CENTENARIO DE UN TROMPETISTA GENIAL
Y si alguien puede dar
gracias por haberlas tenido —y haberlas repartido— ese es Don Francisco Moya,
nuestro querido “Chupaligas”, un hombre que no vino al mundo por casualidad,
sino con una misión clara: llenarlo de música, de alegría y de vida.
Naciste para poner a
bailar a los pueblos del oeste salmantino, en Las Arribes del Duero: desde
Fermoselle a Saucelle, pasando por Aldeadávila y Mieza; y desde Hinojosa a San
Felices de los Gallegos hasta el Villar de Peralonso, pasando por Vitigudino,
sin olvidar tu querido pueblo Cabeza del Caballo, donde enamoraste la mujer de
tu vida. Naciste para que cada fiesta tuviera su
chispa, su compás, su pasodoble. Porque no hay pueblo de nuestra comarca que no
haya vibrado con tu trompeta.
No hay plaza que no haya
sentido su música rebotar en las fachadas. No hay generación que no tenga una
historia de amor, un baile, un recuerdo ligado a tus melodías. Y así, entre
parejas que se enamoran, fiestas que brillan y calles que ríen, queda tu
huella: profunda, alegre y eterna.
“Salud dinero y
amor”, reza la canción.
Salud… Claro que la tuviste. Y por eso, en este florido
24 de mayo de 2026, que parece hecho a tu medida, celebramos con orgullo y
emoción tus cien años.
Dinero… El justo. El necesario para comprarte una
trompeta, un redoblante y una bicicleta con la que recorrer pueblo a pueblo,
siempre acompañado de tu esposa, llevando música donde hiciera falta. Y hasta
Núremberg, en Alemania, llegó tu espíritu incansable, siguiendo los pasos de
tantos españoles valientes de los años sesenta.
Amor… Ese lo has regalado a manos llenas. Porque tu
vida —larga, plena, luminosa— no se entendería sin ese amor profundo que
pusiste en cada nota, en cada gesto, en cada sonrisa. Amor por la música, por
la gente, por la vida misma.
Pero cien años son muchos
como para no haber pasado también por momentos amargos, trágicos y llenos de
dolor.
Tragedia acaecida aquella
mañana de domingo, 7 de febrero de 1937, en plena Guerra Civil, en Málaga,
donde habíais llegado toda la familia con el circo ambulante para alegrar un
poco la vida. Tú con apenas diez años. Aquella mañana, tu madre os dijo a los
tres hermanos que fuerais a la playa a disfrutar mientras ellos ensayaban bajo
la carpa del circo, y os dio un beso, el último.
Pero el silbido y la
explosión de la bomba asesina os aterró antes de caer de lleno en la carpa. Corristeis
hacia ella, y lo que hallasteis fue el horror más cruel y demoledor: enseres
calcinados y aún humeantes entre cuerpos destrozados. Me estremezco al saber
que te quemaste las manos de niño, arañando desesperadamente entre los
amasijos, buscando ayuda y consuelo donde solo había muerte
El destello de la
trompeta de tu padre, junto a su estuche, que se había librado milagrosamente
de la quema, llamó tu atención. La contemplaste como si fuera el único hilo
conductor de vida y de recuerdos. Abrazado a ella, y de la mano de tus
hermanos, seguisteis un largo calvario hasta ser internados en un orfanato del
Auxilio Social.
Por fortuna, en sus
pesquisas, tu tío dio con vosotros y os liberó. Aprendiste a tocar la trompeta,
tu compañera inseparable de vida. Superaste aquella tragedia con una entereza
tan colosal como ejemplar. Perdiste lo más sagrado de la forma más cruel y brutal.
Sin embargo, ya nada te iba a doblegar en tu misión de músico del pueblo y para
el pueblo.
Primero a pie, por esos
caminos de Dios, con tu esposa, el bombo a cuestas y la trompeta en la mano;
luego en bicicleta, recorriendo todos los pueblos del oeste salmantino, pasos
seguidos por tus hijos. Pero, como la envidia es el veneno de este país, fuiste
denunciado por carecer del permiso preceptivo como músico. Aunque tú no hacías
sino llevar alegría a los pueblos. Por eso salieron en tu defensa los mozos del
Villar de Peralonso en el día de su fiesta cuando la Guardia Civil irrumpió en
el salón para impedirte seguir con el baile.
Tampoco esas afrentas te
iban a acobardar, y decidiste presentarte al examen en Salamanca para obtener
el permiso correspondiente. No sabías solfeo, pero tu música era única, bella.
Los componentes del tribunal te dijeron que no podías tocar bien sin conocer el
solfeo. Tú lo negaste y pediste una oportunidad. Se miraron dubitativos, casi
compasivos, y te preguntaron qué deseabas tocar. “El pasodoble “En er Mundo”,
dijiste con firmeza. El Presidente te dijo adelante con la mano. No salieron de
su asombro cuando soplaste con tanta fuerza y belleza que el sonido de tu
trompeta los cautivó irremisiblemente. Sonrieron y te felicitaron, otorgándote
la licencia tan deseada. Una nueva etapa se abría, siempre con la trompeta y la
música por montera.
Hoy, al recordar tu
inmensa trayectoria, no solo celebramos, todos los que te queremos, un siglo de
existencia.
Celebramos un siglo de
alegría compartida, de música que unió corazones, de vidas que hiciste más
felices y un poco mejores.
Gracias, querido
Francisco, entrañable “Chupaligas”.
Nombre artístico que es
sinónimo de alegría, de buen cantar y bailar, de buen comer y beber, de reír,
de contar historias y de soñar.
Mi enhorabuena, de
alguien que nunca olvida los momentos musicales y las charlas maravillosas que
compartimos entre risas y una copa de vino.
Feliz cumpleaños, y gracias por todo y por tanto,
siempre.
Félix Carreto Martín
🎺 Poema
a Don Francisco Moya, “Chupaligas” 🎺
En las Arribes del Duero,
Donde el viento huele a
fiesta,
Sonó un día una trompeta
Que despertó de la
siesta.
Era
Francisco Moya,
Hombre
bueno, alma sincera,
Que
soplaba luz y vida
Por
cada nota que diera.
Con
una bici, una trompeta
Y
su esposa tan amada
Recorrió
caminos largos
Y
plazas abarrotadas
Donde
el pueblo aguardaba ansioso
Pasodobles
que encendían.
Cuántos
bailes, cuántas risas,
Cuántos
amores nacieron
Mientras
su trompeta al aire
Contaba
lo que él tenía:
Música,
amor y alegría.
Sus
hijos siguieron sus pasos
La
música, su compañera
La
“orquesta Moya” llenó
De
confetis las verbenas.
Y
hasta en tierras alemanas
Su
sonido fue bandera
De
un pueblo que no se olvida
De
quien tanto amó a su tierra.
Hoy
celebramos su vida
Su
centenario florido
Su
afán por llenar de fiesta
Los
corazones sombríos.
Porque
hay quien vive un instante
Y
hay quien vive para siempre:
Chupaligas es de los que siguen
Abrazando
eternamente
Gracias,
maestro del aire,
Por
tu risa y tu compás.
Tu
trompeta sigue viva:
Su
eco perdurará.
Félix Carreto
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SAN LORENZO 2013
