Sabemos que se puede vivir sin ver, también sin oír, tampoco
la ausencia de olfato nos impide vivir y probablemente sin el sentido del gusto
lo mismo, pero ¿y el sentido del tacto?, ¿se podría vivir sin él? Yo creo que seria imposible, si
consideramos que es el centinela y guardián del organismo.
Sea como fuere, sospecho que el sentido del tacto es al
menos tan importante como los cuatro restantes, y vital para el equilibrio integral de la salud del
cuerpo como un todo. Sentimientos y sensaciones fluyen pues sin cesar a través
de las manos como máximo vector de este sentido
Es conocido la imposición de manos en infinidad de culturas
y de ritos desde los más remotos tiempos. Quien no recuerda durante su infancia
la mano de la madre sobre la frente para calibrar la fiebre, o tras un golpe
sufrido para atenuar el dolor, o realizar unas friegas par aliviar, por citar
solo tres ejemplos.
Mi experiencia en el ámbito profesional puede corroborar la
importancia y cualidades de este sentido
a menudo ignorado o minusvalorado.
Cuando desembarqué en Paris sin conocer una pizca de
francés, comencé a trabajar en un quirófano como celador, es decir que conducía
los pacientes en la camilla desde su
habitación hasta el quirófano y viceversa. Con el paso del tiempo aprendí
francés y subí en el escalafón profesional encargándome ahora de preparar todo
lo necesario para cada intervención quirúrgica.
Ante una intervención quirúrgica a todos, en mayor o menor medida, nos asedia
un cierto nerviosismo o ansiedad como humanos que somos. Lo sé por experiencia
ya que me tocó pasar por la mesa del quirófano por crisis de apendicitis. En el
quirófano siempre me colocaba en la cabecera del paciente intentando animarle
con unas palabras mientras el anestesista inyectaba en vena el anestésico. Casi
siempre, los pacientes, a pesar de habérsele administrado previamente un
tranquilizante, su mirada reflejaba una cierta y lógica inquietud. Pensé que
las palabras de ánimo eran insuficientes y opté, desde que el anestesista se
disponía a inyectar el anestésico hasta que
el paciente se dormía, tomarle la mano, mientras sus brazos permanecían estirados sujetos a la mesa mediante
muñequeras para que no se movieran durante la intervención. Pero no las tenía
todas conmigo, pues mi gesto podía ser malinterpretado, básicamente por algún
hombre que podía tomarlo como un gesto de tocamiento. De modo que debía ser
cauto y tener mucho tacto para no importunar. Con las mujeres no era lo mismo, ninguna expresaba el mínimo rechazo, más bien
todo lo contrario.

De modo que cuando le tomaba la mano antes de dormirse, a menudo me devolvían una mirada de
agradecimiento, otras veces su propia mano me transmitía este sentimiento
apretando la mía. Recuerdo que en más de una ocasión era tanta la tensión
acumulada que la paciente me apretaba y apretaba hasta no poder más. A las que notaba con mayor
angustia, sobre todo cuando se sometían a una intervención de mama por algún
tumor maligno, le colocaba la otra mano
sobre la frente hasta que se dormía, Pude comprobara que en estos casos era muy
importante pues siempre se
despertaban según el estado de ánimo con
que se habían dormido, y no era extraño ver como en algunos casos se
despertaban llorando. Yo sabía que mi gesto las reconfortaba y no esperaba nada
a cambio. Sin embargo, un buen día, una señora
me llamó a su habitación. Me acerqué a su cama. Me tomó la mano y me dijo:” no
puede imaginarse cuanto me ayudó a
superar la angustia al tomar mi mano, vi el cielo abierto, es una sensación
difícil de expresar con palabras lo que le agradezco de todo corazón”.Le dije
que no tenia que agradecerme nada, que era una actitud normal y que no era
ningún mérito. Cuando se marchó me regaló una caja de chocolates exquisitos. Fueron muchas
las anécdotas y manifestaciones de agradecimiento por este gesto. ¿Como se
puede permanecer impasible y dejar a una persona sola con su angustia en ese
viaje a lo desconocido mientras mira al
techo o a la enorme lámpara encendida, descubriendo a su alrededor una
parafernalia de utensilios listos para explorar sus entrañas?
En otra ocasión, pletórico de juventud y de fuerza, cogi en
mis brazos a una paciente de unos cincuenta años recién operada, para pasarla
de la camilla a su cama. En ese preciso instante abrió los ojos y se despertó. Ayudado
por la enfermera la colocamos confortablemente y me marché. Ya casi recuperada
pasé por su habitación con la enfermera y bromeando sobre su intervención
intestinal ,bastante compleja, aprovechó para decir:”He tenido el despertar más
feliz de mi vida viéndome en brazos de un joven con ojos azules que me atendió y me reconfortó con su mano sobre mi frente para decirme que
todo había salido bien”.Se trataba de una famosa pintora de cuadros con un
pasado fantástico, pues en su adolescencia había sido sirvienta .Más tarde con
el salario conseguido se inició en la academia de Bellas Artes donde se
licenció. Nos invitó a cenar en su casa; un lujoso piso céntrico en Paris. Me
pidió que eligiera un regalo. Le comenté que me gustaría que me pintara una
rosa amarilla con un fondo oscuro en un cuadro pequeño. Un buen día acudió al
centro hospitalario para regalármelo. Lo guardo como una reliquia fruto de un pasado compartido con personas
extraordinarias.
No tuve la misma experiencia en los hospitales de Madrid
cuando regresé a España; el ambiente era distinto. Intenté hacer lo mismo en el
quirófano pero yo percibía miradas oblicuas cuando estaba junto a la paciente,
mientras ella escuchaba sin embargo:”Preparar la aspiración, calentar los
sueros, sacar las tijeras largas ¡oye, qué paliza le dimos al Atlético!,
risas…” y la paciente sola, en medio del mundo, pero sola. No frecuento los
quirófanos desde hace más de quince
años, y espero que todo haya cambiado para mejor.
Tengo claro que el sentido del tacto, objeto de este relato,
uno de los sentidos más extraordinario
por la inmensa capacidad que atesora
para procurar el bien, es el único capaz de prescindir de todas las palabras
del mundo para conseguir con un simple gesto transmitir lo más profundo del ser
humano que es el respeto y el amor hacia el otro. Félix.