08 diciembre 2022

TIEMPO DE REFLEXIÓN

 

                 

 

Recuerdo aquella tarde remota que caía serena como dulce melancolía

Las chimeneas en mi aldea fumaban al unísono en el crepúsculo incipiente, mientras el fuego en la cocina freía el huevo fresco de la gallina que había picoteando en la calle la sustancia de un tiempo de postguerra, de esperanza y de alegría de vivir.

Era aquel huevo puro, puesto con amor en el nial, el alimento sano y sabroso que iba a degustar el niño que crecía y reía al amor de la lumbre, huevo que alimentaba al pastor que regresaba al pueblo con el haz de leña para freír ese huevo del amor.

El sol como yema de huevo se hundía en el horizonte dando paso al recogimiento, al descanso bien merecido para soñar en la alcoba con huevos y tortillas y soles de primavera y besos dulces de peladillas de bautizo bañadas en el amor de los sueños dulces que alimentaban los días de pan escaso para seguir soñando.

Recuerdo aquella tarde remota que caía serena como dulce melancolía.

Se repartía el pan en la sagrada cena que era la representación exacta y prolongación diaria de la imagen de la Santa Cena que colgaba del muro de todas las alcobas encaladas, imagen que no era sino un asidero vital y piadoso en el discurrir de los días grises de gallinas peregrinas azotadas por el cierzo que criaba sabañones y de perros callejeros ateridos buscando aposento al abrigo de la helada en la noche incipiente.

Recuerdo aquella tarde remota que caía serena como dulce melancolía.

Se degustaba con deleite y se mordía con suavidad y devoción el pan candeal, elaborado con amor y cocido en el horno con leña o retama. Era el pan alimento puro de los campos abonados con estiércol natural cuyo olor purificado por la brisa se tornaba agradable cuando el campesino hundía el arado y acariciaba la tierra agarrado a la mancera para dibujar los surcos rectos de la rectitud del arte, del gusto por el trabajo bien hecho, rectos como velas devotas de Semana Santa, rectitud de la vida que se abrazaba con la ilusión de sembrar el pan nuestro de cada día.

Recuerdo aquella tarde remota que caía serena como dulce melancolía, y tú, viajero en este mundo de luminarias navideñas que alumbran los rostros sonrientes de suflé chispeante, te preguntarás por qué hoy, los viejos que vivieron aquel tiempo de trabajo duro y de pan escaso, tú, viajero sagaz cautivado por el oropel festivo, te preguntarás el porqué de su longevidad.

No hay secreto, ni misterio, querido viajante; la naturaleza nos regala lo mejor de sus entrañas salvajemente generosa, pero la avaricia y la usura desbocadas, la soberbia, la vanidad también, acaba contaminándolo todo: los alimentos, el amor, la alegría de vivir con la esperanza renovada cada día que sale el sol, porque la inseguridad de perderlo todo ensombrece y amenaza nuestra paz interna para someternos al dictado del estrés pernicioso y de obesidades mórbidas de alimentos contaminados e insalubres, todo edulcorado con el sabor adictivo para seguir consumiendo el producto elaborado con fines de lucro insaciable. ¿Te extraña que seamos ese producto?

 

Recuerdo aquella tarde remota que caía serena como dulce melancolía.

 

 

1 comentario:

Manuel dijo...

Saludos,
-Manolo-