10 julio 2026

TRILLANDO LA VIDA

                         TRILLANDO EL PAN

Los calores aprietan, las ganas de ver la cosecha a buen recaudo, también. Todo un año de sueños, sacrificios y esperanzas mirando al cielo e implorando su clemencia, para que una tormenta esporádica o una plaga cualquiera no mermen o aniquilen el esfuerzo del campesino de todo un año.

Soñar es algo intrínseco al ser humano, y soñando nos pasamos gran parte de nuestra vida: soñando con aprender cosas en la escuela, con ser adulto, con tener hijos y verse reflejado en ellos, soñar en las horas apacibles de la alcoba…sueños, sueños me llevan y me traen, sueños que no alcanzo a soñar, sueños en el palomar de mi alma.

Al contemplar esta foto de la trilla despertaron de nuevo los sueños de un tiempo suspendido en el tiempo, de un tiempo tan lejano que me parecía un sueño, pero entonces despertó mi olfato dormido de aquel tiempo y volvieron las emociones, los aromas, seguido de sonidos, y de caricias, y de risas, y de sudores combatidos con el agua fresca del botijo cuyo gorjeo fresco en la garganta abierta al fluido en cascada, saciaba mi sed de muchacho ávido y cantarín sentado en el trillo, solo o con el abuelo.

Dicen los que no lo vivieron que eran tiempos duros, y quizás no les falte razón, otros que sí lo vivieron replican que no lo eran tanto, porque también procuraba buena dosis de felicidad. Felicidad vista o sentida desde la lejanía del tiempo. Tiempos duros, sí, felicidad de muchachos inquietos y juguetones, también.

Tal vez la felicidad no sea lo que pensamos así, a bote pronto; ese reclamo maravilloso que nos ofrecen en miles de imágenes bucólicas los gurúes de la manipulación de los sentimientos a medida del consumidor, imágenes en lugares de ensueño que los vendedores de crecepelos cocinan para sacarnos los cuartos a cambio de una felicidad a medida hasta que, a menudo, caemos en la cuenta de que la felicidad soñada la teníamos a la vuelta de la esquina. Cada quien parece construirse un mundo y una felicidad a la imagen de sus sueños, o bien sigue persiguiendo esa felicidad a base de cheques al portador.

Así, como barquichuela en aguas mansas, me dejé llevar a ese remanso de felicidad encarnado, ahora, y tal vez entonces también, en esa imagen trillando que, más que una imagen, es el compendio de unas secuencias vividas que vuelven a revolotear en el palomar de mi alma:

Vuelve a mis oídos el crujir de las pajas al paso del trillo, triturándolas con las chinas de pedernal incrustadas bajo él, junto con dientes de sierra que iban desmenuzando la mies. Vuelven a mis oídos el hincar de las pezuñas entre las pajas de los burros, mulos o bueyes tirando del trillo.

Vuelve la voz del adulto que velaba por el buen desarrollo de la tarea: “¡Muchacho!, ojo al burro que levanta el rabo y cagajón al canto. Ponle el orinal que no caiga en la parva, que andas en las musarañas, ¡qué coño de rapaces…!” Y el vecino de la otra parva reía, y en ese juego de muchachos el calor parecía menos justiciero bajo el sombrero de paja.

Vuelve a mis oídos la voz del abuelo: “Detén el trillo y vente a merendar con nosotros a la sombra de la parva…” Y entonces todo el mundo se despojaba del sombrero, y aparecía en los viejos la calva lechosa, en contraste con las manos tostadas. Y la abuela: “Toma este trozo de jamón, verás qué rico, hijo”. Y vuelve a mi memoria olfativa el aroma del queso de oveja curado en la tinaja con aceite de oliva, y el olor del chorizo curado, y un trozo de ciego por aquí, y el pan casero que era una bendición, por allá, y el agua del botijo que era el manjar gratis de la fuente, y un eructo inoportuno pero bien recibido: “ buen provechito, hijo”, y el olor crepitante de la paja ardiente parecía reclamar su dosis de merienda, y vuelven a mis ojos los colores intensos y refulgentes de  las pajas, y de los pantalones negros de pana desteñida con remiendos a cuadros nuevos que más bien parecían el mapa de África. Y tras la merienda volvían las caras risueñas, relajadas, y luego: “ bueno, muchachos, volvamos a la faena…”, y uno volvía como purificado por ese momento fraterno y restaurador, y calábamos de nuevo el sombrero en la cabeza aireada y feliz, y así cada familia de los que trillábamos en la era seguíamos con el ritual hasta que, el sol apagándose en el horizonte, marcaba el final de un día caluroso, pero lleno de esperanza; esperanza de ver la paja en el pajar, el grano en la panera, cumplida la alegría de seguir viviendo al ritmo de la cosecha anual. El sol apagado, los aperos volvían a su aposento, los animales de faena saciaban su sed, rebuznaban o mugían como quien desea el fin de la tarea, comían su porción y pastaban en los prados mientras los muchachos, la camisa remangada y la cara tostada, gastábamos bromas y celebrábamos, a nuestra manera, el final de un día duro, pero feliz. Y ya, el regreso a casa para cenar unas patatas cocidas en el puchero de barro que sabían a gloria. Era entonces cuando se respiraba la fragancia refrescante que brotaba de los huertos de la Vega, o de los frescos prados de Vallito Redondo, y envueltos en ese aroma balsámico, dábamos por terminado un día más, que sería un día menos para terminar la recolección.

¿Había algo de espiritualidad en aquel laborar? Probablemente sí, cada cual la vivía en su fe interna, y eso ayudaba, sin duda, a superar una labor ardua y agotadora.

Esta imagen trillando ha vuelto a recordarme lo que fui, lo que fuimos, porque, en el fondo, somos el recuerdo que atesoramos en nuestra mente. Recuerdos que cada cual revestirá con el sentir de su alma.

Debo decir que también fueron menos placenteros cuando hube de servir a mi amo, como se decía, en otro lugar, en la misma tarea, como queda plasmado en mi novela” Lágrimas por Estrella”.

En fin, la vida es esa alternancia de momentos gratos y lo contrario.

Al calor de estas remembranzas, siguen revoloteando en mi alma los sonidos, aromas, imágenes, sabores y muestras de cariño de aquel tiempo de trilla y, sobre todo, sigo añorando aquellos manjares culinarios que nunca volvieron a ser lo que fueron y, por lo tanto, me siento afortunado…HUUMMMM