TRILLANDO EL PAN
Los calores aprietan, las
ganas de ver la cosecha a buen recaudo, también. Todo un año de sueños,
sacrificios y esperanzas mirando al cielo e implorando su clemencia, para que
una tormenta esporádica o una plaga cualquiera no mermen o aniquilen el
esfuerzo del campesino de todo un año.
Soñar es algo intrínseco al
ser humano, y soñando nos pasamos gran parte de nuestra vida: soñando con
aprender cosas en la escuela, con ser adulto, con tener hijos y verse reflejado
en ellos, soñar en las horas apacibles de la alcoba…sueños, sueños me llevan y
me traen, sueños que no alcanzo a soñar, sueños en el palomar de mi alma.
Al contemplar esta foto de la
trilla despertaron de nuevo los sueños de un tiempo suspendido en el tiempo, de
un tiempo tan lejano que me parecía un sueño, pero entonces despertó mi olfato
dormido de aquel tiempo y volvieron las emociones, los aromas, seguido de
sonidos, y de caricias, y de risas, y de sudores combatidos con el agua fresca del
botijo cuyo gorjeo fresco en la garganta abierta al fluido en cascada, saciaba
mi sed de muchacho ávido y cantarín sentado en el trillo, solo o con el abuelo.
Dicen los que no lo vivieron
que eran tiempos duros, y quizás no les falte razón, otros que sí lo vivieron
replican que no lo eran tanto, porque también procuraba buena dosis de
felicidad. Felicidad vista o sentida desde la lejanía del tiempo. Tiempos
duros, sí, felicidad de muchachos inquietos y juguetones, también.
Tal vez la felicidad no sea lo
que pensamos así, a bote pronto; ese reclamo maravilloso que nos ofrecen en
miles de imágenes bucólicas los gurúes de la manipulación de los sentimientos a
medida del consumidor, imágenes en lugares de ensueño que los vendedores de
crecepelos cocinan para sacarnos los cuartos a cambio de una felicidad a medida
hasta que, a menudo, caemos en la cuenta de que la felicidad soñada la teníamos
a la vuelta de la esquina. Cada quien parece construirse un mundo y una
felicidad a la imagen de sus sueños, o bien sigue persiguiendo esa felicidad a
base de cheques al portador.
Así, como barquichuela en
aguas mansas, me dejé llevar a ese remanso de felicidad encarnado, ahora, y tal
vez entonces también, en esa imagen trillando que, más que una imagen, es el
compendio de unas secuencias vividas que vuelven a revolotear en el palomar de
mi alma:
Vuelve
a mis oídos el crujir de las pajas al paso del trillo, triturándolas con las chinas
de pedernal incrustadas bajo él, junto con dientes de sierra que iban
desmenuzando la mies. Vuelven a mis oídos el hincar de las pezuñas entre las
pajas de los burros, mulos o bueyes tirando del trillo.
Vuelve
la voz del adulto que velaba por el buen desarrollo de la tarea: “¡Muchacho!,
ojo al burro que levanta el rabo y cagajón al canto. Ponle el orinal que no
caiga en la parva, que andas en las musarañas, ¡qué coño de rapaces…!” Y el
vecino de la otra parva reía, y en ese juego de muchachos el calor parecía
menos justiciero bajo el sombrero de paja.
¿Había algo de espiritualidad
en aquel laborar? Probablemente sí, cada cual la vivía en su fe interna, y eso
ayudaba, sin duda, a superar una labor ardua y agotadora.
Esta
imagen trillando ha vuelto a recordarme lo que fui, lo que fuimos, porque, en
el fondo, somos el recuerdo que atesoramos en nuestra mente. Recuerdos que cada
cual revestirá con el sentir de su alma.
Debo
decir que también fueron menos placenteros cuando hube de servir a mi amo, como
se decía, en otro lugar, en la misma tarea, como queda plasmado en mi novela”
Lágrimas por Estrella”.
En
fin, la vida es esa alternancia de momentos gratos y lo contrario.
Al calor
de estas remembranzas, siguen revoloteando en mi alma los sonidos, aromas,
imágenes, sabores y muestras de cariño de aquel tiempo de trilla y, sobre todo,
sigo añorando aquellos manjares culinarios que nunca volvieron a ser lo que
fueron y, por lo tanto, me siento afortunado…HUUMMMM

