar un viaje lleno de ilusión. A las seis de la mañana, tras colocar el equipaje y asegurarme de que no olvidaba nada (pasaporte, dinero), salí de Paris acompañado de  mi hermano, dos años más joven, (yo rondaría los veintiséis) camino del Mediterráneo. El plan del itinerario consistía en visitar una compañera de trabajo en Beziers, y seguir bordeando la costa por Narbona, Perpiñán, hasta hacer escala en Barcelona. Después rumbo a mi pueblo querido. Me imaginaba ya atravesando  Salamanca  y el resto de pueblos con la capota plegada, disfrutando del sol y del paisaje, las gentes mirando embobada un coche extranjero, descapotable, nada menos, como los adinerados.
    Tras escuchar un rato la radio metí una cinta en el radiocasete para escuchar “A Hard Day´s Night “después “Can´t By Me Love” y así una tras  otra de  toda la colección de los Beatles que tenía a mano. El sol estaba presente y tras atravesar la verdeante campiña francesa llegamos a Limoges. El tráfico por la carretera nacional de doble sentido era intenso ya que nos cruzábamos los que salíamos y los que regresaban de vacaciones.     Hacia las dos aparqué el coche en una explanada junto a la carretera y a la sombra de los árboles  sacamos la merienda del bolso y nos restauramos. Hacia mucho calor  y la humedad reinante en la zona  hacia presagiar  la formación de alguna tormenta.
     Después de descansar un rato proseguimos el viaje. Puse “Drive My Car”, después “Michelle” y con la compañía de los Beatles iba desfilando el paisaje bajo una atmosfera cada vez más bochornosa formándose  nubes que amenazaban lluvia.
 
 
 
 
    Atravesamos Brive  al cabo de un rato comenzó a llover levemente  volviéndose  la calzada muy pringosa y resbaladiza. Con el calor reinante el agua se evaporaba  y la sensación de calor era más intensa. Me paré junto a la carretera en una aldea para comprar unas botellas de agua. Subí al coche y sonaba ahora “Hey Jude”, la calzada estaba tremendamente resbaladiza y el tráfico era intenso. De repente a la salida de la aldea, una señora mayor atravesaba la carretera. Estaba ya alcanzando la orilla opuesta a la mía cuando enfrente apareció un coche tras superar un cambio de rasante y frenó bruscamente  para evitar atropellarla. La frenada tan violenta no se justificaba pues la señora había alcanzado  ya la orilla. Probablemente la chica que conducía iba medio dormida o despistada. El caso es que el Opel  Kadett rojo dio un bandazo haciendo dos eses y parecía que iba a salirse de la carretera, primero hacia un lado y después hacia el opuesto. Debido ,entre otras cosas  a la calzada mojada, la chica había perdido el control y se veía que iba a estrellarse inevitablemente. Primero en un giro venia hacia mi después, volantazo y se iba hacia la otra orilla .Yo observaba el coche que iba loco de una orilla a la otra. Sopesé salirme de la calzada para eludir un posible choque pero había un pequeño desnivel y volcaría de modo que cuando vi que  irremisiblemente se me echaba encima,  en milésimas de segundo pude tejer mi estrategia: cuando por fin en el ultimo bandazo el coche iba a empotrarse en el lateral ,sobre mi puerta, y por consiguiente en el choque me sacaría  violentamente por la otra puerta y por supuesto no llegaría a contarlo, entonces justo antes de chocar, giré el volante hacia la izquierda para  cambiar el ángulo del impacto de modo que el ángulo  delantero izquierdo  de mi coche, que era muy sólido con la esquina del parachoques de acero y el de la aleta podría amortiguar el choque. Me preparé para recibir el topetazo enganchándome  fuerte al volante pues carecía de cinturón de seguridad porque no era obligatorio.
    Y de repente irrumpió en el habitáculo un estruendo como si mil truenos juntos se hubiesen abatido sobre mi cabeza. Probablemente quedé unos segundos  aturdido, pero las ganas de vivir eran tantas que me rehice inmediatamente. “¡Estoy vivo!”, fue lo primero que me dije sorprendido. Comencé a palparme las piernas. “No están rotas, que suerte!”. Sangraba en abundancia por la frente. Pude moverme  sin embargo y salir, aunque molido de dolores  por los golpes, para ver donde estaba mi hermano que había desaparecido de mi lado. Al salir lo vi venir hacia el coche para ver si estaba con vida y nos fundimos en un abrazo interminable: habíamos vuelto a nacer. Durante el choque salio despedido lesionándose el hombro al caer, afortunadamente sobre un rellano con hierba. Los coches quedaron en medio de la calzada provocando un atasco hasta que llegó la policía. Al producirse  el accidente a la salida de la aldea inmediatamente fuimos rodeados de curiosos. Como seguía sangrando le pregunté  a un señor si tenia la cabeza abierta. “No parece que el hueso esté roto, no se le ven los sesos, (no sé si lo dijo en broma o en serio), y añadió: han tenido ustedes, visto los coches, una suerte increíble: han vuelto a nacer. Era cierto. Mi coche se partió en el centro. La chica del Opel permanecía aprisionada entre la puerta y el volante hasta que llegó la ambulancia. Afortunadamente yo acababa de salir de la aldea y la velocidad no superaría los sesenta por hora, pero el otro venia excesivamente rápido. Tras la colisión los coches rodaron a la deriva de modo que parte el equipaje al saltar por los aires quedó unos diez metros más atrás del coche, en el lugar del impacto. En la cuneta estaban esparcidos enseres diversos: el bolso de la merienda, botellas de zumo y agua, las cintas de música, el reloj de pulsera que no me explico como saltó de la muñeca, la cámara de fotos etc. Conducía con las gafas de sol y una gorra. Sufrí un profundo  corte en la frente, sin embargo las gafas no se rompieron y así un montón de anécdotas inexplicables. Lo único que me preocupaba en aquel momento era que el pantalón recién estrenado color oliva estaba manchado de sangre, como la camiseta azul sin mangas que me importaba menos. Al recoger la cámara de fotos inmortalicé el momento tomando varias fotos, totalmente tranquilo como si no hubiera pasado nada, como si el asunto no fuera conmigo.
     Llegó la policía para determinar la responsabilidad que era del otro coche al invadir mi espacio de calzada. Los coches quedaron destrozados y la grúa solo tuvo que empujarlos unos cincuenta metros  en un desguace junto a la carretera.
     Acudió la ambulancia haciéndose paso entre el atasco .Salio la chica del Opel que apenas se tenía de pie doliéndose de la cadera y se tumbó en la camilla. Subimos mi hermano y, él sentado como el copiloto y yo tumbado en la camilla. La ambulancia era un Citroën DS 21 el que llamaban “Tiburón”, muy rápido y confortable por su original suspensión.
     La conductora de  la ambulancia, una chica oronda de unos treinta años, muy agradable al trato y a la vista, conducía como un piloto de formula uno. Sorteaba los coches en la retención, adelantaba a los que iban más lentos, tanto era el riesgo que asumían, que en una ocasión tuvo que frenar en seco quedando pegada al coche delantero cuyo chofer asustado se bajó para ver si le había rozado. Mi hermano me decía en español que no íbamos a llegar con vida al hospital. Yo también lo pensaba visto el nervio de la chica al volante en una calzada resbaladiza con un tráfico intenso.
     Por fin, cuando llegamos al hospital de Limoges, al bajar de la ambulancia, miré al cielo echando  un largo suspiro de alivio por considerarme  de momento a salvo.
     La sala de espera en urgencias se iba llenando con más accidentados, pues no era de extrañar con la densidad del tráfico, el bochorno insoportable y la tormenta que lo complicaba todo. Nos hicieron primeramente unas radiografías. Mi hermano no tenia el brazo roto pero tenia magulladuras y moratones por lo que le inmovilizaron el hombro. Al parecer yo no tenia fracturas ni en el cráneo ni en las cervicales, solo la herida frontal, por lo que no me colocaron collarín ya que no estaba de moda por aquel entonces.
     La chica del Opel Kadett tuvo una fractura de cadera. Lo sentí por ella, y se lo dije, pero si  yo no hubiera girado  in extremis el volante el que tendría como mínimo todos los huesos rotos seria yo. Esperamos en la sala para que me atendieran. El personal sanitario estaba desbordado pues no habían  reforzado los servicios para un día tan crítico, al contrario, muchos habían tomado sus vacaciones ese día.
     En el pasillo había un paciente que dormía en una camilla. Súbitamente se dio media vuelta, y mientras se caía un celador se engancho a él a medio camino entra la camilla y el suelo. No llegó a golpearse la cabeza pero quedó retorcido como un estropajo entre el suelo y el celador, pidiendo que lo dejaran tranquilo, que él no había hecho nada. Tres enfermeras se reprochaban mutuamente la culpa de la vigilancia, pues acababan de operarlo del  apéndice. En medio de aquel caos un hombre con greñas, desaliñado y medio borracho se puso a orinar en el rincón de la sala .El pestazo que dejó ahuyentó a los que pudimos salir. Al cabo de tres horas  un residente (médico en prácticas) me atendió .La herida se había enfriado y cuando hurgaba en ella me hacía mucho daño. Después comenzó a suturarme sin anestesia; quince puntos. “No merece la pena anestesiar, porque hay que pinchar varias veces lo que viene a ser lo mismo que coser en frío”, dijo. Me acordé de su madre varias veces. “Aguante que ya acabamos”, me decía el bueno de él.
     Entretanto acudió una enfermera y me puso una inyección en el muslo que debía de inyectar en tres tiempos durante al menos media hora. Al poco rato llegó otra y me la retiró del muslo donde permanecía pinchada. Al cabo de un cuarto de hora acudió la primera y me dijo: “¿Quien le ha retirado la inyección contra el tétanos?”  “Una colega suya”, le dije, Volvió con otra inyección, me inyectó un tercio y dijo: “con esto ya está protegido contra el tétanos” y se perdió por el pasillo.  “Dos mil veces protegido contra el tétanos” me dije. Puestos a sufrir ya me daba igual lo que me echaran, lo que quería era terminar de una vez. El residente me entregó un informe y me dijo:”Ya se pueden marchar ustedes”.
    —¿Marchar adónde?, le pregunté.
     —Adonde se dirigieran ustedes.
    —Pero si el coche ha quedado destrozado y tenemos allí todo el equipaje y no podemos valernos para nada.
     —Hagan lo que quieran, pero nuestra misión ha terminado.
    Me parecía una decisión asombrosa. “ ¿Qué hago yo tullido de golpes y descalabrado, adonde quiere este mendrugo que vaya así”. La chica de la ambulancia se había marchado pero prometió volver. Esperamos un poco y llegó.
    — ¿Que os ha dicho el médico?
     —Que él ha terminado su trabajo y que podemos seguir el viaje.
    Hizo un mohín.
    —Bueno, no os preocupéis. Yo os llevo a casa de mi suegra que tiene un pequeño restaurante a siete kilómetros de aquí y lo más prudente es que esperéis unos tres días para ver la evolución, de modo que si entretanto ocurre algo yo os traigo en cinco minutos al hospital.
     Así lo hicimos, entre otras cosas porque el seguro de viaje Europe Assistance corría con todos los gastos.
     Llegamos al hostal que era como una casa rural en las afueras de una pedanía en un paraje frondoso y tranquilo. La patrona, de unos cincuenta y tantos años, garbosa y afable nos atendió como si nos conociéramos de toda la vida.
    — Aquí van a estar ustedes de maravilla, no les faltará de nada, tienen el teléfono a su disposición, comida a discreción, si hay algún problema os llevamos rápido al hospital, además mi marido tiene un taxi y mañana podéis ir al desguace para recuperar vuestro equipaje, dijo en un tono paternalista.
     Me di cuenta que el negocio lo tenían  bien organizado y estábamos en buenas manos. Además, añadió:
     —Es conveniente que esperen tres días porque estos golpes en la cabeza pueden ser muy traicioneros y, si en tres días no ha ocurrido nada, lo normal es que ya no empeore. Le digo esto porque un chico italiano se empeñó en marcharse al día siguiente con un golpe como el suyo y al poco tiempo su familia me informó que al segundo día había fallecido de una hemorragia cerebral.
    No sé por qué me empezaron a temblar las piernas.  
    —Tiene usted razón y  más sentido común que el médico que me atendió — le dije.
  Subimos al primer  piso y nos presentó la habitación amplia bajo el techo, con dos camas individuales y una ventana que miraba al prado con una pequeña charca y una frondosa arboleda. Me pareció un lugar idílico. Bajamos al comedor.
     —¿Que desean para cenar? —Mi hermano y yo nos miramos pues mi estómago no me pedía nada, a él tampoco.
    —No me digan que no van a cenar nada.
     —No tenemos apetito. Extrañada nos propuso zumos, leche…
    —Bueno, yo tomaré un vaso de leche, le dije.
    —Bien, les preparo unos vasos de leche, zumo y agua y un bocadillo por si le viene el hambre durante la noche. Y ante cualquier problema que surja me llaman por el teléfono. Que pasen buena noche.
      —Gracias, buenas noches. Subimos a la habitación con el refrigerio, abrimos la ventana pues hacia un bochorno insoportable y nos acostamos.
   Estábamos abatidos y caímos rendidos. Cuando nos despertamos el sol brillaba y un frescor agradable entraba por el ventanal.
     Mi hermano comenzó a rascarse y vio como su cuerpo estaba acribillado por los mosquitos, sin embargo yo no tenía picaduras. Supuse que el olor de los ungüentos de hospital que tenia en la cabeza y parte del cuerpo los disuadió y se ensañaron con él. Sin embargo aparecieron moratones por todo el cuerpo y me dolía todo como si  hubiera rodado sobre un montón de piedras.
     La patrona nos preparó un suculento desayuno: leche, té, croissant, mantequilla, pan. Desayunamos ligero pues el estómago no admitía nada y sobre todo comenzábamos a asimilar lo sucedido y la moral estaba por los suelos.
     —Qué poco comen ustedes, ¡caramba! —dijo con intención de animarnos como si fuera nuestra madre.—.Cuando quieran llamo a mi marido y os acompaña en el taxi para recoger los enseres.
    Subimos al taxi, un elegante Mercedes, y llegamos al desguace.
      El la calzada permanecían impresas las huellas del accidente cn surcos en el asfalto y manchas del aceite del motor. Entramos en el desguace y avanzamos hasta nuestro coche que estaba aun más destartalado y me preguntaba como pudimos salir con vida. Justo al lado, el Opel  Kadett lo acompañaba en su destino matrimonial para la chatarra.
    Sacamos del maletero todo el equipaje: maletas, objetos sueltos, regalos, abandonando todo los utensilios de mecánica y objetos pesados .Intenté extraer el radiocasete pero al agacharme me dolía la cabeza, de modo que desistí, solo retiré las fundas color champán, no sé porqué. El taxista se encargó de meter todo en su coche y parte en la vaca y mientras iba y venia me quedé absorto mirando el coche de mis sueños frustrados, pensando todos los fines de semana que le dediqué tumbado en el suelo para dejar los bajos como una patena, tantos y tantos esfuerzos y sueños esfumados. Comenzaron a humedecerse mis ojos y mi hermano se dio cuenta y me cogió del brazo. “Vamos, no pienses más, ya no hay remedio”, me dijo en tono resignado y triste, y nos subimos al taxi.
 La patrona nos proporcionó unas cajas grandes de cartón y en el garaje comenzamos a sacar todo de las maletas y colocarlo en las cajas para facturarlas por el tren. Tardamos toda la mañana y parte de la tarde pues mi hermano solo podía utilizar la mano izquierda y yo no podía agachar la cabeza pues me dolía y parecía que me pesaba diez kilos, de modo que en cuclillas iba  moviéndome y colocando las cosas. A mediodía  no comimos, solo tomamos zumos y agua. La señora se desvivía proponiéndonos si queríamos algo de especial, pues estaba dispuesta a preparar lo que quisiéramos. Decidimos dar un paseo por los caminos entre los prados  y el frescor de la arboleda para despejarnos, con los bocadillos y el agua bajo el brazo. Nos sentamos a la sombra en la hierba y permanecimos media tarde sin hablar, sin duda rumiando  lo sucedido y escuchando el silencio de la naturaleza  que era lo más reconfortante, silencio roto a veces por algunos pájaros cantarines.
     Rematamos  por fin las cajas; yo colocaba las cuerdas y mi hermano las apretaba  con una mano, yo hacia el nudo y el apretaba, y con la lentitud de dos inválidos que debíamos compaginar los movimientos, concluimos la tarea. Seguíamos con dieta liquida. La segunda noche cerramos la ventana a pesar del calor a causa de los mosquitos. Por la mañana el marido nos acompañó a la comisaría para gestiones temas sobre el accidente y por la tarde nos llevó  a la estación para facturar los paquetes. El tercer día comimos algo consistente, mi hermano más que yo. Había perdido peso y se me caían los pantalones pues no llevaban cinturón y tuve que sujetármelos disimuladamente con una cuerda. Al final, como al tercer día seguía vivo, y mi cabeza me pesaba menos, nos dispusimos a emprender el viaje al cuarto día. Le pagamos todas las facturas: viajes en taxi, teléfono estancia de tres días. En las facturas de la comida le propuse que anotara menús suculentos como si  de un  banquete  de boda se tratara, aunque no hubiéramos comido casi  nada. Nos preparó unos apetitosos bocadillos y bebida para el viaje .La patrona sentía que no hubiéramos degustado los sabrosos menús locales. “Manden noticias suyas”, dijo al despedirnos. Llegamos a la estación y nos despedimos del marido agradeciéndole tan buen trato. “Las gentes del mundo rural suelen parecerse todas”, pensé por un momento.
     Subimos al tren con las maletas casi vacías y con el estuche de la guitarra destino Burdeos .Hicimos trasbordo dirección Hendaya –Irun. Saqué la guitarra del estuche, pues el cuerpo me pedía desahogarme con unas melodías melancólicas Dentro de la guitarra se había introducido una bisagra de las tres que cerraba el estuche durante el accidente sin que este se hubiera abierto. Un misterio más. Tras varios trasbordos interminables                                llegamos por fin al pueblo veinticuatro horas después. Cuando bajé del coche de línea me tuve que sujetar  de nuevo los pantalones con la cuerda pues tres días a dieta liquida y con el ánimo por los suelos se me había moldeado un cuerpo tipo maniquí con cintura de avispa. Al entrar en la calle donde vivíamos, bordeada de prados, me invadió una congoja al divisar la casa y el huerto. De repente desfilaron por mi mente todas las peripecias, todas las ilusiones que me había fraguado; pasear a mis padres y hermanos en el descapotable y no pude reprimir una lágrima. Al vernos llegar sin el coche, uno con el brazo vendado sobre el pecho y yo con la cabeza escalabrada, como dos supervivientes de una guerra, comprendieron que algo grave había ocurrido. Su pena  contrastaba con nuestra felicidad al poder estar juntos por fin.
      Después de haber contado nuestra desventura y tomar lo que el estómago admitía pues estaba ya acostumbrado a no pedir nada, entramos en la habitación más fresca, nos acostamos y dormimos unas  veinte horas. Transcurridos unos días mi mente seguía cada vez más ausente y no me concentraba, pero mi amigo Serapio, que una noche de domingo  al regresar de una fiesta se estrelló contra la iglesia,  y al que el cura le reprocho que además de no asistir a misa arremetía ahora contra las la piedras sagradas, me comentó que él tampoco se concentraba durante varias semanas  hasta que se le pasó el susto. Regresamos a Paris con mi cuñado en su coche al que le gustaba correr y acabó reventando el motor y evitando milagrosamente varias colisiones. En Tours, Europe  Assistance nos puso otro coche con el que iba a tope en la autopista mientras diluviaba. Cuando por fin me vi., en mi casa, en Paris, di gracias a Dios por no haberme llamado tan pronto a su lado, pues ocasiones tuvo. Al regresar a mi trabajo ,  Elis, que  era griega y empleada del laboratorio de sangre me dijo: “¿Eres creyente?”. Le dije que sí, que siempre me santiguaba y rezaba tres avemarías antes de emprender un largo viaje.
     —Pues eso te ha salvado —dijo cariñosamente.
     De modo que cuando salía de viaje seguía santiguándome.
    Un día viajaba uno de mis hermano al  lado y al ver que me  santiguaba  me preguntó:
     ¿Tú crees que eso te sirve de algo?
     —No lo sé, hermano, pero por si acaso.
 
Félix .
La Zarza de Pumareda, 2009
 
 
 

  
Relato que forma parte de una especie de novela autobiográfica.



 
 

 

 

 

 

 

26 junio 2019

Las golondrinas zarceñas



 

Ellas son nuestras compañeras. no había chimenea en nuestra infancia donde no anidaran, nos alegraban la vida en la cocina, eran parte de la familia. Era un espectáculo ver como hacían el nido, pegote a pegote de barro y allí participaban de las tertulias junto a la lumbre.

Así que las golondrinas han sido desde tiempos inmemoriales nuestras aliadas. Nuestras aliadas porque eliminan miles de mosquitos diariamente, mosquitos dañinos para la naturaleza y para el hombre. Las golondrinas son especie protegida y por tanto, debemos respetarlas  y no destruir los nidos sobre todo cuando están criando.

Cada año  regresan de su exilio y nos alegran la vida. Cada día son menos las que  vuelven y eso es preocupante. Las aves, los pajaritos están en vía de extinción y eso es una tragedia, para el hombre y el medio ambiente. Los pueblos están cada día más vacíos, no solo de personas, sino de otras especies animales que son las que han contribuido al equilibrio de nuestro entorno, de nuestro mundo rural. No todo está perdido, pero si no ponemos remedio vamos camino de la despoblación general. Protejamos las golondrinas, y las abejas y todos los seres que son nuestros aliados. De momento las golondrinas se empeñan en compartir nuestra vida, esperemos que así sea para siempre.